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Sostengo una flor en la mano, es una ocasión extraña, nunca he sido aficionado a los vegetales.
Es curioso como tiembla mi pulso ante tanta liviandad, tengo miedo de dañar sus pétalos, es un esfuerzo tremendo sujetar algo tan ingrávido y frágil.
Yo que he levantado decenas de kilos con un cigarrillo en la boca…
No me gusta la jardinería; pero hay una razón para todo. Es la ligereza. Yo me creía pesado, creía que dejaba mi impronta en la tierra. No es así, de hecho lo he sabido desde hace muchos años.
No me gustan las flores porque piensas, y cuando te comparas con un ser vivo cualquiera que no sea humano, sales perdiendo en el juicio.
Tal vez tomar una flor en la mano y pensar en ella, es recapacitar sobre mi existencia. Es algo que siempre rehúyo, no es bueno pensar. No es bueno concluir nada que tenga que ver con la vida, con la mía.
Porque la de los demás, no me importa. Nací sin demasiada empatía.
No sé que proceso neuronal me lleva a tomar la flor, pero cuando algo me gusta, lo hago. Sin importar la opinión de nadie, ni la mía propia. Soy amable, pero no idiota. Nadie me ha dado nada, yo tampoco lo hago, no soy una flor, aprendí rápido.
Pienso en la vida y su ligereza. Hay seres vivos que pesan menos que un puñado de mi cabello y dan más color y bienestar. Huelen mejor que yo.
No es un problema de aseo, es cuestión de masa. Por alguna razón, todo el peso de mi cuerpo no puede ofrecer lo que la flor regala. Soy imperfecto, nacido de seres imperfectos, rodeado de seres imperfectos.
Es deprimente compararse con cualquier ser vivo elegido al azar, siempre y cuando no sea otro humano.
Hay una película que dice que el alma pesa 21 g.
No pesa nada, porque no hay alma.
Sin embargo, se le puede llamar alma al conjunto de ideas que nos llevan a pensar que somos trascendentes, un engaño de supervivencia que nos creamos para no darnos un tiro en la cabeza y acabar de una puta vez con tanta vulgaridad.
El razonamiento superfluo evita que al tomar una flor pensemos más allá de las mentiras que nos han enseñado y cultivamos nosotros mismos, como yo hago ahora, es la función de un pensamiento hipócrita o ignorante.
Es una cuestión de poesía o lírica, no puede hacer daño sino eres consciente de esa ligereza banal. La cobardía y la ignorancia dan una larga y tranquila vida.
Odio tanta tranquilidad e inmovilidad.
Yo no tengo peso, soy como la flor, pero no ofrezco nada. Mi existencia es intrascendente.
Nadie me llora, no lloro a nadie.
Ni siquiera me siento solo, porque para sentir el peso de la soledad, antes has debido amar y ser amado. Cuando has estado rodeado de seres que piensan que eres importante, y crees que son importantes ellos. Entonces, cuando se van, te sientes solo, abandonado.
Dicen que puede ser angustioso, yo no lo he experimentado jamás.
Soy un cactus aislado en el desierto, nací solo. No necesito nada, no espero nada.
¿Cuánto vale el amor? En unos sitios pagas en euros, en otros con dólares o pesos.
En definitiva, el amor cuesta diez minutos y un par de decenas de euros si no eres muy exigente.
No hay nadie especial, si eres perspicaz, te das cuenta de que nadie pesa. Aunque es bueno que así lo crean, que así lo desconozcan, porque me sitúa por encima de ellos, aunque importe tan poco como el resto de humanos.
La sangre tampoco pesa y el dolor de los tendones seccionados provoca el vómito.
¿Si peso tan poco o nada, por qué duele tanto?
¿Por qué las arterias y venas se encuentran enterradas entre cartílagos y músculos?
Es una mierda vivir y es una mierda morir.
Todo duele si te fijas bien.
La flor no habla, no piensa, no caga, no come.
Solo necesita luz y que llueva de vez en cuando. No eyacula, no menstrua.
No ama y es admirada.
Cuando la muerte se presenta, las cosas inanimadas demuestran su peso y trascendencia.
Te das cuenta de que no hueles como ellas, que no tienes colores brillantes.
Cuando alcanzas la total conciencia de su importancia, le hablas a la flor. Sabes que te escucha, que se marchita entre tus manos, en un acto íntimo que ningún humano ofrecería jamás.
¬—Hola flor, perdona que te haya arrancado.
—No te preocupes, iba a morir mañana, al mediodía ya me habría secado. Ha sido una larga y hermosa vida. Ver salir ocho veces el sol ya es una gran vida.
¬—No cuento cuantas veces ha salido el sol. Me da miedo saber si puede ser mucho o poco. Ambas cosas son escalofriantes.
—Eres humano, amigo, tu vida y tu muerte están plagadas de esperanzas y miedos porque no sabéis qué seréis, cual es vuestro fin. Os duelen demasiadas cosas en este mundo, sois los más cobardes de los seres vivos.
—Has aprendido todo en poco tiempo.
¬—Nací con ello, lo supe desde que mi capullo se empezó a formar. Y sé que como yo, mañana no verás el sol. La sangre mana rápida por esos profundos cortes.
Con la sangre goteando por las puntas de los dedos, aprendes que serenidad, amor y cariño, su búsqueda, ha sido una pérdida de tiempo. Y cuando mueres y hablas con la flor no sabes si cortar la hemorragia para seguir hablando con algo que pesa de verdad, o dejarte morir porque es demasiado efímero.
Ya estoy harto de miedos, mejor me dejo morir.
Todo se muere muy pronto a mi alrededor, todo lo bueno. O simplemente te das cuenta de que no existió.
Me arrepiento y siento vergüenza por cada acto y esfuerzo realizado, que no han servido para nada. Simplemente eran hermosos engaños.
Debería haber visto más televisión, prestar más atención a la ignorancia y la superstición y así no haber llegado nunca a la verdad.
Medio siglo de vida es demasiado, si la flor ha necesitado ocho días para hartarse de vida, yo he vivido tanto tiempo que he acabado aborreciendo respirar.
El único defecto de la flor, es que no puede suicidarse.
Otro consuelo idiota. ¿Por qué iba a suicidarse una flor?
Pero sí tengo algo en común con la flor: nadie llorará nuestra muerte. Ni falta que nos hace.
— ¿Te quieres “dormir” conmigo, flor?
—Ya estoy casi “dormida”, humano. Tu sangre me agrada, es cálida. No es fría como tu piel, es una buena forma de despedirse de la luz.
Ya no hay dolor, no me tiembla todo el cuerpo con escalofríos, imagino que la ausencia de sangre ayuda a estas cosas. Y muero ligero, esa ligereza es agua fresca en la mañana.
—Hasta nunca, flor.
La flor no contesta o tal vez estoy muerto.


