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Pensar en ella es llevarme la mano al pubis y evocar su monte de Venus poblado de rizados vellos blancos que apenas cubren una raja profunda y húmeda coronada por un pequeño y duro clítoris. Un arrecife que emerge en entre sus rosados pliegues y es imposible evitar.
Uno naufraga inevitablemente en su coño de luz.
Sus ojos son tan claros que deseo que no los abra, porque parece un ángel, un ser ultraterreno.
E impone respeto follarse un ángel.
Los pliegues de la vulva son pétalos de rosas pálidas y las venas que recorren sus pechos son ríos subterráneos bajo esa piel blanca como la leche, como mi semen.
Las pestañas apenas visibles son alas de mariposa que aletean sincronizados con los movimientos de mi lengua hostigando su clítoris.
Alba… Sus pezones contrastan con fuerza en su piel albina, como dos bombones que deshacen en mi boca con cada succión desbocada y dolorosa que la hace jadear entre el bien y el mal.
Cuando tensa la pelvis para que mi pene se entierre más profundamente en ella, las crestas ilíacas parecen rasgar la nívea y fina piel que las cubre. A veces sueño que sangra cuando la follo.
Me pregunto si su nombre tiene que ver con su hermosa tara. Me pregunto si Cristo se hubiera dejado matar si hubiera conocido la luz de un coño igual.
Su coño es pequeño y estrecho, acoge mi pene con fuerza.
Es ahí donde me doy cuenta de que me ama, cuando su coño me desea, me atrapa. Me succiona entero, no expulso el semen, ella lo aspira…
Alba mi esposa blanca, carne hecha luz.
Cuando pienso en ella y su pálida naturaleza, me masturbo en lavabos sucios como un ser de la oscuridad mental, como un maníaco, compulsivamente. Soñando el momento de volver a casa y follarla y comerme su coño pálido como carne cruda mojada.
Alba vive alejada del sol, porque la belleza angelical de su piel es su condena. El sol la quema.
La jodo en la penumbra alumbrando su piel con tres velas.
Sus pechos lucen llenos de cardenales que mis labios provocan en esa piel de seda blanca.
Sus dedos de porcelana descubren y dejan indefensa la vagina a mi boca y mi polla, y una prematura gota de semen translúcido emerge de mi glande amoratado para caer en sus muslos trémulos de deseo. Sus blancos ojos ciegos tienen un don especial para sentir el deseo y la agresividad que mi pene emana.
Cuando retiro mi pene de su coño tengo la fugaz visión de que es blanco. Contrastan en la carne las venas henchidas de sangre que mantienen la erección, mientras expulso restos de esperma en los ecos del orgasmo.
Ella no lo sabe, pero mancho mis dedos con carbón y ceniza para dejar su cuerpo lleno de mis rastros.
Su melena blanca y lacia a veces cubre su rostro y creo que jodo a una divinidad.
¡Dioses de mierda…! Cuando mi verga se clava en ella, cómo contrastan los sexos.
Su coño pálido…
Se la meto y la saco a un ritmo muy lento, para hacerme blanco como ella y convertirnos en un rayo de luz.
Solo hay un pequeño defecto en su piel: entre sus omoplatos hay una zona oscura y rugosa, como una peca deforme, es un cáncer. Es lo único oscuro que hay en ella. Y me desespera, me da miedo.
Cuando la he follado, unto mis dedos con semen y froto esa zona oscura y mortal para hacerla blanca.
Tengo mis propias ideas sobre la quimioterapia.
No estoy enamorado de ella, no me importan sus ideas, sentimientos y emociones.
Solo me importa su piel. Es tan blanca que parece que una luz la alumbra desde dentro.
Dentro de su coño, dentro de su pecho…
Solo quiero metérsela porque es follar una luz.
Todas esas marcas en su piel la convierten en mi posesión, en mi muñeca penetrable de porcelana.
Otro Pinocho que consiguió ser humano.
Luz hecha carne…
Eso es ella y su precioso coño.
No soy un hombre bondadoso que carga con una bella ciega albina, de piel tan blanca y bella como enferma. Lo hago porque estoy enfermo de obsesión por su piel.
No me gusta que hable, porque su voz no es blanca como la piel que apenas consigue cubrir las venas de sus pequeñas y firmes tetas.
Era adolescente en el barrio y la veía crecer cada día. Obsesivamente.
La admiraba en la calle cuando caminaba del brazo de su madre, cuando sus pechos empezaron a formarse.
Durante años esperé a que se hiciera adulta, era mi sueño, mis pajas, mi obsesión.
Alba, la hermosa ciega albina.
Cuando ya caminaba sola con su bastón por la calle, la saludé. Con el tiempo conseguí que me amara.
Tiro del prepucio y el glande luce baboso y brillante a la luz de las velas.
Me preocupa que muera, no quiero quedarme sin mi Pinocho de coño blanco.
Mañana irá al médico por el creciente dolor de la espalda, la jodo, le meto la polla hasta en el ano y la hago gritar sin que sepa bien si es dolor o placer. Su ano es rosado…

