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El peso del aire

¿De verdad crees que se puede vivir con cordura con el peso del aire aplastando los hombros?
Que seas consciente de esa columna de aire sobre ti. De la que jamás te has podido librar.
¿Es posible no relajarse jamás sin sufrir alguna consecuencia mental seria?
¿Es posible tener tanta voluntad para ser consciente de cada paso que das y a la vez, que los otros seres que te rodean y te infectan, crean que caminas relajado e indiferente a todo?
Cualquiera que observe con atención tus hombros, sabrá de tu tensión continua y agotadora. Cualquiera que cruce su mirada con la tuya, no entenderá esa profunda hostilidad.
Consiguen ofender tu inteligencia y libertad. ¿Se trata de eso?
Siempre ha sido por eso. Desde pequeño necesitabas intimidad y soledad para evadir el peso del aire que te sofoca la respiración.
Tenías cinco años cuando Pinpin, el periquito que papá amaestró, se posó en tu mano. Y te estremecías cerrando el puño con fuerza ahogándolo y aplastándolo. Observaste fascinado la muerte en sus asustados negros ojos circulares y su graznido fue perdiendo fuerza hasta que su cabeza cayó inerte a un lado.
En otra ocasión, mamá bajó presurosa a la panadería, te dijo que no tardaba nada en volver, que estuvieras tranquilo y vieras los dibujos de la tele.
Y en el silencio que se introdujo en la casa, los aflautados chillidos de dolor y asfixia de Gordito el hámster, crearon un momento de relax en tu mente.
Su cuerpo aplastándose por el peso de tu mano en el serrín de su jaula, te daba su calor. Como si la muerte fuera un intercambiador de temperatura.
Y entonces tuviste una revelación, cuanto más grande y más siente la presa, mejor te sientes. Más ligero se hace el aire.
Lo que te come la paz interior es que hay tantos seres que torturar y matar, que cualquier distracción que no sea el acoso, captura y muerte, te crea conflictos.
La predación, el asesinato y el abuso como forma de vida, requieren intimidad y ocultación para que se puedan prolongar a lo largo de toda la vida.
La pesadilla es que nacen más que mueren.
Ni siquiera la muerte puede estar satisfecha en este mundo.
Un niño de diez años yace en la espesura del bosque con la garganta obscenamente abierta, como si tuviera otra boca silenciosa que lanza un alarido de dolor y miedo.
Sus padres gritan su nombre por la senda, veinte metros montaña arriba.
Y observas tranquilo como algunos insectos se agolpan en la raja del cuello, la boca y la nariz. Un escarabajo brillante entra y sale por una de las fosas de la nariz, como si no supiera qué hacer, adonde ir.
Has cazado presas más grandes, piensas un poco decepcionado mientras cortas los dedos índice y meñique de la mano izquierda con unos alicates de cortar alambre.
Cuando los gritos de los padres del niño se hacen lejanos, emprendes de nuevo el camino hacia la carretera del pueblo entre la espesura del bosque.
No te sientes loco, es una necesidad cazar y matar. Cuando matas, durante unos segundos ves tu propio poder reflejado en los ojos de la presa.
Y entiendes que alguien pudiera creerse dios en algún momento de la historia.
Tú no estás loco, porque sabes que eres tan solo un hombre.
Ahora el aire no pesa tanto ¿verdad, asesino? Te mueves más relajado, más aliviado jugueteando con los dos pequeños dedos que le has cortado como trofeo.
¿Cuántos dedos tienes ya en tu cajón de recuerdos que huele a descomposición y aún así aspiras con delectación?
Dentro de unos días el peso de la vida, de la vida ajena volverá a hacerse insoportable y volverás a cazar.
Hasta que mueras, hasta que otro te cace.
Morir no es malo ¿verdad, asesino? Muerte con muerte se paga.
En el café de la plaza Grande, una mujer te espera sentada bajo la sombrilla y sonríe al verte.
La besas y le dices al oído, en un susurro: “Te la quiero meter, ya”.
Y todo es perfecto cuando ella en un movimiento instintivo, separa sus piernas nerviosamente mientras el susurro de tus labios aún resuena en su oído.
No estás loco ¿verdad, asesino? Aún distingues entre la muerte y el placer del sexo. Son indispensables.
El peso del aire… La única forma de que no se aplasten tus pulmones por este aire, por esta vida.
Tú no matas y te masturbas, matas y creces. Follas y sonríes.
Y aspiras durante un tiempo un aire fresco y liviano.
Poco tiempo es mejor que ninguno.
Vivir, matar, morir… No es degeneración, no es locura.
Es supervivencia no dejar que te aplaste el peso de la mediocridad que impregna el aire y los pulmones.

