Archivos para julio, 2019

Y si yo tuviera pasta, también haría un crucero de mil putos días.
No te jode la pija…
A sus dieciséis añitos y tan petarda.
Es una maravilla tener dinero y esa decadente forma de perder el tiempo.
A su edad debería estudiar, no timar o creerse una redentora o iluminada.
Aunque hoy día estudiar no indica inteligencia. El 80% de la población que ha estudiado, apenas consigue entender lo que lee a partir de la cuarta línea del primer párrafo.
Vivimos una época en la que los idiotas copan la atención del resto de sus colegas anónimos y constituye un continuo insulto a la inteligencia leer sus noticias mierdosas.
¿De verdad puede entrar cualquier cosa en la ONU?
¿Lo que cague durante la travesía, lo envasará al vacío y se lo llevará a casa a reciclar? Y seguro que se alimenta exclusivamente de conservas de garbanzos criados con esmero, piedad y bienestar.
Mierda…

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Si no tienes a quien odiar, eres un ser triste. O con muy mala suerte.
Odiar es magia.
No existe nada tan intenso y energizante. Hay tanta gente en el mundo, que es imposible no hacerlo. De hecho, su gran abundancia, per sé es causa ya de odio.
Es imposible no odiar.
Y no es solo una cuestión de probabilidades o estadística. Es una constante universal.
A menos que seas un playmobil, un muñequito panadero o un pequeño jesucristo de belencito de juguete.
Los muñecos no saben de constantes universales, estás fuera del juego.
Solo eres de plástico si no odias algo.
El odio es solo para humanos forjados.
Los gurús del buen rollo son maricones, no son sintéticos. Solo cretinos en el mejor de los casos.

¿Duelen las plumas al desprenderse?
¿Les duele a ellas o al ave?
Me angustia un poco esta cuestión.
Porque es tan compleja la pluma que parece un ente con vida propia.
Es una pluma muy pequeña.
Una plumita.
Y sería de un pajarito.
He visto pajaritos tan pequeños que parecen hojas entre la hierba.
Son muy graciosos.
El dolor nunca es proporcional al tamaño.
Sé que hay la misma cantidad de dolor en el mundo para los seres más pequeños y para los más grandes.
Se reparte sin tener en cuenta el peso o el volumen. La naturaleza es así de puta y desconsiderada.
El dolor se prodiga generosamente, incluso hay una ley de proporcionalidad que dice que el placer siempre es la décima parte de la intensidad del dolor.
Si el placer fuera tan intenso como el dolor, moriríamos de un ataque de hedonismo ya de pequeños.
Y el planeta es un generador exclusivamente de dolor, el placer son prácticamente los residuos de la producción.
Es desolador…
Para los seres más pequeños hay más dolor por tanto.
Lo malo del dolor es que va forrado en miedo. Y cuando el dolor es fuerte, piensas que vas a morir.
Pobre pajarito…
Pobre pluma…
Tanto miedo y tanto dolor en un ser tan pequeño.
No quiero saber cómo perdió la pluma. No quiero pensar que ocurrió con el cuerpo que la lucía, con el pico que la atusaba.
Cuando has pasado una temporada inacabable de dolor queda esa cicatriz en algún lugar del cerebro, por donde se derrama el miedo a sentirlo de nuevo.
O la angustia de que los seres tan pequeños puedan sentirlo.
Yo pesaba cien kilos, y el pajarito unos gramos. A él le ha dolido cien veces más que a mí.
Siento mucho si dolió, pequeñajo.
Ojalá que no.
Es una pluma tan pequeña, tan orgánica…
Se la ve tranquila, no puede ser que haya sufrido. Las cosas y los pensamientos se marchitan con el dolor. Y está preciosa.
Por eso mi cerebro está hecho papilla, necesito una milagrosa sobredosis de algo.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Recuerdos escolares

