Posts etiquetados ‘desamor’

Fríamente

Publicado: 30 octubre, 2019 en Sin categoría
Etiquetas:, , , , , , , , , ,

Se acercó a su coño como otras tantas veces, para besarlo, lamerlo y penetrarlo.

Y olía a mierda.

Su poya perdió la erección en ese mismo instante, sintió asco.

Cuando se muere el amor, en su vida, los sexos huelen a mierda.

Las razones cayeron como las hojas rasgadas del libro de los amantes decapitados, con las páginas impregnadas del hedor de su vagina babosa.

Siempre fue un poco despistado con los asuntos de los odios, desamores o engaños; cosa que inevitablemente te lleva a salpicarte de porquería.

Nunca le preocupó el fin de las cosas, porque él mismo tenía una muerte.

Cosa que es buena: los finales. En la variedad está el gusto.

Aunque la vida sea corta, está el problema de la repetición, de siempre lo mismo; con lo cual se puede hacer insoportablemente larga.

Se da cuenta también junto con las marranadas que dice su coño, que hacía ya unos meses que dejó de amarla, la follaba porque no costaba dinero.

La puta jadeaba ante un beso que no llegaría ya.

-Me voy a tomar un café -le dijo a los babosos labios antes de incorporarse de entre sus piernas.

Ella lo miró con desprecio por encima de las tetas.

Se fumó un cigarrillo con un café y ella le gritaba desde la habitación que estaba amargado.

Puede que sí; pero no se sentía desdichado, malhumorado o decepcionado, solo molesto con ese olor a mierda que quedó como un vapor denso en su nariz.

Fríamente salió de la casa sin responder a los insultos de la puta apestosa.

Cuando dobló la esquina de la casa, desapareció el olor y caminó tranquilamente alejándose. Casi con alegría.

Una vez le dijo una mujer que su corazón era frío como un trozo de hielo.

Bueno, lo importante es no oler a mierda; pensó.

Subió a un taxi, sin más complicaciones.

Iconoclasta

la ecuación del amor

No aquí, no en este planeta.
No en las dimensiones conocidas.
Los verdaderos amantes no pueden existir en este lugar, en este espacio.
Aquí y ahora, los amantes solo son seres de compra-venta. Proyectos de amor sin consistencia, efímeros.
Hay una idea en mi cerebro, pulsando como un quasar en el cosmos: el amor tiene que existir, es una idea instintiva. Nací con ella como una certeza. No lo aprendí.
Tal vez se encuentre en el seno incomprensible de la parábola de una ecuación de segundo grado.
Hay que cruzar un portal dimensional, difícil y oculto, hay que dejar sangre y piel al atraversarlo.
Mi pensamiento no miente, no a mí.
Y aunque jamás he encontrado el amor, toda mi puta y obstinada razón me dicta buscarlo entre espacios invisibles e imposibles, en tiempos contraídos y expandidos.
No hay pistas que buscar, no hay datos de localización del portal del amor.
Es una cuestión aleatoria, aleatoria, aleatoria, aleatoria…
Una misión que suele acabar con la muerte sin encontrar el portal del sosiego y la serenidad.
Encuentras atisbos de amor fantasioso que son pistas erróneas, falsas alarmas. Hay que alejarse de esas trampas, hay que arrancarlas de cuajo de las entrañas y quemarlas. Que no quede nada que nos pueda distraer de la búsqueda.
No existen dioses que guíen, ni un umbral luminoso.
El amor es tan exclusivo que no se anuncia. Es un club secreto en el barrio de una ciudad sórdida y sucia.
Mientras los amantes simplones que se aparean intentan convencerse de su amor fatuo, busco pequeños cambios de luz, una ráfaga de aire que arrastra un aroma ignoto, polvo extraño en mis zapatos.
No pierdo el tiempo, no me distraigo más de lo estrictamente necesario. No cambio mi solitaria búsqueda por una emoción prostituta.
Pago la mamada y sigo caminando hacia ningún lado, esperando poder resbalar algún día por el extremo de la ecuación y descender al seno de la parábola, allá donde el positivo y el negativo se unen para crear un misterio.
Dicen que es la nada, que es el cero absoluto. No importa, porque de hecho, esto es nada.
Solo atiendo a mi pensamiento, a mi idea.
El tiempo está en mi contra, lo sé. Es algo que ocurre desde el momento que nací.
No es preocupante.

