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Nunca tengo nada que contar a nadie que se interese por mis días por una malentendida educación. No me ocurre nada que sea digno de mención.
Y lo que me pudiera ocurrir me atañe exclusivamente a mí.
Morir es una cosa íntima. Nadie debería estar cerca cuando te mueres (incluso cuando matas), y es lo que básicamente ocurre todos los días, todas las horas.
Así que invento cosas creando un mundo más intenso. No mejor, solo más importante y trascendente, donde las maldades y las bondades se entrelacen como las patas de dos lesbianas haciendo la tijera.
Mi cerebro está podrido y no es escrupuloso. Jamás aspiraría a imaginar cosas bucólicas o perfectas, me muevo bien y con naturalidad en la sordidez.
Si alguien me pregunta por mis días, jamás le explicaría que son un caos de ideas, imágenes, frustraciones y deseos que ocupan gran parte de mi vida gestionar: describir, nombrar, clasificar y archivar en el lugar adecuado de mi cráneo.
Administrando toda esa vorágine mental, el dolor y el miedo pasan a una fase letárgica y parece que eso le sucede a otro.
Es por mi intensa actividad mental por la que, cuando unos se van a llorar al médico por un dolorcito; yo camino y me accidento por algún tropezón; como si fuera un humano sano sin un dolor en los huesos, un vulgar en definitiva. Si me corto con el cuchillo en la cocina, me meo de risa; incluso cuando reconozco con mis letras que soy un mierda, río oscuramente.
A veces lloro al masturbarme. Me gusta tener ese aire de maldito y triste.
Suelo cerrar mi resumen mental con un “tal vez se cumpla algún sueño algún día”; pero me río de mi estudiada candidez. Soy muy crítico y burlón conmigo mismo, es básico en alguien con una mente tan ponzoñosa y tan mal ubicada en el universo como la mía.
No, no estoy loco; de lo contrario no podría escribir con tanta lucidez mi sórdida (incluso distópica por decir lo mínimo) bitácora.
Bueno, si nadie es capaz de imaginar lo que mi cabeza esconde, es que soy hábil y tengo el control.
Hay brazos (manos y dedos los desecho, no me gusta esa carne gelatinosa de la misma forma que no me gustan los pies de cerdo) y filetes de mejilla humana en mis congeladores que jamás se descubrirá a quien pertenecieron. En mi sótano tengo cuatro arcones, y el cuarto pronto estará lleno.
Debería parar; pero es tan fácil matar…
Si no tuviera que esconderme, si fuera libre para hacerlo…
Es tan frustrante a veces vivir…
No siempre me apetece comer humanos, no soy exclusivamente caníbal. Me gusta la repostería de crema, trufa y nata; por ejemplo.
Tengo mis caprichos.
A veces sueño que estoy en una selva de otro planeta y cazo una pieza humana, la devoro donde la mato hasta saciarme y dejo sus restos como hacen otros predadores, para los carroñeros.
Sin leyes, sin esconder mi naturaleza, sin necesidad de escribir cada día toda esta literatura sórdida que solo leo yo; pero que una vez haya muerto, leerá alguno de esos seres que creen y velan por esas ridículas leyes que pretenden destruir mi libertad e idiosincrasia.
He violado tantas veces, que me duele el pene al ponerse duro por tantas cicatrices.
Me gusta esa sencilla y brutal imagen de mí. Cuando lo trato con crema hidratante para flexibilizar todas esas durezas, no puedo evitar eyacular con los dedos de los pies fuertemente contraídos y con ese dolor como una frecuencia mortificante pulsando con la del placer.
No siempre consigo evitar un grito o un rugido, no sé…
Querido diario (qué risa de ñoñería, soy feliz a veces), hoy no he matado, me he sentido un tanto desidioso.
Mañana…

Iconoclasta

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El asesino y la Palabra

Publicado: 2 junio, 2011 en Reflexiones
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Puedes estar cómodamente leyendo, escuchando música o escribiendo algo y aparecerá un/a testigo de Jehová que te molestará con la palabra del señor.

Y la siguiente reflexión es: ¿Cómo es posible leer algo tan aburrido, sin sentido y tan supersticioso como la biblia?

¿Es que no se cansan de lecciones pueriles?

Quien lee la biblia, y ante el empacho de leyes y parábolas, ¿no siente que se ahoga?

Cuando abres la boca para contestarles a algo, siempre tienen una enseñanza que darte.

Y eso me carga, ningún puto dios ni predicador puede enseñarme algo que no sepa, coño. Lo mío no es la palabra, son los números, las cifras que me pagan por mis servicios.

Así que le digo al jehovista que no tengo tiempo para charlas y me quedo con la revista que ofrece para que no me moleste más. Y su publicación me servirá para recortar palabras para enviar las amenazas de muerte y violación, que al fin y al cabo es a lo que me dedico sin que nadie me castigue.

Bueno, siempre ayuda dar una buena mordida o soborno al juez y a algún diputado; ayuda a tener impunidad aparte de mi habilidad.

Y por supuesto: no hay milagro que valga para que se libren mis víctimas de un tiro y de ser violadas, y no siempre por este orden.

Los hay que tienen fe en la palabra y yo en los recortes de revistas y prensa. Al final son palabras ¿no?

Y puede que un día, estos evangelizadores de pacotilla, se encuentren escrita la palabra o su palabra del señor en una bala 357 magnum que se alojará en su frente.

No siempre planeo mis asesinatos, a veces improviso. Es un buen ejercicio matar a alguien en la puerta de tu casa y por puro placer. Solo hay que cambiar el método. Nunca se me ocurriría reventarle la cabeza con un disparo; cuando has de matar a alguien en una zona poblada o donde vives, es mejor el silencio de una médula seccionada. Meter un estilete por la nuca requiere habilidad y precisión; pero es emocionante cuando te están hablando de la importancia de la palabra del señor, ver como sus voces callan y sus rodillas se pliegan muertas.

Incluso improvisando soy tan bueno como los beatos predicando la palabra del señor.

 

Amén.

Iconoclasta

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