Archivos para octubre, 2009

El follador invisible y el cambio horario

Publicado: 28 octubre, 2009 en Terror

Estos días que ahora de repente se hacen más largos, con más luz; son una burla de los que ostentan el poder sobre los visibles.

Son días más penosos, días de una luz forzada, impuesta. Amarga como la hiel que brota del hígado de la niña muerta.

Me han contaminado el tiempo, yo que no estoy sujeto a nada ni a nadie, un funcionario mediocre ha conseguido colmatarme de ira.

Ha intentado adulterar mi ciclo vital, mis biorritmos.

Ahora pagarán.

Para los visibles, para gran parte de ellos no tiene importancia; pero para mí, es una violación flagrante de mi libertad. De mi vida.

De mi invisible vida.

Odio cuando esos seres retorcidos deciden adelantar o atrasar la hora del día, como si fueran brujos vividores en una aldea donde han de trabajar para ellos.

No tengo párpados, son tan invisibles como mi polla y cuanta más luz, más tormento. Tampoco es un gran tormento; pero para un ser superior como yo es humillante que un mierdoso representante de un gobierno me moleste. Estas cosas no debieran ocurrir.

No es por una enfermedad mental por la que busque descanso y relajación en tanatorios y morgues. Soy un hombre invisible con costumbres de vampiro.

Soy un hombre invisible al que no le gusta ni soporta que ningún ser inferior intente dominar su tiempo, y el tiempo es luz y movimiento.

No me gustan los cocainómanos con alucinaciones de divinidad.

Ahora estoy en la oscuridad de la casa grande y silenciosa del delegado del ministerio de industria y energía.

A él le suda la polla joder el tiempo y el día, ya que es su placer. Como ha sido mi placer violar a sus dos hijas en el piso inferior. La menor, la de catorce años, está muerta; no callaba ni debajo del agua. Su cabeza pende de un cuello roto y de su ano rasgado mana la sangre.

El primer día de atraso o adelanto horario siempre es especialmente duro para mí, ergo para los demás.

Yo sé que estos idiotas se sienten orgullosos de hacer ostentación de poder. Yo trasciendo cualquier poder para ser invulnerable, implacable, cruel, feroz y vengativo.

Cualquier puerta abierta, cualquier coche que entre o salga de una propiedad, me invita a pasar. En los lugares más seguros e inexpugnables, siempre hay quien entra y sale, sólo hay que pegarse a él.

Aún no entiendo como no hay el doble de muertos en esta ciudad.

Tiene su lógica, la muerte de los visibles no me atrae, busco su locura y dolor, son como juguetes que quiero romper.

La hija del delegado, se me ha roto de otra forma. Sin embargo, su hermana con dieciocho años, en cinco minutos ha vivido una experiencia que muchos no conseguirán tener aunque nazcan mil veces. No grita, llora silenciosamente sus pezones casi arrancados y sus manos en su sexo, intentan contener el dolor de una penetración seca y dolorosa ante el cadáver de su hermana pequeña.

-Soy un diablo que entrará en ti, y te partiré el cuello desde dentro, como a tu hermana -le he susurrado al oído con mi estudiada voz sobrenatural.

Y no hay nada como una voz incorpórea y tocar una carne que no se ve para conseguir la máxima cooperación de mi juguete.

Cuando he mordido sus pequeños pezones y ha manado la sangre, ha cerrado los puños con fuerza y se ha comido su dolor.

He lamido sus lágrimas y la he llamado puta. Ahora está a un paso de la locura y aún no ha acabado todo.

Si alguien me irrita los invisibles testículos, le arranco la piel a tiras después de haberlo sometido a tormento psicológico.

La pequeña no se ha avenido a razones y le he partido el cuello, he follado su cadáver por el culo y su hermana veía como su ano se dilataba y se formaba entre las nalgas un negro agujero que parecía tener movimiento. Cuando la decoración de las habitaciones lo permite, observo mis violaciones a tiempo real frente a un espejo, y he de confesar sin asomo alguno de sonrojo, que no hay experiencia más extraña y más excitante que ver los sexos abiertos y deformados por algo que no se ve, pero que está entrando y saliendo de ellos.

El que me tirara post-mortem a la hermanita, no es por necrofilia. Simplemente se trata de impresionar también al matrimonio que duerme arriba, que aprendan lo que es la violación de la libertad con actos sencillos de comprender como los de los programas infantiles.

Soy un buen psicólogo.

En definitiva, estoy haciendo lo mismo que el delegado y sus amigos; pero con más gracia, gusto y pasión.

Lo de la pasión es mentira, a veces me aburre tanto juguete y deseo un poco de paz. Vamos, que no me molesten haciendo el día más largo. Yo no curro, pero el movimiento de las ciudades sí que cambia y me tengo que adaptar cuando no tengo gana alguna de que cambie nada.

He encendido todas las luces de la casa y conectado el televisor al máximo volumen. La hija grita en la habitación y papá y mamá bajan precipitadamente por la escalera.

-¡Ivana, Maraya! ¿Qué está pasando aquí? ¿Sabéis que coño de hora es?

Son exactamente las cuatro de la madrugada.

El delegado es un cincuentón bajo y regordete, de piel sonrosada y cuidadas canas. Tan cuidadas que aún sigue bien peinado a pesar de haberse levantado de la cama ahora mismo. Y no creo que haya ido primero al lavabo a peinarse.

La mujer debe ser puta, porque es la única manera de entender que una tía buena, buenísima, viva con semejante mediocre por marido. Viste un camisón transparente y unas braguitas rosas sin costura, como una segunda piel que se empapará de sangre.

El idiota lleva un pijama abotonado de tergal azul cielo. El que muta y corrompe los días entra en la habitación con energía y cabreado. La mujer, aún confusa, apaga el televisor del salón.

-¡Ivana, Ivana! ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha pasado aquí? -grita el delegado evidentemente exasperado.

La mujer se dirige hacia la habitación con sus plenos pechos agitándose y sus redondeadas nalgas vibrando excitantemente; pero no llega, no la dejo llegar. La tumbo de un empujón y cae de espaldas en el enorme sofá de piel blanca.

Lanza un grito y de un puñetazo le parto los labios y hundo un diente.

-¡Helga, algo le ocurre a Ivana! -insiste el histérico padre, marido y delegado ejemplar.

-Está muerta, es normal que esté fría, y que empiece a adquirir cierta rigidez. Y que sangre por el culo -le explico pegando mis labios al oído de Helga. Confidencialmente.

No deja de ser sorprendente como se crea cierta complicidad entre el juguete y el amo. Es un juguete precioso. Me gustan más las tías maduras y bien formadas que las jovencitas. Las jovencitas sólo me sirven para atormentar y hacer sufrir a los padres. Es más trágico violar y torturar a una niña que a una adulta. Cuestión de psicología hipócrita. Como si los adultos sufrieran menos.

Gilipollas.

Sus ojos enormes y almendrados miran arriba y abajo, a izquierda y derecha desmesuradamente abiertos.

Le arranco el camisón y las bragas.

Grita, grita, grita…

El delegado sale de la habitación y no se da cuenta de que está mirando mi polla que se acerca obscenamente a la ensangrentada boca de su puta.

A veces pienso que soy excesivo con esta ira que cultivo.

No hay nada que me ponga más que una visible asustada y con la boca ensangrentada. Les da un aire de locura digno de Munch.

La hija, desde su habitación grita:

-¡Es un diablo, un espíritu!

Dadas las circunstancias, podría ser cierto, es comprensible.

Pero yo soy aquello que cualquier ser humano sería si fuera invisible.

El padre no presta atención a lo que berrea su retoña. Observa atónito la boca de su mujer, sus mejillas moviéndose y abultándose como si chupara un enorme caramelo. Yo porque estoy acostumbrado; pero es muy extraño ver una mamada a un pene invisible. Los ojos lloran, la mente enloquece y la víctima siente que va a morir asfixiada. El que mira, siente un escalofrío, no comprende lo que ocurre salvo que hay algo poderoso y malvado ahí. Masca el miedo de la víctima como suyo propio.

La sensación de peligro es uno de los instintos básicos del ser humano y yo la pongo de manifiesto como ningún otro ser en el planeta.

-¿Qué te ocurre, Helga? ¿Por qué haces eso?

Pero Helga está demasiado ocupada en no asfixiarse. Le he agarrado el pelo por la nuca para presionar su boca en mi pubis. Seguro que el señor delegado de industria y energía, piensa que es tan extraño ese pelo que flota tenso y rígido, como el tremendo horror que sus ojos reflejan.

– Tú atrasas y adelantas la hora, tú lo gestionas. Eres en parte responsable de joder los días, de joder el tiempo. O disfrutas con ello, o no entiendes la magnitud del acto. Seas inocente o no, hoy los minutos van ser lentos como años. Yo también puedo variar el tiempo e interferir en tu vida.

Los ojos del hombre buscan desorbitados el origen de la voz, que he modulado con mucha gravedad para dar algo más de misterio. Mira directamente mi cara sin saberlo.

-¿Quién eres? ¡Helga deja de hacer eso!

Yo creo que en el fondo sabe que le estamos poniendo los cuernos ante sus narices.

Por toda respuesta, tiro del pelo de la tía buena obligándola a ponerse en pie y le doy un un puñetazo en el abdomen lanzándola contra su marido.

La hija grita histérica.

-Nos matará como a Ivana. Nos matará -recita ausente, un salmo a la locura.

-¿Qué eres? -susurra mirando ahora hacia el jarrón del comedor, sujetando a su esposa entre los brazos.

-Soy un hombre invisible y vosotros mis juguetes. Por culpa del horario de verano, tengo ahora serios trastornos del sueño. Y ahora vosotros no dormiréis. Por decir lo mínimo.

-¿Qué dices? ¿Qué estupidez es esa? ¿Todo esto por el adelanto de hora, hijo de puta? Estás loco seas lo que seas. Es para disfrutar de más luz, para ahorrar más energía. Nada más. Nadie quiere joder al hombre invisible.

Ahora estoy a su espalda y el especial tono con que ha pronunciado "invisible", me ha ofendido un poco. No me gusta que los inferiores me hablen en ese tono, sólo acepto el del miedo.

Maraya está aún a la entrada del salón, sin atreverse a entrar. Le tapo la boca con la mano para evitar que grite; pero es imposible evitar los sollozos y gritos ahogados; el forcejeo por liberarse de mi mano que metiéndose bajo la camiseta del pijama, descubre y manosea sus tetas. Las tetas, cuando no están excitadas, son de una suavidad divina, los pezones blandos invitan a ser pellizcados, chupados hasta arrastrarlos por entre los dientes ávidos. Uno se recrea en ellos con el aliciente de que se endurezcan y cuando lo hacen, es hora de pasar al coño y follarla.

Apenas han pasado diez minutos; pero todos sudan como si llevaran dos horas corriendo. Einstein se acariciaría alelado su pene circunciso ante mi capacidad de relativizar el tiempo.

Yo lo que quiero es que el delegado sienta el dolor de la muerte de su hija de una vez por todas, se está obsesionando conmigo.

-Tu hija está muerta. Le he partido el cuello y la he sodomizado. Todo delante de estas maravillosas tetas que estoy sobando. Ivana no se estaba quieta como la buena de Maraya, si se revolviera entre mis brazos, le partiría el cuello también y la follaría en la mesita del sofá. ¿No te gustaría atrasar la hora y evitar lo que ha ocurrido? Aunque creo que lo más factible y lógico en estos momentos, sería adelantar la hora para que yo salga de aquí cuanto antes. Tienen suerte tus hijas de que se parezcan a tu puta y no a ti. ¿Sabes que Maraya odia morir? Sus pezones están deseosos de contraerse entre mis dedos. Ahora y dentro de unos años.

