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“—¿Te gustan los niños?”

Joder…

Adora mi pene, un tótem entre mis piernas que se tensa con un dolor tan placentero que ciega mi intelecto, si es que alguna vez lo he tenido.

Podría hablar del amor y de la belleza que destila tu piel. De que la mía emite frecuencias armónicas cuando estás tan cerca como para sentir tu respiración; pero sería inocuo, poco eficaz.

Un puño se cierra en torno al tótem y no sirve para nada, no alivia la tensión cuando te tengo cerca.

No hay ternura alguna en ese puño.

Y mis testículos hierven pesados de deseos.

No quiero amistad ni complicidades. Eso lo veo todos los días. Vulgaridad y frustración. Banalidades de un deseo que nunca se hace realidad.

No puedo hablar cuando ríes y tus pechos se agitan o simplemente cuando te humedeces con la lengua los labios. ¿Tú sabes? ¿Puedes imaginar lo que es tener al dios polla aquí dentro? Duele y me saca de quicio cuando se endurece, cuando la gota que destila por el meato para meterse en ti se hace fría, siento la imperiosa necesidad de tu coño cálido.

Te gritaría puta por lo que me estás haciendo. Te abofetearía porque encuentras maravilloso que este tótem se erija para ti. No soy tierno, coño, no soy una mierda de enamorado.

Yo sólo quiero clavarte este ídolo y que llores, que te sientas inundada y reventada por el ser supremo que está aquí, pegado entre mis putas piernas.

Deseo estar cerca de ti, pegado a ti, dentro de ti. Jodiéndote con este tótem cárnico estrangulado por sus propias venas que laten feroz y vorazmente por tu coño. Sin decir que te amo. Sin respetar un solo centímetro de tu piel.

Soy primitivo, inusual. Carezco de sensibilidad y de paciencia.

Ya es tarde.

Mi pene es la prueba misma de la brutalidad, de la ausencia total de inocencia y ternura. No puedo ser delicado con este trozo de carne que golpeo con el puño y no cede en su presión. ¿Ves en mí a un hombre tierno y casi adolescente que te mira con timidez? Tendrías que mojar las bragas con sólo mirar mis ojos inyectados de pura lujuria.

Es imposible evadirse de la carne de tus labios y no besarlos con una sed abrumadora. Sorberlos, morderlos, aplastarlos, lamerlos…

Y quieres que hablemos, conocernos.

Hostia puta.

Sería idiota no decirte que mi pene palpita y busca la humedad de tu ansiada boca. Sería imbécil no confesar lo que gritan mis ojos; lo evidente de esta erección que me colapsa esclavizándome a ti.

Sería idiota callar mi deseo de meter la mano por dentro de tus bragas y atenazar tu sexo hasta que no sepamos distinguir de quien es la piel que está gozando.

No tienes que amarme, ni abrazarme. Ni lo necesito ni lo quiero; no sueño con tu paz ni con tu felicidad. Te quiero arrastrar a mi infierno, condenarte conmigo por puro deseo. Me importa una mierda el ingenio y la inteligencia.

Me da igual tu sufrimiento.

No quiero joderte para que seas madre, no quiero ser padre. Sólo quiero ser el que te folla y te llena de babas. No soy natural, soy la depravación de la naturaleza; no busco reproducción y tener pequeñas pollas y coños babeando a mi alrededor. No soy egocéntrico, no busco eternizar mi tótem creando más generaciones de dioses polla.

Te elevo a rango de diosa.

Tú diosa hembra y yo dios macho. El ídolo estará junto a ti, y dentro de ti; serás la diosa puta con el tótem clavado. Posarás con las piernas abiertas ante la humanidad y yo la obscenidad, metido en ti.

La virgen puta…

¿No te excita? Curar a enfermos y locos con tu rostro gozando de un placer absolutamente carnal; en absoluto espiritual.

Jadear como una perra ante ellos cuando te embista.

