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Parapsicología o narcosis profunda

Hoy he mirado fijamente el rincón más húmedo de la casa y he pensado en las apariciones del más allá, en la impermeabilización y la pintura. Y como pintar es una tarea que me parece bastante pobre intelectualmente y sobre todo sucia, he decidido no quitar la vista de la mancha de humedad durante quince minutos, a ver si aparece la silueta de un niño sin ojos que murió hará, pongamos unos diez años y llama a su gato con lamentos irritantes por las mañanas cuando el tamalero pasa por la calle. Al pobre niño corrupto nadie le dijo antes de morir aplastado por el todoterreno de su vecino dando marcha atrás, que el gato murió electrocutado bebiendo de un charco de agua sucia que ocultaba unos cables eléctricos, porque los papás no le ponían agua al gatito: para eso llueve o bien puede beber del agua que los vecinos usan para limpiar la cochera de la casa y tiran a la calle junto con los excrementos y orines del perro, que milagrosamente no tienen en el tejado de la casa. El agua de garrafón es cara y la del tinaco también. Total, solo es un mugriento gato que encontraron.
El gato llevaba tres días frito en una bolsa de supermercado en la esquina de la calle cuando el coche del vecino convirtió al niño en piel de plátano. Y claro, el niño se ha quedado con una angustia tremenda, y de ahí la mancha de humedad en la cocina: sus lágrimas eternas y sin consuelo. Tarea difícil la de consolar al niño, porque vete a saber en que hogar han usado su piel chamuscada para hacerse una alfombrilla de baño. No se tira nada…
Ya tengo una peli mejor que la Dama de Negro en la próxima tercera parte que sin duda filmarán con escenas eliminadas de las dos primeras. O te tomas un valium o te vas al cine y duermes como un tronco con cualquier Dama de Negro. Y no hablemos de un Bob Esponja la película.
La pornografía siempre será un recurso agradecido para impulsar la actividad cerebral.
Durante quince minutos no se ha movido ni la telaraña que hace un triángulo en la esquina de las paredes con el techo. Y mira que he apretado hasta el ojete concentrándome. Incluso me he fumado solo dos cigarrillos durante la tenebrosa e ilusionada espera.
Y si lloro no es por miedo o decepción, es por sequedad ocular, quince minutos mirando algo tan aburrido, es peor que dos horas leyendo El Castillo de Kafka y su agrimensor idiota.
Y los colirios caducados…
Pienso que eso de las apariciones debe tratarse de narcosis por alcohol, opiáceo, adormidera o es producto de un tumor maligno en el cerebro (la prueba es que en los panteones municipales, en la noche de muertos, todo el mundo los ve menos yo). O bien, puede ser la pérdida de tiempo de algún ocioso que hace videos de mala calidad para subirlos luego a yutup y tener unos segundos de gloria con una audiencia de unas cinco reproducciones.
Tras la decepción por la falta de magia y el más allá en la vida, me he sentido contento de la plenitud de mis facultades mentales. Y ese ruido sorpresivo, no ha sido más que un pedo que se me ha escapado por culpa de la inmovilidad intestinal y algo de chile que llevaba el pastel de pimiento que me he comido con una torta antes de proceder a la investigación parapsicológica.
A veces veo girar el microondas y me pasa lo mismo.
Me toca los huevos, cuando le pregunto a la de las carnes frías si algún fiambre o chorizo tiene chile, siempre dice que no, y todo por vender el cuarto de kilo como sea. Es una hijaputa.
Menos mal que pido las rebanadas muy finas…
Tras mi negativa a aceptar el grueso en las tres primeras pruebas que hace con el corta-fiambres me mira con notoria hostilidad, pero me suda la polla. Yo pago.
Es apasionante el mundo de lo parapsicológico, aunque sea una soberana mentira. Así que he decidido ser completamente obsceno y corrupto en lo que me queda de vida, y a los bebederos de los colibrís les voy a poner unas gotitas de laxante a ver si también parecen flotar delicadamente en el éter al cagar.
Estoy harto de bellezas y misterios. Como si esto fuera Disneylandia.
Disneymierda…
Qué pérdida de tiempo, suerte que me pagan lo mismo.