Viendo los pechos desnudos de su hija, sobados por el aire, deformados por una presión invisible, se derrumba.

-¿Cómo es posible? Ivana…

Llora y su esposa con él. Se dirige hacia nosotros, hacia mí y Maraya.

-Maraya, ven conmigo, acércate -le dice extendiendo la mano.

Cuando la chica intenta avanzar, la retengo contra mí y le giro el cuello hasta el punto máximo de torsión y todo el mundo comprende que han de estar quietos.

Cuando mis juguetes por fin asimilan lo que les está ocurriendo, se someten al miedo. Los primeros minutos siempre son para la sorpresa y la negación de lo imposible, aunque sea tan obvio como ahora. Al final, muerte y dolor es lo que se impone.

Mi rabo se ha endurecido entre las nalgas de Maraya y ahora lo meto por entre sus muslos, la tela del pijama está caliente y al poco tiempo, la noto mojada de mi propio fluido. Si en este momento le picara el coño y se rascara, se encontraría con mi pijo bajo las uñas. ¿No es esto maravillosamente obsceno y extraño?

Quien me conoce, quien sabe de mi existencia, acumula una experiencia que envidiarían muchos.

El cuerpo de Maraya se agita laso ante mis rítmicas arremetidas entre sus muslos. Estoy pensando en joderla, obligar que su padre la sujete mientras le chupo el coño y luego le meto el puño entero.

Helga se ha separado de su marido y viene hacia nosotros, con su boca ensangrentada está adorable. Es cierto que el diente hundido le resta belleza; pero también le da un aire de fragilidad excitante.

Me encantan los menages a trois; le lanzo a su hija a los brazos para que no me toque, odio que me rocen los visibles sino soy yo el que lo provoca.

Se abrazan lloriqueando.

-¿Sabéis familia? El tiempo se acaba y estoy confuso. No sé cuando amanecerá. Por otra parte me aburro inmensamente hablando. No es normal que hable tanto con mis juguetes.

Me acerco al delegado hasta que es capaz de notar mi aliento en su rostro.

Ya no me siento enfadado, no siento odio. Mi ánimo se ha templado. ¿Qué importa una hora más o menos cuando no estoy sujeto a norma alguna?

Tengo unos prontos malísimos.

Al delegado le he obligado a beberse una botella de bourbon, media hora quejándose, pidiendo que me vaya, que los deje tranquilos y bla, bla, bla…

La madre y la hija se han sentado desnudas en el sofá y mantienen las piernas separadas. Les he tenido que pegar unas cuantas veces para que hicieran lo que les ordenaba y ahora se mantienen así de abiertas y excitantes.

Como padre y marido no creo que sea muy querido, porque apenas han lanzado un tímido grito cuando le he obligado a tragarse su reloj de pulsera. Le he tenido que golpear varias veces en las costillas con la botella vacía, pero lo cierto es que ese reloj tan grande no pasa por ahí. Ahora la sangre mana abundante por sus labios.

Le obligo a tomar unos tragos de coñac. Se desploma como un pelele en el suelo, no sé si por coma etílico, dolor o miedo.

Es igual, me siento orgulloso.

Todo queda en silencio, sólo se escuchan las respiraciones agitadas de las mujeres que miran a su padre y marido. No gimen ya, sin embargo sus ojos están hermosos anegados de sangre.

Creo que es hora de irse, esto ya me aburre.

Al llegar al salón, el reloj de carillón da cuatro campanadas. Me acerco a su esfera y no puedo evitar tocar sus manecillas negras y girarlas al revés, hasta que marca las tres.

Doy media vuelta, y al entrar en el salón grito:

-Se ha atrasado la hora oficialmente, por tanto vamos a pasar otro rato más juntos hasta conocernos bien. Una hora más.

Las mujeres, han roto a llorar de nuevo, presentían que aquello llegaba a su fin. Es una crueldad engañar a los visibles y darles esperanzas; pero es algo que se hacen continuamente entre ellos. Son más fuertes de lo que parece.

Cojo las cuidadas canas del delegado y tiro de ellas hasta que se despeja y consigo que se ponga en pie.

-Harás lo que te diga, sin rechistar. Si no me haces caso pronto y siguiendo al pie de la letra mis instrucciones, las mato a cuchilladas. No pronuncies una sola palabra a partir de ahora, o las descuartizo. Si me has entendido, si eres consciente de lo que te he dicho y lo has comprendido, llámalas putas.

Parece no reaccionar.

-Las voy a cortar en pedazos, tarado. Si no eres capaz de entenderme y seguir mis órdenes, las voy a descuartizar lentamente delante de ti.

-¡Putaaaaaas! -grita a pleno pulmón, lanzando gotas de saliva y sangre.

-Cariño… ¿Es él, aún está aquí? -le pregunta su mujer aterrorizada.

-No le respondas -le susurro al oído.

-Papá… -Maraya se acerca a su padre buscando su abrazo.

-Vuelve al sofá Maraya, no te muevas de ahí.

-Tengo mucho miedo, papá.

-Te he dicho que vuelvas al sofá.

Tal vez hayan sido las húmedas y mudas súplicas de los ojos de su padre, la que la convencen de que se quede sentada en el sofá, junto a su madre.

-Y que mantenga las piernas abiertas…

-Ahora quiero que ates las manos de tus zorras a su espalda y las arrodilles; pero a tu hija, además le vas a atar los pechos, hasta que sus pezones se endurezcan y se amoraten. Ve a la cocina, he visto cordel -le susurro con un tono tan bajo que no pueden oírlo las tías buenas.

-Cariño ¿adónde vas? ¿Qué ocurre?

-Diles que estás loco, que ahora sólo tú me puedes escuchar y tienes que obedecer, soy un dios que exige sacrificio -le susurro al oído conteniendo con dificultad una carcajada camino de la cocina.

La pequeña Ivana ha perdido completamente el color y es tal su apariencia de cadáver que cualquiera sentiría cierto tufo a descomposición por pura sugestión. El padre acaricia su cabello con tristeza.

-Vamos te están esperando.

Les ata las manos a la espalda y a Helga la obliga a girarse hacia el sofá y la invita a que descanse el pecho en el asiento. Su culo redondo y musculoso por el gimnasio se ofrece voluptuoso a mi invisible polla.

-¿Por qué nos haces esto? Responde.

-No respondas y ata las tetas de tu hija.

La primera vuelta de cordel la pasa por debajo de ambos pechos y da cuatro vueltas de cordel a cada pecho, siguiendo mis instrucciones, cuando estoy satisfecho con la fuerza con la que se han atado, le susurro.

-Déjalo ya y ahora, arranca el cable de lámpara de pie.

-Papá me duelen mucho.

El delegado desenchufa y tira al suelo la lámpara halógena de pie que se encuentra a la entrada del salón y arranca el cable al tercer intento.

-Quiero que le azotes sus tiernos pechos, quiero masturbarme viendo como se amoratan y la piel se rasga.

-Hijo de puta -contesta ante los horrorizados ojos de su hija.

-O lo haces tú, o lo hago yo. Y te juro que le arrancaré las tetas a golpes.

Helga se incorpora.

-¿Estás loco? ¿Qué vas a hacer?

Golpeo la cabeza de la mujer y la obligo que pegue la cara al asiento del sofá, manteniendo su cabeza presionada.

Cojo un cenicero de la mesita y lo sostengo tras la cabeza de Ivana. Si no empieza a azotarla, le casco el cráneo.

El delegado ha entendido y lanza un fuerte latigazo que causa un escalofrío de dolor en los músculos de su hija, lanza un gritito, que se convierte en alarido a medida que los azotes se suceden.

La madre forcejea por liberarse de mi presión, sin soltar mi presa, me coloco tras ella y la penetro con facilidad. A la vez acaricio los pezones ensangrentados de Ivana, que no siente mi tacto, se encuentra en estado de shock y sus pechos están tan amoratados como insensibles al placer. Hay sólo cabe el dolor. La chica se ha derrumbado en el suelo agotada y dolorida.

El delegado ahora observa cómo las nalgas de su mujer se agitan y su sexo está extrañamente lleno de aire. La vulva se muestras abierta y dilatada ante mi invisible bombeo. Helga ha dejado de gemir y se ha sometido. Su mente ya ha empezado a deshacerse.

Dentro de unos minutos serán de nuevo las cuatro.

Eyaculo mi invisible semen en el ojete de Helga y la ira me posee al no poder ver mi propia polla escupiendo la leche. Es algo frustrante.

Todo es rojo.

Me acerco hasta el delegado y le doy una fuerte patada en los cojones.

Todo queda ahora en silencio. Dong, dong, dong, dong… Las cuatro.

Me siento satisfecho, razonablemente sereno ya.

Aunque haya algunos daños colaterales, yo soy pura justicia. Imaginad un mundo en el que los señores delegados no sufren y sólo viven bien y ejercen su santa voluntad. ¿Asqueroso verdad?

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Han pasado tres años. Y hace dos que el señor delegado se suicidó en su celda mordiéndose las venas de las muñecas. Le insistí sobre tal hecho unas cuantas noches durante los cambios de turno de los celadores.

Madre e hija se pudren en un sanatorio mental. Continúan contando extrañas historias, sin duda alguna, aún aleccionadas por la obsesiva personalidad enferma del padre y marido maltratador.

Cuando atraséis o adelantéis la hora, acordaos que alguien estará muriendo y sufriendo. Eso os hará sentir mejor.

Iconoclasta

Pozos de los deseos

Publicado: 27 octubre, 2009 en Terror

Habito en los pozos, en lo profundo de ellos, en los pozos de antiguos castillos, pozos de brocal de piedra vieja y negra y de mohosas paredes. En pozos centenarios que durante años dieron vida. Pozos en oasis, tan profundos que nadie puede ver el reflejo del cielo en el agua.

Los que ahora son los Pozos de los Deseos, contaminados con miles de monedas.

Deseos frustrados y hechos picadillo. Cada moneda que lanzan, la masco y la escupo con asco.

No sirven para nada todas esas monedas y me preocupo de que no se cumplan los deseos. Soy el que hace justicia en el planeta, alguien que no se deja vencer por la hipocresía y la cobardía. Al que no le importa nada el desengaño del amante, la salud del enfermo, ni la fortuna de los humildes.

Vivo en los pozos más profundos y oscuros, donde enamorados, optimistas desesperados y desahuciados lanzan el sucio metal por el que viven y mueren.

Un gesto tan vano como sus esperanzas. Carece de utilidad alguna esa mísera generosidad, ese gesto idiota.

La miseria se liga con más miseria y se acuñan más monedas que iluminan ojos mediocres.

Por muchas monedas que lancen, por muy ilusionados, por muchas esperanzas que pongan seguirán igual de pobres y enfermos y los enamorados no confiarán entre ellos.

El hombre se acerca, de puntillas asoma con temor la cabeza rebasando el brocal del pozo para atisbar en su interior, busca agua. Siente el terror de una caída en la oscuridad y aún así, el deseo de lanzar una moneda que conjure la buena suerte. Son cosas habituales, que se hacen día a día como si de un rito se tratara.

Asoma un brazo, y acto seguido un destello metálico me hace parpadear, la moneda choca en su caída contra el muro del pozo para hundirse con un ridículo ruido en el agua infecta. He sentido el silbido del metal en el aire, un deseo.

La conciencia colectiva de la humanidad podría hacer realidad esos deseos si el número suficiente de humanos así lo desea. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la humanidad es una plaga que diezma los recursos del planeta, una plaga que se ha escapado a toda ley natural. Yo soy el que mantiene el equilibrio en los pozos de los deseos, el que evita que los deseos se hagan realidad por algo tan idiota como lanzar una moneda a MI POZO.

