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No se puede entender el amor como ocurre en las películas, la literatura, la música o el arte.
Se debe tener muy presente, porque las artes existen para evadirse de la realidad. De la mediocridad.
Ir a un museo o al cine para ver más de la misma decepcionante realidad sería un asesinato a la imaginación.
El amor real (si lo hubiera) no alimenta el cuerpo ni construye decorados preciosos.
El amor real se diluye, se asfixia con mil y un problemas que lo sepultan todos los días a lo más ignorado del pensamiento. Cuando el amor debe compartir espacio con la supervivencia, ésta lo pisa, le mete la cabeza en el barro. Porque la supervivencia es feroz, nada puede oponerse a la instintiva lucha por la vida.
Podríamos pues, concluir que el amor, el romanticismo es el producto de una sociedad acomodada, ergo decadente. Tal vez… Pero para eso existen las artes y el cine, para proteger el amor de la decadencia y la indignidad.
Y la dura realidad es que solo unos pocos privilegiados decadentes pueden vivir del amor bohemiamente.
Además de esto, el amor es sesgado porque el hedonismo va de su mano. Y la búsqueda del placer per sé, es una de las grandes aspiraciones de cualquier ser humano.
Es lógico pedir otro amor, y otro, y otro. Renovación. Es tan bello tan trascendente que, sería estúpido castigarse, castrarse.
Y también es cierto que la lealtad es una virtud hermosa: ahí radica también la lucha, la tragedia de amar.
El mundo, la vida está llena de posibilidades y cuanto mayor es la imaginación, las ansias de amar son más voraces.
El único amor, esa unión religiosa de por vida, es una imposición de los poderes políticos, religiosos y económicos que pretende limitar la felicidad y el placer para dedicar todo el tiempo de vida posible del trabajador al enriquecimiento de los que ostentan esos poderes.
Tampoco hay que confundir la búsqueda de amores con la poligamia; el amor debe ser único en su justo momento, es su naturaleza voraz y acaparadora; fiel hasta que se extingue y dure lo que dure. La poligamia es solo ganadería, reproducción. Putas y putos en un corral de gallos y gallinas ponedoras que follan como si cagaran.
Necesitamos la literatura, las películas, la música y las artes para que nuestros sueños e ilusiones adquieran el tinte de la posibilidad, aunque solo sea por un par de horas un día en el cine, frente al televisor, escuchando esa música preciosa que nos transporta a un tiempo y lugar que está lejano, tanto en el pasado como en el futuro. Un par de horas de amor hermoso en esta vida inmersa en una sociedad venenosa que es pura mezquindad y mediocridad, puta mentira y abuso.
Y estafa.
Hay mentiras hermosas por las que vale la pena abandonarse un tiempo y solazarse en una desinhibida ingenuidad.

