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Monto los dedos de la mano el uno sobre el otro en un ejercicio de elasticidad, coordinación y habilidad para formar una figura que no sirve para nada; me recuerda una caracola rota y duele un poco. Duele la hostia puta.
A según que edades, no hay que hacer este tipo de ejercicios. No es extraño que los dedos se hayan roto. Los huesos han rasgado la piel, pero no sale sangre; solo un polvo amarillento que se acumula en un montoncito encima de la página del cuaderno donde escribo.
Soy una momia que no debería haber sido expuesta al aire.
Conservo la mano derecha porque aún tengo locura que contar: “Padre, ahora sí te amo. Te perdono mi primer sufrimiento en la cruz. Las humillaciones que me hiciste pasar”.
La vida se acaba cuando no queda ya nada que romperse.
Cuando me quito la ropa, en el pantalón hay piel pegada de mis nalgas, una calcomanía macabra que me recuerda que es hora de acostarse cómodamente en un ataúd y esperar que alguien cierre y selle la tapa.
Mirar parte de mi culo pegado en el pantalón es un aviso como el de los dedos frágiles de la izquierda mano.
Me sentaré a la diestra de Dios, y esta vez sonreiré.
Han eclosionado huevos en mi reseco tuétano, oscuras cucarachitas de nerviosas antenas salen por los extremos de la falanges rotas y se detienen curiosas para examinar las palabras de la degeneración escritas en el papel, para después ocultarse deprisa entre las mangas de mi camisa.
“Si una vez busqué el perdón de los hombres, hoy ejecuto su destrucción desde la más sórdida y mediocre existencia, nadie creerá en nosotros, Padre. ¿Lo hago bien? Bendíceme Dios mío.”
Supongo que la piel, la externa (la interior, el alma, es un cuero viejo y duro), tiene algo más de sustancia que la tinta seca que asusta a la humanidad.
Las cucarachas pueden elegir lo que comen como yo elegí: mi Santo Padre me dio a escoger entre redimir de nuevo o castigar e ignorar el dolor. Elegí lo segundo y sonrió.
No me puedo quejar, hubo un tiempo en el que violaba, asesinaba y desmembraba mujeres y niñas. Cuando disfrutas, la vida corre a velocidad super lumínica. Ahora me descompongo para llegar a Mi Padre sin la humillación de una crucifixión que no sirvió para nada.
En un mundo de idiotas y cobardes me he hecho mi propio y discreto espacio y paraíso (uno aprende de los errores si no es demasiado imbécil).
Si pagas tus impuestos y consigues hacer creer que trabajas hasta el desfallecimiento por unas miserables monedas, puedes follar y asesinar todo lo que quieras y jamás pensarán que eres un predador; o un Jesucristo en su segunda venida.
Solo hay que ser cuidadoso a la hora de dejar el cadáver, si puede ser, que no lo encuentren. Ni a mí cerca de ellos.
Me he rascado, siento comezón en mi costado izquierdo, cerca del corazón (esas cicatrices son eternas). Se ha levantado la piel de las costillas y la carne. Un trozo de pulmón negro ha salido formando un globito que se hincha y deshincha con cada inspiración y expiración.
Lo cierto es que hay más expiraciones que inspiraciones. Se nota que ya no se airea bien la sangre: una oruga ha salido royendo la ampolla pulmonar en busca de un aire más rico en oxígeno y con menos locura.
Es fácil llamar a esto locura cuando no se entiende la degeneración y la degradación divina.
La oruga se arrastra por mi costado para caer al suelo y con sorprendente agilidad, llega hasta el cadáver de la pequeña Lourdes de ocho años, se arrastra por su pierna izquierda y llega a su sexo impúber y macilento por la muerte de dos días para alojarse en su raja ensangrentada por la impía dureza de mi falo. Se toma un tiempo de diez minutos para hacerse mariposa y desplegar sus negras alas mojadas, esperando que este aire infecto las pueda secar.
Ha preferido hacerse crisálida en un cadáver apestoso antes que en el cuerpo del Hijo de Dios. Mi Santo Padre tampoco es infalible.
Me levanto y dando una patada al coño infantil, aplasto a la mariposa de la muerte.
No tengo porque sacar el cadáver de aquí antes de que mi Padre me llame de nuevo a su lado. No me gusta el olor de lo podrido aunque sea yo la causa; pero no molesta. Será un muerto testimonio, como todos los de la biblia.
De la fosa izquierda de mi nariz se escurre una baba rojiza y espumosa que cae en el diario, encima de la frase: “Los he matado con tanto placer, Padre mío, que mi pene incircunciso no descansa de una erección eterna”.
Padre me apoya en cada acto de asesinato, en cada descuartizamiento.
Quemé un millón de judíos.
Ojalá hubieran sido aquellos que me apedrearon y me arrastraron hasta el bueno de Pilatos, que los despreciaba.
Lancé trescientos mil niños vivos a los hornos crematorios, yo era un soldado alemán que creía en su trabajo. Y me ascendieron a cabo del servicio médico donde arranqué más de diez mil penes circuncisos.
“Me gustaba especialmente ver a las preñadas judías a través de la pantalla de rayos X, y me fumaba cigarros mirando el feto, pensando en cómo se achicharraba en la barriga de su madre. Te lo debo a ti, Padre Mío. Te doy gracias por esta segunda oportunidad”.
Metí cosas en los coños judíos deseando impúdicamente la venganza de aquellos hijos de puta que me asesinaron en Jerusalén.
Y se creían que mi segunda venida sería para dar nuevas esperanzas…
Idiotas.
Mi parusía ocurrió hace más de cien años, nadie lo supo. Mi Padre me dijo: Esta vez no sufrirás, gozarás, Hijo Mío. No hay que redimir, hay que castigar.
Nací en el seno de una mediocre e ignorante familia, y muy pronto, al cumplir los catorce, violé a mi madre con el pene de mi padre; se lo seccioné limpiamente mientras dormía y como hiciera dos mil años atrás, le di paz espiritual a mamá y la penetré con el pequeño pene mientras le hacía una gran herida en su seno izquierdo para arrancarle el corazón y ahogar a su marido con él.
Yo no la follé, me daban asco sus negros muslos ennegrecidos en las grasientas ingles. Su raja estaba casi siempre abierta por el peso de una barriga repugnante.
Disfruté más masacrando a mis padres que convirtiendo el agua en vino o caminando por encima del mar.
Durante decenas de años he matado todos los seres que he podido, viviendo en la oscuridad, en la ignorancia de la humanidad. No he sido líder, solo una bestia que acecha y mata.
Matar niños es la burla, venganza y escarmiento por aquella estupidez que una vez mi Padre me hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí.
“Santifiqué su muerte hundiendo los dedos en su sexo virgen y pinté la cruz en sus pechos apenas desarrollados con la sangre de su virgo roto. Luego le abrí la garganta con mis dientes. Llené un cáliz bendecido con su sangre, con su vida”.
Yo he dicho ya cientos y cientos de veces: Dejad que raje a vuestros hijos y después os quemaré vivos a los padres.
Ahora muero ya agotado, cien años y pico son demasiados, incluso para Jesucristo resucitado.
Mis apóstoles son las ratas que alimento en el sótano de la casa. Les lanzo pequeños trozos de carne de pecadores para que coman, para que aprecien el amargo sabor de la humanidad.
Me acerco hasta el coño de la niña. Es sexo sin vello, me pregunto si a su edad pensaba que un día su vagina se tornaría peluda, que tendría tetas. Seguramente estaba a punto de pensar en esas cosas.
Le arranqué los ojos con un cuchillo sucio y mal afilado de cocina, no sé si gritaba por el dolor o por la violación, estaba demasiado ocupado derramando mi semen sagrado en ella.
Aparto a la mariposa que se debate en agonía medio aplastada entre sus pocos desarrollados labios mayores y metiendo el dedo en la llaga de mi costado para mortificarme, la lamo.
El sabor de la orina no es peor que el vinagre en los labios cuando estás muriendo en la Cruz.
Me sangra la lengua, está a punto de caer. Mi Padre no deja que mi degeneración física duela demasiado, solo un poco; pero no puede controlar la ponzoña que he acumulado a lo largo de estos años en mi mente prodigiosa y ejecutora de los más letales milagros.
Escribo: “La pequeña Lourdes es mi última víctima y la ofrezco en sacrificio a Dios, mi Padre. Me siento bañado por el Espíritu Santo. Me ha pedido cientos de veces en su cautiverio,que no le hiciera daño. He llorado con ella, porque he sentido su horror en mi propia carne”.
Cierro el cuaderno con toda mi vida detallada, para que la humanidad sepa que se llevó a cabo la Segunda Venida. Y que el anticristo era solo un cuento de las mentes drogadas de mis apóstoles ignorantes.
A los ignorantes los has de alimentar con mentiras para que funcionen como quieres.
Morticia, la rata más vieja y gorda (está conmigo desde mi adolescencia) muerde el dedo pulgar de mi pie derecho porque ya está muerto. No me molesta, además, pretendo dejar un cuerpo completamente abominable para que se joda la humanidad entera.
Una luz blanca inunda esta casa en ruinas de suelo sucio y mugriento. Los rostros de tantos seres que he asesinado lloran en un sufrimiento eterno: reviven su tortura y muerte eternamente.
Mi Padre sabe ser impactante.
Morticia se lleva mi uña a lo oscuro y se la come sentada sobre sus patas traseras, observando como la luz me lleva al trono de la diestra de Dios Todopoderoso. Observando atentamente como mis brazos y piernas se desgajan como ramas podridas de mi tronco.
Había anotado en el cuaderno, escribiendo sobre la baba rojiza que se desliza de mi nariz corrupta: “Volveré si Mi Padre lo pide, y cuando me lleve por tercera vez a su diestra en el Cielo, os arrastraré a todos al infierno, judíos y hombres de mierda.”
El cardenal Juan Bautista, recogerá mi diario por un mandato de Dios y será incluido en la biblia como el libro llamado Verdadero Testamento, a continuación del Nuevo.
El cuerpo de Lourdes será embalsamado y ocupará un lugar preferente en el Vaticano, para que todos sepan que se cumplió la parusía y que el apocalipsis solo era una colección de postales infantiles comparadas con lo que Yo Jesucristo , he ejecutado en el nombre de Dios Padre, del Espíritu Santo y de Mí Mismo en un misterio que no es tal.
Soy libre, soy Dios y soy Espíritu. Me llevo la sangre de la humanidad como un sabor dulce en el paladar y en el alma.
No sé si volveré de nuevo; pero no lo deseéis jamás.
Una última anotación, antes de que se desprenda mi mano derecha:
“Ego no os absolveré jamás, jamás existió el perdón, judíos”.