La única razón por la que se les llama pozo de los deseos, es porque yo lo digo y lo escribo y la gente se lo cree. La humanidad es mucho más simple de lo que se piensa.

Madre Naturaleza, no, ella es retorcida como los dedos de mis garras.

La mujer del pecho enfermo atisba de puntillas asomada al brocal del pozo, lo hace con temor, es tan profundo y tan negro que todo lo malo está aquí abajo. Lo bueno está arriba, mirando al cielo a mano derecha.

Ha tirado una moneda y ha deseado en silencio y con gravedad liberarse sana y salva de ese cáncer que poco a poco crece ahí, en su mama. Un gesto de candor, un sacrificio a la inocencia, a la ilusión y a la esperanza.

Pedir un deseo, no puede hacer daño, no puede hacer daño creer en la magia.

Y una mierda.

¿Por qué lanza la moneda a un sitio tan oscuro, allá donde el mal habita con toda probabilidad? No sabe que con ese pago vende su alma al diablo. Soy un lírico trágico.

El planeta no es un diablo y no quiere su alma, no importa en absoluto su alma ni las de un millón como ella. Es la mera justicia de la naturaleza. Lo único que importa es evitar que dos pulmones sigan respirando. Sólo nos interesa el cuerpo, sólo nos interesa que la plaga no se extienda más allá del camino sin retorno.

Nadie puede cumplir un deseo por una miserable moneda, sería injusto para con los demás seres del planeta que no tienen.

Con miseria se compra miseria y con sutura cierra los cuerpos abiertos un forense. Y la sutura sutura los párpados muertos de un cadáver que no se quieren cerrar.

El cielo mismo clama y suplica mi intervención, el cielo se siente sucio y asqueado de que la hipocresía lo use para respirar. No quiere llenar pulmones, tantos pulmones. Es agotador.

Y como una sombra subo veloz hacia ella que cree ver un movimiento irreal, y es tan espesa la oscuridad que los ojos se quedan prendidos de esa masa densa y llena de negro, la mujer oye su propia respiración resonar en cada piedra del muro. Y eso causa un efecto sedante en el deseoso, lo tenemos todo planeado.

He subido gritando como una bestia innombrable y se ha aturdido. Soy veloz, eficaz.

Madre Naturaleza ha de revisar mi salario. ¡Ja!

El humor negro, si es a costa de otros, siempre es inteligente.

Estoy muy cerca de ella, le acaricio su pecho enfermo y siento el tumor que lo pudre. Su respiración se agita y se lleva la mano donde yo la he puesto, sobre mi sombra, sobre parte de mi ser. Se palpa el bulto que ahora parece latir como un corazón más. Un negro corazón.

– Morirás y te meteré esa moneda que has tirado en la boca, para que sientas el sabor frío de un deseo no cumplido.

Se le escapa una furtiva lágrima al reconocer que es el final; aquí en las profundidades, también escucho música. Y cuando afirmo algo, quien escucha, no puede evitar sentir la verdad pesada como una lápida.

No hay nadie cerca, su hijo y su marido ojean a muchos metros de aquí los puestos de recuerdos turísticos, una horda de turistas multicolor se aproxima cruzando la pasarela del foso que rodea el castillo, pero nadie mira algo tan banal como a una mujer tirando una moneda al Pozo de los Deseos.

La discreción ante todo, cuando se puede mutilar se hace, cuando no, hay que recurrir a otros medios.

Soy mental, soy físico, soy químico, soy biológico. Están en mis manos todas las formas posibles para evitar que un deseo se cumpla.

Cuando me aparezco ante ella, cuando mi cabeza se hace visible y me reflejo en sus ojos con mi boca irregular que sonríe, mi lengua rasgada y mohosa que lame las manos apoyadas en el brocal y mis dientes que son monedas serradas clavadas con dolor y odio en las encías sangrantes; intenta gritar ante el horror, intenta escapar cogiéndose el pecho que abrasa por dentro. El tumor se ha extendido, las esporas malignas han llegado hasta su hombro aceleradas por un deseo de selección natural y siente la muerte galopar por su sistema linfático a la vez que mis dientes se cierran en sus labios desgarrándolos. Mis manos apresan su cabello para lanzarla como una moneda más a lo profundo.

Su grito me estremece…

Puede que sea buena persona, que haya sufrido, que su hijo se apene y bla, bla, bla, bla…

Está muerta desde el mismo instante en que la moneda lanzó un relámpago de luz a mis ojos sin párpados. La madre naturaleza no me dio párpados para que jamás pudiera cerrarlos.

Tras la vertiginosa caída, no ha muerto aún y rebusco entre el limo del fondo para sacar la moneda que ha tirado.

– ¿Esto es lo que vale un deseo? – mi propia voz me asusta, no suelo hablar en voz alta a menudo.

Y aunque en esta oscuridad no pueda ver, le muestro a sus ciegos ojos la moneda.

– Es el precio de tu muerte.

Me la meto en la boca, la masco, la escupo en mi mano y me la meto en el culo. La naturaleza es obscena en su crueldad y yo soy sólo un pobre intento de esa obscenidad, hago lo que puedo y si he de sacrificar la elegancia no me importa.

Golpeo su cabeza contra el muro hasta que el cabello queda pegado a las piedras con trozos de hueso y piel. Y lamo la carne fresca y sangrienta, soy un sibarita.

Me meto los dedos en el ano y extraigo su moneda, la deposito en su boca. Y dejo que flote su cadáver, se está muy solo aquí y se agradece cualquier tipo de compañía.

Me hago limo cuando cabezas curiosas se asoman para gritar a la mujer que han visto caer.

Pasan los minutos debo esperar, ser cauto; ahora vendrán hombres para rescatar el cuerpo.

Las heces de su vientre flotan como corcho podrido en el agua.

Estoy harto y deseo decirlo al mundo entero, a todos los cretinos que lanzan sus monedas sucias y falsas con la esperanza idiota de tener suerte. Me pagan por su ruina y miseria sin darse cuenta.

Incinero vuestros deseos, soy yo el que impide que se cumplan deseos pretenciosamente pagados con una miserable moneda.

No es maldad, es higiene; simplemente cuido del planeta. Soy una terrorífica conciencia, una creación de la madre naturaleza. Es necesaria la muerte y la miseria, el desengaño y el miedo, el odio y la violencia, la envidia y el robo.

Hay demasiado cariño, amor, salud y dinero.

Soy lo que evita que ningún gesto idiota como lanzar una moneda al pozo, pueda hacer realidad un deseo y prolongar vidas innecesariamente. Todos tienen derecho a vivir y no puede un ser quitarle el aire y el espacio a otro con una mera superstición.

Alguien debe tener algo de cordura.

Soy un fango informe en el fondo de un pozo de agua cenagosa y podrida. Tan profunda que la pestilencia no llega al exterior. Se tatúa en las paredes.

Repto como un insecto para asomarme al mundo y deleitarme en llantos y zozobra. A veces es necesario aplastar la risa y la dicha.

En cada moneda conjurada por vosotros hay una huella de hipocresía, de una falsa inocencia forjada en el miedo a envejecer y empobrecerse.

La moneda es tan egoísta como los sentimientos que disfrazáis de generosidad. El egoísmo está muy lejos de parecer bondad.

No son tan bellos vuestros sentimientos, no son para nadie más que vosotros por mucho que lancéis las arras de la miseria cerrando los ojos como beatos que no piden nada para si.

Soy una sombra, soy un reptil, un anfibio, soy un virus y soy un asesino. Todo depende del deseo. Siento un asco infinito por el hombre rico que lanza una moneda para ser más rico. Y siento desprecio por el enfermo sin voluntad que se aferra a una sucia moneda para sanar. Y siento la estúpida sensiblería de los eternos enamorados.

Es una mala cosa esto de ser el guardián de los pozos de los deseos, tienes que escuchar constantemente lamentos y estúpidos e inmaduros deseos de prosperidad y salud. Alguno pide la muerte de alguien de vez en cuando, son los cobardes, los que se pudren entre la envidia y el odio y no son capaces de solucionar el problema, de erradicarlo. De matarlo, destrozarlo, desmembrarlo y comérselo.

Luego está el buenazo que sólo pide paz y armonía, pero miras sus ojos y todo es basura.

Los haces de las linternas horadan la oscuridad sin que llegue al fondo, la luz se queda a medio camino, el muro del pozo absorbe todo.

El bombero encargado de rescatar a la mujer, flota en un limbo oscuro…

– ¡Parad!, ya he llegado.- le dice a la radio.

Encuentra el cadáver y toca con la punta de los dedos la carótida.

– Está muerta, te lo aseguro.- le susurro hecho sombra.

Estoy íntimamente pegado a él. Cree que este susurro ha sido su respiración y aún así no puede evitar sentir el miedo. Y mira constantemente a un lado y a otro enfocando con la linterna.

El foco de luz se ha detenido en los restos de la cabeza que están pegados en la pared.

– La mujer está muerta.- comunica por radio.

Una camilla de rescate baja rozando las paredes, así colgada parece el esqueleto de una crisálida.

– Pide un deseo,.. tira una moneda y pide un deseo. ¡Ahora!- le susurro de nuevo.

Se gira con rapidez buscándome.

– Bajadla más deprisa, aquí hace frío.- miente por radio.

Tras unos largos minutos en los que colgado del arnés, asegura con dificultad el cadáver a la camilla, habla por la radio y pide que los suban.

– Tira una moneda.- he elevado tanto la voz y es tan gutural que los que jalan de las cuerdas, allá arriba, han preguntado por lo que su compañero ha dicho.

– Por el amor de Dios, tirad más deprisa.

– Una moneda…

No he podido vencer su miedo, a veces presiono demasiado; no he conseguido que tire una moneda. Es un bombero tacaño.

Se le escapa un gemido de terror cuando le atrapo la bota y tiro de él.

– Una moneda…

Los de arriba jalan con más fuerza de la cuerda y mis dedos resbalan por la superficie de la bota mojada.

Cuando el cadáver sale al exterior, el silencio se apodera del viejo castillo, los turistas observan a distancia el cadáver y al hombre que grita histérico. Al niño que no se mueve, pálido y demudado como su madre muerta.

——————————————————–

Jesús no puede dormir, da vueltas en la cama, el sueño de su compañera es un rítmico rugido que no le permite perder la conciencia. No ayuda esa respiración profunda a borrar de su mente el cadáver que ha sacado esta mañana del pozo. Pero lo que desea olvidar de verdad, es la sensación de terror y peligro que había en la oscuridad de aquel pozo, la terrorífica presión de unos dedos agarrando su pie por unos segundos. Si tuviera una cruz la besaría, la mantendría en su puño.

Y sus ojos buscan entre las sombras del mobiliario y de las paredes algo que se mueva.

Hay algo en la vertical sus ojos, del techo pende una bolsa oscura, un bulto; algo de tres dimensiones que palpita. Intenta elevar el brazo hacia eso, pero el miedo es tan profundo… No puede moverse.

Ella no sueña, no es ella la que ha soltado esa risita infantil.

Cuando siente que su corazón está a punto de estallar, da un giro brusco hacia la izquierda y enciende la luz de la mesita.

– ¿Qué pasa Jesús? – le pregunta ella sin haber despertado del todo.

Oír su voz ha sido un alivio, ha espantado al monstruo de su imaginación.

– Nada, sigue durmiendo.- le habla en voz baja mirando al techo blanco del que no cuelga nada.

Casi sonríe ante su infundado miedo y más tranquilo, apaga la luz.