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Iconoclasta

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Paseo distraído fijándome en el suelo, porque no me acabo de relajar cuando me cruzo con alguien.
Así que doy patadas a fragmentos de hormigón y asfalto que aparecen en mi camino.
Tal vez debería dar patadas a seres humanos; pero no sería un paseo suficientemente tranquilo para mi gusto.
Aunque tranquilidad no define bien un paseo por las calles sucias, donde los coches dejan estelas de irritantes olores y sonidos en el aire.
Unos gritan sus frutas, otros venden gas, otros son chatarreros…
Me duelen los oídos y alguien con voz monótona y cansina como una letanía, vende tamales.
Me roban hasta el pensamiento…
Le doy una patada a una piedra y ésta golpea la matrícula de un coche estacionado.
Menos mal que hay piedras. En dios no creo; pero las piedras tienen una lúdica inutilidad.
Pateo otra piedra que golpea contra el portón metálico de un garaje particular.
Unos perros ladran furiosamente tras la puerta y un deficiente mental ya mayor, sentado en el bordillo de la acera, cesa de contar unas monedas dentro de una lata de pintura vacía. Me mira con la boca abierta durante un eterno segundo y vuelve a meter su cabeza en la lata.
Hay más piedras y pienso en como sonarían al impactar en la cabeza del idiota. Sonrío.
Cuando la vida ha cometido una crueldad contigo, te sientes autorizado a cometerla también.
De cualquier forma, las crueldades lo son cuando se cometen. Cuando se piensan son simplemente banalidades de un cerebro recalentado por el sucio y polvoriento sol de mediodía.
“Partirá la nave partirá…!”. Pienso en la vieja canción italiana y mis ganas por salir de este momento de calor, hastío y aburrimiento.
Doy otra patada a un trozo de asfalto y golpea con fuerza contra el plástico de las luces traseras de otro coche estacionado.
Hay un placer insano, casi inmoral, en el sonido de algo que se quiebra. Sea lo que sea.
Llego a un cruce don se acumulan en las esquinas bolsas de basura y otros desperdicios que huelen mal. A mierda pura.
Cosa que no aporta ningún beneficio a mi ánimo.
Y por si fuera poco: “¡Empanadas de atún, empanadas de crema…!”. Atruena de golpe el anuncio a través de un megáfono abollado que asoma por una ventanilla de un viejo coche que me rebasa.
Me sobresalto, me irrito, me enfurezco.
Un trozo de hormigón del tamaño de un puño, restos de un tope anti-velocidad, vuela y luego rueda veloz por una patada furiosa que le he propinado.
Adelanta al coche sin tocarlo, para mi desilusión, y queda en el centro de la calzada.
Una de las ruedas del vendedor ambulante lo pisa lateralmente y sale disparado por el aire a una velocidad de mierda, peligroso como puta infectada.
En ese instante, una mujer de unos treinta cruza la calle y su cabeza se cruza en el vuelo de la piedra.
“Hay un placer insano, casi inmoral, en el sonido de algo que se quiebra. Sea lo que sea.”
Desde diez metros atrás, lo observo con la nitidez de una proyección Imax.
La piedra golpea la sien de la mujer y cae en el suelo como un robot de juguete sin pilas, sin un solo grito. Su rostro se ha deformado por el impacto, de los ojos, nariz y orejas mana sangre. Su cabello corto y oscuro parece gelatina de café. Durante unos segundos, los pies patalean frenéticos para quedarse abruptamente inmóviles después.
“¡Empanadas hawaianas…!”. El ambulante apenas reduce la velocidad, observa por la ventanilla a la mujer tirada en la calle y acelera repentinamente llevándose su mierda de sonido a un volumen de la hostia.
En parte ha sido culpa mía. O totalmente, me importa poco. Y no hay nadie en la calle que lo haya visto. Y es que paseo cuando a nadie le apetece demasiado.
Saco el teléfono del bolsillo para llamar a la policía. Desde la ventana de una casa, un televisor habla veloz y atropelladamente de cuarenta y pico de estudiantes torturados, mutilados, asesinados y calcinados, no siempre en el mismo orden, en un lugar que me recuerda un reptil: Iguana, aunque habla tan rápido el locutor que no podría asegurarlo.
Ya con más tranquilidad y ambiente festivo, dan paso a los resultados de los partidos de fútbol.
Guardo el teléfono, le doy otra patada a otra piedra y golpea contra la cabeza de la mujer tendida en la calzada.
“Cuando la vida ha cometido una crueldad contigo, te sientes autorizado a cometerla también.”
La rebaso sin dirigirle una mirada y prosigo mi camino. Hace mucho sol, quiero llegar al frescor de mi casa.
Tampoco es para ponerse nervioso por una muerte accidental cuando la costumbre es que mueren por veintenas.
La crueldad en exceso aburre y lleva a la indiferencia. No es que sea malo ni bueno, es así.
Hay días tan mediocres que te arrepientes de haber salido a la calle.