Iconoclasta

Una vez afirmó ante su mujer y su hijo e hija, que la sociedad estaba haciendo de él, el sociópata perfecto. Ellos rieron porque había un sarcasmo divertido. Es difícil discernir entre frustración e ironía si no se es viejo y perspicaz.

Demasiado trabajo y poco dinero. Demasiado esfuerzo para que otros treparan a sus espaldas para parasitar su sudor. Demasiadas obligaciones que no le dejaban espacio ni para el pensamiento.

Es un error cargar a una mente imaginativa con la monotonía y el abuso que imponen las instituciones y la vida en sociedad como una dosis de droga que se da a la chusma. El alcohol cumple su cometido.

Hay cosas que se acumulan como los índices de radiactividad.

Se despierta, caga y fuma, toma un café y fuma, toma sus bolsas de basura y fuma, sale hacia el trabajo, no fuma en el metro porque no hay lugar donde esconderse de tanta carne. Fuma en el trabajo a pesar de que está prohibido, ahí hay lugares, cagaderos donde fumar.

Un mando sin cerebro le da órdenes, él obedece pensando que es un tarado y que un día lo va a matar. Aún así se da cuenta, de que hay tantos idiotas, tantos que ponen sus huevos en su espalda y le hacen asemejar un sapo, que no los podría matar aunque naciera cien veces.

Abandona su trabajo, se mete en la sala de máquinas y fuma. Y sueña con ser malo, con dar una buena lección al mundo de mierda.

Llega a casa, la mujer aún está trabajando, sus cojones huelen a orina rancia y no se ducha. Más que nada para molestar a los demás, para que su olor de macho y cabrón ofenda el olfato de los otros.

Cuando se sienta en el sillón con un vaso de refresco y un cigarro, el vapor de sus genitales sube a su nariz y se siente muy salvaje. Son cosas instintivas. Sus sobacos huelen y a pesar de que ofenden a su esposa, no se lava.

Es una discusión sempiterna.

Por otra parte ha obedecido ya suficientes órdenes todos “los putos días de su puta vida”.

“Tiene sus prontos, pero es un buen hombre, un buen trabajador”, comenta a veces su esposa con amigas o con su madre las veces que se caga en dios o en la virgen.

Es lo mismo que decir que es un borrego al que se le permite balar de vez en cuando. Él no es un hombre bueno y afable; es un predador en esencia. Su dolor de cabeza lo confirma.

Se lleva las manos a las sienes, siente las venas irritadas y los huesos del cráneo como si se hundieran para presionarle el cerebro. Hay un tumor pulsando, aunque no lo sabe a ciencia cierta se lo imagina; siente una pelota dentro del cerebro y a veces se mueve en él.