Iconoclasta

Lo bueno de tener una pierna hecha mierda entre cáncer, venas podridas, piel negra, articulaciones con artrosis y además, torcida como un tirachinas con una rama rota; es que no tengo que ir a trabajar. Vamos, que no me dejan trabajar.
Por mí, de puta madre; pero es que si quisiera, ninguna empresa contrataría un tullido con tanta mierda ni para vender caramelos en un quiosco, por muy guapo y fuerte que sea.
Un tullido no es negocio si tiene tantos números para que todo le vaya a peor, y no pueda aguantar sin descanso tres o cuatro horas caminando, sentado o de pie.
Ya sé que un día me subirá algún trombo al pulmón, un trozo de cáncer al cerebro o se me desprenderá la pierna caminando y la tendré que recoger para reciclarla y que no me multe la bofia fascista; pero todo eso carece de importancia, porque mi enfermedad es mi libertad.
Y por otra parte no voy al médico porque solo quiere verme para aconsejarme sobre la amputación (uno de ellos). Otros no, simplemente me dicen que hay que cuidarla y me dan una bolsa de supermercado llena de ibuprofenos para que me coloque durante tres o cuatro meses.
Y yo no me desprendo de un miembro ni de mi polla tan fácilmente. Por mucho que joda o me duela; por poco que pueda, conseguiré que mi cadáver pese lo que debe pesar en canal y entero.
Bueno, pues cuando tenía la mala suerte de tener que acudir al trabajo diariamente, todos los putos días de cada semana en algunas ocasiones; una mañana al salir del vagón del metro, me tropecé con un tipo.
-Perdón -le dije sin sinceridad ni afabilidad, era un puro trámite.
El tipo olía a marihuana desde la barba hasta los pies descalzos, en los cuales, sobre cada empeine lucía una cicatriz circular, de esas que se hacen algunos con el cigarrillo por puro aburrimiento. O eso, o le habían clavado unos clavos a martillazos o golpeando con una piedra, no sé…
Y no quiero hacer comentario alguno, para no ser aburrido en detalles, de su sotana de jipi, o la cuerda de esparto a modo de cinturón. O de sus serenos ojos tristes. Ni de su media melena castaña y tan sucia como la barba. O de aquella franja de cicatrices pequeñitas, como una viruela, que lucía en la frente y le bajaba hasta las cejas.
-No… La culpa ha sido mía, perdóname por no haber estado más atento y haberte molestado por ello -respondióme con humildad.
Había juntado las palmas de las manos como saludan los chinos en las pelis (porque nunca en las tiendas chinas me han saludado así, ni de coña); pero sin mover rápidamente la cabeza arriba y abajo. En el dorso de cada mano tenía también una cicatriz circular, como las de los pies. Parecía que se hubiera quemado por puro aburrimiento con sus porros (tanta maría provoca reacciones raras o adversas hacia uno mismo). O bien, también la habían metido un clavo en cada mano a martillazos o golpeando con un taco de madera, no sé…
Por un momento tuve un deyavú (también se francés, aunque prefiero que me lo hagan), que mi hizo pensar en alguna película que había visto de pequeño; cuando el hijo de puta de Franco ordenaba que la televisión emitiera en semana santa películas de romanos y leones comiendo cristianos. Aburridísimas, un auténtica mierda bostezante. Y cada año la misma basura.
-No te preocupes, no ha pasado nada -le dije otra vez con idéntico nivel de sinceridad y afabilidad que hacía unos segundos.
Y me di la vuelta para continuar mi camino hacia el calvario laboral.
-Quiero que sepas que lamento mucho mi torpeza. Perdóname por ello, rezaré por ti.
Me giré ya con la paciencia a niveles de hierro en sangre de anémico y díjele:
-Oye, no tengo tiempo para esto, y no llevo nada suelto para darte.
¿Y sí además de jipi era marica? ¿Eh? ¿Eh?
Y con decisión, sin esperar más, me puse en marcha y me alejé camino a las escaleras mecánicas; yo no hago esas estupideces de subir escaleras a trote de atleta gilipollas. Y es que tenía unas tremendas ganas de salir de la puta estación para encenderme un cigarrillo.
Solo por no encontrarme con pirados así, vale la pena ser un tullido y la libertad que conlleva. Duele, pero nada es perfecto.
Coño, es que parecía el mismísimo Jesucristo Superstar. Y ese olor a porro…
Qué gusto, ahora, no entrar en el metro y así en el campo, aspirar el efluvio de la mierda de vaca y el podrido estiércol tan propio de los ambientes rurales, cuyos labriegos y ganaderos tienen también ganas de aportar su granito de arena para que nada sea perfecto con su: “vamos a tocar los cojones para que se enteren lo que es oler mierda de la buena” (sinceramente, es mejor el olor de aquel pirado, eso sí).
Como yo me entere de que rezó por mí, vuelvo al metro para encontrarlo, tropezarme con él cojeando y meterle un clavo en cada ojo y otro en la lengua.
Buen sexo.