567b9-ic6662bfirma
Iconoclasta

No siempre, tal vez nunca…
El amor es la efímera crisálida
(se prometen amor eterno
en un ejercicio de ingenuidad,
es el juego)
de una necesidad perentoria.
Una oruga que se hace rata
y roe lo que una vez fue bueno.
Los roe a los dos hasta
que duele estar cerca.
El uno del otro…
El amor es un embarazo
de soledad y arrebato
de frustración.
Una placenta de tristeza…
Un escape a la desesperanza,
un consuelo mal comprado.
Es un alumbramiento
que a veces es aborto.
Muchas veces…
Más de lo que debería ocurrir
ante las vidas tan cortas.
Se idealizan ergo se equivocan
los amantes más sentidos y sufridos.
Se equivocan tanto
(su coño está húmedo y no por él)
que la vergüenza los asfixia
(su pene no se hace duro ante ella)
 y recurren a nuevos errores
(Sueñan con lágrimas con lo que
se les escapó de las manos)
para cubrir los que ya son historia.
Se acuchillan con engaños
las espaldas se hieren
y arrugan cartas con vergüenza
mojadas de lágrimas en su manos.
Los errores son los zombis
del amor hambriento y voraz.
Ya cadáver…
Buscan romances de nuevo
(los nuevos amantes creen llenar huecos
donde hubo amor.
Un error sobre otro error y sumando…)
los desesperados y necesitados
amantes.
Amores que mutan en errores
de nuevo, a velocidad de cometas.
Los aquejados de soledad
los necesitados de ternura
carecen de memoria histórica
se preñan de nuevo de amores
que se corromperán, porque
necesitar no es amar.
Nuevos errores…
Nuevas vanas esperanzas.
Tal vez sea la forma de no volarse la tapa de los sesos y seguir viviendo unas miserable vidas. El engaño y el drama son alicientes para la vida.

Amar se sobrevalora en función de las carencias de cada cual.

Iconoclasta

Nada es perfecto, ni siquiera la enfermedad.

En una pata podrida lo lógico sería que también los nervios estuvieran llenos de gusanos.

No es así y el dolor va al cerebro pasando previamente por los cojones.

Menuda novedad…

A veces lo podrido se cae, y con ello todos esos putos nervios vivos.

Eso espero; pero parece que no se desprende nunca, que no hay consuelo.

Es mejor ponerse en movimiento e irse, huir de los lugares ya monótonos y sin esperanza para conocer otros diferentes y distraer este dolor chirriante de una rodilla infecta.

Pero creo que el error es la pierna, y ya me he cansado de llevar esta mierda colgando de mí.

Un hachazo y que el miembro fantasma haga de las suyas: doler de la nada; pero lo hará sin corrupciones. Es un desahogo, es bueno.

Aunque sigue sin ser perfecto.

Es que no me gusta el dolor, soy alérgico.

A mí me gusta que me la chupen.

Y a pesar de todo, aprieto el cinturón hasta que pienso que no puede circular más sangre por ahí.

Muerto el perro se acabó la rabia.

Y la morfina es una diosa que me acaricia los huevos para acabar masajeando mi glande.

Porque los nervios que recorren un cáncer y una carne tumefacta lo pudren todo: el pensamiento, el semen y el amor si alguna vez lo hubo.

El dolor te hace cobarde e insoportable a ojos de cualquiera. E incómodo, porque una pierna negra es una avance de la muerte, de lo corrupto, de lo finito.

Está tan negra como el amor…

Bueno, el amor no duele cuando se pudre, ya tengo bastante con la pierna.

Y si he de ser sincero, a estas alturas del dolor, me importa una mierda el amor.

Las mentiras siempre han sido una constante, para la esperanza de la pata podrida, para el amor y el cariño. Pero se está bien entre ellas, lo malo son las verdades que no es necesario conocer si no aportan un mínimo de comodidad.

La verdad emerge como una repugnante y tóxica medusa quieras o no.