Mi pene, este puto trozo de carne que parece llevarse toda la sangre que alimenta mi cuerpo y mi alma, es la bestia que debe joder a la Diosa. El milagro del coño ungido con la leche que no da vida. El milagro obsceno de la anti-creación, de la prueba viva de que no hay fecundidad, sólo lujuria desatada.

Abrázalo, guíalo a tu santa raja y oprímelo hasta que escupa la vida, hasta que el pelele que esté unido a él grite tu nombre sacro y llore ante un placer que pudiera haber buscado durante miles de años de sexual existencia.

Adora esta puta polla y métetela tan adentro que te sientas preñada de vicio y lujuria.

Te exijo que seas la diosa caliente e insaciable donde plantar este tótem que me arrastra como un perro oliendo tu vulva.

Sé tan perra y tan degenerada como yo; ésta es mi voluntad.

Estoy cansado del amor y de la sensibilidad y de los deseos de follar vestidos de gala, disfrazados de arte y literatura.

Tú sabes del ansia, sé que tu sexo se humedece y sientes el rubor subir directamente del coño a tus mejillas. Tú sabes lo que provocas; déjame sacrificarme a ti, un sacrificio de total entrega.

Soy un mierda, nada más.

Cuando te la haya metido y tu raja se haga brillante y se deslice el semen por ella, ya no estaré. No te amo.

Trátame como a un animal sin cerebro, como a un glande al que escupirás con displicencia.

Adora el tótem como un indígena sin cerebro adora a su muñeco de caña o calabaza.

Sé idiota y sólo coño.

No quiero mirar (adorar) tu rostro, es una trampa, algo que me inmoviliza.

Todo degenera, y el amor es sólo escrupuloso deseo, la imbecilidad del hombre que se cree sensible.

Un ángel con la polla tiesa y anudada bajo la toga celestial, eso es el puto hombre enamorado.

Sí, sensible como estos burdos pelos de mis cojones.

Y ahora, coge de una puta vez mi polla, llévatela a la boca y acaríciate, que cuando te la meta grites desesperada la aberración del sexo convulso. Condúceme a ti, oblígame a que caiga y me deslice por tu viscoso deseo de diosa.

—¿Te gustan los niños? —Alba repitió la pregunta llevando la mirada del vaso de cerveza a los ojos ausentes de su acompañante.

La segunda cita iba a peor, se encontraba en una hamburguesería llena de niños y adolescentes, de padres y abuelos; había sido una mala idea de la rubia que se sentaba a su lado en el estrecho banco tapizado de plástico rojo burdel. Le sudaban las pelotas.

El local estaba abarrotado de seres prescindibles y molestos.

Daniel la miraba fijamente, tan fijamente que la hacía sentirse violenta.

—Sí, adoro a los niños —respondió el hombre sin ninguna convicción, bajando los ojos a su refresco—. Precioso.

Alba se lamentó de su mala suerte, otra cita infructuosa; estaba cansada de salidos y tímidos. ¿Es que no hay nadie relajado y natural? Este parecía ir de atormentado.

Y sin embargo, su vagina era un charco. No sabía si se había meado o era una humedad extraña e invasiva.

Sintió de pronto una mano atenazando su sexo bajo la mesa. Y los ojos del hombre se hicieron oscuros.

Y le robaron el sonido al mundo.

El dedo hurgó en la vulva y sus piernas se abrieron sin que les diera permiso.

—Jode a la virgen puta —susurró Alba con voz desfallecida y repentinamente somnolienta en el oído del dios polla.

Niños y adultos inmovilizaron sus bocadillos y bebidas en el aire observando con atención a la mujer elevar las piernas sobre la mesa y al hombre moviendo la mano entre ellas.

La clientela guardó silencio e inmovilidad, dejando que Alba gimiera sus orgasmos y Daniel le gruñera al oído obscenidades para que se corriera. Luego la penetró encima de la mesa, ensuciándose ambos de cerveza, patatas y hamburguesas.

