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Parece un tratado de medicina; pero no.
En todo caso sería algo relacionado con la psicología, con la psiquiatría para los más cobardes que no acaban de entender la esencia humana y sus aberraciones: Yo.
Estados de conciencia que en tiempo de epidemias o alarma social, me llevan a evadir la realidad mezquina que la masa humana, como si de un cocido se tratara, hace hervir en el aire apestándome ofensivamente.
Evadirme con absoluta ausencia de moralidades, incluso éticas. En los momentos menos indicados.
Aunque todos los momentos son indicados cuando he de evadirme de esta bazofia que me asfixia con cobardes mascarillas y guantes más cobardes aún.
Así que en la cola del súper, en el espacio que hay desde la entrada del local, hasta la tienda, estoy esperando mi turno de entrada, a una profiláctica distancia, marcada con cinta adhesivo en el suelo, tras de una mujer.
Tras de mí hay siete idiotas y delante cuatro, contando a la maciza tras la que me altero inevitablemente.
Lleva una mascarilla blanca estampada con florecitas en rojo y amarillo, los guantes azules, muy parecidos a los que se usan para limpiar la mierda pegada en el inodoro. Viste unos vaqueros de malla, tan elásticos que las costuras del tanga se marcan hipnóticamente. Y con precisión para saber el punto exacto por el que se la puedo meter. La polla, digo.
Sus tetas, pesadas y obscenamente oprimidas por un sujetador blanco, oscilan voluptuosamente mientras habla por teléfono.
Acaricio mi navaja en el bolsillo, escapando de la vulgaridad. Imaginando que corto esa malla a lo largo de la raja del culo, le empujo la cabeza hacia el carrito para que las nalgas se ofrezcan indefensas y, aquí mismo, desobedeciendo a las leyes de la cobardía al romper la distancia profiláctica, meterle la polla por la raja del culo.
Abrir la bragueta, sacar mi polla tan dolorosamente dura y restregarla entre sus nalgas, separándolas con las manos sin ningún cuidado, hasta encontrar su chocho y dar dolor a su coño.
El dolor de ella es mi placer, la cobardía de ellos mi superioridad. La vida real o la imaginada, tiene estas dos normas inviolables.
Metérsela sin desnudarla…
Metérsela y que le duela simplemente. No piensas en desnudar cuando lo que quieres es cazar, montar, follar para sentirte un poco libre ante tanta opresión.
Y bueno, si uno es león, no puede dejar tranquilas a las gacelas; es pura biología.
Tengo mis necesidades.
Y una sociedad que descuida a sus animales encerrándolos durante largo tiempo en sus madrigueras, debe pagar su ingenuidad idiota.
Al penetrarla noto en el glande cierta molestia intentando por intuición encontrar su coño.
Saco la polla y está manchada de sangre, huele mal. Y no he cortado carne, jamás corto por accidente.
La agarro del pelo lacio, suave, rojizo caoba, media melena; tirando con fuerza hacia abajo para girarla hacia mí.
Esto es un ejemplo de lo que comentaba, una alteración de mi estado en tiempos epidemiológicos. Ya no puedo discernir si en el bolsillo tengo mi navaja o su coño.
E imagino con nitidez como corto la blusa crema semitransparente desde el inicio del esternón hasta la unión de las copas del sostén. He presionado el filo para crear también una superficial herida en la piel, el sexo con sangre es mucho más salvaje.
Manteniendo su cabeza doblada hacia atrás, separo la tela y le saco las tetas de las copas como si fueran fruta. Lamo la herida ensangrentada y llevo la mano a mi paquete para presionar el rabo que pretende escupir ya la leche. No se lo permito.
Grita y grita, así que le debo pegar un puñetazo en la mandíbula que se le desencaja; queda en shock. Su rostro se ha deformado; pero no importa, no soy delicado.
De vez en cuando, miro a los ojos de les enmascarados que observan atónitos. Tienen demasiado miedo para todo, miedo para ayudar, miedo a respirar, miedo a usar el teléfono para pedir ayuda. Porque si un cobarde observa lo que se le hace a otro de su especie, se mantiene en silencio, quieto, como si quisieran hacerse invisible.
Las cebras observan como es devorada una de las suyas por los leones, rumiando sin cesar.
Corto la tela que cubre su coño. El filo se hunde en su raja sin herir ningún tejido. Con el tiempo y la frecuencia, adquieres maestría en el oficio, en cualquiera.
Meto los dedos buscando su coño y con dificultad saco la compresa que gotea. Está menstruando. Premio doble, aunque apeste.
La compresa tirada en el sucio suelo parece una víscera ensangrentada, o el cadáver de alguna cosa pequeña.
A mis espaldas llora un niño y su madre horrorizada intenta calmarlo. Con la mano cubre sus ojos.
En mi estado alterado lo tengo todo: una navaja tan afilada como mi pensamiento, como mi odio hacia todo; inevitable, mortificante. Una hostil y enfermiza excitación sexual, un pene duro y mascarillas que son puro fetiche sexual en mi alterada conciencia.
Y la vuelvo a girar y doblar sobre el carrito de la compra y se la meto, la embisto hasta n veces y me corro.
Le ha dolido, estaba demasiado seca. Ha llorado y gritado lo que la mandíbula fracturada le ha dejado; pero en mi alterado estado sus gritos, paulatinamente se han convertido en un jadeo, en un gemido de placer y por fin, la muy zorra, me ha pedido más “Más fuerte, hijo de puta. Sé más macho”.
Me encanta la ilusión de ser maltratado, es un descanso a mi natural depredación, como unas vacaciones de mí mismo.
El semen que gotea de mi glande ensangrentado es rosado. Lo malo de follarse a una tía con regla, es que la sangre se coagula y por tanto se espesa y encostra con el calor de la fricción.
Y acabas con irritación de polla.
Yo no tengo el rabo circuncidado, no me mutilaron; así que mi glande es muy sensible a lo bueno y lo malo.
He mirado a mis espaldas, y los de la fila se han hecho a un lado para que no ser enfocados por mi visión alterada. ¿Lloro sangre o es que me he ensuciado de menstruación? ¿Me puede contagiar el virus la sangre de la regla?
Se ha dejado caer al suelo, sentada sobre el culo desnudo, con las tetas asomando obscenas y preciosas entre los jirones de blusa. Por sus muslos bajan chorretones de sangre como ríos en un mapa y de su coño gotea la sangre formando un charquito en el suelo.
Mi estados de conciencia alterados tienen una sordidez cinematográfica.
Su mascarilla se infla y desinfla al ritmo de su agitada respiración. La cortaré también, voy a meterle el rabo en la boca a través del agujero. Un agujero feliz… La pornografía es inspiradora.
Imagino mi semen escurriéndose por los bordes de la mascarilla, cuello abajo. Imagino que la leche se le mete en la nariz y la hace toser agitando con violencia las tetas. ¿En qué momento se las he cortado? ¿Por qué sangran sus pezones?
La polla huele mal y está pegajosa de sangre.
Vomita cuando siente que el glande empuja la úvula. La vida real no es una película porno donde respiran por la nariz soltando mocos transparentes y limpios. Donde son cuasi felices de sentir asfixia. No soy un lelo que se cree esa mierda.
Yo busco el vómito y el miedo. No esperaba menos.
Ahora no sé bien si mi estado de conciencia alterado es real o aún estoy esperando mi turno a entrar en el súper acariciando mi preciosa navaja de filo quirúrgico.
La gente me observa aterrorizada, inmóvil. Obedeciendo a la inviolable norma dictada de la distancia de seguridad en que la que les educaron hace unos días. Yo creo que tienen miedo a que les corte el hígado, o los intestinos, o les acuchille los ojos…
¡No jodas! ¡Es real! Definitivamente con esto del miedo al virus, se me ha ido la olla.
Y la polla, porque rima.
Hay semen, sangre, llantos y voces pidiendo piedad .
Mi novia llora quedamente mirando al suelo, al charco de sangre que se ha extendido hasta los muslos desde el coño.
Le doy un tajo en el cuello y le arranco la mascarilla de la cara. El semen se ha enfriado en ella y hay trozos de comida vomitada.
Y es como si hubiera muchos cuellos a la vez, porque se ha hecho un silencio tan denso, que vuelvo a confundir la realidad con un estado alterado.
Decido que ya compraré las pizzas congeladas otro día.
Me dirijo a la salida y la cola de gente se pega contra la pared rompiendo la distancia interpersonal para alejarse cuanto puedan de mí.
En una de las calles desiertas, me escondo tras un quiosco cerrado de lotería de ciegos y con la mascarilla sucia, me masturbo frenéticamente. Me esfuerzo por no gritar salvajemente.
Eyaculo poca leche esta vez; pero el placer es desmesurado, me tiemblan las piernas y tengo que dar calor a mis cojones cansados.
Mucho placer y poca leche. Bueno, nada es perfecto, me conformo con que sea sangriento y doloroso. Dejo la mascarilla colgada del tirador de la puerta del quiosco para que el ciego se joda.
La mascarilla da anonimato, el virus impunidad y la policía motivos para hacer realidad los sueños en el juego más adictivo en la historia del planeta.
Quién iba a decir que iba a vivir felices momentos en una cuarentena de miedo y muerte.
¿Cómo podía pensar esta lerda sociedad que al forzarlos a vivir en un redil y fieramente pastoreadas, abrirían las puertas a una bestia sin sentimiento humano alguno? Las presas humanas están absolutamente castradas de inteligencia, hasta las estúpidas ovejas saben que hay lobos.
Tendría que haber comprado las pizzas, ahora me apetece una, joder.
Se escuchan sirenas cerca. Cuando la bofia pregunte como ha ocurrido, solo encontrarán silencio y miedo. Una cuarentena es un estado de ocultación perfecto, las mascarillas dan un anonimato que el carnaval desconoce.
Esto de la cuarentena es un sinvivir y un presidio deprimente.
Bueno… a veces.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta

Muchos de los vecinos y ciudadanos de las ciudades y pueblos en cuarentena por la peste del coronavirus se convierten en los mismos miserables policías civiles voluntarios que, en otro tiempo delataban a sus paisanos amigos o no; para obtener un trato de favor, como una caricia de su amo en la cabeza, como ocurría en toda España durante el régimen franquista o cualquier otra dictadura de la historia humana elegida al azar
Gente repugnante a la que no les importa que encierren, arruinen o fusilen a inocentes que hacen y dicen lo que ellos no tienen valor.
El coronavirus es un perfecto marcador de puercos que desean recibir un hueso de su amo el presidente, el futuro presidente o el futuro dictador de turno.
La presencia de estos colaboracionistas del fascismo y el asesinato institucional, al igual que el bíblico judío errante, está siempre presente en todas las eras y sociedades.
Son junto con las ratas, lo más numeroso en todos los núcleos urbanos.
Si el coronaviurs consigue extinguir a todos estos hijos de puta colaboracionistas con complejo de ciudadano ejemplar; bienvenido sea y que siga infectando hasta que todos mueran. Hasta que no quede ni uno de esos ciudadanos ejemplares que sujetan con obscena envidia y deseos de ser felicitados, su teléfono móvil de mierda para grabar, delatar y denunciar a gente que es mucho más valiosa que ellos y sus hijos, mezquinos ciudadanos ejemplares.
Y por otra parte, me encanta follar (con mujeres. Que nadie se crea que todo lo que ve o lee hoy día, es maricón) haya o no cuarentena de mierda.