 

ic666 firma
Iconoclasta

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T.Rex

Sentado bajo la sombra de un árbol en el claro del bosque, me recupero de la larga caminata.
Dolor, sudor, cansancio y al final: sombra y aire fresco.
Y te das cuenta que no quieres nada más que esta libertad del esfuerzo y el reposo.
Sin rendir cuentas a nadie, sin medir el tiempo.
Cuando se mide el tiempo, se calculan las horas de hastío acumuladas y las futuras. Tengo un buen reloj; pero no lo miro cuando estoy aquí. Solo miro el cielo y las cosas que se arrastran y se mueven.
Cuando cierras los ojos en un placer, dejando que caiga el sudor por los párpados y el rostro, el tiempo deja de existir.
Entonces el sonido del planeta: el rumor de las hojas, el viento irrumpiendo en los oídos, el piar, los graznidos, los zumbidos de los insectos, animales que observan desde la espesura… Actúa como un tonificante, una estamina.
Es inevitable asumir que perteneces a la espesura, asumir la propia naturaleza olvidada.
Me pongo en pie y tomo un estrecho sendero, un camino hecho por animales, con el sonido del bosque vibrando en el vello de mis brazos.
Identifico en la distancia unos pasos y de forma instintiva hago los míos silenciosos.
Escrutar y acechar. Es algo tan viejo como la montaña.
Es un macho adulto, en torno a los treinta. Delgado, de paso relajado. Demasiado relajado.
Nadie debería relajarse, excepto cuando estás a cielo abierto.
En el bosque somos muchas las bestias. Es un fallo recurrente.
Escucha música, lleva auriculares. ¿Quién puede preferir la música al concierto de vida que es la montaña? ¿Es por miedo a lo que oyen y no ven? ¿O es que miden el tiempo por canciones? ¿Cómo se puede sacrificar la maravillosa soledad de la naturaleza con una vulgar música?
Dejo de ser cuidadoso y acelero el paso.
Cuando escuchan música, no se dan cuenta de la muerte hasta que les entra por los ojos y les roba la fuerza del corazón y los pulmones.
En el momento en el que saco el cuchillo de la cintura del pantalón y cierro el puño en él, siento que soy más, que soy antiguo. Que soy lo que murió hace miles de años.
Si no escuchara música, se hubiera dado cuenta de que los pájaros han dejado de piar. Ellos saben, ellos conocen cuando es el momento de la caza.
Llego hasta él y le clavo la hoja bajo la mochila. He atravesado el riñón, lo noto por la facilidad con la que ha entrado de repente el acero.
Las vísceras son como una bolsa de vacío en el cuerpo.
Cuando has matado a unos cuantos, encuentras la lógica de todo.
Apenas puede gritar, cuando se ha girado con gesto de sorpresa, le he clavado de nuevo el cuchillo en el cuello, en el lateral derecho. Y lo he sostenido firme observando sus ojos mirarme asombrado y tembloroso.
Me gusta sentir la muerte, es como una descarga eléctrica suave que va de mi mano, por el cuchillo y luego entra en la carne ajena y en su sangre.
Cae al suelo y asesto otra puñalada en el pecho que apenas hace nada, ya que las costillas son un fabuloso escudo que protege al corazón. Clavo en el estómago, el vientre y en los muslos. En los muslos, si tienes suerte, puedes trinchar la femoral y todo es más rápido.