Iconoclasta

De pequeño siempre he sido un sano escéptico, nadie consiguió adoctrinarme y lo que intentaron inculcarme lo puse a prueba (de ahí lo de sano). Cuando tuve un uso de razón eficaz (sobre los seis años), unas cosas las rechacé con cuidado para no provocar incomodidades en mi infantil vida y otras las acepté. Ahora mismo no recuerdo cuáles acepté, aunque creo recordar que tuve fe en la tabla de multiplicar del dos. El resto era demasiado complicado y abstracto. Nací con limitaciones, no puedes ser fuerte, robusto, astuto, hermoso, ingenioso, sensible e imaginativo y además ser inteligente. Los superhombres no existen, por mucho que cacaree Nietzsche.
Encontrábame yo formándome en la vida entre finales de los 60 y principios de los 70 del siglo pasado (el puto Franco cabrón estaba vivo), cuando comencé a oír una frase que mi padre y otros catalanes en corrillo y voz baja, entre cerveza y cerveza, repetían hasta el asco. No le hice puto caso pero; la archivé hasta que me hice adulto y obrero: “Si emigras, si vas a trabajar al extranjero y dices que eres catalán, serás mejor considerado y te darán mejores trabajos y mejor pagados. Los catalanes somos muy respetados afuera”. YO a veces, al oír aquello, sentí como una especie de cosquilleo en la polla y poco más.
En fin, le hacía el mismo caso que el avemaría de los cojones que nos obligaban a rezar al empezar y acabar la clase en el colegio.
Sin embargo, cuando empecé a trabajar con otros obreros como yo, me di cuenta de la gran mentira. Primero: yo era catalán y esclavo, no le veía privilegio alguno a ser catalán. Segundo: la inmensa mayoría de emigrantes eran extremeños, andaluces y gallegos; lo supe por sus hijos que eran mis compañeros de trabajo.
De catalanes emigrantes no conocí a ninguno mientras acarreaba sacos de cemento y rollos de tubería de plomo en la obra; supongo que debería haberme criado en una familia pija y burguesa para encontrar un funcionario emigrante catalán al cual le comieran la polla cada día por ser tan catalán en Bélgica, Alemania, Suiza o Estocolmo.
Por supuesto que hay racismo por parte de catalanes hacia el resto de España. Como sin duda alguna ocurre lo mismo con otras élites como vascos, valencianos o madrileños.
Y es que la rotunda expresión franquista de la miseria, la pobreza, el hambre y la endogamia, se encontraba en el sur de España. Lugares tan deprimidos que en plenos 60 y 70, moría gente por hambre y vivía en auténticas cavernas construidas con desperdicios cancerígenos.
Así que aquellos emigrantes de tercera categoría (los no catalanes), tenían más cojones que los de primera para salir al mundo y luchar contra la miseria.
Por poca atención que prestes a los que te rodean y los que tienes que soportar, con el tiempo acabas reconociendo la ponzoña que habita en las entrañas de la chusma.
Panda de hijos de puta generación tras generación…
Y claro, mis padres no me hicieron muy inteligente; pero tampoco idiota: los vascos, los valencianos, los madrileños… Todos pensaban que eran unos privilegiados y les darían cargos de ingeniería en cualquier parte del mundo por gozar de esos gentilicios.
Toda la chusma es patriota de su pequeña y sobrevalorada tierra. Vayas donde vayas, sea el continente que sea, encuentras el mismo patrón.
Que una etnia o una región del mundo desee erigirse en un nuevo estado, es algo que ocurre cuando nace el psicópata de turno que sabe enardecer el ánimo de sus idiotas y domesticados ciudadanos.
Yo estoy a salvo, porque de muy pequeño ya era alérgico al asunto de banderas, himnos y patrias. He vivido en sitios mejores que en el que nací pero; no todo el mundo es tan afortunado.
Que se jodan.
Estoy seguro de que “la inmensa mayoría” de los catalanes en este instante de la historia, sueña con ser un pueblo sufrido y místico como los judíos del antiguo testamento y exigir una circuncisión a modo de marchamo identificativo de denominación de origen patriota. Las catalanas, conque tengan un buen culo ya es suficiente.
Es de risa la sensiblería patriota. La hipocresía de aquellos antiguos fariseos, dejó una huella indeleble en el genoma humano.
Porque lo viví aquí en Cataluña; pero insisto: una cosa tengo clara, en su momento vascos, valencianos, etc… Decían exactamente lo mismo.
Y si no vete a México y verás lo que dicen chilangos de poblanos y poblanos de indios.