El semen fluyó pesado entre la cópula de los sexos dilatados y empapados, entre jadeos y blasfemias.

Un crío rompió a llorar asustado.

Y los clientes volvieron a seguir devorando y bebiendo su consumición como si nada hubiera ocurrido.

Daniel, sin mediar palabra, salió del local dejando a Alba sola, recuperando la respiración e intentando subirse las bragas bajo la falda en el estrecho asiento; no pudo, las metió en el bolso.

Se sintió embarazada, sentía el semen hervir en su útero.

No le gustaban especialmente los niños; pero había algo dentro de ella, repentino o inevitable. Se sentía confusa…

Recorrió con el dedo las crestas de los labios vaginales empapados de esperma y se lo llevó a la boca.

“Qué puta soy”, pensaba vanidosamente, dirigiéndose a la salida del local.

El niño seguía llorando, se detuvo ante la mesa donde sus padres intentaban calmarlo:

– Es solo mayonesa, nada más -le susurró mostrándole el índice que se había llevado a la boca.

El niño sonrió.

Y ella también.

A la salida de la hamburguesería, con satisfecha lujuria dejó caer un minúsculo feto de su vagina, como un pequeño trozo de hamburguesa.

Iconoclasta

No puedo evitar evocar mis dedos acariciando lo más profundo de tus muslos y esa magia que es caballo en mis venas: cuando los separas y tu coño se torna indefenso y lujurioso, cuando mis dedos extienden por tu piel la baba que dejas ir sintiéndote deseada y puta.
Y mi cochino glande dentro de ti, buscando con violencia más profundidad, follarte la mente, y más adentro…
Follarme a la diosa… Rendirle mi semen como sacrificio cruento, porque cada vez que escupo mi leche en tu piel, muero un poco.
Cuando tu coño derrama mi semen siento deseos de asesinar furioso y violento. Desciendo hacia una animalidad desbocada aferrándome a mí mismo.
No puedo evitar estrangular mi polla soñando que tu coño palpita hambriento ante mi boca.
Evocarte es escupir mi semen sin control. Adoro la bestia que hiciste de mí.
Un asomo de lujuria, un dolor de cojones, un infarto no definitivo.
Amarte y follarte… Deberían estudiarme en los colegios, para que los hijos de mediocres no lo sean.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

No soy un correcto y medido amante de esta época de maricones con voz meliflua respetando libertades. No contigo.
Eres mía.
Tu libertad no me interesa. Todo lo contrario, quisiera tenerte esposada a mí.
Es que quiero poseerte (lo deseo secretamente, sueño…), que seas mía a cada instante; como se expresaban aquellos románticos trágicos que escribían de vampiros y monstruos entre láudano, alcohol y opio.
No me enseñó nadie a desearte así de impune e impíamente, no copio; es innato en mí. Con el tiempo supe que no estaba en el tiempo correcto.
Existe este deseo de encadenarte porque existes.
Eres la causa de que exhiba abiertamente mi incorrección.
No te amo para que seas libre y lejos de mí.
El amor es posesivo, follarte es agresivo; entrar en ti sin cuidado, desesperado, desatado.
Lo paradójico, mi amor, es que amar esclaviza.
Y no quiero morir como el soldadito de plomo.
Ergo soy tu esclavo, el que sueña en la oscuridad de un rincón secreto poseerte incivilizadamente, con el semen que se derrama gélidamente solitario por mis testículos.
Tú eres diosa y ama, y soy feliz (no tengo opción) ardiendo en tu infierno, el que creaste para mí con esa pagana vanidad de je ne sais pas.