Voy a vomitar…

Cuando se observa bien al cojo, resulta antipático, porque el dolor a veces tuerce sus sonrisas y follar no es del todo cómodo y placentero con una pierna-mierda.

Hay que tener cierta agilidad para disfrutar de una buena follada.

Aburre a cualquiera ser jodida y joder con una pierna así; más que nada porque es difícil mantener la hipocresía de una sonrisa o amor ante quien vive la miseria de la podrida carne.

Aunque esos nervios operativos de la carne casi corrupta, no son solo los responsables. Tal vez hagan de antena y capten las ondas de falsedad que los rodean.

Tal vez mi podredumbre y yo, somos receptivos a la mierda.

El hastío, el aburrimiento, los errores, las mentiras, el amor falso… Todo eso sube por los nervios aún vivos de la pata podrida y lo empeora todo.

Hay que romper con ello…

Ya habrá tiempo para una buena mamada después, hay mujeres que disfrutan con los muñones, con el fetichismo de la ortopedia. Aún puedo follar y pagar.

Tal vez me debería haber tatuado un corazón (para que hubieran creído que he llegado a creer en el amor), una tarta de cumpleaños (por aquello de la diversión) y un beso tan de plástico que nadie creería en él (por un asunto de provocación y esas cosas de escritor).

Mejor no la adorno, además, la estoy cortando y ya no tendría gracia.

Cuando me deshaga de esta pata asquerosa, lo demás se convertirá en una pesadilla más, en unos errores cuya vergüenza se diluirá con el tiempo, o tal vez con el resto de mis tejidos en un ataúd.

Si algo aprendí es a inyectarme; es lo más fácil de todo y la morfina hasta me hace reír cuando corto la carne. Es una buena risa, sincera, aunque no es perfecta tampoco: le falta cordura.

Cortar el hueso es un poco más penoso, se me han partido ya tres hojas de sierra y me cago en la virgen.

He tenido que caminar con la pata arrastrando para encontrar otro cinturón con el que frenar la sangre.

No hay nada fácil.

No hay nada perfecto.

El mendigo que rebusca en las basuras apenas hace caso de la pernera de mi pantalón chorreando sangre cuando me acerco dando saltitos sobre la pierna sana, ayudado de mi bastón con mango de plastimierda.

—¿Va a tirar esta pierna aquí?

La llevo bajo el sobaco, como quien lleva una barra de pan. Pesa mucho lo podrido, y sudo.

—Está podrida, ya no la quiero.

—No es lugar para tirar estas cosas. Las ratas lo infestan todo.

—Tampoco pedí nacer y aquí estoy de mierda. Métetela en el culo si no te gusta —le respondo muriendo un poco.

No sé en qué momento siento frío y debilidad, no sé si he caído o el mundo ha girado noventa grados a la derecha. El puto mendigo me ha tirado la pierna encima con desprecio.

Y a mí me suda la polla, ya no duele y por fin estoy solo y no mal acompañado.

Me río como un deficiente mental, seguramente por la morfina, cosa que me parece bien.

Seguramente porque me importa una mierda morir.

Los hombres con un par de cojones, no lloran. Y que yo sepa, no me los he cortado.

No es perfecto nada lo ha sido en la vida; pero este momento se asemeja a un buen sueño.

Iconoclasta

CaterpillarMan

Publicado: 9 julio, 2011 en Amor cabrón
Etiquetas:,

Soy un mazo que no para. No dejo ni un solo resquicio al amor y a la ternura, destruyo sistemáticamente todo rastro de cariño.

No es un capricho, cuando el amor no sobrevive, cuando has intentado algunas veces cultivar cariño y has fracasado, te das cuenta de que no sirves para estar enamorado.

Soy el mazo que destruye ruinas y pulveriza recuerdos. Soy un tractor demoledor sin freno, sin gobierno. “Caterpillar” dice la placa que tengo pegada en mis genitales.

Soy un martillo pilón ciego de frustración. Con la polla ardiendo.

Es tan extraño destruir todo acto de amor con el glande derramando semen…

Me gusta la ira de la soledad, la tremenda carga de mi semen blanco mojando el hormigón demolido del Páramo de los Cariños.