Iconoclasta

Medio siglo

Publicado: 16 mayo, 2012 en Reflexiones
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No sé si queda algo por lo que maravillarme, cuando cumples medio siglo de vida todo se sabe, se conoce.

Y lo que no se conoce se intuye con milimétrica precisión.

Como el final de las rosas cortadas, no hay que ser un genio.

No me fio a estas alturas de que pueda ver algo nuevo, prefiero mantener un sano escepticismo. Un cinismo nada refinado.

No hay sorpresas, solo algún que otro terremoto, alguna molestia descontrolada. Cosas que no tienen la suficiente importancia como categorizarlas en sorpresa.

La basura evoluciona (al igual que los seres vivos y los edificios), tranquila por el espacio y a mi alrededor. Hay veces que orbita demasiado cerca; pero tengo recursos para evadirla muchas veces.

Siempre hay una luz de esperanza que brilla como una ridícula vela votiva en una capilla; para que no nadie diga que soy un desencantado. Pero que algo cambie y me sorprenda es una simple lotería en la que no pongo ningún esfuerzo por interesarme.

A los cincuenta uno debería mantener los logros, recordarlos, atesorarlos como prueba de vida. Porque si no recuerdas, no has vivido.

No acabo de verlo así, no puedo porque sudo fuerza en mis músculos.

Me han dicho muchas veces a lo largo de mi vida que mi ímpetu y mis arrebatos se aplacarían con la edad. Luego me dijeron que ya debería haberme apaciguado e integrado en la vida.

Me dicen que nunca cambiaré.

No voy a escribir de lo que oigo, de las experiencias ajenas. Aún tengo demasiada leche en mis huevos.