En el último segundo, le ha parecido ver una sombra saliendo veloz de debajo de la cama para reptar por la pared como un inquieto y enorme insecto.

Piensa que está cansado, que la vista le ha jugado una mala pasada.

Y la risa otra vez.

Siente un deseo infantil de despertar a Sandra.

Recuesta la espalda de nuevo en el colchón y cuando mira al techo, el bulto está de nuevo ahí, pero no es un bulto. Está a escasos centímetros de su cara. Huele a podrido y siente el frío de una humedad pegajosa, su vejiga se afloja y la orina empapa las sábanas.

La escasa luz que se filtra por los resquicios de la ventana ilumina unas monedas rotas y clavadas en unas encías sangrantes. Una garra resbaladiza y fría le amordaza con rapidez la boca, las uñas se están hundiendo en sus mejillas, son cuchillas que violan la piel y la carne muy adentro, muy profundamente.

– Nadie cumple sus deseos en mi pozo. No puedes vivir. Deseaste salir de allí, lo deseaste con tanta fuerza que sentí náuseas. Y no me diste una moneda. No puedes vivir, Madre Naturaleza no quiere más ganadores. Ni morosos.

El monstruo del pozo volvió a reír como un niño travieso cuando apoyó su mano en el pecho de Jesús, encima del corazón; escarbó con las uñas la carne y le arrancó el corazón. Lo dejó al lado de la cabeza de Sandra.

Nadie pudo explicar qué clase de locura llevó a Sandra a cometer ese crimen. Ni ella misma lo recordaba. Tampoco hallaron razón alguna para que le metiera una moneda de 50 céntimos en la boca.

———————————————

Sandra pasea por el jardín del sanatorio mental, han pasado nueve años desde aquella noche y su sangre es un cóctel de psicotrópicos. El viejo pozo está abierto y por él desciende una manguera de un camión cisterna de limpieza.

Desea salir de allí, de ese hospital, desea sentirse bien. Una moneda brilla en el suelo la coge, sube el escalón y apoya la cintura en el brocal; cerrando los ojos lanza la moneda al interior.

Un grito desgarrador que nace de la profundidad sube veloz hacia ella, cuando piensa que sus oídos van a estallar, siente que le arrancan el cuero cabelludo de un tirón. Ya es todo oscuridad y su cuerpo rebota mil veces contra la pared del pozo en una caída interminable.

La risa…

Iconoclasta

Un día de risas y amor

Publicado: 25 octubre, 2009 en Amor cabrón

Es normal esta voz torpe, mi bella.

Se han liado mis cuerdas vocales por todo este torrente de amor que se atropella y agolpa por decirte al oído y al espacio lo que te quiero.

Son pólipos de amor, deseo y ternura que hacen de mi voz algo parecido al graznido de un cuervo. Nada inusual.

El pato Donald estaba enamorado.

Y puedo parecerte fatigado, pues no. Tampoco es por el tabaco, listilla. Simplemente me cortas la respiración cuando ríes o cuando cierras los ojos llevada por un placer, por un beso de mis labios o por una promesa de amor eterno.

Y es por eso que lagrimeo tanto. Todo este amor pesa en mi pecho y requiere un gran esfuerzo respirar contigo. Es entonces, cuando me concentro en atrapar aire bendito, que los ojos se escapan a mi control y los muy bastardos buscan el ébano de los tuyos; emisores de rayos de luz de una arrasadora sensualidad. Deslumbrante.

No es un lagrimeo triste, mi bella. ¿No ves mi sonrisa de Cheshire? Es que la luz de tus negros ojos me somete, me esclaviza. Si no fuera por mi férrea voluntad, desearía seguir mirando hasta quedar ciego y guiarme por el mundo sólo con tu mirada.

¡Vaya, cielo! Debería hacer algo, mi bella. Entre mi tartamudeo, la dificultad respiratoria y esta pequeña alergia que provoca un ligero lagrimeo en mis ojos, te debo parecer de lo más patético. Si tienes paciencia, dentro de otros mil años conseguiré arrebatarte el control de mi organismo.

Y sólo me falta dejarme vencer por el peso de tus palabras, para caminar un poco doblado y así ser el vivo retrato del corcovado Quasimodo.

Y tú la hermosa Esmeralda, que me quiere a mí, no a Febo.

¡Vaya amante te has buscado, mi bella!

Mi vida, tus ojos son preciosos; pero necesitas gafas.

No es un día para hablar de ausencias y de encuentros, ni de tiempos de desolación. No es el momento de pedirle cuentas a la puta vida; que explique esa furcia porque nos ha hecho esto.

Hoy sólo quiero arrancarte sonrisas a puñados, mi bella.

Amada, amada, amada…

Quiero ser el motivo de tu sonrisa, seré una fresca brisa que acaricie tu piel y te haga cosquillas de amor.

Una palmada en el culo: ¡Pero qué buena estás cordera!

Soy tu rústico patán y estiro las mandíbulas como un auténtico cro-magnon, pensando en cosas profundas, tan metafísicas como darte con una porra en la cabeza, gritarte: ¡Ujungo bongo! (te amo, maciza) y hacerte madre en una caverna con una gran hoguera y una luna llena gigante en el cielo.

Me he comprado unas gafas de broma, de su montura dos grandes ojos cuelgan de unos muelles. Me las colocaré cuando estés mirando a otra parte y te diré un dulce "te amo" mirándote fija y tiernamente con esos ojazos.

Necesito tu risa, mi amor.

Hoy llenas mi corazón, soy tuyo. Estoy en ti, sólo necesito tu reír.

Porque ya te tengo toda.

Te contaré un chiste de tontos enamorados. Otro de los que se confunden enamorados con enanos morados. Blancanieves besando a Gruñón de forma obscena. De locos; pero no tontos.

De sordos; pero no ciegos.

Tengo tantas cosas para hacerte reír…

Me tropezaré con la raya de un lápiz marcada en el suelo, seré un tosco Charlot para arrancarte tu sonrisa, mi premio de vida.

Y astuto yo, aprovecharé para abrazarme a tu cintura y darte un beso serio como un cáncer, grave y profundo. Sin asomo alguno de chanza, como el universo negro sin estrellas.

En ningún momento dejaré que aflore la tristeza de casi una vida entera sin ti.

No te contaré de las tristes mañanas en las que despertaba sumido en una profunda pena que no entendía, no podía identificar. Al abrir los ojos me cubría una capa gris, fría y desabrida que me torcía la boca en una mueca de náusea. Me faltaba algo que no supe lo que era hasta que vi tus ojos.

Cada amanecer sin ti, me sumía en una profunda melancolía.

Mi vida, ya no podía seguir acumulando tiempo sin ti. Vivir a duras penas era viable.

Cuantas veces, durante cuantas horas he mirado mis pies buscando pistas sobre el amor, sobre tu existencia. Alguien por quien vale la pena vivir.

Alguien por quien me despelleje la piel por arrancarle unas sonrisas.

Miles de ellas a ser posible.

¿Sabes el chiste de Caperucita Roja?

Iba por el sendero del bosque a casa de su abuelita, cuando aparece el Lobo:

-¿Adónde vas Caperucita bonita?

Y Caperucita, que parecía no haber tenido un buen día ya que iba dando patadas a las piedras, le respondió:

– ¡A rascarme el coño!

Dime que es gracioso y ríe mi bella

Ríe mi vida, hasta parar mi corazón.

Es un día de amor y risas.

Nos lo hemos ganado, cielo.

Ha sido tan largo vivir sin ti, tan triste…

¿Sabías que las brújulas son las que montan en escóbulas?

Una risa más…

Iconoclasta

Nota del autor: el chiste de Caperucita Roja, aunque versionado a mi gusto, no es de mi invención y como de tantos otros chascarrillos, desconozco al autor. Igual ocurre con el chiste de la brújula.

PLUTON

El 9º y último planeta, el más alejado del sol. La luz que emite es amarillenta y hay un disco a su alrededor porque los plutanacos usan el espacio como vertedero y los restos flotan creando ese caprichoso adorno.

Es el planeta más frío, alcanza el 0 absoluto.

Visitar Plutón requiere invertir el presupuesto anual de ropa en un solo día. Y mucha fuerza para poder moverse con tanto peso encima.

Es sabido que los seres vivos se adaptan a las condiciones de su entorno y la evolución los lleva a modificar su morfología y carácter hacia una vida más fácil y útil en su medio.

Los plutonacos son los más histéricos llevando a cabo su evolución, comen y beben como cosacos todo el día y fuman que parecen chimeneas. Son tan activos que el más sereno de los seres que moran el Sistema Solar puede acabar hasta las narices del maldito dinamismo plutonaco.

Me pusieron muy nervioso; si están sentados repican con los pies en el suelo continuamente. Si están de pie charlando, se balancean inquietos, y si pasean lo hacen a la carrera.

Mi mente sagaz intuía que es por culpa del frío; no hay quien pare quieto un instante. Sin embargo, no me cuadraba porque hacían las mismas idioteces en el interior de los edificios donde se encontraban calentitos. Y eso me llevaba por lógica a pensar que no se fiaban de las centrales ni redes eléctricas, que era tal el frío que sentían, que vivían estresados ante el temor de un apagón. El quedarse sin calefacción requería vestirse muy rápidamente la decena larga de abrigos que había que llevar encima para sobrevivir a aquel clima hostil.

Estaban en un constante estado de alerta. Pobres…

Me metí en un bar cualquiera al azar, había cientos. Pedí una cocacola y me la sirvieron caliente, esperé fumando pacientemente a que se enfriara apoyado en la barra.

-¿Tu no te mueves?-me interrogó el plutonaco que oscilaba a mi derecha.

Bebía un buen vaso de aceite de hígado de bacalao y hasta mí llegaba el hedor. Sé que este clima es extremo y es necesario proveerse de vitaminas; pero me parecía excesivo, prefiero caer anémico a vomitar mi propio estómago.

Y encima lo tomaban humeante.

-Un poco sí que me muevo, pero prefiero que me monten.-le respondí con mi innato ingenio.

No lo entendió y yo me quedé mirándolo con una sonrisa pícara y simpática mientras su cerebro daba vueltas y vueltas a lo que había dicho.

Al cabo de diez minutos me cansé de mantener la sonrisa y esperar una muestra que me hiciera creer que su mente había llegado a entender algo.

Le hice una pregunta más directa al Einstein.

-¿Dónde paran las putas?

-Aquí no hay putas; si quieres lo haces y ya está. Cuando veas a una tía que te guste, te acercas y la pisas.

Me gustó aquella metáfora ornitológica sobre el acto sexual. Sentí un repentino afecto hacia aquel planeta tosco y frío, de palurdos y libertinos habitantes.

Los plutonacos son de color gris oscuro, una necesidad para poder absorber el calor de los pocos rayos de sol que les llegan. Son imberbes porque hace un frío que pela. Y son más bien bajos, entre 1 punto 5 y 1 punto 6 m. de estatura.

Le ofrecí la mano al palurdo como agradecimiento por su atención y despedida, la aceptó crujiéndome tres falanges. Me movía inquieto soportando el doloroso apretón sonriendo.

Son muy efusivos los plutonacos.

-No te preocupes, no creo que haya ningún apagón por ahora.-me dijo, sin duda pensando que mis pies bajaban y subían alternativamente como respuesta a un estado físico y mental de alarma ante un apagón.

Soy una máquina procesando hipótesis.

Tras varios minutos más con mi mano apresada en la suya, se acordó de devolvérmela. Ya daba igual, gracias al corte de la circulación sanguínea se me había insensibilizado y no me dolía.

Me largué de allí tras haberle pagado los cuatro vasos de aceite de hígado de bacalao, no se resistió a ello, si no que insistió.