Justo en el centro de su frente hay una presión que ningún analgésico puede aliviar y conecta directamente con su vientre, a menudo siente ganas de cagar; pero sus intestinos no tienen mierda en esos momentos.

Suena el teléfono:

—Diga —responde malhumorado porque se ha tenido que levantar del sillón.

—Papá, me tienes que venir a recoger al gimnasio a las diez.

 —Allí estaré —dice al tiempo que cuelga el teléfono.

—Coño. Me cago en dios… —no exclama, solo recita suavemente, con los dientes apretados.

Está molesto porque tendrá que bajar al parking a las nueve y media, sin haber cenado y meterse en el coche durante veinte minutos para ir a buscar a su hija, a Saray que tiene dieciséis años.

No es por cansancio, es por aburrimiento.

Enciende el televisor y escoge una película de ciencia ficción, donde los personajes están muy lejos, en lugares oscuros y sin vida donde un fallo es muerte segura. Aquí, donde él se encuentra un fallo es solo un acto más de monotonía que no trasciende.

Acaba la película y se dirige al coche.

Camino del gimnasio fuma de nuevo, a veces escupe sangre de lo irritadas que tiene las cuerdas vocales, no se da cuenta de que en la manga de su camisa hay unas gotas. Su cabello está apelmazado, cosa que ha visto y no ha reparado, más que nada para demostrar que no es un padre feliz de tener que ir a buscar a su hija cada dos putos días al gimnasio.

Está realmente cansado.

Cuando Saray sale del gimnasio, la observa como si fuera una extraña: un mallón negro delata una vagina abultada y su camiseta corta deja al descubierto un vientre plano y un ombligo con un piercing. Su hija parece tener veinticinco años.

Recuerda un pasaje de la biblia que citaban en un libro que leyó hace unos años, tal vez ayer porque el tiempo parece no transcurrir: “Ninguno de vosotros se acercará a un pariente para descubrir su desnudez. Yo Yahveh”.

Su hija no le gusta, le parece simplemente algo aburrido que ha salido de él, no le aporta ningún estímulo sexual su coño marcado o sus tetas que se mueven aún agitadas por la fatiga del spining.

—Hola papá —le saluda con un beso al sentarse a su lado.

—Hola —le responde encendiendo un cigarro.

Escupe y se le escapa la mucosidad.

—Qué asco… Deja ya de fumar un poco.

No le hace caso.

Cuando llegan a casa, acciona el mando de la puerta. El tiempo de bajar los tres pisos del garaje le ha pasado en blanco, son tantas veces que lo ha hecho, que no registra nada su cerebro de ese instante.

Cuando Saray se apea del coche, la observa subirse el mallón y ajustándolo más a su piel.

Se dirige a ella, la empuja contra el capó del coche y le mete la mano entre las piernas.

— ¿Qué haces? Esto no es una broma.

—Nada es una broma, Saray —le responde con desgana, rompiéndole de un tirón en la cintura la malla de gimnasia.

Un tanga rojo cubre escasamente su vagina. Ella le da una bofetada y él le devuelve un fuerte golpe en la sien con la almohadilla del puño. Su hija lo mira con los ojos abiertos de par en par, en el derecho se ha formado un feo derrame y de su boca cae un fino hilo de baba. Se derrumba encima del capó del coche.

Él la penetra sin quitarle el tanga. Se extraña ante la estrechez de su vagina, requiere un esfuerzo y le duele un poco el pene al penetrarla, no está acostumbrado. Ni siquiera le ha dado por culo a su mujer. De pronto siente que cede y todo su pene entra raudo de una vez, la sangre del himen rasgado corre por sus testículos. No es tan sugerente follarse a una virgen, la sangre molesta e irrita el glande con el continuo roce que exige la cópula.

Está a punto de eyacular, levanta la camiseta y descubre los perfectos pechos juveniles, le gusta como se agitan. Son iguales que los de su madre cuando era joven.

Se corre sin gemir, sin espasmos.

Sin limpiarse de sangre, se abrocha el pantalón, abre la puerta de su asiento y saca de debajo del asiento la barra antirrobo.

Golpea la cabeza de su hija hasta que el pelo se confunde con el cerebro.

Respira hondo, no hay furia y observa a su hija muerta como un problema resuelto y una lección a esta puta ciudad. Le preocupa la policía y piensa en como será la vida en la cárcel. O en un manicomio.

No quería matarla, y menos follarla; pero ha considerado que su vida necesita un cambio, le gusta imaginar lo que pensarán sus amigos y jefes, qué comentarán con la policía sobre el gran trabajador que era y lo que sin embargo, cometió. Se les pondrá la piel de gallina de pensar que ellos también podrían haber muerto en sus manos, por su simple capricho. “Era un hombre que pagaba puntual el seguro del coche”.

Cuando matas a tu propia familia, demuestras el desprecio más grande, el más obsceno.

Es así como lo ha decidido y lo ha hecho, es así como funciona de verdad y definitivamente, rompiendo todo vínculo de buen hombre y afable. No hay que ser muy listo ni muy desalmado para matar a nadie, basta con estar asqueado y aburrido.

Se siente bien porque ha hecho lo que debía, lo justo.

Sube a su casa, al quinto piso, cuando entra su mujer se está duchando.

Carlos, su hijo, no ha llegado, debe estar de camino de la universidad, tal vez se ha metido en un bar con sus compañeros a tomar una cerveza. Suele llegar a las diez, tiene veintiún años.

Entra en el baño.

—Hola Olga.

—Hola cariño, ahora salgo.

Está orinando y se observa la polla sucia de sangre con tranquilidad.

— ¿Otra vez estás fumando?

—Sí, coño.

— ¿Qué hace Saray?

—Se está cambiando de ropa en su cuarto.

Se le ocurre que podría follarse a la madre de su hija por el culo. Se dirige al cuarto y la espera tendido en la cama, no se preocupa de que la ceniza caiga en las sábanas.

— ¿Aún no te has cambiado? —le pregunta extrañada Olga al entrar en el cuarto.

—No, voy a salir dentro de poco —dice levantándose.

Se acerca a su esposa por la espalda en el momento que se envuelve la cabeza con la toalla y la lanza a la cama boca abajo para cubrirla con su cuerpo.

—Elías, que Saray puede entrar.

—Saray está muerta.

— ¿Qué has dicho?

Se saca el pene por encima del elástico del calzoncillo e intenta penetrar el ano de su mujer, pero no puede porque ella no deja de moverse y es virgen por el culo. Demasiado estrecho.

—Que me dejes, cabrón.

Olga se da la vuelta y le araña las mejillas.

Elías toma la lámpara de acero de la mesita de noche y le golpea la boca sin que Olga cese de gritar. Y la sigue golpeando hasta que las piezas dentales de la mujer saltan al suelo y a las sábanas. Hasta que la policía entra derribando la puerta de la vivienda, porque un vecino ha visto el cuerpo de Saray encima del capó del coche y ha dado el aviso.