Iconoclasta

¿Cómo es la vida profesional de un probador de condones?

Pues no es tan alegre y hedonista como pueda parecer. Cuando se folla por trabajo, puede uno caer en el hastío. A mí aún, tras diecinueve años de trabajo, no me ha pasado; pero por alguna casualidad se podría dar el caso. Es normal pensar en estas cosas cuando ves a hombres aburridos beber cerveza tras cerveza en el bar con sus dedos grasientos de aceites minerales viejos y nada de vaselina, semen o fluidos femeninos.

Hay días en los que necesito desligarme de mi trabajo y es por ello que de vez en cuando voy con putas para liberar tensiones, pagar es una forma de hacerlo por gusto y necesidad, como si fuera un hombre normal. Ese es todo el trauma que me causa mi trabajo. Y a mi mujer también porque no le acaba de hacer gracia que me vaya de putas a pesar de que sirva de alivio a mis momentos de desánimo. Es una egoísta.

Bendigo mi suerte a pesar de este detalle sin importancia.

Tengo el privilegio de no pasarme ocho horas en una fábrica atornillando los intermitentes de un coche como un pobre ingeniero.

Yo diría que quien peor lleva mi trabajo es mi mujer porque después de haber hecho los desayunos, comida, cena, la limpieza y unas lavadoras; ya no siente la misma alegría de antaño al ver mi polla erecta. Parece un poco desencantada tras quince años de matrimonio.

No me la mama con entusiasmo.

Y no siempre le ocurre, yo creo que se hace mayor.

Las mujeres que conozco envejecen peor que yo. A cambio han vivido momentos de intenso e inigualable placer, un placer que yo obsequio con generosidad aunque jamás me lo devuelven con la misma intensidad. Cosa que no les reprocho, ya que genéticamente no hay mujeres que puedan dar un placer comparable al que yo proporciono.

A veces uno se siente solo, más o menos como los superhéroes de las películas.

Los superhéroes son una especie de superdotados, como yo; pero con poderes menos carnales y mucho más banales.

La singularidad y el elitismo provocan soledad. Esto no se trata de un problema, ya que dado mi nulo carácter social, se convierte en una ventaja.

Recuerdo hace años, que mientras follábamos, nuestro hijo de un año cayó de la cama al suelo, el ruido no fue demasiado fuerte, no le salió chillón y aunque le hubiera salido, teníamos semen de sobras para untarle en la frente.

Recuerdo como reíamos, yo lamiendo su coño y ella con mi pene en la boca. Eran tiernos momentos. Iconoclastito lloraba desconsoladamente y ahora no sé si es porque no le chupaban o no chupaba.

Tal vez mi santa echa de menos aquellos tiempos. Nuestro hijo ya no quiere estar con nosotros al follar. Le insistimos para que aprenda; pero ya está en esa edad de los catorce años en la que prefiere hacerse pajas con las fotos de las aborígenes desnudas de los reportajes del National Geographic que compro cada mes.

En fin, que cuando Mari acaba sus tareas domésticas, ya no está tan interesada en adorar mi enorme rabo como lo estaba hace ya unas horas.

Cuando por fin se sienta cansada en el sofá y no dan nada en la tele que a mí me guste, le cuento cómo me follo a la hija del gobernador (estudia farmacología y presta sus servicios como becaria en mi empresa; todas las niñas pudientes sueñan con mi departamento). Cuando le explico que su vagina es muy estrecha y que incluso aún, tras cuarenta y ocho horas de haberle destrozado el himen, llora emocionada, a mi mujer se le ponen los pezones de punta.

—A veces eres tan guarro… ¿Y su orgasmo es rápido? —me pregunta separando las rodillas.

—Se corre en dos minutos. Con lo estrecho que es su coño, al penetrarla se le tensa el clítoris mucho y sus mini-pezones se ponen duros como canicas.