Iconoclasta

Glycerin Man

No es posible poseerte toda con este cuerpo.
Me he dado cuenta de que soy imperfecto para amarte.
Necesito alguna habilidad más.
Para joderte.
Joderte toda desde afuera hasta dentro.
Debo mutar en un gel, un aceite denso que se deslice por tu aterciopelada y privilegiada piel.
Que brillen erectos tus pezones.
Que mi calor viscoso te posea y te provoque fiebre en el alma y en el coño.
Y follarte así los poros de la piel.
Ser un charco denso en tu ombligo y monte de Venus; y deslizarme, precipitarme lenta y poderosamente por tus ingles e inundar los obscenos labios, conseguir que se humedezcan en toda su verticalidad y profundidad.
Que tus muslos cedan y se separen al reptar obsceno y líquido.
Hirviendo…
Quiero ser Glycerin Man. Aunque deje de existir al poseer tu piel, tu coño, tus pechos dolientes de erectos.
Inundando tu boca de mí.
Deslizarme por tus labios jadeantes y entreabiertos como una baba lujuriosa.
A través de tu piel, llegaré a tu alma y la follaré.
La envolveré.
Me fundiré en ti a nivel molecular.
Te regalaría mi existencia por penetrarte toda, toda, toda…
Por estar en tus dedos húmedos que acarician la viscosidad que soy entre tus muslos.
No soy Glycerin Man y es desalentador. Es no llegar a lo más íntimo de ti.
Estoy trabajando en ello.
Me someteré a radiaciones. Saturaré de rayos gamma mi organismo. Irradiaré mi pene hambriento, goteante, deslizante.
Duro hasta el dolor.
Hasta licuarme en tu cuerpo.
No quiero un vida larga, me basta con ser poderoso en tu piel.
Quiero llegar a tu corazón y hacerlo brillar de viscosidad.
Mi mutación es la locura de amarte.
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Iconoclasta
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No puedo dejar de pensar en follarte, en imaginar toda clase de obscenidades con tu cuerpo parido para ser cubierto y penetrado hasta el paroxismo; a pesar del cariño y bondad de ese momento mágico en el que compartimos el primer café de la mañana.

Es curiosa la ternura y lujuria que desatas por igual en mí.

Eres perfecta y equilibrada. Justo lo que yo no soy.

Siempre pareces serena, sorbiendo el café, fumando… O metiéndote un plátano en la vagina ante mi mirada animal en el juego más obsceno, arrastrándome a la absoluta irracionalidad de metértela violentamente.

A veces pienso, cuando abres las piernas ofreciendo tu vagina indefensa y desflorada, que tú eres la bestia y yo soy tu presa. Tu objeto.

Y me gusta.

No existe otra forma de vivir que sucumbir ante tu mirada y tus agujeros.

No pierdo el control, me lo arrebatas con tus tetas imponentes.

Chupables…

En las que me he corrido tantas veces salpicando tus labios que gimen temblorosos.

Te meas indecente, hermosa y descarada con una sonrisa. Y acaricio tu coño y el chorro de orina que sale a sorprendente presión.

Provocamos que el sol gire la cara avergonzado al vernos.

Porque somos sórdidos a ojos de los vulgares; pero cada líquido que mana de ti es mi fuente de la vida. Es un hecho, porque sigo respirando a pesar de que tú tienes el control de mí.

Serena y equilibrada, has hecho posesión de mi cuerpo y mi pensamiento.

Serena y equilibrada… Y soy tu presa.

 

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Iconoclasta

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“Te cubriré de oro y joyas, de piedras preciosas engastadas en gemidos lascivos, bañadas de dulce y espesa sangre.”

Ciudad Vieja de Jerusalén. Donde inicia la comercial calle Jaffa, en un pequeño local interior; un orfebre joyero pule y da brillo a las piezas que ha tallado y moldeado en su taller. Tiene que detenerse a menudo para secarse las lágrimas de los ojos y calmar el temblor de las manos.