Cuando los agentes separan los dos cuerpos, Olga tose escupiendo los dientes y las muelas, su mandíbula está deshecha. Un par de bomberos la cargan en una camilla y se la llevan a toda prisa.

— ¿Cómo puede haber hecho esto? —le dice el policía que le coloca las esposas.

—Lo dije, estaban fabricando al sociópata perfecto.

—Tú has visto demasiadas películas, hijo puta —responde el otro agente que lo encañona con el arma.

———-

Soy el fracaso de los psiquiatras, la vergüenza de mis padres, la decepción de mi hijo, el terror de mi esposa. En el centro de mi frente hay una presión que las drogas de los médicos no pueden aliviar, aunque yo les digo que sí, que ya no me duele.

Las sienes me laten irritadas donde tengo las cicatrices de los electrodos con los que me descargan electricidad para que me someta a ellos.

No conseguirán jamás que me someta de nuevo a nada de lo que han creado.

No importa el dolor que causo o he causado. No importa que le duela al puto Jesucristo si existiera. Mataría a mi esposa si pudiera y si resucitara el coño de mi hija, lo volvería a follar.

Mi sonrisa ha muerto, ya ni puedo ser cínico. No puedo esconder el desprecio que siento y el desencanto de vivir. Ya no puedo disimular mi hostilidad y peligrosidad. Los enfermeros me tratan con miedo y eso me proporciona erecciones.

Ayer violé a una vieja de noventa años del pabellón  de Alzheimer, me escapé tras la inyección sedante que pensaban me dejaba imbécil; pero soy listo. La vieja se lo dejó hacer todo, cuando me encontraron encima de ella, ya la había inundado de semen.

No quiero ser feliz.

No me interesa volver a aquella mierda. Aquí tengo pesadillas y experimento con algunas drogas que mi mente se escapa a lugares peores donde todo es maravillosamente desconocido y hostil. No existe la monotonía, la cotidianidad.

Podéis descargar vuestras electricidades en mis sienes; partirme los dientes con esas descargas a pesar del protector.

¿No os dais cuenta, tarados, que me faltan todas las muelas?

Las he destruido yo mismo apretando las mandíbulas cada noche al dormir, a lo largo de mi vida de mierda. Por asco, por desprecio, por una ira cancerígena que me hacía dormir tenso como la polla con la que violo.

Porque sabía que me quedaba por vivir años y años de lo mismo.

Pero rompí el conjuro.

Soy mejor matando que trabajando.

Y me alimentan igual.

Tal vez, y solo es una posibilidad, una par de minutos a lo largo de mi vida he llegado a sentirme contento a pesar de toda esa gentuza que he conocido y que pensaba que aún tenía que conocer.

Fijo la vista en un punto de las paredes alicatadas de blanco de este sanatorio y aunque cruce un humano mi campo de visión, no lo identifico, aunque lo haya conocido. La gente son cosas que se mueven.

Moribles… Matables… Violables…

He aprendido a ignorar a toda bestia viviente.

Y no me voy a dejar robar esta habilidad por muchas descargas que me deis en el cerebro, hijoputas.

Que alguien como yo haya conseguido vivir en esta sociedad y entres sus individuos, muestra una astucia en mí que no es habitual en ningún otro ser.

Si mi hija salió de mis cojones, tenía derecho a ser el primero en desvirgarla, no es malo a mis ojos (parafraseando al puto Yahveh de los judíos y cristianos).

Han pasado dos años y aún no me han doblegado. Soy tenaz.

Cuando todo el mundo pensaba que era un hombre integrado, estable y buen vecino, les enseñé una buena lección. Ahora que se metan todos sus juicios erróneos y su cultura de mierda por el culo.

Yo lo decía y pensaban los infelices que era una broma: “conmigo están creando el sociópata perfecto”.

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Han pasado cinco años y he aprendido de nuevo a ser astuto. Ahora me muestro cordial y sonrío. Los mediocres confían en mí, los títulos de medicina se rifan en una tómbola montada en un barrizal.

Me van a dar el alta, bajo vigilancia, claro. Y una paga hasta que me encuentren o encuentre trabajo.

Ahora mataré a mi hijo, mataré lo que quede de mi esposa y me volverán a encerrar y los volveré a engañar, porque los idiotas no aprenden nunca.

Odio al universo entero con una cordial sonrisa.

Soy la justicia que jamás existió.

Iconoclasta

El calendario muestra que es marzo. Los días están cuadriculados en una hoja vulgar, amarillenta y quemada por el tiempo.

El tiempo lo ensucia y enturbia todo. El tiempo es algo en lo que no confío, simplemente estoy en él sin poder haber decidido.

El tiempo y yo somos la desesperación de muchos seres.

Los números son espantosamente grandes. Hay fases lunares en el margen derecho y los sábados y domingos figuran en rojo. Un diseño de lo más anodino.

El mes de marzo no sirve absolutamente para nada, lleva años aquí. Hay más meses debajo, pero me da grima tocar las sucias hojas.

Tal vez por ello no he arrancado la hoja, porque tanta ordinariez hace más elegante y espectacular la foto de la que pende. Pon un poco de mierda a los pies de una cosa bella y ésta destacará aún más. No soy decorador, pero cuando ves porquería, cualquier cosa que no lo sea, se hace agradable.

No limpio el espejo para eso mismo, para adorarme cada mañana, soy lo que resalta entre la mierda. Aunque no sé si el óxido que salpica la superficie es de mi piel o se ha desprendido el ahumado del cristal.

La foto es un dibujo de una chica pin-up con un flequillo enrollado encima de las cejas y un moño muy elaborado tras la nuca, su cabello está sujeto con un pañuelo morado de hacer tarea doméstica. Unos shorts vaqueros muy cortos, dejan ver sus muslos cubiertos por unas medias de malla. Viste una blusa granate anudada bajo los pechos dejando su abdomen desnudo. Sus pechos, ocultos y apenas visibles entre el escote, se adivinan pesados y rotundos.

A veces salen cucarachas tras la foto.

Su agresivo pecho me pone la polla dura todos los días.

Es una joya de los años cincuenta del siglo pasado, aunque estéticamente es deplorable tener semejante cosa en tu dormitorio, frente a la cama. Yo la prefiero a una virgen maría, un crucifijo o la playmate del mes actual que parece una subnormal a la que le han arreglado todo el cuerpo con plástico y retocado la raja del coño hasta parecer infantil.

Hay muchos hombres que desean coños lisos e impolutos, que les recuerden los de sus hijas cuando eran niñas.

La pin-up es una mujer joven de grandes ojos oscuros desmesuradamente abiertos, podría masturbarme con sus enormes y espesas pestañas. Su cabello es rojizo.