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Iconoclasta

No es fácil vivir, a veces es tan difícil que la muerte se presenta como una solución.

Falta espacio y falta aire; por tanto, falta libertad. Y sin ella, la muerte es el único horizonte.

Mueren los amores por la estrechez y el aire viciado.

Las ilusiones se aplastan contra las paredes y caen al suelo mezcladas con la suciedad y la tapa de un frasco de comprimidos.

Ahí es donde entro yo si aceptan mi presupuesto.

Deberían promocionar la carrera de basurero entre los estudiantes, es más humana que la de médico. Se sobrevaloran las ciencias y las letras.

Se sobrevalora la inteligencia del ser humano; hay superávit de abogados, ingenieros y médicos. Faltan operarios de limpieza.

Yo soy el mejor limpiador de mierda y miserias. Y opero con mi Súper-Visor de Mierda GTX-FIC666XPJ5 Tócamelos del revés.

No hay suciedad que se me escape por muy incrustada y adherida que esté a las paredes, suelos y en los cerebros.

Puedo ver con una calidad matricial de un puto trillón de megapixels toda la mierda que hay a mi alrededor.

Y al vuestro.

No hay tanto cerebro como se piensan, por mucho que quieran graduar a un millón de estudiantes al año.

Y mientras unos juegan a querer ser médicos, nadie barre la mierda.

Excepto yo y alguno más que no conozco.

Los hay que no soportamos un piso sucio de sueños muertos. Los hay que intentamos limpiar; pero jamás se acaba la mierda.

Mi Súper-Visor de mierda la ha detectado a unos trescientos metros de mi almacén. A veces soy curioso. Otras por instinto y porque soy viejo en el oficio, sé que “algo huele a podrido en Dinamarca” y si no tengo trabajo, me dedico a analizar las porquerías que detecta mi aparato. Me gusta mi trabajo, soy filósofo y cocino como dios.

También soy voyeur aficionado. Es un asco ser experto en tantas disciplinas…

Soy el hombre perfecto. Dueño de la empresa: Limpiezas de Miserias y Podredumbres Zaratustra, The Man.

Es un título rimbombante; pero como trabajo con la mierda, tenía que darle estilo y profundidad al nombre de mi empresa.

A sus pies hay un suelo cubierto de papeles pisados. Palabras sucias y avejentadas, como mi pensamiento que no sabe hacia donde expandirse sin encontrarse con una pared pintada con estuco italiano o con acrílica barata y blanca; pero siempre rezumando hastío.

Es mejor morir y que la muerte llegue rápida antes que seguir degenerando en vida sobre el manto putrefacto de las ilusiones desintegradas.

También debería haber un módulo de formación profesional dedicado al suicidio. Ser suicidador no garantiza un buen sueldo; pero siempre es edificante meter una aguja cargada con veneno en la vena de algún desgraciado que se asfixia en un mundo pequeño.