Alba ha muerto y su piel blanca se ha evaporado por las llamas del horno crematorio en un ataúd blanco que exigí para ella.
No sirvió de nada mi semen en esa llaga mortal, ni tampoco la quimio, ni la cirugía. El cáncer de la piel horadó sus pulmones y luego su cerebro. Se convirtió en pocos semanas en un esqueleto cubierto de piel amarillenta. Tenía treinta y un años. Y cuando agonizaba, le mentí diciéndole que la había amado y que la amaría siempre.
Mantengo tres velas encendidas, en la habitación y en el desván. Me hace sentir bien, como faros en la oscuridad.
No hay mujeres como Alba, nace una cada dos o tres generaciones, no encontraré nada igual en lo que me queda de vida.
Tres meses sin Alba… Mi puta polla va a estallar.
El desván huele mal, hay botes de pintura blanca de todo tipo: acrílico, esmalte, al agua, óleo, acuarela… Pero no consiguen recrear la piel. La blancura y la luz de Alba.
El desván huele mal porque hay tres cadáveres de mujeres hermosas. Y la pintura blanca con la que están cubiertas, no consigue aliviar el olor a descomposición.
No consigo que sus pieles parezcan luz y cuando penetro esos cadáveres apestosos, no siento nada, solo el frío de la muerte en la punta del pijo.
Mi pene también está corrupto, lo pinto de blanco en honor a Alba; pero la piel no soporta la pintura y sus componentes. Se han formado llagas de pus que se extienden al pubis y los testículos.
Yo mismo huelo mal como un cadáver.
Las cucarachas corren por encima de la cama y entre los vasos y platos sucios de la cocina. Hay excrementos de rata en el suelo. Los párpados y los labios de Alba 1, la primera que llevé a casa y le clavé un punzón en la nuca, han desaparecido roídos por esa rata que caga por toda la casa.
Yo solo busco lo blanco. Solo quiero que Pinocho de porcelana cobre vida y sea de carne hecha luz.
Mi obsesión choca con la realidad: es imposible; pero soy tenaz.
Separo las piernas de Alba 2, y le meto una linterna en el coño agusanado, pero su piel no emite luz. No es como mi Alba.
Alba 3 descansa sobre una caja de madera con el cuello roto y parece reírse de mí con la cabeza colgando y la boca supurando humores de descomposición.
Yo también reiría si viera a alguien tan tarado como yo mismo.
No tengo otra cosa que hacer hasta morir; así que me meto en el baño y me aseo.
Doy un un portazo a toda esa sordidez y salgo a la calle en busca de otra mujer. Me siento como Gepeto creando un muñeco de piel blanca y luminoso como la porcelana.
¿Cuál es el secreto para hacer luz de la carne?
Alba 4 baila sudorosa entre decenas de hombres y mujeres, su piel no es tan blanca como la de Alba. Me acerco hasta ella y contoneo sin ganas mi cuerpo al son de una música que me da dolor de cabeza.
Solo soy feo por dentro, así que le digo: Hola.
Y ella me sonríe y me responde: Hola…
En dos horas he conseguido que se embriague y le ofrezco llevarla a su casa en mi coche.
Acepta. Cuando se ha sentado a mi lado me pregunta: ¿Cómo te llamas?
Gepeto, le respondo.
Y no acaba de entender, aunque le hace gracia el nombre. Está encendiendo un cigarrillo cuando hundo entre las costillas una afilada y larga varilla de acero, (no quiero estropear demasiada piel, podría funcionar esta vez). Tampoco puede gritar porque le he dado una descarga eléctrica en el cuello. Sus cuerdas vocales están contraídas y su cerebro habrá subido repentinamente de temperatura.
Cuando llego a casa, hace rato que ha dejado de respirar, y solo una pequeña gota de la sangre que ha invadido su pulmón asoma por la comisura de sus labios.
Espero que esta vez funcione. Que Alba, la luz hecha carne, vuelva a mí, a mi pene, a mi lengua.
A mis dedos sucios.