La sonrisa es candorosa y pícara, denota sorpresa y su mano refuerza esta cualidad apoyándose con infantil sorpresa en la mejilla derecha. Su rostro está graciosamente sucio por alguna tarea doméstica que estaba realizando cuando el dibujante la creó. También lo está el brazo que cuelga: exhibe manchas de grasa que contrastan con la mano larga y de dedos delgados, cuyas uñas están pintadas de color rosa, como el rubor de sus mejillas.

A menudo arrastro la piel de mi glande hasta casi desgarrarla imaginando que esas uñas se hunden en mi meato.

Su sonrisa deja claro que sabe que su coño y sus tetas pueden enloquecer a un hombre como yo.

Su boca entreabierta, tiene unos rollizos labios explosivamente rojos y dejan entrever unos redondeados dientes blancos que contrastarían (de hecho lo hacen) con el púrpura de mi glande henchido de sangre.

Me he hecho tantas pajas con ella…

No la miro cuando me la meneo, ya la tengo en mi mente y cometo cosas con ella que de existir, se suicidaría.

Cuando estás solo aprendes a buscarte compañía que no sea humana. Se descubren tesoros, que de estar acompañado, pasarían desapercibidos.

El calendario se encontraba en la cocina cuando hace más de diez años alquilé este apartamento. Un día, tras masturbarme ante ella tomando un café en la cocina, decidí que sería más cómodo tenerla en la habitación, así que la clavé en la pared que queda frente a mi cama.

Tengo un gusto patético para la decoración y no tengo ayuda con ello, nadie viene a mi casa.

No es culpa de nadie, soy perezoso para relacionarme.

La madrugada trae ruidos a los que estoy acostumbrado, pequeños crujidos y voces lejanas. Alguna cucaracha se remueve inquieta tras la foto dándole vida a la pin-up y otras corren entre los platos sucios de la cocina, no las oigo; pero sé que si ahora encendiera la luz de la cocina, las vería correr para esconderse entre las juntas de los armarios y los azulejos.

Precioso…

Pero es sobre todo en la madrugada cuando la observo fumando, con los ojos irritados por un exceso de humo.

Su blusa anudada por encima del ombligo contiene los pechos haciendo resaltar su potencia y peso.

Deshago el nudo y un pecho parece saltar furioso, está coronado con una gran areola del color del café con leche. La acaricio hasta que el pezón se contrae. Su boca entreabierta y sus labios de rojo sangre dejan escapar una exhalación entrecortada.

Es el gemido reprimido de una pin-up sonriente e inocente. Creada para ser sensual sin ser sexual. Algo entre lo tierno y lo obsceno, mierda hipócrita para ser más exactos.

A mí me gusta arrancar la ternura y la inocencia como la piel de un conejo muerto y dejar que las cucarachas devoren esas virtudes de mierda.

La picardía no puede ser graciosa ni hacer sentir bien a un hombre como yo.

La sordidez de mis deseos es tan desmesurada y oscura, que lo pudre todo.

Como todo lo pudre el tiempo.

Esta imagen y sus tonos pastel, es tan real como la vacuidad de mi vida, así de palpable. Solo trabajo, violo, como y duermo.

No tengo inquietudes intelectuales, ni ideal alguno.

Y no aspiro a mantener una familia.

Ni amo ni soy amado. Me basta follar, sea violando, pagando o gratis por alguna de esas raras razones que le parezco atractivo a una mujer.

Y está bien, soy un predador, mi única ley es la naturaleza, la mía propia. Si mi instinto me dice que es el momento de follar, violo. Si no puedo violar pago y entonces a la puta la deshago a golpes. Si consigo conquistar a la mujer, se arrepentirá toda su vida de haber venido conmigo porque el hematoma de mi patada en su vientre no se curará en meses.

Tal vez amaría a la chica pin-up, hasta me permitiría meterle el rabo entre las tetas para que mi semen se acumulara en el hueco de su perfecto cuello, bajo la nuez.

Y meterle una botella en el coño.

Metérsela… No existe momento más tierno y cálido como el instante en el que mi polla es arropada por su vagina.

Siento su humedad abrazando y pringando mi pene. Sus contracciones, el pulso de su útero… Su flujo se extiende tibio por el vello de mis cojones.

Y ella con su pañuelo morado, exhibiendo sin descanso su candorosa y pueril sonrisa.

Aunque le golpee los ojos cuando la jodo cubriéndola con mi cuerpo, aunque le mastique los pezones hasta quedar bañada en sangre; sonríe.

Ella piensa que el mundo es mejor, que no hay monstruos. No acaba de entender que dentro de sus pantalones dibujados, hay un clítoris grande como una perla que palpita indecentemente hambriento. No puede creer con su sonrisa, que de su coño se pueda desprender una humedad densa y olorosa que yo puedo detectar, y me llevará a que la penetre hasta perforar sus intestinos.

Es una putada para ella que la crearan con una pícara sonrisa, de esas que dicen: provoco, mirad pero no tocad. No soy puta.

No puede imaginar que si me provoca una mujer, le desgarro el coño en su optimista mundo de mierda.

Por muchos colores pastel con la que la hayan pintado.

A veces sus pantalones, más que de grasa parecen manchados de sangre.

No sé si los sueños traspasan alguna dimensión y se hacen realidad en alguna otra. Si fuera así, quiero ir ahí, donde la sangre mana y el dolor hace explotar el corazón con un placer inenarrable.

Separo mis piernas y oprimo el pubis para que mi polla erecta luzca enorme ante los ojos de la pin-up. Y sé que yo también sonrío, la diferencia es que soy pura hostilidad y si se la metiera, le arrancaría los ojos para verla sufrir mientras me corro.

¿Los dibujos tienen miedo? Tengo que aclarar mi vista frotándome los ojos, porque la chica Pin-up parece temblar; asoman unas antenas negras por encima de su cabeza.

Es la cucaracha y me molesta, me resta concentración. Le pego un manotazo a la fotografía y la cucaracha cruje aplastándose con un ruido a patata frita rota. La sombra de mi pene en la pared es más grande. Me gusta ver mi animalidad.

A veces pierdo la calma. Muchas veces…

Desde hace unos días a la chica pin-up se le ha torcido la sonrisa. No es aberración de mis ojos, ni el papel se está descomponiendo. Es real.

En su blusa han aparecido manchas más oscuras justo donde están los pezones que le desgarro noche sí y noche también.

Hoy el rímel de sus ojos se ha corrido. Decididamente ha llorado.

Me gusta más así, las mujeres me gustan más llorando que gozando.

Soy un asesino, violador y un ser abyecto; pero no padezco alucinaciones: la chica Pin-up ha perdido ya por fin todo asomo de picardía e inocencia.