Publicado: 29 julio, 2019 en Humor, Reflexiones

Estaba sentado bajo la sombra de dos grandes árboles, fumando.
Porque si no fumo ¿qué hago?
Escuchaba el ruido de las cosas y los seres en este valle inmenso formado por multitud de campos de pasto.
Progresivamente los truenos cortejados por ráfagas de aire fresco que tumbaban los muñones-paja de cebada y avena con un tranquilizador frufrú, empezaron a aproximarse y aumentar de volumen.
Las nubes metieron al débil sol en alguna celda oscura del cielo y el aire se hizo más veloz.
Y en ese instante, sentí que estaba en casa. Me dije: si ya estoy, no tengo que ir.
Encendí otro cigarro con el coro de un trueno.
“Además, no te espera nadie. Lo hiciste bien.”
Acomodé el culo en la gran piedra que me servía de butaca de salón.
Un par de urracas llegaron de un campo vecino, como enfadadas a juzgar por su graznidos, espantando con su aterrizaje a una bandada de palomas que picoteaban cosas entre la paja, lo que provocó un hermoso y caótico aplauso de manos emplumadas.
Empezaron a caer gruesas gotas que hacían de las grandes hojas de verduras silvestres que crecían en los límites de los campos, tambores de sordos y polvorientos toques.
La tierra exhaló una bocanada de acre humedad y melancolía. Mis dedos se cerraron intentando atrapar un poco de ese vahído de la tierra cansada, abrasada y sedienta.
¿Soy de tierra también? Porque me siento igual que ella.
Yo estaba en casa, estaba dos veces bien allá sentado. No quería que el planeta callara la líquida percusión de las hojas y los truenos de frescor que llegaban veloces.
Que no se secara la tierra, aún.
Que no liberaran al sol de su prisión.
Son cosas que pides cuando te arde el cuerpo y lo que quiera que sea el alma.
Y arreció con furia, agresivamente.
Las grandes copas de los árboles que me daban sombra, no pudieron frenar tanta agua.
Mi cuerpo decía de ponerse en marcha, yo le decía que no. ¿A dónde pretendía ir si este es mi sitio?
Cayó un rayo que partió uno de los árboles, los tullidos no se mueven rápidos. Es algo que cualquier tarado sabe.
Sentí mi cabeza crujir como madera seca.
No dolió, eso es lo que me dio más miedo.
Y no sé…
Ahora no hay nada, no hay sonido, ni luz, ni frío, ni calor, ni seres o cosas.
Lo único que no cambia, es que aquí no me espera nadie.
Mi pensamiento se desvanece, y siento un poco de melancolía a medida que desaparezco viendo mi cuerpo aplastado.
Bueno, se acabó la función con un maravilloso y teatral final, si no estuviera aplastado y muerto, me llevaba el puto óscar.
No me puedo quejar.
¿A dónde me lleva el viento?

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Se dice que las cucarachas y tal vez las ratas, serán los seres que sobrevivan con más éxito y comodidad a una catástrofe nuclear planetaria.
Se equivocan. Se equivocan del todo: las/os (me encantan las hipocresías inclusivas cuando ofendo) idiotas se reproducen más que las ratas, comen mierda y no se mueren. O al menos su tasa de mortalidad es tan baja que resulta desasosegador para la evolución de la especie humana. Pero sobre todo, lo que los salvará de un modo definitivo de morir y eternizar así la estupidez es: la suerte.
Todos los tontos del mundo tienen una suerte del carajo.
Y es que puedes verlos, oírlos y apedrearlos todos los días. Como si el planeta se empeñara en premiar y eternizar la imbecilidad; los más idiotas copan los puestos de trabajo mejor remunerados y con más responsabilidad. Los encuentras en los puestos estratégicos de los gobiernos y en todas las oficinas de atención al cliente y juzgados. Y en los colegios, como docentes, se sienten como pez en el agua.
Las estadísticas dicen que si metes en una picadora de carne a diez mil seres humanos, el porcentaje de pura carne picada de idiota sería del 98 %. Siempre pecando de optimistas, los que calculan las estadísticas no ven su propia giba.
Aun así, a pesar de toda esa suerte imbécil, no deja de ser una tragedia que sobrevivan a las ratas y las cucarachas.