No son generosos en ese planeta.

Como soy decidido y mi apellido es peligro, salí a la calle dispuesto a follarme a la primera tía que se cruzara en mi camino (estaba ya harto de tanto viajar y quería acabar el estudio de una vez para volver a casa).

Es muy difícil reconocer el sexo de un plutonaco en el exterior, llevan demasiada ropa. Y más difícil aún es saber si la plutonaca está buena.

Me guié por mi instinto y por los tonos pastes en azul pálido, rosa y verde que vestían la mujeres. No me arriesgué con los colores neutros y oscuros. Detecté y localicé a una tía que andaba-corría tranquila y veloz en sentido contrario al mío. Sólo pude apreciar sus ojos de entre los 10 Kg. de ropa que llevaba encima, capucha incluida.

Me preparé mentalmente para ponerme en su camino y decirle alguna gracia que le indicara que era mi voluntad mantener ayuntamiento carnal con ella.

Y como ella, tan solo mostraba mis preciosos ojos verdes en la profundidad de la capucha.

Me planté delante cortándole el paso. Se detuvo frente a mí y sus ojos se dulcificaron.

-¿Quieres foll…?

Tomó la iniciativa, no me dejó acabar mi estudiada pregunta.

Fueron cuatro pisotones rotundos, me pateó cuatro veces seguidas, 2 el derecho y 2 el izquierdo.

Con los pies helados y a una temperatura de 0 absoluto (-276 ºC) cualquier pisotón suave duele como una amputación traumática.

Y aquellos pisotones no fueron suaves. Lloré como un crío por el intenso dolor.

Se retiró la capucha y grité asustado, era más fea que Picio; retiró la mía también, me abrazó y me tumbó en el aire aguantándome en vilo con sus poderosos brazos. Mis doloridos pies pugnaban por no resbalar en el suelo criogenizado.

Me sentía mujer bailando un tango.

Abrió la boca y me llegó un nauseabundo olor a podredumbre, me besó los labios y me metió la lengua hasta el píloro.

Me estaba cansando ya de tanto sexo bucofaringeo.

Saltaba a la vista que acababa de beberse unos cuantos vasos de aceite de hígado de bacalao y lo degusté entre arcadas.

Llevó una mano a mis cojones y grité.

-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

Me dio 10 apretones mientras le rogaba que me dejara vivir.

-¿Ya?-me preguntó.

Le dije que sí mil veces con la cabeza.

-Es que los tíos altos me ponéis…

Me soltó y siguió su camino rumbo a un destino desconocido para mí.

Me mantuve reflexionando en el aire dos segundos y por fin caí de espaldas contra el suelo, me di la vuelta para esconder mis lágrimas y consolé con el calor del guante helado el dolor de los genitales.

Caminando con los pies aplastados como un pelícano, me dirigí a un supermercado; compré un tubo de dentífrico y un cepillo de cerdas blandas porque no quiero que me sangren las encías.

Entré después en el bar, pedí un vaso de sifón con cubitos y palmeé con los pies hasta el servicio.

Cuando conseguí sacarme las botas y desprenderme de los diez pares de calcetines de lana, pude apreciar la magnitud de la lesión. Se habían formado hematomas que iban desde las uñas hasta los tobillos incluyendo el empeine.

Me lavé los dientes y la lengua con vigor y vehemencia tras haber vomitado. Cuando salí del servicio me sentí más relajado.

Tomé un solo trago de sifón y volví al exterior combatiendo mi pánico.

Un grupo de plutonacas hembras paseaban-galopaban veloces y sonrientes hacia mí. Miré el suelo haciéndome el loco y doblando las rodillas para parecer más bajito me apreté contra la fachada de un edificio.

Me interceptaron, las miré angustiado, dos de ellas se pusieron frente a mí y las otras seis hicieron cola detrás. Aguanté casi con dignidad los 8 pisotones, pero cuando me retiraron la capucha no me dejé coger en sus brazos y me tiré al suelo hecho un ovillo. Llorando de nuevo.

Me llamaron nenaza e impotente y se largaron al trote.

No me gustaba nada el follapisa, era doloroso, estúpido, extraño e incluso anómalo.

A pesar de esto, decidí en aquel momento llevar la iniciativa y no largarme sin follar, o al menos sin haberme esforzado como es habitual en mí.

Eché a caminar de nuevo y esta vez todo lo rápido que me permitían mis pies destrozados.

Me detuve un momento para aspirar un pulmón que se me había salido por la boca y seguí mi furiosa carrera.

Una plutonaca con sus anoraks color rosa caminaba 20 pasos por delante, me lancé al trote imprimiendo velocidad a mis palmeados e hinchados pies y me coloqué frente a ella.

Se paró.

Levanté rápidamente el pie derecho para darle un fuerte pisotón, acumulé energía en la boca del estómago y lancé el pie con un grito de guerra. Pisé el suelo. ¡Qué rápida era la mala puta!

Levantó el suyo y lo bajó con una fuerza que no lo parecía, me pisó y sentí algo sísmico.

No me arredré y levanté el otro pie al tiempo que le decía:

-¡Me cago en tu madre!

No fallé, fue ella la que me esquivó y me piso en contraataque, sin que pudiera hacer nada por evitar mi propio drama. Me sentí abandonado.

Grité de dolor, me abrazó, me sostuvo en el aire, me besó, sentí de nuevo el aceite de hígado de bacalao inundar mi ser como un torrente fétido aunque ya no sabía tan mal como al principio. Me masajeó la laringe con la lengua y aunque le rogué hecho un mar de lágrimas que no lo hiciera, lo hizo. Me estrujó 10 veces los huevos.

Ni en este 2º polvo sentí excitación o placer alguno. El follapisa no me decía nada, no me gustaba.

Me recogió del suelo un plutonaco y al ver mi desconsuelo y angustia, me escoltó hasta el aeródromo para que no me volviera a pisar otra hembra ardiente.

Por el camino me aclaró que la zona erógena está en sus pies y que si muchos se balancean no es por un atávico temor a un apagón eléctrico, simplemente se la estaban pelando. Eso sí que me cuadraba, porque nadie podía ponerse a follar en pelotas en Plutón.

Le di las gracias y 30 sistemas que me exigió por la compañía y la información. Me destrozó la mano con un caluroso apretón.

Por mi parte le expresé mi asco hacia Plutón y sus mujeres. Confesó que eran realmente feas, pero como no se iban a poner en pelotas y cuando se sacaban la capucha cerraban los ojos, tanto les daba.

Me importaba una mierda la forma en que nacían y como se desarrollaban los plutonacos así que no le pregunté por miedo también a que me sacara más pasta.

Despegué de Plutón con los cojones gordos y tumefactos (si no fuera por el dolor y el color, no me hubiera importado que estuvieran gordos) rumbo a mi asqueroso planeta la Tierra (no estaba de buen humor). No pude hacerme una paja en tres días.

Pasé casi una hora molesto por la humillación y violación a la que fui sometido en Plutón.

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ULTIMA REFLEXION

Hace ya un año que realicé aquella exploración para conocer y difundir los diferentes comportamientos sexuales en el Sistema Solar.

Estoy seguro de que no copularé jamás fuera de la Tierra.

Da igual que una mujer me diga que está caliente pero; no lo quiere hacer conmigo porque es muy bonita la amistad. Sé que en cuanto vea los billetes en la cartera, todas esa amistad se irá a la mierda y nos convertiremos en perros en celo.

Los terráqueos somos complejos, ilógicos y terriblemente predecibles.

Y eso da seguridad.

Si deseáis más información, no acudáis a agencias de viajes porque todo lo encuentran precioso. No os hablarán del follaoreja o el follapisa.

Ellos sólo quieren vender y vender.

Lo mejor que podéis hacer para manteneros informados, es llevar este dossier y leerlo; aprended de mi dolor y humillación. Por sólo 700 sistemas seréis sabios.

Y sobretodo no olvidéis vuestros condones hiperlubricados, sedosos y sensitivos: La polla del Sistema Solar.

Su integridad ha sido probada por mí, en persona.

Además, tenéis el aliciente de encontraros un condón con restos de mi semen; si lo encontráis, remitidlo en sobre cerrado de PVC a Latex Manufacturated Pleasure y os regalarán un llavero enorme: mi pene a escala 1/10.

A ver si os creíais que no iba a hacer negocio la empresa después de subvencionarme.

Ni que yo iba a sacar beneficio de mi odisea sexual. Además de carnal soy material.

Poneos negros de tanto follar.

Buen sexo.

 

 

Iconoclasta

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Sexo en el Sistema Solar: Urano y Neptuno

Publicado: 22 octubre, 2009 en Humor

URANO

Es un planeta oscuro el 7º del Sistema Solar, es pequeño y los días son tan cortos como los de Saturno.

Es el anti-Saturno por su fealdad, -170 ºC, verdoso oscuro y las bandas de su atmósfera son nubes de metano con amoníaco.

Debido a esa atmósfera mierdosa, maloliente e irrespirable, se hace difícil interactuar sexualmente con los uranitas.

El uranita es un cruce entre terráqueo y pulpo. Se apañan bien con sus tentáculos, incluso más de lo que me podía imaginar.

Ni siquiera los poderosos filtros Hepa de mi nave pudieron evitar que se inundara de un auténtico olor a mierda al entrar en la atmósfera uranitas.

Viajar no proporciona esas alegrías místicas que dicen experimentar los románticos viajeros; a ver si son capaces de apreciar con una sonrisa beatífica la belleza de un planeta que huele a mierda y amoníaco.

Cuando uno se cruza con un uranita dan ganas de pincharlo con un arpón y meterlo en agua hirviendo con una pizca de sal y laurel durante 45 minutos para después, servirlo troceado en una tabla de madera con un chorrito de aceite de oliva y pimentón picante.

No son bellos ni ellos ni ellas. Su tronco es antropomórfico, pero en lugar de pies y manos tienen 3 tentáculos al final de cada extremidad. Tienen 12 tentáculos y es peligroso cuando no eres capaz de controlarlos todos cuando estás próximo a un uranita.

Sus rostros son más agradables, algunos casi tan guapos como yo. Se distingue fácilmente a los machos de las hembras porque las hembras tienen cara femenina y los machos masculina.

Y son promiscuos como la madre que los parió. Cuando a un individuo de cualquier lugar del Sistema Solar le llaman pulpo por su costumbre de meter mano en los cuerpos de forma rijosa o lasciva, también lo están llamando uranita.

Son amables y muy cordiales, pero al igual que en el Sol, no pude disfrutar de un acercamiento íntimo debido al traje de respiración autónoma que me veía obligado a usa para protegerme de aquella agresiva atmósfera.

El hotel donde me alojé contaba con atmósfera acondicionada, pero los uranitas no podían acceder sin traje. Si no das, te dan y se te dan te jodes, es una constante universal que uno va reconociendo en todos los lugares.

Me tuve que mentalizar de que tan solo me limitaría a pasear, cotillear todo lo que pudiera y probar su comida, que en la atmósfera adecuada (la mía nativa) dicen que es deliciosa.

No hay nada más molesto que comer entre uranitas.

Entré en un restaurante con habitáculos para extranjeros, eran burbujas de metacrilato con aporte de aire respirable y sellada. Una vez dentro de ella, pude liberarme del traje de respiración.

El sonido ambiente llegaba claro y diáfano, y de este modo llegué a sentirme completamente integrado en el bullicioso ambiente. Unas troneras y ventanas de doble cámara, servían para que los camareros pasaran a través de ella la comida y bebida.