Iconoclasta

Como siempre ocurre, hay dos versiones del final del puto #yomequedoencasa.

Cuando acabe esta peste, los más felices, los que cantan canciones a gente que ni han visto; pero los entretiene; seguirán teniendo sus casas, su trabajo, su dinero.

Y los hay que cuando acabe la peste, serán sacados de sus casas por no tener dinero, por no tener trabajo. Estos no dan las gracias a nadie con cantos entonados con la cobardía del “te lo agradezco para que me cuides cuando me toque”. Simplemente piensan con la mirada hosca que será difícil encontrar dinero para comida.

Las medidas sanitarias solo están pensadas para los que tienen una buena seguridad económica. A ningún gobierno le importan los pobres, los pobres no votan, porque conocen la misera y a los miserables. Y porque si no tienes domicilio, no te llega la tarjeta del censo electoral. Hay que tener en cuenta, que los poderosos, para conservar su salud necesitan arruinar familias en grandes cantidades. Cuantos menos pobres, menos insalubridad y más dinero se quedan ellos.

Nunca jamás, a nadie se le ha ayudado cuando lo han arruinado y ha perdido casa y enseres. Eso no ocurre ni ocurrirá jamás. La función de un gobierno es sorber los fluidos vitales y monetarios del pueblo que pastorea. Cualquier otra consideración es pura religiosidad.

Los hipócritas y risueños cantarines pensarán con una sonrisa, recordándose como héroes, que con sus canciones y sus memes vencieron al coronavirus.

Y están los que se cagan en el puto dios por la puta suerte que tuvieron.

Porque ahora tendrán que vencer la pobreza, que es infinitamente peor que el coronavirus.

Es más digno y menos penoso, morir de coronavirus que de hambre. Y mucho más satisfactorio morir con violencia, robando por subsistir; que de las dos anteriores formas.

Bueno, es lo que pasa habitualmente, si te aprietan, aprietas.

Y si las leyes te joden, pues intentas joder las leyes, si ya estás muerto qué más da…

Estos son los dos finales predecibles e inamovibles de una peste (en caso de que no extinga a la especie humana, como sueñan los jehovistas) tanto biológica como simplemente psicológica, fabricada para reconducir a la chusma.

Y al final chusma son todos: los pobres y sin casa, y los esclavos sonrientes que la conservan y tan solo han disfrutado de unas vacaciones durante el #yomequedoenmiputacasa.

Iconoclasta