Iconoclasta

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Me despierto.
La erección como cada mañana me molesta y un flujo espeso cuelga del glande creando un filamento frío que se me pega al muslo; pero no importa, hace tiempo que dejé de intentar dominar mi animalidad.
Fuerzo el pene hacia el inodoro, es incómodo, pero es el primer placer de la mañana: tocar toda esa dureza y que mis dedos se pringuen de ese fluido que se enfría rápido como el semen cuando no está en mis cojones, cuando está en su boca, en sus labios, entre sus dedos delgados largos, hábiles y excitantes, en sus rizos… Cuando me lleva a correrme sin control y sus pechos de agresivos pezones hostigan la piel de mis muslos.
Un escalofrío recorre mis brazos, orino un semen espeso, de una blancura cegadora, pesado. Cae primero en intermitentes chorros y luego gotea tranquilo y dulce.
Un orgasmo tranquilo me despeja, es la más placentera meada que he hecho jamás.
No me planteo que los conductos seminales se hayan roto y todo se mezcle, que tenga un tumor o una infección. Lo que sabe bien, lo que da placer, no es malo.
No puede serlo.
No importa.
No hay un Dios metido en la punta de mi polla diciéndome que lo que más me gusta es pecaminoso, prohibido por leyes de mierda.
Me lo sacudo cuando parece que ha acabado de salir todo el esperma y pienso que está bien, que me gusta mear leche y en la madrugada abortar de una forma obscena los hijos que podrían haber existido: directamente a la cloaca, sin preámbulos.
De forma tal, que pareciera que mi naturaleza ha mutado para ser partícipe de la extinción de la humanidad.
Y como una conclusión, pienso que nunca he tenido instinto de ser padre.
No importa la reproducción, soy un hedonista radical.
Hay asaz gente en el planeta.
Soy práctico y reflexiono sobre el momento en el que se la meta, o cuando entre sus pechos me acoja este rabo rebelde y extraño y llegue mi orgasmo: ¿Le haré una lluvia dorada?
He de cuidar mi alimentación…
¿Saldrá orina cuando me corra? ¿Mi placer durará lo que una larga meada? ¿Hasta tal punto estoy confuso que mi cuerpo ha perdido el control de conductos y sensaciones? Soy un X-Men del semen, un mutante.
Un extraño y maravilloso mutante.
No importa lo extraño, importa el placer.
Para variar he tenido suerte, no me ha ocurrido como a Gregorio Samsa y he despertado convertido en un repugnante y baboso escarabajo.
Aunque siempre me despierto baboso… Cosa que no tiene nada de asqueroso.
Tomo un café, fumo un cigarro y pensando en mi próxima meada divago y se me pone dura otra vez. Mis testículos están contraídos, noto como fabrican semen.
Subo a la habitación donde aún no ha despertado y enciendo la luz de la mesita.
Los niños duermen y el sonido de mi respiración excitada es más potente que los sonidos del sueño de todos ellos, está a punto de amanecer y mi pene palpita.
Subo en la cama y me arrodillo a su lado, retiro la sábana que la cubre y dejo sus pechos desnudos.
No tengo erección, pero se ha activado un reflejo de expulsar algo por el glande. Lo hago.
Y de nuevo brota el semen por el meato. Se estrella en su cuello y en sus pechos con las primeras y explosivas salidas; luego el semen es tranquilo y riego sus pezones, su vientre, el ombligo y acabo depositando mis últimas gotas en sus labios.
Está gimiendo, se está masturbando, se ha untado los dedos con la leche y se frota el clítoris con energía y rapidez. Su otra mano aferra mi polla y la sacude contra los labios y la lengua.
Cuando se corre sus uñas hieren la piel de mi bálano y a pesar de que mis cojones parecen seguir bombeando, se ha acabado el semen.
— ¿Cómo lo has hecho? ¿De dónde ha salido todo eso?
—No lo sé. Simplemente me he despertado y en lugar de orina he expulsado semen.
— ¿Te duele?
—No.
—Me gusta —susurra extendido el semen que ha quedado en sus dedos en la vagina.

