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El V. 2.1 es una revisión y corrección del original, una actualización necesaria.
Los curas tienen un conservadurismo perezoso y trasnochado.

El paraíso efecto invernadero
Habría que vaciar el paraíso de tantas almas, pesa sobre mi cabeza, es demasiada presión.
No es sostenible que hayan tantos millones y millones de muertos que hayan sido tan buenos en vida. Eso es mentira, el paraíso es una secta destructiva.
Las almas son las que provocan el efecto invernadero. Ya deben ser multitud, sus excrementos tienen que ir a algún lado. No son los aerosoles los que destruyen el ozono, es la mierda bendita de los tocados por la gracia divina.
Mi divinidad es un músculo cavernoso que se hincha de sangre y a las mañanas no me deja orinar bien. Es lo que hace que me sienta orgulloso de ser lo que nadie quiso que fuera.
Son tantas y tan buenas todas esas almas que me avergüenzan de mi naturaleza animal.
No puedo follar a una mujer sin sentir que todos esos bondadosos que se ganaron la gloria, están mirando mi culo subir y bajar, observando como hundo mi lengua en esas vaginas deliciosamente viscosas…
No puedo evitar que al comer marisco, sienta el reproche de sus miradas idiotas por no ser humilde. Siento que al fumar, debería donar el dinero a los pobres y los muertos de hambre.
Padre… Soy un gusano, discúlpame, pero no es mi intención ir al paraíso para coger de la mano a un nerón idiota que sonríe gordo y flotante. Sin pene ni cojones en el pubis.
Los eunucos son tan desagradables…
No sé porque miran con beata compasión mi polla entrar y salir de esa raja…
Si tuvieron hijos es que sus beatos y bondadosos penes y coños hicieron coito. Follaron, copularon como bestias en celo. No sé porque están en el paraíso.
Deberían quemar las almas buenas que rondan ese cielo estúpido e insulso para hacer sitio a las nuevas generaciones de beatos muertos.
¿En el paraíso no follan? ¿Sonríen siempre tomados de sus pulcras manos plenas de bondad?
Ojalá mis muertos no estén allí, no me gustan las sectas idiotas.
No me gustaría mandar a mi padre a la mierda por verlo sonreír estúpidamente con una túnica blanca y las manos puras de inocencia, como si nunca hubiera follado, blasfemado, emborrachado y engañado.
Sueño con los muertos, con los que amo, flotando en el espacio, clavados cada uno en una cruz, sangrando… Con los genitales lacios, inertes, muertos como ellos.
Y el espacio es de un azul cobalto, las nubes están preñadas de ira de soportar tanta muerte…
Padre Nuestro, mejor deja que mi alma se descomponga junto con mi cerebro y mis genitales, que se transforme en lo que sea; pero no quiero ir al paraíso de los eunucos y no follar para toda la eternidad con la mirada idiota de los que han fumado demasiado hachís.
Por otro lado, a veces me siento un poco ecologista y no quiero participar en la destrucción de la capa de ozono. No voto a los verdes porque son tan buenos que imagino que ya los tienes fichados para la entrada en el reino celestial. Y me caen mal las almas bondadosas, no son de fiar. Nadie cambia aunque esté bajo tu protección. Estoy seguro de que tienen llagas purulentas bajo sus túnicas blancas y cagan y orinan de pie mientras sonríen felices de mierda.
¿Acariciar una ballena vale el cielo? Porque no tengo dinero para hacer un crucero. ¿Sirven las caricias a mis gatas?
¿Cuando una puta dice “te amo”, va a tu paraíso de mierda, a pesar de tener el coño negro de tanto tirarse a borrachos y subnormales?
No me lamento por la muerte ajena, somos muchos, pero si un día me arrodillara en la tumba de cualquier desconocido ¿sería perdonada mi indiferencia?
Solo quiero saberlo para no ser perdonado. Me niego ir a ese paraíso melifluo de seres que no follan, que no maldicen.
De mediocridad, uniformidad e hipocresía hay mucha en la tierra, no quiero más de lo mismo. Envíame al infierno y si me meten un hierro al rojo por el meato de la polla, me jodo; pero lo prefiero a tu paraíso.