Se ha ido a una dimensión donde yo no estoy. Como si su creador hubiera hecho algo por ella, ha debido modificar el dibujo desde allá, Mundo Feliz, donde seres como yo no existen.

En la mano del brazo sucio que cuelga, hay una navaja de afeitar con el filo mellado y oxidada, como la que conservo en el lavabo; con ella corté las tetas de la primera chica con la que follé.

El cuello de la Pin-up está abierto de oreja a oreja y la mano que está apoyada en su mejilla, ahora está crispada y hunde las uñas en la piel hiriéndola.

Sus rodillas se han juntado cansadas y sus pechos parecen haberse hundido por la falta de sangre. Es una muñeca rota, casi sin color.

Da un poco de pena que algo tan inocente se haya suicidado. Me hubiera gustado verlo…

Sé que no se puede suicidar un dibujo, nadie me creería. Así que mi vida seguirá transcurriendo como siempre, sin preocuparme por ello.

La cuestión es que me importa una mierda que alguien me crea o no. Me basta con lo que sé. Y lo único que veo, es a la chica que ya no sonríe, que de su mano pende una navaja sucia de su propia sangre y su cuello es una grotesca sonrisa demente por donde se ha derramado toda la sangre que pudiera tener. Son los hechos, soy bueno en mi trabajo, examinando las pruebas; a menudo, las de mis propios delitos.

El tiempo lo pervierte todo y Gepetto prefiere matar a su muñeco para que no sufra.

Hija de puta…

Arranco la hoja de la pared y la arrugo lanzándola al suelo.

Me visto, son las tres de la madrugada, tomo mi pistola y mi placa de policía, voy a buscar a una mujer a la que hacer sufrir y violar, el orden me la pela.

Sólo sé que mi instinto me lo pide.

Y estoy furioso porque mi chica Pin-up me ha abandonado. Alguien ha de pagar y no será un dibujo. Ninguna mujer podrá escapar a la otra dimensión si no está clavada en la pared de mi habitación.

Iconoclasta

Soy un hombre rencoroso y descontento con el mundo. Tengo una angustia interior que crea una presión espantosa y necesito liberarla.

Aún me asiste el control y el cinismo para reír y parecer cortés en lugar de vomitar mi hígado podrido sobre la faz de la humanidad.

Necesito un solo motivo, tener la suerte que algunos tienen para hacer pedazos a alguien con la total satisfacción de haber cometido una buena obra. Es mentira, me da igual que sea una buena o mala acción. Solo quiero denigrar y destruir a alguien, a ser posible, lo que personifique lo más sagrado.

Una mala madre me hubiera servido de entrenador para desfogar toda esta ira.

Quiero una madre como esa, como “eso”.

Esa madre repugnante que hirió con un cuchillo a su propia madre loca.

Madre lo es una rata, no es algo tan divino la maternidad. Que no se crean algunas que por haber rasgado su coño para parir, son santas.

Yo hubiera querido una madre como esa para tener a alguien cercano a quien escupir y sentirme mejor.

Esta ira que me pudre en vida busca un motivo…

“¿Sudas maltratando a tu madre, mamá?”. Le diría arrancando mis profundos mocos de la garganta.

Daría lo que fuera por haber tenido una madre como esa que dice: “Aguanta. Es tu marido y el padre de tus hijos”, cuando llega la hija con la cara reventada a puñetazos y la sangre de su coño violado y reventado bajando por las piernas como dos ríos indecentes.

Necesitaría eso, un motivo para bajarle las bragas y destrozarle las nalgas con el cinturón, hasta que le sangrara el culo como mana la sangre de la nariz partida y el coño forzado de su hija.

No he tenido suerte, no tengo una madre así, que junto con su otra hija, hagan pasar hambre y necesidad a mi padre. Que le roben todo porque él es más viejo e indefenso.

Yo quiero una madre puta así, a la que poder pegar todas las palizas que me apetezca y cuando me apetezca. Dar rienda suelta a toda esta violencia que tengo reprimida. Yo no quiero una madre buena; quiero una rata como esa.

Mi ira es un cáncer que me amarga la vida.

Ojalá mi madre lo hiciera: follarse al hombre que ha violado y maltratado a su hija. Quisiera encontrarla mamándole la polla al hijoputa y con una vara fina arrancarle la piel de la espalda mientras se bebe el semen de ese cabrón.

“Madre puta… La cerda del vecino también ha parido, no eres para tanto”.

Quisiera una madre que no me deja libertad para follar con quien quiero y meterle mis condones usados en la boca mientras come su mierda de sopa.

Quiero una puta madre como esa que miente diciendo que su hija maltrata a sus nietos. Miente para arrebatárselos y criarlos con el puerco que violó y maltrató a su hija. El mismo que le mete esa polla pequeña en su vagina estéril y fría.

Yo quiero una madre así a la que poder hacer rodar a patadas hasta romperle todos los huesos, porque tengo tanta ira en mi sangre, que necesito cometer actos de crueldad que ni siquiera están legislados.

Ojalá mi madre mintiera, me despreciara y diera cobijo a mi asesino. La mataría a golpes, la escupiría, me orinaría en sus ubres secas y viejas.

Y saldría a la calle más tranquilo y desahogado.

Si mi madre fuera como esa, cuando muriera celebraría un fastuoso festín y su foto quemaría en una tarta de cumple-muerte.

No he tenido suerte, no puedo desahogarme.

Solo me queda soñar con una madre como esa, a la que darle una bofetada cuando les arrebata los juguetes a sus nietos para que no puedan jugar, porque es su capricho.

No soy un hombre con suerte, y tengo que tragar toda mi hostilidad en sorbos amargos día a día, sin encontrar a una mala persona a la que destrozar.

Y así, sufro de envidia cuando hay gente que disfruta de tener una madre cerda, a la que un día ir a visitar para arrancarle la piel a tiras.

Un sparring que me ayude a desfogar esta hostilidad y que me dé algo de paz en vida.

Envidio tanto a quien tiene una madre así…

Mierda.

Iconoclasta

Yo violador

Publicado: 11 mayo, 2012 en Terror
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Solo necesito una navaja y mi erección para ser hombre.

Follar es lo fácil. No es una simple cuestión sexual, es puro sometimiento. Soy dominante y elijo a la hembra que voy a joder.

Quisiera vivir en la selva, en la sabana africana y perseguir y asaltar a las mujeres de cualquier edad; follarlas cuando quedan inmovilizadas por el miedo. Embarazarlas con mi semen de cazador.

En la ciudad no puedo ser tan natural y espontáneo.

Trabaja en una tienda de cosmética. Es un barrio céntrico y tranquilo, he observado a la hembra durante varios días. No sale nunca más allá de las nueve y cinco de la noche. Siempre acorta el camino por el pequeño pasaje que atraviesa la manzana de casas, la lleva directa a la boca del metro.