Riego con semen para evitar que llegue a mis pulmones el polvo cancerígeno de los recuerdos hermosos.

Mis puños sangrando.

Mi pene latiendo.

Solo el deseo y la lujuria se sobreponen al puto amor. La ira duele, es un derrame de sangre; y aún así hace rígido mi miembro hostil al amor.

La ternura es algo inaccesible.

¿Alguna vez fui tierno? ¿Alguna vez amé?

Me cago en dios.

Y en la virgen también.

No creo en mitologías, pero estas cosas molestan a los crédulos. Hay muchos crédulos que creen en el amor eterno.

Idiotas… Están locos.

Tengo un agujero en el colchón lleno de semen seco y un poco de sangre de los cortes que los restos solidificados provocan en mi pijo.

En mi bendito pijo…

Soy el martillo que perfora lo estéril, el que fertiliza recuerdos ya muertos.

Mi desesperación nace de no follar, no es por falta de amor. Quiero hundir mi sacratísimo pene en un coño profundo y caliente.

Y no hay coño.

No hay agujero tierno.

Sólo hay ruinas de hormigón que he derruido con descontrolado indecoro.

El agujero cortante en el colchón se hace deseable a pesar de oler a bebés muertos, a corruptos amores.

Soy un martillo hidráulico y machaco hasta la esperanza, la aplasto contra la tierra, la aplasto aferrando mi bálano con dureza, con un intencionado descontrol.

“Caterpillar” es lo que llevo tatuado en la muñeca de la mano masturbadora. De la mano demoledora.

Quedo vacío durante unos instantes, unos momentos para fumar, para llenar de nuevo mis cojones de semen.

Es tan duro el amor, son tantos los recuerdos…

Tengo que seguir trabajando, no puedo dejar nada en pie en el Páramo de los Cariños.

No soy Atila: por donde escupo mi semen, ahogo hasta los recuerdos.

No soy Atila, soy CaterpillarMan y desintegro el amor. Todo el amor.

Iconoclasta

Safe Creative #1107089637437

Dureza, ergo fragilidad

Publicado: 20 octubre, 2010 en Amor cabrón
Etiquetas:, ,

La dureza como un castigo a su poder está maldita por la fragilidad. La vida y su mierda alcanza a todos los seres y a todas las cosas.

Y el amor, cuanto más fuerte más frágil. El diamante lo araña todo, y se parte como un vidrio por una torsión, por un golpe. El amor es un diamante y hace duros el alma y el corazón.

Con toda su fragilidad. La vida no perdona.

La broca arranca virutas largas y rizadas al trozo de acero sujeto en la mordaza. El hombre respira con esfuerzo haciendo presión en la palanca que avanza el taladro. No lleva gafas de protección, como si el humo del eterno cigarro colgado de sus labios pudiera protegerlo del acero que a veces salta a sus ojos.

Poco le importan los ojos, duele mirar la verdad, el fin.

El amor es frágil ante los ojos de los amantes, y los amantes saben cuando su momento ha pasado.

Él lo sabe, su amor ha caído de golpe y se ha hecho añicos entre sonrisas íntimas ya ajenas a él. No es necesario hacer nada ya. Las emociones se han cristalizado y el ánimo ya muestra una raja en su brillante superficie, es sólo cuestión de unos segundos.

Ahora toca dolerse infinito. Coge aire para soportar una nueva punzada de dolor.

Nada pudo marcar o debilitar su amor.

Nada puede marcar al diamante, ni al corazón enamorado.

Pero la presión no es buena y la fragilidad, actúa eficaz y destructiva en milésimas de segundo.

Y el amor revienta como el diamante en la prensa, haciéndose añicos y polvo.

Es un trallazo de un dolor inconmensurable. No hay agonía, la muerte llega instantánea.

Ahí reside el premio de haber amado de la forma más pura y brutal, sin concesiones: el fin es definitivo y rápido.

Es algo que agradece en medio de toda esa desolación.

Recoge con las manos sin guantes las virutas amontonadas en el suelo y en la base del taladro, clavándose algunas. No hace caso, su corazón diamantino está partido en mil esquirlas, ahí está el dolor auténtico. Lo demás carece de importancia.