Se ha quedado inmóvil, con la boca abierta en un gesto de dolor y miedo, los ojos aún brillan aunque están muertos. Su rostro está salpicado de gotas de su propia sangre. Uno de los auriculares sigue en su oído y el otro emite un ruidito agudo que no me gusta.
No sé que hora debe ser, es algún momento de la tarde, la luz es amable.
Limpio el cuchillo en su ropa, saco de la mochila la cantimplora y doy un buen trago para recuperar el aliento. Matar es un ejercicio explosivo.
Me hubiera gustado que fuera mujer, estoy caliente. La hubiera follado una vez muerta, cuando aún está elástico y templado el cuerpo. No soy necrofílico; pero violar a una mujer viva requiere mucho tiempo y esfuerzo, demasiado ruido. Sé muy bien lo que digo, veinte años como cazador me acreditan como experto.
Antes de que me tocara la lotería, trabajaba como impresor. Mi vida era triste y gris como una pegajosa tinta que me impregnaba la piel y el ánimo.
Y no puedes permitirte que algo falle cuando la libertad está en juego.
Hace dos semanas casi decapito a una madura de unos cincuenta. Su vagina estaba seca, así que escupí para lubricarla y me corrí en ella.
Aún figura como desaparecida, lo dicen las noticias. La oculté muy bien en la profundidad del bosque. Lejos de cualquier camino para que la fetidez de su cuerpo en descomposición no llamara la atención de ningún excursionista.
No tengo ningún interés en ver los restos de mis presas. No soy sentimental y no me llevo nada de ellos, salvo si tienen tabaco o dinero en efectivo.
Porque el dinero, fuera de la naturaleza es un medio necesario para la subsistencia. Y nunca se tiene suficiente.
Arrastro el cadáver entre las espesura hasta que siento que estoy agotado.
Camino de vuelta tranquilo, con los ojos entrecerrados por el rumor del bosque, una brisa suave que mece dulcemente las ramas de los árboles.
Incluso se escuchan lejanos truenos.
Es perfecto.
Ya no recuerdo en que momento del año pasado; pero cacé un matrimonio con dos hijas pequeñas. Acuchillé en la nuca al padre que murió en el acto, a la madre le clavé el cuchillo en uno de sus pechos, pero las malditas costillas la protegieron. Tuve que rajarle el vientre y luego el cuello. Las niñas durante los segundos que duró la caza, se quedaron llorando ante mí y sus padres. Les corté el cuello rápidamente. Apenas hicieron nada para evitarlo. Siempre me despierta cierta ternura la caza de las crías. No es ético cazar animales tan jóvenes; pero me es imposible privarme de un placer.
Es entonces, ante la inmovilidad del pánico que paraliza a las presas, cuando te das cuenta de tu poder, de tu absoluta posición en la naturaleza como depredador rey.
La vanidad es un premio que paladeo con delectación.
Soy vanidoso.
Pero sobre todo libre.
Absolutamente libre y salvaje.
Ahora me queda un buen trecho de camino para volver a casa; pero me siento bien, es un día hermoso y mi corazón late a buen ritmo, aún agitado por el frenesí de dar muerte.
Soy un tiranosaurio fuera de tiempo, fuera de lugar, fuera de la moral y la piedad.
Soy un T. Rex que ha usurpado el cuerpo de un hombre.
Es pura vanidad y orgullo.

 

ic666 firma
Iconoclasta

El rorcual azul  mide entre 24 y 27 m.

Hay algo muy trágico en la muerte de una ballena.

El tamaño importa. Importa de verdad.

Un cadáver cuanto más grande es más lástima inspira, más piedad, más miedo, más repugnancia.