El dolor puedo aguantarlo, pero la uniformidad, el tiempo inmóvil y la certeza de que todo será eternamente invariable, me jode cosa mala.
Hagamos una cosa, para asegurarme el infierno. Voy a follarme a la hija de mi vecina, la voy a violar más concretamente, con quince años se merece un buen tratamiento ginecológico, soy hábil. Luego le acuchillaré los ojos y esperaré a su madre para penetrarla con una botella de vino roto hasta que se vacíe de sangre.
¿Será suficiente para no ser perdonado? Porque aún puedo sacarle los intestinos al padre con una navaja de afeitar oxidada.
Y puedo eyacular sobre el cuadrito de la virgen que tienen encima del televisor del salón.
Padre mío, puedes condenarme ahora por mi pensamiento infecto y evitar que lo haga.
Sabía que me perdonarías, tú quieres ver como me follo a madre e hija y hago morongas con las tripas de papá.
Sea pues, es tu voluntad.
Me voy a sacar mi billete al infierno de una vez por todas.
Este calor del efecto invernadero es insoportable. Me ha tocado ser el malo. Pues muy bien, lo soy, no problem.
Tap, tap, tap, tap (pasos tranquilos hacia la casa de los vecinos que voy a masacrar).
Almas bondadosas, no miréis con tanta intensidad lo que le hago a la niña, puercos. Sé que de alguna forma os tenéis que masturbar en el Cielo, no soy un ingenuo.
Y dejad de cagar sobre mi cabeza. Estoy cansado de tanta mierda.
Esos pedos divinos y llenos de gracia nos joden el ozono y provocan cáncer de piel.
No os creáis tan bondadosos.

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Iconoclasta

Monto los dedos de la mano el uno sobre el otro en un ejercicio de elasticidad, coordinación y habilidad para formar una figura que no sirve para nada; me recuerda una caracola rota y duele un poco. Duele la hostia puta.
A según que edades, no hay que hacer este tipo de ejercicios. No es extraño que los dedos se hayan roto. Los huesos han rasgado la piel, pero no sale sangre; solo un polvo amarillento que se acumula en un montoncito encima de la página del cuaderno donde escribo.
Soy una momia que no debería haber sido expuesta al aire.
Conservo la mano derecha porque aún tengo locura que contar: “Padre, ahora sí te amo. Te perdono mi primer sufrimiento en la cruz. Las humillaciones que me hiciste pasar”.
La vida se acaba cuando no queda ya nada que romperse.
Cuando me quito la ropa, en el pantalón hay piel pegada de mis nalgas, una calcomanía macabra que me recuerda que es hora de acostarse cómodamente en un ataúd y esperar que alguien cierre y selle la tapa.
Mirar parte de mi culo pegado en el pantalón es un aviso como el de los dedos frágiles de la izquierda mano.
Me sentaré a la diestra de Dios, y esta vez sonreiré.
Han eclosionado huevos en mi reseco tuétano, oscuras cucarachitas de nerviosas antenas salen por los extremos de la falanges rotas y se detienen curiosas para examinar las palabras de la degeneración escritas en el papel, para después ocultarse deprisa entre las mangas de mi camisa.
“Si una vez busqué el perdón de los hombres, hoy ejecuto su destrucción desde la más sórdida y mediocre existencia, nadie creerá en nosotros, Padre. ¿Lo hago bien? Bendíceme Dios mío.”
Supongo que la piel, la externa (la interior, el alma, es un cuero viejo y duro), tiene algo más de sustancia que la tinta seca que asusta a la humanidad.
Las cucarachas pueden elegir lo que comen como yo elegí: mi Santo Padre me dio a escoger entre redimir de nuevo o castigar e ignorar el dolor. Elegí lo segundo y sonrió.
No me puedo quejar, hubo un tiempo en el que violaba, asesinaba y desmembraba mujeres y niñas. Cuando disfrutas, la vida corre a velocidad super lumínica. Ahora me descompongo para llegar a Mi Padre sin la humillación de una crucifixión que no sirvió para nada.
En un mundo de idiotas y cobardes me he hecho mi propio y discreto espacio y paraíso (uno aprende de los errores si no es demasiado imbécil).