No he podido orinar en todo el día, tengo una fuerte presión encima del pubis, sé que debo mear para no morir.
Cuando llega a casa al mediodía para el descanso de la comida, se lo digo, que o meo o la palmo.
Toma un guante de látex y me toma de la mano dirigiéndonos al baño.
—Mearás, desnúdate.
Me desnudo y ella también, nos metemos en la ducha y se calza el guante de látex en la izquierda. Está excitada, sus pezones están duros, su raja brilla y está lechosa.
—Dobla la espalda hacia adelante y abre las piernas.
Lo hago y me agarro a la jabonera.
Toma mi pene que se endurece rápidamente al contacto con su deseada piel. Me mete un doloroso y brutal dedo que me duele al hurgar en lo profundo del culo.
Me excita, me duele, me excita, me duele…
Mientras tanto masajea el pene de arriba abajo.
Me siento como un semental, me siento animal.
Sin que pueda hacer nada por evitarlo, su dedo hace presión en un determinado punto y un potente chorro de orina se me escapa sin control. Temo que el meato se rasgue por la presión y el enfermizo calor de los meados.
Ella intenta no gemir, y falla. Deja correr su orina también en esa posición acuclillada, con la vagina completamente abierta. Su chorro es enorme y salpica la pared.
Y moja los pies.
Cuando la orina ha cesado, saca el dedo del ano.
—No te muevas —me ordena —. Te quiero vaciar todo.
Con energía, masajea mi pene en vertical, haciéndome daño en los cojones, con rapidez.
Mi pene está tan duro… He descendido dos estadios hacia la involución.
Su cabello ahora está entre mis muslos y su boca está tan cerca de mi glande que siento su aliento.
Y ahora sí, ahora sale el semen, brota abundante regando su cara, chorreando por su cabello. Su guante está manchado de sangre.
—Hay algo muy extraño en tu próstata, hay un bulto duro como una piedra.
Blasfemo con las últimas gotas de leche que sacude.
Las mutaciones no suelen ser como las de los X-Men. No habrá final feliz…
Y todo está bien. Todo es perfecto, dejamos que el agua nos limpie.
— ¿Te sientes bien?
—Ahora sí, después de mear me siento bien por fin.
—No vayas al médico, te quiero así.
—No iré.
Ella es una hedonista radical. Una enfermera sin piedad.
Lo importante es el placer, cueste lo que cueste, porque al final, nos espera una aburrida vida mediocre con una muerte mediocre.
Y prefiero el placer. Ella también.
Aunque me muera.
O se muera ella.