No me mató un coágulo de sangre en el pulmón y no voy a sentirme tranquilo y relajado por tener cincuenta años de mierda.

Necesito seguir ejerciendo mi crítica, mi injusta visión de las cosas y demostrar que sin drogas, mi cerebro sigue creando las más lisérgicas, oscuras y perversas ideas.

No quiero paz, ni que cese el hambre y la miseria en el mundo. Tengo poco tiempo y no lo puedo perder en otros. Soy un egoísta nato.

No seré nunca un viejo afable. Tal vez porque no llegue a viejo o porque no sea jamás alguien amable con la humanidad y ansioso de desear buenas cosas a cualquiera.

Moriré cagándome en dios, intranquilo, insatisfecho. Encolerizado.

No se oirá de mí palabra cordial alguna hacia la humanidad.

Solo mi cariño y amor por mis queridos humanos que son muy pocos.

Nunca creí de pequeño, que ahora en mi bajada libre hacia la muerte, a la vejez; sería tan valiente avanzando hacia el final.

Superé mi miedo infantil a la muerte sin apenas darme cuenta. He pasado de ser cobarde a indiferente hacia la muerte y la vida de otros.

La muerte no me importa y la vida a veces me molesta.

Morir es un mal menor cuando pasas revista a tus errores.

Recuerdo multitud de cosas buenas; pero los errores me avergüenzan con la misma intensidad que en la época que los cometí, que los cometo.

Masturbarme no siempre me distrae de esas cosas y a veces el semen gotea espeso y triste por los dedos cerrados en el pene entre un orgasmo contaminado de algún fallo idiota. Pesan y avergüenzan sobre todo, los fallos de los otros, los que no se pueden controlar y traen consecuencias. El error de los que se mueren antes de tiempo cuando los amas, de los que me han juzgado sin tener ni puta idea. Esos errores son los que más me irritan, los de los otros. Los que son aleatorios y producto de unas cabezas que no me interesan.

Y traen consecuencias como cobrar menos dinero por un excesivo trabajo, por ejemplo. Pequeñas cosas que joden. La hipocresía que me avergüenza de ser humano.

Si de algo sirve ser cruel con uno mismo (autocrítico como eufemismo), es para serlo con los demás. Me he denigrado y despreciado tanto, que los demás, sus actos y sus pensamientos son mi comida diaria. Afilo sus huesos arrebatándoles todo el honor que hubieran podido tener. Todo su carisma me lo fumo con bocanadas profundas de mis cigarros.

Tengo cincuenta años, no puedo creer en hombres santos, benefactores y genios. No existe la justicia, solo hay leyes que me joden y coartan mi libertad. Sé cuanto dinero cuesta todo y el dinero circula en manos de un reducido grupo de puercos muy exclusivos.

Y si hay una contante universal, es que con honradez y sinceridad no se gana el suficiente dinero como para ser feliz no se triunfa en nada.

Tengo cincuenta años. Siempre he tenido los cincuenta y algo me decía que las cosas no iban a ser fáciles y que hay mucho hijo de puta envidioso controlándolo todo. Si te ven sonreír te amargan la sonrisa por pura ostentación de poder y envidia.

Fui un niño de medio siglo con miedo a la muerte, había noches que no quería dormir porque tenía miedo a no despertar.

Y ahora no quiero dormir para seguir insultando a los envidiosos. No es faltar el respeto insultar a los poderosos, a los jueces y a los millonarios. Es un acto de justicia. El mismo respeto debo que el que me han dado; en definitiva, me paso por el forro de los huevos todo ese respeto de mierda hacia las instituciones y los grandes maestros de toda disciplina.

No puedo dormir y no tengo miedo a que me estalle una arteria en el cerebro de tanto imaginar a tanto idiota despedazado y con sus rostros de deficientes mentales salpicados de mi semen.

Tengo cincuenta años y no me calmo, no me apaciguo.

Todos tuvieron un craso error al juzgarme; pero ellos no se avergüenzan, les falta cojones para verse en el espejo tal y como son.

Yo soy un espejo de medio siglo.

Y lo que con un ejercicio de candidez deseé cuando soplé las velas de la tarta, creedme, es mejor que no lo sepáis.

Buen sexo.

Iconoclasta

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