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El destino…
Es una forma amable de nombrar a todo ese conjunto de errores que hacen mierda las esperanzas.
No existe nada predeterminado, somos consecuencia y azar.
Tal vez ni siquiera exista el azar. Si piensas, aunque duela; al final todo encaja. O ves lo que falta en un espacio vacío.
Angustiosamente vacío…
Voluntad o abulia hacen del azar una consecuencia ambigua.
Cómo entender que te ame a años y kilómetros indecentes de distancia.
Cómo entender que irrumpieras en mi trabajada y deseada soledad y la tornaras un poco triste sin ti.
Cómo asimilar que nos encontráramos en un espacio eléctrico lleno de banalidades y mentiras y creáramos un espacio de intimidades y sueños.
No hay destino. Te necesitaba y te grité sin saberlo. Te llamaba con alaridos desgarrados porque este mundo es feo, cielo. Te gritaba que si existías, te hicieras visible, táctil, sonora.
Que sabiendo que en algún lugar o momento debías existir, era crueldad no mostrarte.
No hay destino; yo te pedía, tú me oíste.
Tú también gritabas tu hastío, lo sentía en mis viejos huesos.
Ergo, nos amamos.
No hay azar, somos la consecuencia lógica de una mala ubicación espacio temporal, de una necesidad de trascender el uno con el otro.
Somos las piezas sueltas y perdidas de un puzle.
Piezas que intentan encajar tristes y con dolor en un juego al que no pertenecen.
Por favor…
Dime sí, que somos la consecuencia perfecta, la consecuencia imparable de nuestra desesperación, de nuestra soledad acosada por una multitud de extraños seres mudos.
No existe el destino, existe nuestra voluntad de encontrarnos, quien quiera que fuéramos.
Ahora solo quiero descansar en ti. Soy una consecuencia cansada y dolorida.
Que no me jodan, que no nos jodan destinos y misticismos. El mérito es nuestro, toda esa angustia vivida no es un azar.
Yo soy la cruz y tú la cara de una moneda girando en el aire.
Y eso no es azar, es la perfecta, cercana y deseada ubicación.
Lo inevitable, lo que nos propusimos sin saberlo.
Con los pies sucios de desesperanza.
Alea jacta est…
Ahora sí, elijamos cara o cruz, ganamos.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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La última hoja. Marzo 2017. Fuji
Observo con los prismáticos las lejanas montañas nevadas, nubes y ríos entre el bosque. Observo las pequeñas cosas cercanas y pequeños cadáveres que no importan a nadie.

Observo las águilas, los cuervos y las lagartijas.

Observo con fascinación malsana la obscena y enfermiza textura de un liquen en el tronco de un árbol…

Pero observar todo eso es accidental.

Es un trámite obligatorio en tu búsqueda.

Quisiera estar enfermo y delirar creyendo que te he encontrado, localizado a pocos kilómetros y que con prisa y torpeza, guardo los prismáticos en la mochila y monto en la bicicleta sin pensar más que en besarte, en abrazarte toda.

Es triste sacar la vista de los prismáticos y observar a ojos húmedos la gran improbabilidad de encontrarte.

Enciendo el enésimo cigarro de la mañana; pero… Si no te busco ¿qué hago?

Buscarte me lleva a descubrir cosas nuevas, matices cromáticos que no sabía que existieran allá tan lejos. A veces el verde del bosque tiñe una porción de nube y pierdo un latido al descubrir el secreto.

Buscarte me obliga a ponerme en movimiento aunque duela, aunque me canse.

Evocándote lleno un cuaderno ya con pocas hojas.

Los cuadernos y yo nos aproximamos en perfecta sincronización a la última página que es posible escribir.

Y no me preocupa. Extinguirse no es bueno ni malo. Es algo que ocurre.

Lo triste es no atisbar en la distancia el reflejo de tus cabellos, tus manos de largos dedos finos, el movimiento de tus nalgas que se adivina en la oscilación erótica de tu vestido cuando caminas felina. Tu mirada intensa que hace arder algún órgano de mi cuerpo.

Lo triste es guardar los prismáticos con un: “¡Mierda! No está…”.

Otra vez…

Lo triste es que la última hoja de mi cuaderno y mi vida, no dirá que te encontré.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

la ecuación del amor

No aquí, no en este planeta.
No en las dimensiones conocidas.
Los verdaderos amantes no pueden existir en este lugar, en este espacio.
Aquí y ahora, los amantes solo son seres de compra-venta. Proyectos de amor sin consistencia, efímeros.
Hay una idea en mi cerebro, pulsando como un quasar en el cosmos: el amor tiene que existir, es una idea instintiva. Nací con ella como una certeza. No lo aprendí.
Tal vez se encuentre en el seno incomprensible de la parábola de una ecuación de segundo grado.
Hay que cruzar un portal dimensional, difícil y oculto, hay que dejar sangre y piel al atraversarlo.
Mi pensamiento no miente, no a mí.
Y aunque jamás he encontrado el amor, toda mi puta y obstinada razón me dicta buscarlo entre espacios invisibles e imposibles, en tiempos contraídos y expandidos.
No hay pistas que buscar, no hay datos de localización del portal del amor.
Es una cuestión aleatoria, aleatoria, aleatoria, aleatoria…
Una misión que suele acabar con la muerte sin encontrar el portal del sosiego y la serenidad.
Encuentras atisbos de amor fantasioso que son pistas erróneas, falsas alarmas. Hay que alejarse de esas trampas, hay que arrancarlas de cuajo de las entrañas y quemarlas. Que no quede nada que nos pueda distraer de la búsqueda.
No existen dioses que guíen, ni un umbral luminoso.
El amor es tan exclusivo que no se anuncia. Es un club secreto en el barrio de una ciudad sórdida y sucia.
Mientras los amantes simplones que se aparean intentan convencerse de su amor fatuo, busco pequeños cambios de luz, una ráfaga de aire que arrastra un aroma ignoto, polvo extraño en mis zapatos.
No pierdo el tiempo, no me distraigo más de lo estrictamente necesario. No cambio mi solitaria búsqueda por una emoción prostituta.
Pago la mamada y sigo caminando hacia ningún lado, esperando poder resbalar algún día por el extremo de la ecuación y descender al seno de la parábola, allá donde el positivo y el negativo se unen para crear un misterio.
Dicen que es la nada, que es el cero absoluto. No importa, porque de hecho, esto es nada.
Solo atiendo a mi pensamiento, a mi idea.
El tiempo está en mi contra, lo sé. Es algo que ocurre desde el momento que nací.
No es preocupante.

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Iconoclasta