—¿Y grita?

—Como una cerda. Cuanto más ricas son, más guarras. La semana pasada me quitó el condón para que me corriera en su boca. Toda la prueba del lote se fue a la mierda. Tuvimos que repetirla y lo pagó con un coño más irritado que el culo de Ahmed. La regañé y la sancioné con dos pruebas anales extras. A propósito de Ahmed, vino a darle un buen repaso con la lengua porque estaba ya más seca que la mojama.

—¿Y cómo ha aguantado esa penetración anal siendo virgen?

—No la ha aguantado, cuando llegó a su casa tras la jornada peta-culos, su madre la oyó gritar cagando en el lavabo y a la mañana siguiente se presentó en el despacho del director de la fábrica con la niña de la mano y las bragas sucias de sangre para quejarse. El director me la envió a mi departamento y entró con su niña cogida de la mano y con permiso para insultarme.

—¿Qué te dijo?

—Me llamó “cabrónhijolagranputa” y que si tenía lo que hay que tener, se lo hiciera a ella. Le respondí que la respetaba como gobernadora que era; y que le podía hacer una demostración de cómo había sido lo de su hija. “Usted ya tiene experiencia y seguro que lo entenderá” le dije. Se sonrojó un poco al darse cuenta de su poco oportuno berrinche y se suavizó cuando me bajé el pantalón para colocarme el condón Penetrations Matures (el más gordo para provocar un mayor roce vaginal en las mujeres ya menopaúsicas).

—Disculpe mis modos; pero mi hija es lo que más quiero y pensar que abusan de ella me pone histérica —me dijo hipnotizada por mi pene enfundado en tan grueso condón.

—Lo entiendo gobernadora. Pero esto es un trabajo y su hija debe comprender que no es una broma, las pruebas de integridad de los lotes son un bien para la sociedad y hay mucha responsabilidad en ello.

La gobernadora me lanzó una sonrisa encantadora y le dijo a su hija:

—Lo que dice el Sr. Iconoclasta es cierto. Es una gran responsabilidad y si te duele el culo, te jodes —dijo bajándose la falda y las bragas.

A esta altura de nuestra conversación, mi santa ya me había sacado la polla del pantalón del pijama y me la comía. Yo la penetré sentándola en mis rodillas y pellizcándole el clítoris me corrí pensando en la hija del gobernador y su estrecho chocho de dieciséis años (a esa edad no se suele ir a la universidad, a menos que aunque seas subnormal, tu padre pague lo suficiente para hacerte pasar por genio). También pensaba en la madre que me devoró la polla con aquel carnoso culo más holgado que su vagina.

Ya no pude contarle que la gobernadora tenía el culo herniado por las embestidas de su marido gobernador y del secretario del gobernador. Ni que su hija acabó lamiéndome los cojones mientras a su madre le llenaba ese culazo inmenso que era capaz de tragarse un melón entero atravesado.

Mari pensaba también en el culo dilatado de la hija de la gobernadora cuando se corría; pero no es tortillera, lo juro. Simplemente se puso en su lugar, las fantasías sexuales son impredecibles.

Y así es como mi mujer, durante unos momentos, dejó de sentir esa pequeña depresión por mi trabajo.

A pesar de que llevo tantos años realizando este bendito trabajo para el que nací, sigo acudiendo casi ilusionado todos los días. Lo único que ahora me está aburriendo un poco, es la gobernadora. El director de la fábrica la ha invitado a participar en las pruebas con su hija durante todo el mes a cambio de un permiso especial para poder colocar dispensadores de condones en las entradas de los ministerios.

Y es que siempre el mismo plato cansa.

Y a pesar de todo, consigo que mi mujer de vez en cuando muestre algunas expresiones de ilusión cuando la elevo a los cielos con una buena follada.

Hay que cuidar el matrimonio porque de lo contrario te quedas sin chacha para la limpieza.

 

No hay trabajos aburridos; pero sí mujeres malfolladas.

Iconoclasta

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