Los cadáveres de ellas no inspira repugnancia, el mar es rápido digiriendo la muerte, borrando los errores y delitos humanos y divinos si existieran.

Las ballenas son animales tan desmesuradamente grandes que otros se alimentan de sus carnes y no se dan cuenta que poco a poco son asesinadas y devoradas.

Pesa entre 100 y 120 t. 

Son un error de la naturaleza. Ningún animal ignora que es atacado y mutilado, todo animal defiende su más pequeño trozo de piel.

Las ballenas ni siquiera pueden defenderse de una muerte traicionera y cobarde. Tal vez sean los mártires de la naturaleza, los jesucristos de la fauna.

Es el animal más grande que ha existido nunca en la Tierra.

Las matamos y otras predadores se las comen vivas. Da pena, es una de las tragedias más grandes y silenciosas.

Las ballenas son el buffet libre del mar.

Hay algo pornográfico en ello, repugnante.

Sufren toda su vida por dominar un cuerpo que no pueden defender.

Es triste servir de alimento a alguien o algo mientras aún respiras.

No deberían existir seres que no pueden defender su cuerpo de ser devorado en vida. Es una crueldad de la naturaleza.

Las ballenas nadan y no pueden evitar que las ataquen decenas de metros atrás de ellas; demasiado lejos del pensamiento está la cola.

Ni siquiera pueden huir. Se cansan y se dan cuenta que son alimento vivo cuando ya es tarde, cuando ya están infectadas de miles de heridas.

Si se tiene en cuenta la selección natural, la ballena ha tenido suerte de durar hasta el siglo XXI.

Tal vez tengan algo especial que las salva de la extinción, además del activismo de Greenpeace, claro.

Su corazón pesa 600 kg.

La ballena y su ballenato nadan entre bloques de hielo con la misma paz de quien camina por una senda en la montaña en una templada mañana de otoño.

Son tan grandes… Y cuanto más grande es un ser vivo, mayor ternura inspira, salvo a los envidiosos que son casi todos. Los que no son envidiosos no tienen ningún peso ni responsabilidad en la sociedad. Los apartan como los judíos apartaban y apedreaban a los leprosos.

Por eso se cazan ballenas, porque es un ser más poderoso que el hombre y la envidia es muy mala para la preservación de la fauna.

La madre y la cría se mueven entre el hielo en silencio y sin grandes movimientos, como islas de ternura rodeadas de frialdad.

Y parece que cuanto más grande es un animal, más solitario.

A lo mejor se han ganado su soledad gracias a su tamaño.

Han tenido ese privilegio a cambio de ser masivos e imperfectos.

El ballenato nada tan cerca de su madre y es tan grande la desproporción, que es inevitable pensar en una delicadeza tal, que evite que el pequeño sea herido por su inmensa mamá.

El ballenato crecerá y arrastrará su masa por los mares del planeta si vive lo suficiente. Y será cuidadoso con los pequeños.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; pero con las ballenas jugó sucio.

No es justo.

El ballenato busca la mama para comer y succiona de una mama herida que supura. Aprendes cuando una ballena está cansada y enferma, se mueven de otra forma, hablan de otra forma. Seguramente una orca la ha herido, o algún barco.

El pequeño se alimenta de infección .

Y no es justo, no me gusta.

A la madre, un pequeño tiburón le arranca un trozo de piel del vientre y al ballenato le hiere un banco de sardinas, son como pellizcos suaves, tal vez cosquillas, pero le arrancan piel. Así es su día, cada día.

Dicen que hablan, se lamentan y cantan con sonidos de muy baja frecuencia, con una frecuencia parecida a la de los terremotos conque la tierra derriba las montañas y edificios sobre sus habitantes. A la frecuencia de las explosiones de las bombas.

Las ballenas y la tierra son parasitadas y devoradas por la vida, en vida.