Entre el semen aparecen trazas de sangre, vetas finas y perfectamente definidas que rompen la uniformidad de lo blanco.
El placer sigue siendo inmenso.

La sangre mana a borbotones, no parece una eyaculación.
Es hemorragia apestosa.
Ya no hay semen, ha degenerado tanto mi cuerpo y ha crecido tanto el tumor, que siento que tengo un bebé de los que nunca seré padre metido en los intestinos.
A ella le doy asco, me tengo que meter el dedo en el culo yo mismo, ya no hay placer.
Cada vez que orino, grito y me derrumbo. Hay restos de carne en el dedo con el que estimulo la próstata o en lo que se ha convertido.

Ella y los niños me mantienen encerrado en el trastero, como hicieron con Gregorio Samsa convertido en un escarabajo.
Mis hijos también son unos hedonistas puros.
El esfínter ya no retiene el intestino, que se me escapa por el culo como un gordo gusano podrido.
Morir será un placer.
Soy un hedonista puro y radical.


Iconoclasta

El coño de una madre

Publicado: 22 noviembre, 2011 en Reflexiones
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Madre que un día me diste la vida, dame ahora tu amor con una mamada, sabes que soy pobre que no puedo pagar una puta. Madre, si me diste la vida, dame el placer.

No tengo trabajo, no puedo desahogarme con otra mujer.

Da igual que tuviera trabajo y fuera el hombre más rico del mundo, desearía correrme en tu arrugada faz. Me diste tanto cariño…

Te amo más que a mi puta vida.

Madre, deja que te la meta.

Padre es ciego, está muriendo con el cuerpo cortado a trozos, allá donde su dulce sangre pudre las extremidades.

Madre, tú que un día besaste mi pene infantil, bésalo ahora que está duro y erecto. Me masturbo continuamente con la foto en la que me besabas mi pilila de bebé. Dame consuelo, acaba lo que un día comenzaste. Yo te devolveré la leche que tú un día me diste.

¿Por qué no ahora? Padre va a morir, a padre solo le falta que se le gangrene el cuello para que le corten la cabeza. Tal vez ni tenga pene, mea con sonda.

Madre, te noto triste, creo que necesitas de mí como yo necesito de ti.

Padre no te la mete. No te la meterá y si no te das prisa, morirás con el coño taponado de telarañas y vejez.

Recuerdo los pelos de tu coño salir por entre las bragas y con ello mis primeros deseos, mis primeras erecciones.

Mi primera eyaculación era la imagen de tu vagina abierta lavándote en el bidé, el espejo reflejaba cada oscuro pliegue de tu vulva inmensa. Mi pene despertó a la vida contigo.

Te amo tanto madre…

Deja que me hunda en ti, que vuelva a tu útero penetrándote.

Sé que padre no te da ya placer, te he visto en la cocina pensativa y estrujándote el coño con la mano crispada de deseo. Sé que te devora el ánimo la fantasía de tu sexo reventado por un bálano incansable; lo noto en tu mirada aguada, en tus expresiones amargadas.

Hace unas semanas dejaste que por demasiado tiempo mi mano reposara en tus pechos. Hasta que azorada te levantaste caliente y temerosa de no poder evitar llevar mi mano entre tus piernas.

Reconozco la vejez en tus pechos, los siento blandos y sin forma; me recuerdan a los de la abuela. Ella me tocaba, ella clavó sus desdentadas encías en la polla y me aspiró toda la leche que había en mis huevos muchas veces; me doblaba en dos de placer besando su coño reseco.

Tu anciana madre era la boca y el coño que daba consuelo a mi adolescente deseo por ti.

A los doce años, en su oscura habitación llena de fotografías en blanco y negro de gente antigua, abuela me llevó al interior de su coño bajando con fuerza el prieto escroto de mi pene rasgándolo. Y sangrando se la metí. Ella dijo sentir añoranza de los tiempos en los que menstruaba al ver su arrugada vagina de vello ralo sucia de sangre. Me dibujó una caricia en la frente con sus dedos pringados de semen. La dentadura postiza estaba sumergida en un vaso de agua turbia y yo me reflejaba en él con la boca temblorosa.