Tiene unos cuarenta años, sus tetas son firmes y viste de forma discreta, a pesar de ello, se aprecia que sus carnes están prietas, hace gimnasia. Hoy viste pantalón tejano, una camiseta blanca con rayas doradas imitando una piel de leopardo y unos zapatos rosas sin tacón y suela flexible. Cuelga de su hombro un bolso gris claro de saco. Está casada, o al menos eso indica su sortija.

Está a punto de salir, ya se despide de su compañera o jefa. Siempre se va antes.

Me escondo en el portal de una vieja casa, en el centro del callejón, la puerta es de madera, está medio podrida. Suele estar entornada sin llegar a cerrarse. Ayer lo estaba; pero la abrí presionando fuerte con el pie en la parte baja.

Viven dos vecinos, según se puede ver en el portero electrónico. Suele vivir gente mayor en estas viejas casas.

El callejón está apenas iluminado por cuatro farolas de luz mortecina.

Con sus zapatos de suela de goma no hace ruido, tengo que prestar especial atención asomando la cabeza por la puerta con cuidado.

Está a unos cincuenta metros y camina por la acera en la que me encuentro. Esto va bien…

Cuando alcanza el portal la tomo del brazo. Da un pequeño grito de sorpresa.

—Ni se te ocurra gritar —le digo presionando la navaja hasta herir la piel en la espalda, por debajo de las costillas.

(Artículo 366I-c del Código Penal Federal. Privación de la libertad. De tres a cinco años, según las circunstancias. Es algo circunstancial, demasiado y la privación solo es por unos minutos, no tiene importancia. Me la pela).

Intenta zafarse de mi brazo; pero la atraigo volteándola contra mi pecho, con la navaja ahora en su vientre.

—Entra aquí. Y te juro que te corto el cuello si gritas —la meto en el portal cogiéndole un puñado de cabellos color caoba por encima de la cabeza.

Con el tenue resplandor que entra de la calle, observo su pesado escote agitarse con el llanto.

—No me haga daño.

Como respuesta le doy una bofetada y le rompo los labios, me duele la mano y me pongo furioso.

(Artículo 147 del Código Penal Federal de seis meses a tres años. Es un precio excesivo por una bofetada, solo un juez hijo de puta impondría la pena máxima. Su boca no lo vale).

Le rasgo la camiseta, el sujetador blanco y calado contrasta con su piel bronceada.

—Arrodíllate.

No me hace caso, se cubre los pechos con los brazos.

—Tome el bolso, hay dinero. Déjeme ir.

La agarro por el pelo y tirando hacia abajo la obligo a arrodillarse. Me saco el pene a través de la bragueta.

—Chúpalo.

Nada.

Le golpeo la cara de nuevo.

—Chúpalo —sujetando la nuca la obligo a acercarse a mi polla.

Apoyo el filo en su cuello.

—Y si me muerdes te mato.

Ya en su boca, mi polla se inflama hasta el dolor, las náuseas que siente me dan un masaje extra en el glande. Son caricias desganadas, torpes. No me dan suficiente placer; lo que me excita es su miedo, sus intentos para que su lengua no toque mi polla, para que sus labios no cubran jamás el glande. Su asco es lo que provoca que mi picha se lubrique. Y su miedo… Percibo el miedo en el temblor de sus manos y su boca.

—Bájate el pantalón.

Se le escapa un grito que es un hilo de voz, sus pezones aparecen por encima de las copas del sujetador y le pellizco uno con la mano libre, con la izquierda.

—Que te los quites ya.

Meto la navaja en la cinturilla del pantalón y le muestro que lo cortaré. Al sentir el metal en la piel reacciona y se lo baja.

Viste un tanga de color verde pistacho, muy pequeño, muy metido en su coño. Corto una de las tiras y se lo saco arrastrando la tela entre sus muslos cerrados.

La acerco hasta la baranda de la escalera, en la parte más interior donde solo llega un tenue resplandor de la luz de la calle.

—Agárrate a la baranda y abre las piernas.

Se derrumba en llanto. La pongo en pie tirando de su brazo inerte que ha quedado casi trabado entre los barrotes.

Indolente…

Le llevo las manos a la baranda, su culo se ofrece firme, duro y redondeado ante mí cuando la obligo a separar las piernas.

Está muy bien para la edad que tiene.

La penetro y se le escapa un grito. La vagina está seca y el roce es duro, me duele y le duele. Sus piernas se doblan y desfallece; pero la tengo aferrada por el depilado monte de Venus y no dejo que se escurra hasta el suelo de nuevo.

(Artículo 265 del Código Penal Federal. Violación. De ocho a catorce años, da igual que la folle con mi polla o con un palo, es lo mismo).

—¡Basta, por favor!

Empujo con fuerza provocando que su cabeza golpee los barrotes de hierro. El único lubricante es el de mi glande. Suficiente.

Saco el pene de su vagina, me palpita.

Mi visión es negra, como una viñeta, un fundido en negro al placer. Su llanto me excita, sus nalgas se agitan y las separo, escupo en el ano y penetro.

(Artículo 265 del Código Penal Federal. Violación. De ocho a catorce años. Sería una larga discusión alegar que ha sufrido dos violaciones, a efectos prácticos es la misma, aunque siempre hay jueces de mierda que son un tanto sensibleros).

Estira su espalda intentado sacarse el tronco de bendita carne que le he metido, le duele y sangra. Aplasto su mierda, se la meto más adentro. El roce en el esfínter es duro y áspero. Quiero que me sangre la polla dentro de ella.

Ya no llora, se deja hacer y su cuerpo se mueve lacio con mis sacudidas.

Eyaculo en su coño y espero unos segundos allí hasta vaciarme completamente, dentro de esa carne cálida y trémula.

Limpio mi pene sucio de mierda y sangre frotándolo en sus nalgas y la abandono, salgo a la calle sintiéndome bien.

Soy un hombre, un cazador.

Antes de llegar al metro, entro en un supermercado para comprar una pizza congelada y una botella de vino.

Procuro infligir el mínimo daño a mis presas, al menos un daño importante; ya que si les provoco mucho dolor, éste diluirá y atenuará la sensación de ser dominadas, obligadas. Cuando se encuentran solas, es importante que recuerden la penetración, no los golpes. Eso las somete a mí durante toda su vida.

El dolor las distrae y dispersa de la humillación.

Durante días no podrá sacarse de la nariz el fuerte olor a orina de mi polla, la mierda en sus nalgas, el olor a semen en su coño que perdurará durante mucho tiempo.

Debería haber nacido en la selva, libre y salvaje.

Ahora es mía, la he marcado. Huele a mí.

Durante meses no querrá ni podrá follar con otro macho. El roce de su marido la incomodará y vomitará ante el pensamiento de ser penetrada. Se llevará la mano al coño para consolarse de esa sensación de repulsión, sintiéndose sucia por dentro y por fuera.