Lo desagradable de comer entre uranitas, es la carencia total de vergüenza y decoro que ostentan. Llegáronme a sacar de quicio las constantes ventosidades que dejaban escapar. Era un continuo pedorreo que en principio me quitó el apetito. Soy solidario, rencoroso y vengativo, me tiré un pedo muy sonoro, tan sonoro que el uranita maricón que se sentaba en una mesa contigua, a mi vera, se giró y me sonrió.

Me arrepentí en apenas unos segundos de lo que hice, puesto que el pedo lo metabolicé yo solito, sin ayuda de nadie; tan solo con mis pulmones. Me olvidé llevado por la pasión de la venganza, que me encontraba en una burbuja, aislado.

Entraron dos uranitas hembras que tomaron asiento en la mesa contigua a la mía, a la siniestra; cosa que agradecí porque tendría el pretexto de entablar conversación con ellas y evitar el comprometido cruce de miradas al que me sometía continuamente el julandrón que estaba sentado a mi diestra.

-Perdonad. ¿Sabéis si por aquí hay algún lugar, un local para terráqueos con ganas de fiesta?

-¡Anda qué casualidad, somos putas!-dijo la rubia tirándose un pedo.

Me encantan las hembras sinceras directas y desinhibidas.

-¿Trabajáis en un local de alterne?

-No. Hacemos la calle.

-¡Vaya!-exclamé desanimado, no siempre soy locuaz.

Estaba visto que en ese planeta, definitivamente, no podría mojar.

-Te podemos hacer una paja aquí mismo por 20 sistemas.

A veces creo que hay un dios que cuida de nosotros, que nos mece y acuna en sus brazos protegiéndonos de ingratos y áridos destinos.

Me bajé la bragueta del pantalón echándole unas jaculatorias al buen dios y dejé el cipote al aire, oculto bajo la mesa.

Se tiraron dos pedos y rieron las muy picaruelas, se aproximaron a las troneras y cada una metió un tentáculo por las más bajas. Los tentáculos reptaron como serpientes por el suelo hasta situarse bajo la mesa y subieron palpando mis piernas hasta que por fin sentí las ventosas en la polla. Parecían pequeños labios besando y succionando a la vez.

Aquello era la paja de las pajas.

Ni siquiera la continua sucesión de pedos que se tiraba el celoso marica, eran capaces de sustraerme al placer que estaba sintiendo.

-¿Te gusta terráqueo?-me preguntó con voz sensual la morena.

-Sí, muchísimo.

-Lástima que no te la podamos chupar, vería que carnosas son nuestras lenguas.

No les hice ni caso, me concentro mucho cuando gozo. Eso y que las muy guarras me excitaban más para que me corriera enseguida. Son muy putas las putas.

Por lo demás, eran muy discretas, el resto de sus tentáculos manejaban con total naturalidad los cigarros, vasos, tenedores y cuchillos de la mesa; comían como si no me estuvieran haciendo una paja.

El camarero me sobresaltó.

-¿Desea algo más?-miraba con disimulo los tentáculos que agitaban los faldones del mantel esbozando una sonrisa de listillo.

-¡No, coño!-le dije irritado.

Y se largó tentaculeando a la zona de camareros.

-¡Oye terráqueo! Cuando estés a punto de eyacular avísanos, danos un toque en los tentáculos. Si nos pringamos con tu semen se nos irrita la piel.-me dijo la rubia.

-¡Joder! Mira que tengo una caja con 850 condones en la nave. Bueno, no os preocupéis, os daré un toque antes de salirme de madre.-les dije demostrando así la riqueza de mi lenguaje.

Tras casi 30 segundos, toqué aquel follón de tentáculos bajo la mesa.

Se retiraron y me dejaron abandonado a mi eyaculación. Mis cojones comenzaron a bombear y sujeté con fuerza y contenido sentimiento el tenedor en mi puño.

La morena me guiñó un ojo y al momento volví a sentir el tentáculo masajeando el bálano.

Las putas tienen buen corazón y ese ángel tuvo el detalle de no abandonarme en ese importante y bello instante.

-Eres una hermosura.-le dije agradecido.-Te daré 20 sistemas más.

Una ventosa succionó mi pijo en el momento más feliz; un pedo de alguien sonó a lo lejos, no me importó, estaba en el séptimo cielo.

Sentí el semen chorrear por aquel intenso masaje.

Las putas mantenían una conversación como si nada pasara; escupiendo mis últimas gotas conté sus sugerentes tentáculos. 24 tentáculos se movían y reposaban algunos encima de la mesa.

Y calculé con una sonrisa satisfecha que el que estaba bombeando aún mi pijo era el nº 25.

"Cada uranita tiene 3 tentáculos y sólo 3 en cada extremidad. Y cada uranita tiene 4 extremidades y sólo 4 4 extremidades x 3 tentáculos = 12 tentáculos x 2 putas uranitas = 24 tentáculos".

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, miré bajo la mesa y allí estaba el tentáculo, escurriendo mis últimas gotas de leche; enfundado y protegido por un condón rosa. Llegaba desde mi diestra. Lo comprendí todo; clavé con fuerza el tenedor en el infecto tentáculo nº 25, en el momento en el que el maricón me lanzaba un sonoro beso. Mis ojos se oscurecieron aterrados.

Si yo lo veía todo oscuro, el pulpo marica lo debió ver de color rojo, porque pegó tal alarido de dolor que provocó un pedorreo generalizado. Una especie de escatológica histeria colectiva.

Los uranitas tienen el vientre muy flojo.

El local se sumió en una atmósfera densa y verdosa, momento que aproveché para calzarme el traje de respiración y largarme de allí sin pagar. A las putas no les di propina.

Jamás hubiera reconocido públicamente que un maricón remató aquella paja; pero este testimonio servirá de ayuda y advertencia para otros putañeros espaciales sin experiencia. Que sirva al menos para el bien común aquella humillante experiencia por la que pasé.

A las dos horas estaba probando en mi nave el masturbador ultra Octopussy, especial machos.

Cuatro ventosas unidas a un tentáculo de realista movimiento me dejaba bizco mientras la nave penetra en el universo profundo.

Precioso de verdad.

NEPTUNO

Mi penúltima escala y el 8º del Sistema Solar.

Dicen que Tritón y Nereida, sus dos satélites, son de una belleza espectacular. Eran dos piedras sin ningún tipo de elegancia. El planeta en si, es una gigantesca charca de agua fría. Una Nueva Orleans pero más grande y oscura.

Sus habitantes, los neputnosos, viven en agua, comercian con el agua, se cagan en el agua y follan en el agua.

Parece ser que el nombre de su planeta los motiva mucho.

Son tímidos los neptunosos.

No es aconsejable para los que tienen el ácido úrico alto comer demasiada cocina uranita, como la típica que sirven en los restaurantes típicos en los que es típico pedir los típicos platos uranitas.

(Creí que jamás saldría de ese párrafo)

El 90 % de su alimentación es marisco; y va a precios reventados. Mucho más barato que las naranjas ácidas en la Tierra.

Entre los dedos de las manos y los pies tienen membranas interdigitales que imagino debe ser una mejora evolutiva para obtener más placer en sus tocamientos sexuales. Para mí, sus órganos genitales son tan invisibles como lo son los de los lenguados de la Tierra.

No importa, Freud dijo que un hombre seguiría siéndolo hasta que le cortaran la lengua. Freud era un feriante con divertidas sentencias.

La voz de los neptunosos es un agudo chirrido y me recuerda mucho a los chaperos travestis que rondan las cercanías de los estadios de fútbol de la Tierra; no me refiero a que ofrecen una mamada por unos pocos sistemas, sino a la falsa femeneidad con la que hablan.

Un taxi me llevó del aeródromo al barrio más putero, Glubs Pleasure.

El taxista era un emigrante vasco al que le costaba ya mucho hablar euzkera o español por la cantidad de años que llevaba en Netpuno. Me instruyó con su chirriante acento en lo que debía hacer para que en su genética timidez una puta neptunosa accediera a follar conmigo.

Tampoco tienen mamas y es difícil distinguirlas de los machos. El sabelotodo del taxista me indicó que lo mejor para los extranjeros era pronunciar unas palabras a través de un tubo de plástico, un suave embudo en el que en su extremo más ancho, estaba cubierto por una membrana transductora que a mí me parecía película plástica para proteger bocadillos vegetales con atún. Casualmente llevaba en el maletero 560 Provocadores del ansia de follar.

Aquel humano no conocía la sutilidad ni falta que le hacía, me sacó 100 sistemas por el Provocador del ansia de follar y 60 por la carrera de apenas 5 minutos.

Pensé en llamarlo hijo puta vociferando por ese aparato estúpido; pero hay pocos taxis en la zona y es muy posible que tuviera que volver de vuelta al aeródromo con él.

Me dejó frente a una sala de baile llamada La Sirena Cerda.

Con todos los neptunosos que me cruzaba en el interior del local, ocurría lo mismo: me dirigían la mirada a los ojos, la desviaban avergonzados hacia el provocador y luego daban media vuelta dándome la espalda avergonzados con una vergonzosa sonrisa.

Si en un principio pensé que eran tímidos, en aquel momento concluí que también tenían estupidez congénita invariable para todos los individuos.

En la barra del bar pedí un licor de sargazos rojos y me sirvieron también un cuenco con pulpitos vivos a modo de acompañamiento, que usé como cenicero.

Me sobrevino una arcada con el primer trago de licor. Abandoné el vaso y aferré con resolución el Provocador del ansia de follar.

Salté a la pista de baile, me coloqué frente a una neptunosa con un ademán sensual y me llevé el Provocador del ansia de follar a los labios para pronunciar la frase que el taxista prometió que la excitaría y obligaría a mostrar sus órganos genitales, disponiéndola así al apareamiento.

El apareamiento según el vasco es lo mismo que follar. Viajar enriquece.

-¡Abrete de piernas que te la meto!-le grité ante todos.

Quedó paralizada, se puso roja como un tomate y lanzó un graznido de vergüenza.

Su entrepierna se inflamó formándose un bulto que se abría lentamente por una ranura que iba desde el interior de los muslos hasta el inicio de la zona ilíaca (si es que tenían huesos). De aquel bulto y en mitad de la pista, cayeron dos cojones como dos camiones y un pene largo y fino como una anguila.

Era un macho, el taxista me explicó que las escamas de la cabeza en las hembras eran de un discreto tono rojizo. Las escamas de los machos, plateadas.

Buscando una explicación que fuera mejor que creer que el cochino taxista me tomó el pelo, vi que encima de la cabeza del neptunoso había un foco rojo que teñía las escamas.

Rompió a llorar, cogió sus cojones y el pene entre los brazos e hipando disgustado y avergonzado, se perdió tras la puerta de los servicios.

Yo no me amilano ante la adversidad, así que oteé el horizonte en busca de escamas rojas sin foco encima del tarro.

Me planté con gallardía frente a una neptunosa que bailaba medio borracha con la cabeza colgando indolentemente en un ademán de desoladora soledad. Pedía a gritos compañía, un cliente.

-¡Abrete de piernas que te la meto!-dije a través de aquella repelente bocina.

Tuve el presentimiento que aquello tampoco tendría final feliz cuando lanzó un alarido de sorpresa.

Otro neptunoso con los huevos por el suelo. También lloró desconsolado y se dirigió a los servicios dejando tras de si un rastro de confeti rojo en el aire que desprendía de su cabeza plateada.

En la pista me miraban todos con temor, quedé en el centro de un amplio círculo cuando retrocedieron al unísono.

Fueron 10 segundos cargados de tensión hasta que el discjockey hizo sonar Paquito el chocolatero y se olvidaron de mí para graznar todos juntos un extraño "hey, hey, hey".

Parece que tampoco tienen mucha memoria los neptunosos.