Disparamos sobre sus carnes y profundas rocas con arpones explosivos y barrenas profundas.

Solo que la tierra está muerta y no gime ni sangra. La tierra no inspira pena, solo incertidumbre sobre cuanto tiempo soportará el peso de la sociedad humana en su corteza.

Las ballenas sufren su peso y magnitud.

He sido certero, el arpón se ha clavado profundamente en el espiráculo, es rápido y mortal. Explota y brota violento y alto el inconfundible géiser rosado, una mezcla de agua, aire y sangre.

Su lamento de baja frecuencia rebota contra el casco del barco, lo siento en los pies que mantengo tensos aún aferrando el cañón arponero. El operador del sonar y radar, desde la torreta me mira asintiendo sin alegría, reconoce la vocalización de las ballenas heridas y en agonía.

Su lengua pesa 2,7 t.

­— ¡A toda máquina! ¡A por ella antes de que se hunda demasiado! —grita el capitán.

Me alegro de mi buena puntería, me alegro de que el animal haya muerto. Primero como castigo a la humanidad que no se merece tan hermosa criatura. Segundo: por ahorrarle los cincuenta años que aún le quedan de vida de ser atacada y devorada por todos los seres del mar, sin que pueda defenderse.

Puede vivir más de 80 años.

El ballenato golpea su madre en las barbas para que se mueva, no sabe que ha muerto.

El lamento de la cría llega nítido y claro, es un poco más agudo. Sobrecoge el corazón, literalmente, lo hiela. El altavoz del sonar y sus lamentos que llegan rebotando por encima de las pequeñas olas provocan sensación de tragedia en mis dedos que no pueden relajarse ni soltar el cañón. Sus gritos están llenos de miedo, incomprensión y desamparo.

Al nacer miden 7 u 8 m. y pesan 2,7 t., como un hipopótamo adulto.

—Desconecta el sonido, por favor ­—le pido alzando la voz al operador.

Y ahora lo más penoso. Cargo un arpón sin explosivo para no destrozar la presa que es cuatro veces más pequeña que la madre.

Disparo y cometo mi segundo asesinato de la temporada. El arpón se ha clavado en la cabeza del pequeño que muere al instante.

Que se joda la humanidad, extinguiría todas las ballenas del mundo para castigar a todos los seres humanos.

El tamaño de su garganta no permite tragar objetos más grandes que una pelota de playa.

Dios creó a las ballenas imperfectas e indefensas en un mundo de hienas y carroñeros.

Se asfixian con poca cosa. Malditamente indefensas.

Yo castigo la Divina Torpeza con cada arpón que cumple certero su cometido.

El operador del sonar me observa por un momento sin poder mantener sus ojos en los míos, siempre se le escapa alguna lágrima con los primeros asesinatos de la temporada.

—No está bien, no es bueno lo que hacemos.

—No lo es, amigo, pero nos toca ser los matarifes. Mejor nosotros que otros carniceros que sabes que las matarán lentamente, con mil arpones hasta cansarlas —respondo sorbiendo café, sin confesar mi gran dolor, mi profundo desprecio a la humanidad.

Puedo ser frío como el mar donde ahora flotan muertas las ballenas.

Estamos sentados en la mesa de la cocina. El cocinero siempre sabe de nuestra depresión cuando asesinamos, así que nos prepara abundante café tras la caza.

—Jamás entenderé como puedes hacer esto. Sé que algo hay de dolor en tu mirada con cada pieza que cazamos, pero mejor que tú, no lo hace nadie. Estoy contigo.¡Salud arponero!

—¡Qué Dios reviente, compañero! —siempre brindamos tristes con nuestro café, siempre le deseo la muerte a Dios.

Chocamos nuestras tazas mientras en cubierta gritan y corren marineros y carniceros; ya están subiendo a la madre y al hijo para cortarlos en pedazos.

La puta gran tragedia no ha hecho más que comenzar esta temporada.












Iconoclasta