De todas formas va a morir.

Y el dinero nunca viene mal.

Me estoy formando por mi cuenta en venenos y drogas. Muchos clientes que me contratan para la limpieza suelen estar tan destrozados y hartos de basura, que se levantan la manga y me muestran la vena por si tuviera a bien inyectarles algo; pero cuando les digo que eso tiene un coste adicional, me suelen enviar a la mierda. Es redundante.

Nada nuevo, la vida es repetición tras repetición.

El amor tampoco viene mal, a veces cumple su misión de hacer volar a los hombres y mujeres batiendo las orejas como abejitas. Lo malo es que no estamos preparados para volar, los cojones y las tetas desequilibran a “abejos” y “abejas” y en lugar de libar, se emborrachan o se drogan y montan una historia romántica basada en mentiras y narcosis.

La idealización del amor es un trance por el que hemos de pasar.

Es un papel que revolotea buscando un sitio donde aterrizar en el piso sucio. El amor solo puede formarse a partir de buenos sueños y esperanzas. No es malo, es incluso bueno; pero no deja de ser papel y palabras que se tornan borrosas.

Escribimos notas que tiramos al viento pensando que el amor llegará como el mensaje del náufrago en una botella. Es así y no existe otra forma de enamorarse.

Solo que los mensajes en una botella llegan a alguien cuando el náufrago ha muerto; o su cuerpo está tan consumido, que se rompe al rescatarlo.

No es que sea pesimista, soy realista.

También puedes pagar a una puta para que te diga: “Eres divino y te amo”. Cosa que va bien para pasar el rato; luego se le dice que barra los papeles de mierda que ha tirado por el suelo y te deje el piso limpio (hay que acordar este detalle en el servicio antes de pagar); pero a largo plazo acabas harto de gastar dinero para nada.

Y luego está la música y las películas que forman en el suelo otro estrato de inmundos restos de momentos pasados. De momentos abortados.

Las películas y canciones marcan momentos de la vida, las lecturas apenas nada; requieren demasiadas horas y son íntimas. Un libro solo nos recuerda a nosotros mismos en algún momento de nuestra vida. Algo que no compartimos. Maravillosa sea la lectura…

Leer solo deja un rastro de cultura y de emociones que es difuso. Las palabras tan numerosas se pierden con el tiempo.

Sin embargo, las canciones y las películas son breves, se comparten. Y sobre todo, se repiten y se propagan en todos los espacios y épocas. De ahí que dejen un lastre tan pesado en el ánimo para bien o para mal.

Las canciones y películas de nuestras épocas de amor y cariño son especialmente emotivas y melancólicas

Es lógico dar un buen trago de veneno escuchándolas, cortarse distraídamente las venas. O dejar un fogón de la cocina abierto.

Si a la música o a esa película se le añade un sórdido decorado de persianas bajadas y humo de tabaco, se crea un ambiente propicio para atajar esa melancolía.

No es broma, el cerebro insiste en escuchar esas canciones una, y otra, y otra, y otra vez.

En lugar de sosegar, el pensamiento hace un descenso directo y vertiginoso a la Gran Fosa de la Tristeza.

Y si esa pena causa cobardía para seguir viviendo, se compensa con una fuerte valentía por morir.

Es lógico y de obligado cumplimiento, que esa mujer se trague en este momento, dieciséis comprimidos (justo los que quedan en el frasco) de la medicina que el psiquiatra le recetó hace unos meses.

Nadie es tan ingenuo de pensar que su depresión se va a curar en un día si en una sola toma, se traga la dosis de dos meses juntos.

Que nadie se equivoque, lo que quiere es morir. Lo último que ahora quiere es vivir; lo dice su respiración interrumpida por el llanto.

Dan ganas de morirse con ella. No parece una mala mujer. Es emotivo que muera tan sola.

No me gusta.

Pero nadie tiene tanta suerte de encontrar un compañero de suicidio.