Puse más interés, examiné ausencia de focos rojos y elegí una neptunosa al azar, cuando me puse frente a ella le di un fuerte soplido en la cabeza para comprobar la ausencia de confeti de cualquier color. No había confeti.

Me miró horrorizada y al tiempo se le escapaba una risilla de lo más estúpida.

Ya me sentía más familiarizado con la fórmula y dije sin gritar pero con firmeza:

-¡Abrete de piernas que te la meto!

Se tapó la cara con una mano, avergonzada perdida, con la otra mano me quitó el Provocador del ansia de follar.

Debía temer que se lo repitiera y hacerse agua excitada perdida.

-Son 50 sistemas y el vivero lo pagas tú.

Habló muy claro y no sé si eso del Provocador del ansia de follar, era realmente un transductor o un timo del taxista vasco. De cualquier forma, me emocioné vivamente al oír aquellas palabras tan significativas para mí.

Entre sus piernas estaba creciendo un pequeño bulto que se estaba convirtiendo en una especie de pequeña hucha con forma de coño.

Neptuno es carnalmente retráctil.

Mirando al suelo y sonriendo nerviosa con su natural timidez, salimos de La Sirena Cerda para cruzar la calle y dirigirnos a El Vivero de los Enamorados, le pagué la pasta al neptunoso de recepción que se estaba poniendo hasta el culo de pescadito crudo.

Bajamos por una escalera hasta llegar a una piscina redonda de la que salía luz de su interior. Genial, tan hortera como los hoteles de las cataratas del Niágara. Me desnudé en escasamente 1,5 segundos y en menos tiempo aún, la muy puta me dio un empujón y caí en la piscina.

-¡Me cago en Dios! ¡Qué fría está, so puta!-le dije sin el Provocador.

Estaba empalmado cuando entré en contacto con el agua y supongo que por el brusco cambio térmico, el pene se quedó colapsado así de duro y firme pero, con un matiz azulado. Me sentía orgulloso de mi hombría.

La neptunosa puta se zambulló en la piscina dando voltereta con triple salto mortal y tirabuzón. De paso me dio una lección de cómo entrar en el agua elegantemente y no como yo. Son importantes los detalles.

Se colocó frente a mí, abrió sus piernas y la penetré con toda naturalidad y elegancia también.

Le hubiera preguntado si estaba gozando para que me dijera que sí, pero aún no estaba seguro de si me entendería sin el provocador.

Cruzó las piernas tras mis nalgas y estiró el torso atrás. Formábamos una coreografía de una belleza extraordinaria. Mis cojones estaban duros como pelotas de cuero por el intenso frío, sin embargo mi pene estaba calentito y empapado de su humor sexual.

Sin previo aviso, la puta me arrastró hacia el fondo de la piscina, yo estaba enganchado a ella; su vagina había aprisionado firmemente la polla y tuve que bajar acompañándola en su caprichoso paseo.

Se agitaba en vaivenes rápidos contra mi pubis (lo hubiera podido hacer igual sin tener que ahogarme. El instinto tira mucho de nosotros) y como era vergonzosa, no me miraba a la cara y no se daba cuenta del alarmante color amoratado de mi tez.

Para mayor inri y desasosiego, estábamos rodeados de vidrios y tras ellos las mesas de un restaurante; estaba repleto de neptunosos que nos miraban avergonzados y algún terráqueo que gritaba:

-¡Animo, paisano! Dale caña a la sardina y que aprenda lo que es un hombre.-no soy neptunoso y me sentí avergonzado.

No le hice ni caso.

Me era imposible desengancharme de la neptunosa y me sentía ya tentado de respirar agua y forzar así mi evolución hacia la respiración branquial.

Ya veía la luz brillante al final de un túnel cuando sentí en el glande una presión extraña, un músculo lo estaba oprimiendo y liberando alternada y rápidamente; una especie de bombeo. Sentí a continuación arder el pijo y un placer intenso provocó que los dedos de los pies se me contrajeran como si me hubiera puesto calcetines tres tallas más pequeños.

La puta apoyó sus pies en mi pecho y estiró las piernas con fuerza, salí disparado contra los vidrios dejando una estela de esperma flotando en el agua y con los dedos aún doblados por el placer y la asfixia.

-¡Joder paisano! ¿Qué comes para hacer tanto yogur?-gritó verdaderamente entusiasmado y admirado el animoso terráqueo.

No le respondí porque tenía prisa por emerger, encenderme un cigarrillo, y respirar.

-Hijalagranputa, cerda de mierda.-le grité a la puta apenas comenzó a salir mi pelo a la superficie.

No me hizo ni puto caso, cogió el bolso, mi dinero y se largó.

Lo que temía se hizo realidad, de vuelta al aeródromo me llevó el taxista vasco.

No levanté la mano para que parara, lo reconocí y me quedé muy quieto para que pasara de largo pero; me reconoció y paró delante de mí. Me hice el loco, como si no fueran para mí los bocinazos que estuvo dando durante cinco minutos.

Como la situación se estaba volviendo más molesta a cada instante, abrí la puerta del taxi.

-¡Hombre, es usted! ¡Qué alegría!-mentí.

Y el vasco me llevó hacia el aeródromo a través de los canales y barrizales del oscuro Neptuno. Aún sentía frío.

Me cobró esta vez 100 sistemas por la carrera le pagué, me bajé y a través de la ventanilla le pegué el Provocador del ansia de follar en la oreja y le grité:

-Chorizo de mierda. Me ha dicho tu madre que pases por la farmacia y le compres un bote de crema hidratante porque le he escaldado el coño de tanto tirármela. No tardes que le duele.

No sé que coño pasó, pero cuando se iba a bajar del taxi, seguramente para darme un abrazo, le creció el paquete pollal cosa mala y no pudo.

-Abrete de piernas que te la meto.-le dije con crueldad.

Se sonrojó con una sonrisilla idiota y bajó la mirada a algún punto de sus cojones hinchados.

Desaparecí tras las puertas de la terminal sin esperar que se abriera de piernas.

Me duché con agua hirviendo en mi vieja y confortable nave y sin ningún tipo de alegría puse rumbo al último planeta de mi tour turístico.

Me unté el glande con abundante pomada anti-hematomas por una especie de cardenal que me salió en el pijo. Lo verdaderamente importante es que mi pijo seguía allí, me temía lo peor.

Reflexioné durante unos minutos admirando esa pequeña porción de la Vía Láctea (aquel mes más láctea que nunca en lo que a mí se refería) y quise relajarme, dejar de oír aquel "plop" humillante transmitido por toda la piscina cuando la puta me lanzó fuera de si.

"No todo es belleza en otras civilizaciones o formas de vida, hay verdaderos cabrones en el universo.". Anoté esta frase llena de sensibilidad y profunda sapiencia y me comí un bocadillo de anchoas que chorreaba aceite y me puse perdido.

 

 

Iconoclasta

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Está lleno de cruces

Publicado: 18 octubre, 2009 en Absurdo

En algún momento de la infancia (seguro que fui niño, tuve que serlo), tal vez en mil novecientos sesenta y siete, (más atrás no; los niños tan niños no deberían soñar según qué); soñé con un cielo saturado de azul y blanco; se podía tocar, hundir las manos en las nubes de un blanco tan crudo como el sudario impoluto de un cadáver. El azul era tan sólido, que la luz apenas podía vencer la oscuridad. Un toque de noche al día. Una balsa oscura reflejando el mar sereno, maldito, infranqueable y voraz.
Era hermoso aquel cielo a pesar de las cruces que se mantenían ingrávidas como naves espaciales amenazando la tierra. Oscilando imperceptiblemente al ritmo de los pulmones de los crucificados.
No tuve tiempo.
El primer crucificado, hermoso su rostro congestionado por el dolor, era mi padre.
Yo lo observaba tranquilo. Fascinado por las detalladas vetas labradas en la negra madera de la cruz.
Él no me miraba, sufría más allá de mí. El dolor nos hace tímidos y en lugar de mirar a los ojos, miramos el polvo.
No tuve tiempo.
Se murió antes de saber que su hijo soñó con él crucificado.
No tuve tiempo de sopesar si era mejor hablar o callar.
Se murió antes de saber que su hijo estaba loco.
Todos me sobrevaloran, es una constante como la lenta velocidad del tiempo cuando siento que me arrancan las uñas.
Tras él y en todas direcciones, se extendía un inmenso campo de cruces, cada una con su crucificado, con su culpable. Centenares de tristes cristos convertían sus lágrimas en lluvia sobre la tierra.
Uno de ellos era un presentador de la televisión, me parecía viejo. Ahora, al seguir viéndolo ahí crucificado, me parece un poco más joven que yo.
Hasta en mis sueños los extraños interfieren, el mundo infecta lo más íntimo, lo más sagrado de mí.
Si pudiera, haría arder a los crucificados, los incineraría a ellos y sus rostros dolidos. Hasta las cenizas desintegraría para que no quedara nada de ellos en mi mente, en mi sueño.
Sucios…
Como los odio, los odio allí colgados sufriendo y llorando.
Tal vez nunca los queme, que se jodan y sufran durante toda la puta eternidad por haber infectado mi sueño.
Beso tu coño, mi bella. Eres lo único que permito que interfiera en mí. Eres lo único que miro con una sonrisa. Eres mi jardín perverso y la ternura, la inocencia que un día quedó clavada en algún madero de una cruz negra.
Oscilando con mi respiración hostil.
Mi padre está caliente en la cruz. Lo prefiero allí que frío y rígido sobre la cama. Antes de encerrar su carne en un ataúd sellado lo toqué y el frío de su piel aún quema mis yemas.
Deberíamos morir directamente en una urna de cristal para que nadie pueda tocar nuestra fría carne.
Muerdo tus labios, mi bella. Esto no debería escribirse, y sólo tengo el consuelo de la cálida humedad de tu boca.
Tampoco le pude decir a mi amado crucificado, que tuve que arrastrar el cadáver de su madre. Se murió con el cuchillo en una mano y con una vaina de judías en la otra. A fuego lento como el agua que calentaba en la cocina.
Es otra razón por la que los cadáveres deberían caer en un recipiente, jamás en el suelo. Pesan infinito, pesan dolorosamente. Por más que los cojas y los aprietes contra ti, no vuelven, no te hacen caso. Ni siquiera te ayudan a llevarlos hacia una cama donde exponerlos. No los puedes dejar en medio de la cocina todo el día: los perros que los aman podrían arañarlos pidiendo que se levanten.
Necesito acariciar tus pechos hasta sentir tus pezones duros presionar las palmas de mis manos. Necesito lo vivo y lo cálido; te necesito a ti entre toda esta insana tropelía de recuerdos.
Porque estás tú, mi bella, de lo contrario no podría vomitar esto sin lamer el indoloro filo de la navaja con mis venas.
Tal vez ni estés, tal vez gires la cabeza asqueada.
¿No es hermoso el plateado brillo de un filo? Mi padre usaba una navaja para afeitarse. La conservo por si algún día he de cortarme el cuello. Nunca se sabe.
Ojalá fuera tan valiente.
Que nadie se fíe.
¿Y si soy uno de ellos, de los que llueven dolor sobre el mundo y tú no estás? ¿Y si soy el sueño del sueño y tú la que mira horrorizada? Necesito la navaja…
Debo preguntarle a mi hijo si ha soñado conmigo, si me ha visto crucificado en la cruz como está mi padre.
Si me dice que sí, me cago de miedo.
Me cago de pena.
Tampoco le puedo decir a mi querido crucificado que no soy un buen padre, que mi hijo no basta para dar consuelo a la angustia que a veces me dobla por la mitad. El sigue mirando abajo, como los otros. No le importa si soy buen padre.
Pero a mi hijo no se lo diré, yo no hago daño a mi hijo. Jamás permitiría que por sus dedos se extendiera el frío de la carne muerta. Llevo un ataúd a la espalda para tal fin.
No se ríen los crucificados ante mi gracia. Y si alguno se riera, allá al fondo del infinito, sería yo.
Ahora soy tres años mayor que cuando mi padre murió. Sé más que él. Estoy seguro, porque ahí, sufriendo en la cruz, se le ve más joven de lo que pensaba que era, ergo no podía saber más que yo. Imposible.
Si hubiera sabido tanto como yo, estaría sonriendo. Se reiría de lo que su cansado cuello le obliga a mirar allá abajo.
Necesito abrazarte, mi bella. Abrázame, no quiero el calor de las cruces ni de los dolientes. Sólo quiero el calor de tu cuerpo. Conjura a los muertos y a los que odio. Conjúralos con una caída suave y profunda de tus párpados; un telón que cierra una maldita obra que no consigue arrancar una sola sonrisa a nadie.
Tú me absolves.
RIP


Iconoclasta

Introducción y consideraciones.