Llena una bolsa de plástico con ellas y con un martillo las machaca para hacerlas más pequeñas. El resultado lo vuelve a meter en otra bolsa. Cierra tras de sí la puerta del taller y desearía también que fuera la puerta a la vida, para que dejara de doler el amor hecho fragmentos.

Siempre ha pensado que pagaría caro amar tanto; que ser alguien exclusivo y afortunado no podía durar demasiado.

Ahora llora trozos de diamante que le provocan hemorragias en lo lagrimales.

Cree que llora sangre.

Era una certeza casi absoluta, esa temporada de felicidad, de amor puro, le iba a ser cobrada.

Es hora de pagar.

La vida ha pasado factura. El amor, con la fuerza con la que nació se ha quebrado como un acero demasiado templado incapaz de soportar tensión alguna en su ordenada y simétrica estructura molecular.

Se ducha en los sucios vestuarios con jabones sucios que increíblemente dejan la piel limpia. Se frota la piel con las uñas arañándose en un vano intento por quitarse los fragmentos de vidrio-amor que se encuentran destrozándole el tejido bajo la piel.

Ella sigue siendo infinitamente bella; incluso vista a través de los cristales rotos que le pinchan los ojos.

Se siente tentado de llorar, de pedir una oportunidad. Convencerse de que es una pesadilla.

No lo hace, si un día tuvo fuerza para amar, ahora la tiene para reventar con dignidad. Debería tenerla, suspira mientras se seca los genitales.

Piensa que la vida es mierda pura. Su alma está tan rota que ya no es capaz de distinguir el dolor y el aire que respira.

Dijo que daría un paso atrás cuando llegara su ocaso. Sería valiente y desaparecería en segundos del escenario que no le pertenece ya.

Ahora, con lágrimas que él cree que son rojas, está retrocediendo asustado, cortándose los pies con añicos de amor roto.

Se arrepiente de haberse prometido que sería hombre y se comería en silencio y en los oscuro los trozos del amor partido que quedaran a sus pies.

No es fácil y pisa con fuerza el diamante que una vez fue íntegro, hace apenas unos minutos. Son cientos de dolores, tantos como recuerdos e ilusiones. En una progresión geométrica su dolor no alcanza una cota estable, sino que sigue expandiéndose y se dejó la anestesia encima de la mesita de noche.

Camina hacia atrás, para observar cuanto tiempo pueda el rostro de la que una vez amó, no importa cuánto se corten los pies. Importa no dar la espalda al dolor. Hay que ser hombre. E intentar por todos los medios que su alma no se rompa.

Pero es tarde. Su alma es acerada por una vida que nunca quiso: vacía, vacía, vacía… Por un amor que irrumpió como un misil y lo hizo más fuerte.

Y tan frágil…

Apoya el dedo en el pulsador rosa del interfono, con el alma definitivamente destrozada después de haber revisado que en la cartera se encontrara la tarjeta de crédito.

La bolsa de virutas de hierro pesa liberadora en su mano.

La alcahueta del burdel lo recibe con una sonrisa falsa y una verdadera curiosidad al ver en su mano la sucia bolsa de plástico colgar de sus dedos manchados de grasa que el jabón no ha podido eliminar.

Ella atiende a sus explicaciones y su rostro va ganando seriedad y sinceridad. Le contesta que será caro y difícil que alguna de sus chicas acepte semejante cosa.

Él contesta que será generoso. La alcahueta le pide la tarjeta de crédito que guarda en un cajón del mostrador de la recepción.

Se sienta en un sillón incómodo esperando que aparezca la puta.

Llora como un crío cogiendo puñados de amor roto, como un crío intentando armar su juguete desmantelado, intenta desesperadamente de alguna forma, pegar esos trozos; pero le fallan las manos, hay tendones afectados. No hay compostura posible. Todo es hemorragia.

Ya no distingue el dolor anímico del físico, es imprescindible que el cuerpo sufra más que el alma, que el dolor sea físico para escapar a la locura si fuera posible. Porque todo es ella, tiene que borrarla de su pensamiento como sea. Tiene que extirpar las esquirlas de diamante que hacen de su corazón un cactus.