Si pagas tus impuestos y consigues hacer creer que trabajas hasta el desfallecimiento por unas miserables monedas, puedes follar y asesinar todo lo que quieras y jamás pensarán que eres un predador; o un Jesucristo en su segunda venida.
Solo hay que ser cuidadoso a la hora de dejar el cadáver, si puede ser, que no lo encuentren. Ni a mí cerca de ellos.
Me he rascado, siento comezón en mi costado izquierdo, cerca del corazón (esas cicatrices son eternas). Se ha levantado la piel de las costillas y la carne. Un trozo de pulmón negro ha salido formando un globito que se hincha y deshincha con cada inspiración y expiración.
Lo cierto es que hay más expiraciones que inspiraciones. Se nota que ya no se airea bien la sangre: una oruga ha salido royendo la ampolla pulmonar en busca de un aire más rico en oxígeno y con menos locura.
Es fácil llamar a esto locura cuando no se entiende la degeneración y la degradación divina.
La oruga se arrastra por mi costado para caer al suelo y con sorprendente agilidad, llega hasta el cadáver de la pequeña Lourdes de ocho años, se arrastra por su pierna izquierda y llega a su sexo impúber y macilento por la muerte de dos días para alojarse en su raja ensangrentada por la impía dureza de mi falo. Se toma un tiempo de diez minutos para hacerse mariposa y desplegar sus negras alas mojadas, esperando que este aire infecto las pueda secar.
Ha preferido hacerse crisálida en un cadáver apestoso antes que en el cuerpo del Hijo de Dios. Mi Santo Padre tampoco es infalible.
Me levanto y dando una patada al coño infantil, aplasto a la mariposa de la muerte.
No tengo porque sacar el cadáver de aquí antes de que mi Padre me llame de nuevo a su lado. No me gusta el olor de lo podrido aunque sea yo la causa; pero no molesta. Será un muerto testimonio, como todos los de la biblia.
De la fosa izquierda de mi nariz se escurre una baba rojiza y espumosa que cae en el diario, encima de la frase: “Los he matado con tanto placer, Padre mío, que mi pene incircunciso no descansa de una erección eterna”.
Padre me apoya en cada acto de asesinato, en cada descuartizamiento.
Quemé un millón de judíos.
Ojalá hubieran sido aquellos que me apedrearon y me arrastraron hasta el bueno de Pilatos, que los despreciaba.
Lancé trescientos mil niños vivos a los hornos crematorios, yo era un soldado alemán que creía en su trabajo. Y me ascendieron a cabo del servicio médico donde arranqué más de diez mil penes circuncisos.
“Me gustaba especialmente ver a las preñadas judías a través de la pantalla de rayos X, y me fumaba cigarros mirando el feto, pensando en cómo se achicharraba en la barriga de su madre. Te lo debo a ti, Padre Mío. Te doy gracias por esta segunda oportunidad”.
Metí cosas en los coños judíos deseando impúdicamente la venganza de aquellos hijos de puta que me asesinaron en Jerusalén.
Y se creían que mi segunda venida sería para dar nuevas esperanzas…
Idiotas.
Mi parusía ocurrió hace más de cien años, nadie lo supo. Mi Padre me dijo: Esta vez no sufrirás, gozarás, Hijo Mío. No hay que redimir, hay que castigar.
Nací en el seno de una mediocre e ignorante familia, y muy pronto, al cumplir los catorce, violé a mi madre con el pene de mi padre; se lo seccioné limpiamente mientras dormía y como hiciera dos mil años atrás, le di paz espiritual a mamá y la penetré con el pequeño pene mientras le hacía una gran herida en su seno izquierdo para arrancarle el corazón y ahogar a su marido con él.
Yo no la follé, me daban asco sus negros muslos ennegrecidos en las grasientas ingles. Su raja estaba casi siempre abierta por el peso de una barriga repugnante.
Disfruté más masacrando a mis padres que convirtiendo el agua en vino o caminando por encima del mar.
Durante decenas de años he matado todos los seres que he podido, viviendo en la oscuridad, en la ignorancia de la humanidad. No he sido líder, solo una bestia que acecha y mata.
Matar niños es la burla, venganza y escarmiento por aquella estupidez que una vez mi Padre me hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí.