El olor rancio de la vejez y la podredumbre me excitaba.

Yo le dije que te amaba, que te necesitaba. Sonreía afable jugueteando con su clítoris minúsculo y metió su impía lengua en mi boca dejando su apestoso aliento infectando mi imaginación y llevándome a otra enloquecedora erección. “La follarás, conozco a mi hija y sé que la tendrás. Nuestros coños son iguales, son voraces. No podemos vivir sin una polla que nos joda”.

Abuela era afable. Era la mejor abuela que un crío pudiera imaginar.

Madre, estoy caliente, y tú te retuerces de deseo. Deja que lama tu coño, que te quite la mugre acumulada de años sin follar. Que te arranque la frustración de ver como a tu hombre, cada cierto tiempo le cortan un pedazo. Deja de ser lazarillo de un ciego sin polla. Deja que te enseñe lo que es gemir con un rabo resbaladizo enterrado entre tus piernas.

Yo te daré el descanso, y el placerque no has tenido en años y que se te ha enquistado en el coño como una verruga vieja.

Lameré tu verruga como la abuela limpió con su lengua la sangre de mi pijo aún primerizo.

Fóllame ante padre que está ciego, abre las telarañas de tu beato coño cansado de dar tanto por los demás y deja que la putidad se meta en tu cuerpo y erice tus oscurecidos pezones.

Madre, hace dos años en el velatorio de la abuela, cuando ya no había nadie ante el cadáver y ante la madrugada; acaricié el coño de tu madre. Su coño frío lleno de muerte, seco como el bacalao. Y se le abrieron los ojos cuando metí los dedos en sus gélidas entrañas. Pensaba en ti, pensaba en tu coño aún cálido.

No esperemos a que padre muera, no es incompatible tu trabajo de lazarillo. Te puedo lamer el coño y amordazar tu boca para que el placer que subirá a tus labios, no alarme a lo que queda de padre.

Seré discreto metiéndotela.

Padre nunca supo follar, lo sé cuando recuerdo tus manos nerviosas limpiar con vehemencia mis imberbes genitales. Recuerdo tu llanto en la soledad con las manos entre las piernas.

Madre, padre muere triste por ser un inútil. Padre muere a cortado a trozos como castigo a su falta de hombría.

Yo te amo y te deseo, debería ser yo tu marido. Deseo ser la polla en tu vejez, el suspiro de placer que exhalen tus viejos pulmones en el fin de todo.

Permite que sienta tus artríticas articulaciones crujir en el sagrado momento en el que te corras.

Con todo amor:

Tu hijo que te adora.

————

El marido dormitaba.

El ciego no se percató de las brutales caricias que su anciana mujer se infligía en el sexo leyendo la carta de su hijo.

Tomó el teléfono, marcó el número de su hijo y le dijo: “Sí, mi amor”.

Su pecho sobresalía por encima del sujetador color carne hasta descansar en el vientre, su pezón no tenía capacidad para endurecerse; pero estaba empapado de su propia saliva y aún deformado como un pequeño pene por las fuertes succiones. Lo devolvió a su lugar y se subió las bragas cubriendo su sexo poblado de vello cano.

Por primera vez en toda una vida su rostro se mostró risueño, casi joven.

Alguien llamó a la puerta y llevó al hombre sin piernas empujando la silla de ruedas al cuarto de invitados. Cerró la puerta a la miseria.

Observó el retrato de su madre y pensó: “Vieja puta, que bien te lo guardaste”.

Cuando abrió la puerta, su hijo entró y la abrazó sosteniéndose sobre la única pierna que tenía y una muleta.

Su beso resultó dulce como la sangre que su padre le heredó.

Iconoclasta

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