La puta se presenta ante él con un mini vestido azul marino que sube brevemente por encima de sus muslos, hasta mostrar una breve porción de sus bragas transparentes. Es una mujer mayor, fea con la voz ronca y un cuerpo demasiado gordo. Es la única que ha aceptado su juego.

En la habitación roja, él le aconseja que use guantes para coger las virutas enseñándole sus manos heridas como muestra.

La puta sale de la habitación y vuelve con unos guantes de goma de limpieza y se los pone ante él.

Del cajón de la mesita de la cama saca un vibrador y lo cubre con un condón.

El hombre le aconseja que use otro. Y la puta encima del primer condón coloca otro. Con cuidado los saca del vibrador, dejándolos extendidos.

El hombre sujeta los condones abiertos para que ella vierta dentro las virutas metálicas.

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer, cielo?

-Sí, no hay problema.

La puta lo observa y siente en su propia piel el frío dolor del amor roto.

-Duele mucho ¿verdad, cielo?

-Infinito -responde con una lágrima.

La puta le ayuda a desvestirse de cintura para abajo. Su pene está fláccido. Está triste como el alma que se está resquebrajando. Siente hasta chasquidos de cristal que se resquebraja dentro del hombre.

-No puedes, ahora, cielo.

-Ayúdame, no puedo salir de aquí así, con este dolor.

-Nadie vale este dolor.

-Ella sí.

Y la puta asiente mirando las viejas cicatrices de sus muñecas.

Llena un vaso con agua y le ofrece dos pastillas

-Tómalas, en veinte minutos la tendrás dura.

Y ambos encienden un cigarrillo sin hablar.

La puta acaba su cigarrillo y empieza a masajear el pene del hombre sentado al borde de la cama. A medida que va creciendo entres sus dedos, se lo va llevando a la boca que a partir de ese momento crece desmesuradamente.

Cuando baja el prepucio, el glande se ofrece con un color amoratado, casi púrpura, la sangre parece querer salir a través de ese delicado tejido nervioso.

El hombre gime, pero no de placer.

El hombre no se da cuenta de que está llorando. Se cree aún de acero templado y sin fisuras.

Y la puta piensa que debe hacerse, como ella un día cortó sus venas.

No le avisa cuando pinzando la cabeza del condón para que no se caigan las virutas, se lo desliza por el miembro.

No le avisa cuando de golpe hace bajar hasta su sitio la goma y siente en sus propios dedos como las púas y virutas metálicas se clavan en una carne delicada que si pudiera pensar, jamás hubiera imaginado que pudiera ser tan desgarrada. Porque no es diamante, hay cosas que no son duras y duelen aunque no sean importantes.

Los dedos de los pies del hombre se crispan ante el ramalazo de dolor y sus manos se cierran intentando estrangular la colcha de la cama. Se ha mordido el labio y mana sangre como empieza a manar también del glande maltratado.

-Mastúrbame, quiero correrme.

La puta traga saliva, se va a hacer muy largo este servicio, piensa. Y se arrepiente de haber aceptado el trabajo. Aunque mirando los ojos del desgraciado, el amor ha sido infinitamente más cruel.

Aprieta con fuerza el puño en el bálano y comienza a subirlo y bajarlo. No se ha quitado los guantes, hay algo completamente irreal en ello. El hombre no se queja, su vientre es una madera de contraído que está y su escroto ha quedado duro y pequeño como un cuero.

Lucha el hombre por borrar el cuerpo de quien amó deslizándose por su miembro, untándolo de sí misma. Cubriendo de deseo y lujuria el amor que se tenían.

Ahora siente los cortes profundos, la mano indiferente de la puta, ajena al dolor, que impasible desgarra todo su centro de placer.

Y cuando ya sólo hay sangre y dolor, cuando siente que algo ha salido de su meato por fin se siente terriblemente cansado.

Hay un extraño semen rojo o una extraña sangre babosa corriendo por sus muslos. Se lleva la mano al vientre y está lleno de astillas de hierro.

Los condones están destrozados en la papelera manchados de muchas cosas.