“Dos finos anzuelos de oro traspasarán los labios de tu coño, unidos con cadenitas prendidas a dos esclavas en tus muñecas.
Que cuando tus manos se alcen tu vagina se abra como una orquídea ante mí, para mi boca, para mi corrupto bálano goteante…”

Aquel día, hace siglos, hace apenas doce días; sus hijos al llegar de la escuela le preguntan dónde está mamá. Les miente que ha tenido que tomar repentinamente un vuelo a Ámsterdam: el abuelo se ha puesto muy enfermo.

“Coronas de diamantes y rubís con finas agujas de platino en su interior para tus pechos, para coronarlos. Que las areolas y los pezones asomen por encima de toda esa riqueza con soberbia. Y lamer la sangre que manará suavemente por tu pecho y abdomen por cada embestida que pegaré en tu coño, agitando violentamente así tus tetas coronadas.
Te mortifico… Te odio y te amo…”

La cabeza de su esposa cuelga del techo tal como le indicó aquel engendro, no la ha descolgado. A aquel ser le acompañaba el olor a descomposición de la carne. La fetidez de la maldad absoluta. Entró en el negocio familiar, saltó con tranquilidad sobre el mostrador de la tienda, tomó a su esposa por el cabello y con un hacha que sacó de la cintura del pantalón decapitó a Batiofi antes de pronunciar una sola palabra.
Como si hubiera entrado… No, simplemente irrumpió en su cerebro, lo obligó a no llorar, a no gritar. Se sintió sucio por dentro, quería lavarse la sangre.
Le bloqueó el alma y el cuerpo en una exhibición de hediondo poder.
Quería evadirse de ese horror absoluto que es estar prisionero en un rincón de tu propio cerebro.
Y prestó toda la atención del mundo a lo que 666 le exigió.

“Un espéculo bucal de acero con diamantes engastados para inmovilizar abierta tu boca y follártela.”

– Eres Guibor, el mejor orfebre de Tierra Santa. Lee este poema. Quiero que fabriques cada uno de los objetos que enumero. Si en dos semanas no lo has conseguido, decapitaré a tus hijos en la escuela, en hora de recreo, ante todos los primates. Y luego te arrancaré la piel del cuerpo y no dejaré que te desmayes. Pregunta a tu Yahvé, si no me crees.
Y toda la familia os pudriréis de dolor y miedo en el infierno. Y el infierno soy yo.
Y soy eternidad. No habrá descanso a vuestro dolor y sufrimiento.

“Un fino cilindro de plata labrado en basto para llenar tu ano palpitante cuando gozas.”

Guibor observa aterrorizado el 666 escarificado en carne viva y siempre sangrante en el antebrazo de Satanás.

“Gruesos cordones de platino ceñidos a tus muslos y sujetos a cadenas y argollas de titanio placado en oro, para que no puedas cerrar las piernas, para que el agua de tu coño corra libre en todo momento.
Pornográfica y suciamente abierta a mí.”

– Puedes fundir todo este oro y platino y usar las piedras necesarias. Son viejos tesoros, algunos con miles de años de antigüedad -le dijo 666 dejando sobre el mostrador una vieja mochila de lona repleta de joyas.

“Una pinza de oro en el clítoris para aislarlo y sensibilizarlo. Y desesperes cuando sople en él todo mi deseo y toda la maldad que te ama.
Una máscara de plata esmaltada en negro. Con los ojos ciegos para que no puedas ver los abusos que cometo en tu cuerpo y en tu mente.
Una jeringuilla damasquinada para que el dolor se convierta en libidinosa paranoia. La clavaré en una de las palpitantes venas de tus pechos coronados y la heroína y YO seremos sangre hirviendo en tu coño, pulsando con dureza en tus pezones.
Y yo… Yo me estrangularé el pene con una vieja cadena sucia y oxidada hasta casi gangrenarlo, cuando escupa mi semen en tu boca abierta sin piedad.
Esta es la riqueza y el placer que te prometí. La que te ofrezco con el glande dolorosamente henchido de sangre.”

Te quedarás con lo que sobra y tú y tus hijos Idan y Jadash conservaréis la vida. Es el precio de tu trabajo.