“Santifiqué su muerte hundiendo los dedos en su sexo virgen y pinté la cruz en sus pechos apenas desarrollados con la sangre de su virgo roto. Luego le abrí la garganta con mis dientes. Llené un cáliz bendecido con su sangre, con su vida”.
Yo he dicho ya cientos y cientos de veces: Dejad que raje a vuestros hijos y después os quemaré vivos a los padres.
Ahora muero ya agotado, cien años y pico son demasiados, incluso para Jesucristo resucitado.
Mis apóstoles son las ratas que alimento en el sótano de la casa. Les lanzo pequeños trozos de carne de pecadores para que coman, para que aprecien el amargo sabor de la humanidad.
Me acerco hasta el coño de la niña. Es sexo sin vello, me pregunto si a su edad pensaba que un día su vagina se tornaría peluda, que tendría tetas. Seguramente estaba a punto de pensar en esas cosas.
Le arranqué los ojos con un cuchillo sucio y mal afilado de cocina, no sé si gritaba por el dolor o por la violación, estaba demasiado ocupado derramando mi semen sagrado en ella.
Aparto a la mariposa que se debate en agonía medio aplastada entre sus pocos desarrollados labios mayores y metiendo el dedo en la llaga de mi costado para mortificarme, la lamo.
El sabor de la orina no es peor que el vinagre en los labios cuando estás muriendo en la Cruz.
Me sangra la lengua, está a punto de caer. Mi Padre no deja que mi degeneración física duela demasiado, solo un poco; pero no puede controlar la ponzoña que he acumulado a lo largo de estos años en mi mente prodigiosa y ejecutora de los más letales milagros.
Escribo: “La pequeña Lourdes es mi última víctima y la ofrezco en sacrificio a Dios, mi Padre. Me siento bañado por el Espíritu Santo. Me ha pedido cientos de veces en su cautiverio,que no le hiciera daño. He llorado con ella, porque he sentido su horror en mi propia carne”.
Cierro el cuaderno con toda mi vida detallada, para que la humanidad sepa que se llevó a cabo la Segunda Venida. Y que el anticristo era solo un cuento de las mentes drogadas de mis apóstoles ignorantes.
A los ignorantes los has de alimentar con mentiras para que funcionen como quieres.
Morticia, la rata más vieja y gorda (está conmigo desde mi adolescencia) muerde el dedo pulgar de mi pie derecho porque ya está muerto. No me molesta, además, pretendo dejar un cuerpo completamente abominable para que se joda la humanidad entera.
Una luz blanca inunda esta casa en ruinas de suelo sucio y mugriento. Los rostros de tantos seres que he asesinado lloran en un sufrimiento eterno: reviven su tortura y muerte eternamente.
Mi Padre sabe ser impactante.
Morticia se lleva mi uña a lo oscuro y se la come sentada sobre sus patas traseras, observando como la luz me lleva al trono de la diestra de Dios Todopoderoso. Observando atentamente como mis brazos y piernas se desgajan como ramas podridas de mi tronco.
Había anotado en el cuaderno, escribiendo sobre la baba rojiza que se desliza de mi nariz corrupta: “Volveré si Mi Padre lo pide, y cuando me lleve por tercera vez a su diestra en el Cielo, os arrastraré a todos al infierno, judíos y hombres de mierda.”
El cardenal Juan Bautista, recogerá mi diario por un mandato de Dios y será incluido en la biblia como el libro llamado Verdadero Testamento, a continuación del Nuevo.
El cuerpo de Lourdes será embalsamado y ocupará un lugar preferente en el Vaticano, para que todos sepan que se cumplió la parusía y que el apocalipsis solo era una colección de postales infantiles comparadas con lo que Yo Jesucristo , he ejecutado en el nombre de Dios Padre, del Espíritu Santo y de Mí Mismo en un misterio que no es tal.
Soy libre, soy Dios y soy Espíritu. Me llevo la sangre de la humanidad como un sabor dulce en el paladar y en el alma.
No sé si volveré de nuevo; pero no lo deseéis jamás.
Una última anotación, antes de que se desprenda mi mano derecha:
“Ego no os absolveré jamás, jamás existió el perdón, judíos”.

Iconoclasta