Intenta incorporarse, porque en algún momento se ha dejado caer sobre la cama.

Los guantes de la puta están manchados de sangre también.

-No te levantes, cielo, no mires -le aconseja la puta cubriendo sus genitales con una toalla.

El se deja llevar por el liberador dolor que ahora se propaga por todo su cuerpo. Se le escapa el vómito.

-No podemos dejarlo salir así, hay que limpiarlo, sanear las heridas… Sí, que venga Ana, ella era sanitaria hace unos años -la puta habla por teléfono con la alcahueta, el hombre la oye a kilómetros de distancia.

Cuando el hombre sale del burdel, su pene está envuelto en gasa empapada con yodo. La puta enfermera le ha aconsejado que debe ir al hospital, hay que prevenir la infección que sin duda alguna se va a desarrollar.

Si no tuviera el corazón partido en mil pedazos, no podría dar un solo paso sin lanzar gritos de dolor. Siente el latido enfermizo de su pene destrozado y cuando sale al fin a la calle, los edificios parecen plegarse amenazadores sobre él.

Desde que se partió el duro y frágil amor junto con su corazón, apenas han pasado veinticuatro horas. Y ahora su pensamiento y sus funciones vitales, están dedicadas plenamente a preservar la vida. Una vida que con una sonrisa ya cínica en el rostro, piensa que se le va por la polla.

Y una sonrisa lleva a otra. Porque los hombres se han de reponer y seguir adelante, han de mascar el dolor y escupirlo como tabaco. Él es un mecánico, no es un ser delicado. Y ella es tan bella…

Era tan bella…

A veces es inevitable que los fragmentos de amor se filtren en el flujo anímico provocando de nuevo el temible dolor que ocupa más espacio y tiempo que el trauma en su pene. Pero va avanzando, lo siente porque ahora tiene miedo a morir; hay mucho daño en esa carne que está entre sus piernas. Se pregunta si no habrá sido excesivo.

No puede caminar más, a punto de llegar a su casa, se sienta en la mesa de un café, frente a una plaza llena de niños y perros. Son sólo las siete de la tarde de un verano infame, de tóxico calor.

Hay gente que conoce; que no le importa.

Una mujer lo observa, sus dos perros corretean jugando entre un césped raído y lleno de mierda. Llama la atención de aquel hombre su palidez y las gotas de sudor que le corren por los párpados y no seca. Como si algo mucho más importante le estuviera molestando.

Le recuerda a los niños muertos de hambre que no se apartan las moscas de los ojos porque ésa es una molestia soportable comparado con lo que sufren. Casi una caricia.

Por la pernera del pantalón, de vez en cuando cae una gota de sangre.

Se acerca al hombre.

-¿Se encuentra bien?

El hombre la mira con dificultad para centrar la mirada, es una vecina que conoce de cruzarse con ella desde que vive en el barrio, y ya hace veintitantos años.

Intenta ser cordial.

-Sí, es este calor que no da un respiro.

-La sangre no es calor -responde la mujer mirando las gotas de sangre del suelo.

El hombre responde con un llanto, rápido y seco como una tos. Enciende un cigarro y le ofrece uno a ella; pero no fuma.

-Ya es tarde. Estoy roto.

Ella cubre con su mano la de él intentando dar consuelo a ese dolor tan íntimo y tan brutal que contagia el aire a su alrededor.

-Lo sé. Te acompaño al hospital.

-Es tarde también para eso.

-Pues muramos en casa, se está mejor.

El hombre no entiende, tampoco se fija que el pantalón de la mujer está empapado de sangre.

Tampoco tiene porque saber, que algún vidrio oculto en su vagina, sigue cortando, es un fragmento de amor duro y frágil que no ha podido expulsar su organismo.

Simplemente la acompaña a su casa, van de la mano.

Se sientan ante un café y dejan que la sangre arrastre cristales y emociones como filos cortantes.

Es importante no morir solos cuando el amor es un diamante roto.

A veces la vida no es tan puta y da algo de consuelo. Sonríen sabiéndose frágiles.

La infección corre junto con la hemorragia.

Es tarde.

Iconoclasta

Safe Creative #1010207621808