La Dama Oscura se golpea el clítoris con cada palabra que 666 recita de su Oda a la riqueza y al placer negro.
Con los dedos separa los labios de la vagina y orina ante los pies de 666. Toma de un clavo de la pared de la cueva un antiguo aro de hierro de una cámara de tortura inquisitorial y lo cierra en el bálano duro de su Ángel Caído.
666 ruge con una ira feroz y con él, hacen coro con bramidos de terror las almas condenadas que padecen eternamente en el infierno; creando así el más espantoso de los coros que cualquier criatura creada por Dios pueda soportar.
Porque las almas temen que un nuevo dolor se sume al que padecen.
Si pudieran morir…
Toma con violencia la negra cabellera de la Dama Oscura y la obliga a mamársela.
Ella vomita y él eyacula.

Guibor llorando y soportando el dolor de la muerte de Batiofi, se apresura en su trabajo con la esperanza de salvar la vida de sus dos hijos.
A pesar de que Yahvé, mediante el ángel Etienel, le comunicó que 666 los matará y arrastrará sus almas al infierno.
Y Guibor pensó entonces que no tenía otra cosa que hacer antes de morir.
Y en porqué su Dios no los salvará.
La verdad le ha sido revelada y en silencio clama la blasfemia: porque el verdadero Dios es 666.
Su credo se ha venido abajo. Todas las promesas y amenazas que le inculcaron se han quedado tan muertas como los ojos de su amada Batiofi cuya cabeza decapitada se balancea sin ser necesario y su rostro ya putrefacto, parece vivo de sufrimiento.

666 sentado en su trono de piedra, acaricia distraídamente el monte de Venus rasurado de su Dama Oscura que reposa con desidia en sus piernas.

Es la noche del decimotercer día. Guibor envuelve los objetos fabricados y los coloca dentro de la mochila con una Estrella de David rota, bajo la cabeza de su esposa.
Sube a la habitación de los niños y los mata de un tiro en la cabeza. Luego se mete el cañón de la pistola en la boca y es el fin del mundo.

666 sonríe, su encargo se ha realizado con puntualidad.
– Mañana te coronaré con semen, placer y sangre Emperatriz del Infierno, mi oscura puta.
Ella sonríe y aprieta sus muslos excitada.

Siempre sangriento: 666
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

No importa que conduzca, tengo hambre de su coño, necesito untar los dedos en esa raja que me hace palpitar el glande y lo recubre del líquido viscoso que me prepara a penetrarla.

Por su coño me ahogo, no me deja respirar colapsado por el ansia, los latidos se detienen cuando sus piernas se separan.

Mis dedos no se rinden ante la falta de aire ni de presión sanguínea, porque están sedientos, se secan si no penetran el sagrado coño que deseo como un animal.

Sus dedos de negras uñas esmaltadas se cierran con fuerza en el volante cuando desgarro la calada braguita para tocar su piel. Sus pálidos y suaves muslos se ofrecen indefensos y temblorosos a mí.

A su dueño y amo.

Su cabello se agita violento con el aire que entra por la ventanilla creando azabaches remolinos que cubren sus mejillas, como pequeños azotes de un viento que pretende castigar tanta obscenidad y que apenas da consuelo al sudor que se desliza cuello abajo.

Acaricio y araño su piel, la delicada piel de su vagina hambrienta, pringo con su propio fluido los muslos que se rinden y se separan sin que ella tenga voluntad sobre ellos. No puede defenderse de mi agresión, de la invasión de mis dedos ávidos, sedientos.

Tampoco pueden abrirse totalmente al placer repentino, porque sus pies han de conducir. Divido su mente entre la carretera y su coño que palpita potente como mi corazón irrigando toda esa carne dura que duele dentro de mi bragueta. Que sufra como yo, que el sudor corra entre sus enormes y pesados pechos. Que se joda, la jodo, la joderé, la follaré siempre, sin piedad.