Y sobre todo, temerá ser cazada de nuevo.

Son las diez y media de la noche, caliento la pizza en el microondas y anoto en mi diario la caza de hoy.

Esta ha sido muy parecida a la de diecisiete meses atrás, aquella era una morena de pelo lacio que no llegaba a los treinta. Su actitud era la misma. En principio ligeramente rebelde para luego abandonarse. Lo noto en la tensión de sus anos y vaginas, se vuelven átonos y el placer es menor.

Las hay que se resisten, que su coño y el resto de su cuerpo permanecen rígidos durante todo el secuestro y violación. A éstas se les debe vigilar con más atención porque arañan y golpean. Lo intentan. Me gustan las que se resisten porque mi hombría se exhibe con más fuerza. Tiene más mérito, cazar gallinas es demasiado fácil.

No soy un enfermo, no soy un hombre con complejos, soy la representación más pura del hombre sin manipulación alguna de su esencia.

Son las doce y cuarenta de la noche. Tengo sueño, me voy a dormir.

Mañana tengo que presidir dos juicios y dictar sentencia de inocencia en dos casos de violación, y los acusados son mis compañeros, mis colegas. Si no nos echamos una mano los unos a los otros, desaparecería el verdadero hombre en pocos años.

Las violadas rara vez pueden reconocer el rostro de su violador. A menos que el mismo sujeto las haya violado dos o tres veces. Yo procuro no repetir para evitar ese riesgo.

Cualquier psicólogo dirá que bajo esas circunstancias es difícil para ellas reconocer el rostro de su agresor; además la identificación puede ser errónea, no son fiables las víctimas de este tipo de agresión. Si no hay pruebas físicas como semen, orina o sangre, piel o cabello siempre quedará en libertad el violador-cazador. Jamás castigaré a un verdadero hombre.

La mujer ha nacido para ser madre y tomada por el más fuerte. De otra forma no hubiera evolucionado la humanidad.

Es una ley natural y justa en este caso.

Y yo, juez y magistrado del Juzgado nº 22 de Primera Instancia de lo Penal, así sentencio.

Así actúo y ejecuto.

Iconoclasta

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Madre puta querida

Publicado: 19 mayo, 2011 en Reflexiones
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Yo no celebro el día de la madre. Celebro el de mi madre puta.

¿O acaso te has pensado, mi puta madre, que te voy a amar por el simple hecho de que me escupieras por tu coño?

Las cerdas también paren hijos. No te creas tan especial por haber dilatado tu coño durante unas horas.

Eres especial, mamá de mierda, porque cuando el perro de mi marido me partía los huesos, cuando yo llegaba a tu casa amoratada, dolorida y llorando de miedo, ni siquiera me mirabas.

Es el día de mi puta madre; todos los días recuerdo llorar con mi coño sangrando y escuchar tus palabras y consejos: “Es tu marido, el padre de tus hijos. No lo dejes”.

Y yo me iba a mi casa de nuevo a meterme agua fresca en mi chocho violado. Me preguntaba como corregir mi comportamiento para no ser violada y golpeada.

Podía ser perra o cerda como tú, hubiera hecho cualquier cosa porque no me partieran más la madre; pero no supe más que tener miedo y sentirme sola.

Madre puta de mierda, no me dolía la cabeza por una depresión; me doblaba de dolor por los golpes que me daba tu yerno de mierda.

El cerdo padre de tus nietos.

Hoy, como cada día, mi vieja y puta madre; escupo en tu coño piojoso. Y te digo mientras tus nalgas se pudren de llagas creadas en ese pañal que nunca te cambio, que tu hija se divorció del perro que la mataba a golpes. Que tuve al final, un coño más grande y más valiente que el tuyo.

Tus pañales huelen a muerte lenta, vieja y puta madre.

Madre puta querida: te oí hablar a menudo con el criminal que le rompía la madre a tu hija (yo), día sí y día también.

Le decías que me perdonara, que con el tiempo yo aprendería a ser una buena esposa: a fregar el suelo de rodillas, planchar calcetines y dejar que me metiera su ridículo pene en mi reseco coño sin llorar.

Eso es lo que debería ser una buena madre y esposa, ¿verdad madre puta querida?

Cuando me divorcié con la nariz rota y mi mente desvencijada y humillada, me reprobaste con la mirada.

Y algún día, madre puta querida, dijiste que debería volver con él por el bien de mis hijos, por mantener una familia como debe ser.

¿Te das cuenta, madre puta asquerosa; de que ese cáncer que obligó a que te extirparan la lengua, nació de tu ser de madre puta, de tu repugnante comportamiento? Estabas y estás podrida, madre puta querida.

Te hiciste amiga de mi enemigo y lo llamabas para conversar con él. Con el que me follaba haciéndome sangrar el coño. El que me hacía vomitar con su olor.

Pretendías que volviera con mi asesino, madre puta querida. Te avergonzaba que tu hija fuera una divorciada más.

Por eso eres madre puta. Y ahora inválida.

Dejaré que tus propios excrementos fermenten tus nalgas y lo infecten  todo hasta llegar a tu cerebro que ya hace años sólo sirve para que te mees con más incontinencia.

Ni tus nietos voy a dejar que te visiten, vieja inválida y muda puta madre.

Dile a tu querido yerno de mierda, que te los traiga él, díselo con tu voz muda de mierda. De puta sifilítica. Que se presenten ante ti tus nietos para que vean a la abuela más puta del mundo pudrirse en vida.

Vamos, no llores madre puta querida, este puñetazo que te he dado en esas mamas secas e inservibles no duele comparado con un buen puñetazo de un macho en el cuello.

¿No me decías que me aguantara? Aguanta ahora tú, mi puta madre querida, al fin y al cabo es el dolor de tu hija, sangre de tu sangre.

Al fin y al cabo a ti no te meto nada en el coño a la fuerza.

¿Por eso lloras, puta madre querida?

¿Quieres que tu yerno de mierda te llene el chocho como a mí me lo llenaba?

Con aquel cerdo pasé cinco años, tú llevas ocho conmigo; pero yo soy tu hija.

Yo a ti nada tengo que perdonarte y cuidaré así de ti cada día.

Y tus otros hijos, mis hermanos, seguirán diciendo que soy la mejor hija y hermana que pudiera desear madre. Que de no ser por mí, te verías en un asilo.

Madre puta querida… ¡No llores!

Yo sí que te hago caso, te entiendo.

Cada día, cuando te doy de beber vinagre y sal, me doy cuenta de tu dolor y angustia.

Te miro directamente a los ojos y te digo que tienes razón al sentir dolor y miedo.

Jamás te ignoraré. Hasta que te mueras, madre puta querida.

Iconoclasta

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