Hay amores rotos: amantes mal sincronizados con el tiempo y el lugar.

Antes escribían sus confidencias en cartas que tardaban días y semanas en llegar. Hoy se aman entre bits y velocidades lumínicas.

Con terabytes de ansiedad, con la misma insana ilusión.

Son amores rotos, amores que se cogen con cuidado y se acunan para intentar curarlos. Repararlos.

Dan pena los amantes rotos, ríen cuando hay que llorar y ríen cuando hay que reír.

Se duelen lejos del teclado y la pantalla; como en otro tiempo lloraban lejos del papel para no emborronar el amor más de lo que estaba. Casi difuso.

Son heroicos, uno se avergüenza de su suerte al mirarlos ilusionados con algo tan roto entre sus manos.

Con tan poca cosa, es extraña la fuerza con la que los corazones laten desaforadamente.

Este curso es una poderosa arma que la universidad Brokens Love pone a disposición de esos héroes que hacen de su amor roto un universo de llantos escondidos y risas exageradas. De secretos que se susurran al viento.

Se inicia el curso.

Y va ser duro. Seremos inflexibles con nuestros alumnos.

Máster en supervivencia de Amores Rotos.

Ponente: Sr. Llanes, licenciado en Rotología.

Buenos días y bienvenidos, mis queridos rotos.

Hemos de comenzar este curso avanzado, puntualizando que nunca se debe pronunciar "imposible".

Lo roto se arregla, o se coloca en su lugar. Lo imposible es muerte fría y oscura. Inanición del ánimo.

Así de horrible y oscuro.

¿Y si fuera imposible, qué sentido tendría este máster?

PROHIBIDO PRONUNCIAR "IMPOSIBLE".

Porque un amor imposible no se debe llamar así jamás. Ya sufren bastante los amores rotos, siempre fuera de lugar y de tiempo.

I-N-S-I-S-T-O, quien pronuncie "imposible", será expulsada/o del aula y del centro, y no se le devolverá la abusiva cuota de la matriculación.

A estas alturas de vuestras vidas, mis alumnos rotos, no os vais a engañar, no sois adolescentes. Así que quiero que uséis tantas mentiras como sean necesarias para aliviar el dolor de un amor roto. Sois mayorcitos ya y tenéis derecho a mentir. Os lo habéis ganado a pulso.

Respecto al grandullón del fondo. Sí, usted, el que se muerde el puño con tanta ansia; le comunico la primera amonestación de dos.

A la segunda que reciba se va a la calle.

Que nunca más se le ocurra ser sincero con su amada. ¿No le da vergüenza haberle dicho una verdad que ambos sabían? Es un dolor cruel y gratuito.

Claro… Ahora se muerde el puño de puro remordimiento, porque le duele cada lágrima que ella derramó.

Prométale ahora mismo que se abrazarán, piénselo con intensidad. Sabe muy bien que sabremos si lo ha hecho. Y no querrá quedarse sólo para toda la vida ¿verdad? Estos amores sólo se encuentran una vez, mi pobre roto.

Eso está mejor.

Venga aquí, amante ansioso y nervioso, deme un abrazo y prométame que nunca más le dirá algo tan brutal a ese caramelo con chile que le ama.

Ya está, no me llore. ¿Acaso no la siente sonreír feliz ahora? ¡Ay estos adultos enamorados! ¿Qué harían ustedes sin un profesional como yo?

Está bien, sabemos que han tenido que hipotecar la casa para pagar el curso; pero aún así, vale la pena. Al menos para nosotros.

Les deberíamos cobrar el doble.

Es broma, sonrían mis rotos. Valientes enamorados.

Mis rotos alumnos, probablemente sabéis más que yo de lo muy rotos que os sentís, de lo roto que es vuestro amor sostenido en rotos deseos (no es falta de vocabulario, repetir "roto" tantas veces, es un método pedagógico para que penséis en él con familiaridad).

Y tal vez por eso, no sois objetivos y os retorcéis entre dolores y alegrías.

Sí, sé que es desesperanzador ver tantas cosas rotas; pero seguís enamorados a pesar de todo y de todos.

Debéis saber que sois muy pocos, que formáis parte de una élite de tenaces fracturados románticos.

Menudo consuelo ¿eh?

Sonreíd, que no os vamos a cobrar más por ello.

Miradme a mí, la amo a cada segundo, la tengo presente hasta en la piel y soy medianamente feliz (si os dijera que soy completamente feliz, y dado que no soy amante roto de ninguno de vosotros, seguramente os reirías de mi mentira). Y ella también es medianamente feliz, ella me lo asegura y yo me lo creo. De lo contrario, mis queridos rotos, me descerrajo un tiro en el cielo del paladar.

Entre los amores rotos, sólo hay un fino hilo de oro incorruptible que nos une, un superconductor que nos conecta nervio con nervio; pero es tan débil el pobre, que se rompe con el aliento. Con una palabra mal escrita, con un silencio.

Y hay que revisarlo y acariciarlo y adorarlo porque no está presente, y requiere todo el esfuerzo del mundo para mantenerlo. Los amores sanos, necesitan menos mantenimiento.

Vosotros tenéis que recurrir al exceso.

Tenéis que amar devorando la distancia y el tiempo.

Y es agotador ¿Verdad, mis rotos?

Mis cansados rotos… No toméis notas, al final de la clase, os entregaré el manual de supervivencia y mantenimiento.

Hasta aquí lo que sabíais; pero no acababais de poder expresar con las palabras adecuadas.

No os preocupéis, todos hemos pasado por ello.

Siempre, en todos los cursos impartidos, cuando llego a este punto en el que he acabado de expresar todo lo que sé al respecto, me doy cuenta de lo grande que es amar rotamente y siento unas ganas más tontas de llorar… Disculpad.

Y ahora la praxis.

Lo primero que vais a hacer ahora es abrir bien la boca y aspirar todo el aire que podáis.

Conocemos vuestros trucos: respiráis muy suave y repetidamente para evitar la angustia. Teméis que se os escape un gemido triste y demasiado audible.

Y también sabemos que continuamente mantenéis contraídos los músculos pectorales, temiendo que se os salga del pecho el corazón.

Pues muy M-A-L. Debéis ser consecuentes y valientes a la hora de gemir.

Unos auténticos rotos serenos.

Y por el corazón, tranquilos, continuará en su sitio. Eso del corazón colgando del pecho por un muelle, es cosa de dibujos animados. Leyendas urbanas. No tiene base científica. Así que relajad el pecho y dejad que el corazón bombee libre, con toda su potencia y caudal. Un buen torrente sanguíneo en el cerebro os evitará algunas lágrimas tristes. La sangre oxigenada, y esto sí que tiene base científica, es más animosa.

¿Pero quiere quitarse ya el puño de la boca y coger aire?

Vaya… Lo que tenía ahí dentro. Más que un gemido me ha recordado el grito de Tarzán. Seguro que Jane le ha oído.

Y ahora a relajar los pectorales. Las mujeres, si es su deseo, pueden quitarse el sujetador si lo llevan.

Es broma. Y si ríen no ocurrirá nada malo.

Eso es mis amantes rotos, tenéis una sonrisa hermosa, tenéis que lucirla.

Ahora que habéis acabado de expulsar los gemidos y los corazones laten más libres y relajados, sed sinceros: ¿a que no os sentís tan rotos?

Tanto tiempo con todo eso dentro… Pobres rotos…

Sí, podéis fumar si me invitáis. No puede hacer daño.

Pues sabed que vuestros amantes, donde quiera que estén, han sonreído con cariño; los hemos monitorizado con nuestro Almógrafo Ultrabroken v 3, un escáner del alma de última generación, y comprobado que han sentido en su rostro una brisa fresca que les ha provocado un delicioso escalofrío. Han cerrado los ojos mirando al cielo.

Al finalizar el máster os adjuntaremos con el diploma la almagrafía que demuestra que os han sentido íntimamente cercanos.

El llanto es inevitable, mis rotos amigos; y es bello. La tragedia de la fractura tiene una belleza ultra terrenal.

Sin embargo, hay que evitar en la medida de lo posible ese llanto. Porque el llanto es dolor y el dolor llanto; y amigos míos, mis apreciados rotos, ya tenéis bastante dolor.

No existe forma más bella de ser sinceros que expresarle a vuestro roto amante, que no hay nada en el mundo como el tacto de su piel o el húmedo calor de sus labios. Porque sabéis que es así, eso no es una mentira.

Ya sé que pronunciar cosas así de viva voz, crea un nudo en la garganta; así que de momento lo escribís una docena de veces en la libreta rota (especialmente rota para vosotros, para que veáis que cuidamos el detalle). Después lo pronunciaréis en voz alta, en un susurro. Y lo repetiréis hasta que vuestros labios y dedos se muevan pensando que es real. Con los ojos cerrados o abiertos, eso a gusto de cada uno. Y os lo creeréis como de pequeños creíais en Santa Claus.

Con una ilusión a prueba de bombas. A prueba de lógica y experiencia.

No obtendréis el diploma y mucho menos la almagrafía de vuestros amantes sino os veo ilusionados.

Muy bien. Así me gusta.

Esas lágrimas que se os escapan a algunos de vosotros no me acaban de gustar; pero sé que a estas alturas no son de dolor. Agua indolora que simplemente limpia el corazón. Románticos colirios.

Hermoso…

Mis queridos rotos, estoy orgulloso de vuestra promoción. Sois unos alumnos excepcionales. Enhorabuena.

Podéis marchar y ser medianamente felices.

Un abrazo, denodados amantes.

————————————————————-

Cuando los alumnos salieron del aula, se escucharon gritos de sorpresa, de alegría, risas y llantos.

Los amantes se habían encontrado.

En una cláusula del contrato del máster, redactada en letra demasiado pequeña, se especificaba que parte de la cuota se dedicaba a sufragar los gastos de viaje para sus amantes lejanos; incluía además, cuatro horas de tiempo para compartir un poco de vida en medio de lo roto y crear mentiras más reales que los ayudaran a hacer eterno el amor.

Los amantes rotos no leen la letra pequeña, están demasiado cansados de que todo sea tan difícil.

El profesor, se alejó de las puertas abiertas del aula y se deslizó a un lado de las cortinas de la pantalla de proyección en un lugar de penumbra. Y allí dijo "Te amo" con el almógrafo de su amante en la mano, cerrando los ojos.

El aparato vibró en sus manos y en la pantalla apareció una gráfica ascendente de un delicioso escalofrío en la piel de su amada.

Y sin darse cuenta, una lágrima que no era de dolor se le escapó.

Y aún así, dolió.

Iconoclasta