Aunque le duela, aunque me ahogue.

Aunque se me pare el puto corazón o nos aplastemos contra la cochina vida con forma de camión.

Nos torturamos bajo la ardiente chapa de un coche, ante idiotas que observan mi mano hurgando bajo su falda que solo pueden intuir con una duda que la estoy follando.

Sus pezones se aplastan duros contra la blonda de las copas de un breve sostén que se adivina a través de la tela de una blusa de vertiginoso escote. Buscan la boca que los succione, que los chupe, que tire de ellos hasta el límite del dolor.

Finos filamentos se crean entre mis dedos y observo maravillado por un instante el milagro de su coño: su lascivo y libidinoso óleo.

Y no pienso. Sus braguitas rotas ya no pueden contener mi deseo invasor. Y aferro con fuerza el pene que parece rugir de desenfreno por ser estrangulado por ese coño.

Deslizo sin permiso la braguita por sus piernas. “Nooo…” dice en un gemido; pero es un sí y la sigo bajando hasta los tobillos. Se las quito para que se sienta desnuda ante mí como castigo a su erótica vanidad, es mi voluntad inquebrantable, imparable, innegable…

Su mente se concentra en conducir, pero su coño se abre. Avanza sus nalgas en el asiento para que su carne se desflore y me muestra el agujero que se dilata y contrae buscando algo  que lo llene.

Sus labios se separan y la lengua asoma divina cuando pinzo el clítoris tras escupir saliva en mis dedos.

Y sé que se viene, que se corre, porque una mancha oscura se forma en el asiento , bajo su coño.

El sol nos castiga, pero ni los rayos más potentes evitarán que se acabe ante miradas de gente extrañada que nos observan hacer ocultos movimientos, con las bocas que se abren indisimuladas con incontenibles jadeos de placer…

Las venas de sus muslos palpitan llevando la sangre veloz para alimentar de placer la vulva anegada de ella misma, casi reventada por mis dedos que chapotean provocando sonidos que en un semáforo en rojo parecen llenar la calle de obscenidad.

Tras las gafas de sol, sus grandes ojos se cierran por más tiempo del que la precaución aconseja y mis dedos reciben la catarata de su orgasmo. La he llevado donde he querido, mientras sujetaba mi pene poderoso y doliente de deseo con un puño crispado por encima de la coraza de ropa que lo cubre.

Sonríe y deja sus piernas abiertas para que el aire caliente, menos caliente que su coño, refresque todo ese placer que aún le eriza la piel. Blanca, suave, lamible, follable…

Yo solo puedo lamer mis dedos, y presionar el  glande, sentir como se desliza una gota de viscosidad que convierte en una sola cosa la tela del calzoncillo y mi prepucio.

Su coño me funde, y yo la poseo, porque es mía.

Sin piedad, sin miedo, aunque cueste la vida, yo la jodo cuando mi polla lo pide.

Soy el dios de su coño y ella es la criatura que me hace divinidad.

Babeante, ansioso, con el semen brotando incontenible ante el milagro de su boca jadeante…

En eso me convierte, en un animal en celo.

Me apeo del coche y le digo que me deje solo, porque ya he usado mi posesión. Me observa triste y aún agitada, extraña… No la conozco.

Ahora una puta a la que le aferro un puñado de cabello marcando el ritmo de la mamada, recoge con su boca todo el semen acumulado en mis cojones por un par de billetes que le he metido entre las tetas. Y también es mía por unos segundos.

Todo es mío.

Iconoclasta

Lágrimas y posesión

Publicado: 18 agosto, 2011 en Amor cabrón
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Se derrama en lágrimas sintiéndose triste y desolada. Se rinde ante el espejismo de una lucha, ante rivales fantasmas que duelen como puñaladas. El pasado suele emborronar el presente. Ocurre como un accidente, como una mala suerte.

Es inevitable.