Morimos solos.

Algunos pensarán que es una putada.

Yo pienso que es mejor así, si no has encontrado en toda tu vida a nadie con quien compartir decentemente la vida; a la hora de la muerte que no venga nadie a molestar.

El CD de éxitos de los 70, suena una y otra vez. Sus ojos no llegan a secarse y me pregunto cuántas lágrimas podemos almacenar.

El micro unidireccional del Súper-Visor, vale su peso en oro. ¡Qué maravilla!

Dicen que quien llora no mea; pero me da asco pensar que las lágrimas puedan subir de mi vejiga.

A la mujer poca gracia le hará escuchar semejante sandez y puede que no se ría cuando lagrimee más aún por la falta de aire cuando le sobrevenga el fallo cardio-respiratorio.

Morimos asfixiados, boqueando como peces en la arena buscando aire.

No puede ser agradable, ninguna muerte lo es.

Ha dejado un cigarrillo en el cenicero que se consume solo, como ella. Sin que nadie le haga caso. En la planta de su pie, tiene enganchado un mugriento papel que dice: Adiós juventud.

Mi Súper-Visor es cojonudo, capta hasta el más mínimo detalle. Capta hasta el dolor.

No se molesta en despegarlo, no tiene a nadie que le quite la mierda de los pies. Una vez lo tuvo, un envoltorio de pastelillo de chocolate que está pegado en el pomo de la puerta de su dormitorio dice: Luis, te amaré siempre.

Nadie ha hecho caso de ese papel desde hace seis años (el Súper-Visor analiza la edad de la mierda por medio del espectro cromático). Nadie lo ha desprendido de allí para anotar otro nombre. Se pudre el papel creando moho en el metal.

Por otra parte, los restos de ese dulce pastelillo que un día protegió el envoltorio, parecen mierda seca.

Y nadie quiere tocar la mierda…

Debería haber más titulados en porquería para ayudarnos en esas tareas domésticas.

Sería bueno que los gobiernos becaran los estudios de mierda.

Y vomita no porque el chocolate ahora parezca mierda, si no porque las pastillas le están jodiendo el estómago, el medicamento se ha ido al hígado en grandes dosis. Y a su cerebro.

Siente un mareo devastador que la inmoviliza a un sillón que se agita en un mar proceloso de papeles sucios. En un barco pequeño, muy pequeño.

Muy sola…

Esta parte me gusta especialmente me suelo masturbar a pesar de que la vida es una mierda: se acaricia el sexo evocando placeres que lleva años sin sentir. El clítoris está seco y le duele. El vaivén de su barco en las turbulentas sucias la distrae del placer y no acaba de sacarle placer a ese coño aún lamible. Es extraño ver una mujer haciéndose una paja y llorando.

Mostrando su vagina desflorada a nadie. Nadie le lame el coño.

Es vieja, tiene al menos cincuenta.

Los cincuenta es una mala edad, no acaba de definirnos como viejos ni como maduros. No acaba uno de decidirse por el coito vaginal o el anal.

Tengo que ser sarcástico y divertido porque la mierda que rodea y se come a esta mujer que muere es desesperante. Me infecta el ánimo.

Dan ganas de comer su vómito para llenarme de ansiolíticos también y ayudarle a cruzar el Hades, que no lo haga sola.

Ha muerto ya, se ha puesto histérica cuando sus pulmones no han podido aspirar aire y se ha levantado del sillón, arrepentida. Ha caído al suelo y se ha destrozado la cara al caer sobre la mesita de cristal; no le importaba la cara, solo quería respirar.

No lloro, estoy meando. Los limpiadores de mierda y miseria no somos demasiado escrupulosos.

Coloco la funda de mi Súper-Visor de Mierda GTX-FIC666XPJ5 Tócamelos del revés para protegerlo de la mierda de la noche, que es más traidora. Siempre me llena de nostalgia este momento del día; pero no me voy a suicidar.

No aún.

A la mierda.

Iconoclasta

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