El pasado es una cinta ectoplasmática que se extiende en el universo haciendo viajar por el infinito todo lo vivido. Los imbéciles y sus actos se hacen eternos y ella vierte sus lágrimas desconsoladas por una aberrante conexión con ese universo pútrido.

Los recuerdos son aves carroñeras que beben las lágrimas como la puta traga el semen del marrano que la paga. Una lágrima llama a otra lágrima y todas las cochinas lágrimas del mundo corren por su rostro sin que ella misma pueda entender bien por qué.

Temo que se deshidrate porque la amo.

Temo su llanto porque bebo sus lágrimas y son amargas como hiel.

Temo parecerme a sus aves carroñeras.También causo lágrimas; pero con la intención que salgan por su coño húmedo, no por sus ojos.

Con la intención de metérselas en lo más profundo empujando, violándola con mis dedos, con mi falo, con mi lengua.

Mea culpa y dios es una batidora barata de almas.

No tendría que llorar; pero los buitres-fantasmas provocan el apocalíptico llanto debilitándola hasta hacerla desfallecer.

Es tan difícil y agotador dar un consuelo que no es posible y espantar mierda y carne podrida…

Cuando llora, el mundo a nuestro alrededor es una nube de moscas de la carne brillantes, metálicas.

Gordas y de tacto irritante como la piel de los que causan sus lágrimas.

Repugnantes…

Me es tan difícil abrazarla con una total misericordia y no metérsela hasta por el culo…

Soy bestia: mas los gusanos de lo putrefacto no me gustan. Quiero su carne fresca. Y ante todo, es mía, no necesito pudrirla como la descomponen padres y hermanos, como la pudren hombres-fantasmas, hombres con el pene escaso y sin leche en los cojones.

Es mía porque así lo exijo, guste o no guste la posesión humana; son cosas que no sopeso. Si atiendo sus lágrimas, atiendo su carne entre las piernas.

Daría dinero por su posesión, la compraría…

Soy el mercader de su libertad. Debería serlo.

Soy un mierda.

Bebo sus lágrimas porque no me queda más remedio; pero no me gustan. Prefiero la sangre que mana de su coño cada mes.

Odio su llanto doloroso porque me duele a mí. Tal vez sea puro egoísmo. No importa, con egoísmo o con lascivia la amo.

Y la jodo.

La poseo.

Ya ha llorado demasiado.

La culpa de mi animalidad es solo de ella. Sus lágrimas son puro elixir afrodisíaco en mi pequeño cerebro. Y debatiéndose en pena y dolor la parto, la penetro, me hundo en ella. La quiero ahogar con mi semen.

Se nubla mi visión cuando trago sus lágrimas.

Cuando libo su coño me exalto ante dios con el pene goteando.

Me excita la convulsión triste de su cuerpo-deidad cuando llora.

Y me aferro a mí mismo como a lo más sagrado con el firme propósito de joderla. Devolverle el agua que ha perdido escupiéndola por mi falo en lo más profundo de su coño.

Así mientras llora, no es barbarie apoyar mi pene erecto en sus nalgas y presionar. No es pecado clavar mis dedos en sus pechos y herir sus pezones.

Porque duelen más los fantasmas que mi posesión, que mi deseo.

No soy un buitre, yo la devoraré entera mientras esté viva.

No dejaré carroña alguna, ningún puto humano picoteará sus ojos hasta hacerla llorar.

Porque cada lágrima, cada sonrisa, cada quejido y cada gemido, son míos.

Nadie la merece, sólo yo.

La follaré ante la mirada miserable de los buitres.

Dejaré lágrimas como mierda para los fantasmas, mierdas que vuelen por el infinito cubriendo los rostros del pasado. Un cometa putrefacto que acabará con el mundo un día u otro.

Y mostraré a la luz la penetración salvaje para que también se eternice en el universo.

 

Como las putas lágrimas.

 

Iconoclasta

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