Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Me gustan las oscuras tardes veraniegas de tormenta, cuando cae rápidamente la temperatura del ardor y mi piel responde erizándose, evocando sus labios frescos, los muslos templados y vibrantes, los pezones duros que devoré y exprimí con ansia atávica.
Y ella desfallecía voluptuosamente clavada a mí con la respiración entrecortada.
Instantes frescos de íntima penumbra en la casa, en los que mi elaborada coraza se relaja y los recuerdos forman un manantial de agua oleosa y fría que anega mis órganos.
Una sangre incolora…
Una emotiva dilución de mí mismo.
Y triste.
Y eréctil.
Hasta el puto dolor del alma y la polla.
Una repentina y debilitante melancolía por todo aquello que nos quedó por hacer.
Y follar… Follarte… Metértela…
Enciendo el cigarrillo trescientos del día que sea hoy y sueño que aspiro su alma escondida entre sus atentos y brillantes ojos desafiantes, en sus dedos coreógrafos que me arrastran inevitablemente a un placer que aboca a la animalidad. Y su coño.
Su bendito y hambriento coño.
Y en mi tarde oscura invado con violencia su impúdica e impía humedad con la misma fuerza con la que el fulgor de los rayos me delata triste y abandonado en lo oscuro.
Confirmo con mis defensas rotas que la necesito mil veces más de lo que creía intuir; pero ya es tarde
La tormenta aleja y mi semen es un frío cadáver no nato, no formado, escurriéndose por mis dedos desfallecidos.
Soy un mierda.
Misericordia.

Foto de Iconoclasta.

El amor pareciera, al igual que los aparatos electrónicos, que tiene una obsolescencia programada.
El romanticismo y la euforia sexual iniciales durante el enamoramiento, nos lleva a jurar un “amor eterno” como cotorras durante semanas. En la práctica sólo los hijos disfrutan de un cariño eterno, el de sus progenitores.
Y es un alivio la elevada mortalidad del amor, porque nos da la esperanza de volver a experimentar la pasión del descubrimiento.
Un amor eterno, de existir alguno, es como una bendición: una pesada carga que hace los días peligrosa y adocenadamente iguales.
Días asépticos de más de lo mismo.
Así que ocurre con el amor como con los reyes que afortunadamente mueren:
¡El amor ha muerto! ¡Que viva el amor!
Además, el amor nace directamente en los órganos sexuales y poliniza o parasita (es subjetivo) el cerebro. Al final, tampoco es algo tan místico como para lanzar cohetes con trueno final, palmera multicolor y lluvia de estrellas crepitantes.
Es noventa por ciento carnal y está sujeto a las normales degradaciones de la carne y sus inapetencias.

“¡Esto no es real!” algunos exclaman airados.
Y es una lástima que no lo sea y seguir bregando cada día con esta mediocre y mezquina realidad. Sin esperanza para la fantasía de amarte con mis dedos hundidos en tu coño y ser amado con mi rabo en tu mano.
Aunque la fantasía trajera el horror.
Tu mente la tengo, me llena los días; pero la viscosidad que hace brillantes como el esmalte tus muslos, sigue siendo como la máquina del tiempo, mentira.
Te evoco y en lugar de exclamar, gimo en un rincón en penumbra que guarda mi frustración de la vergüenza ante el universo: “¿Es que jamás será real?”.
Mi hermosa Jade Negro…
–Ico, como tú dices: “Estamos abandonados”. Esta lobita un día te comerá para llevarte siempre dentro. No me niegues, hay una estela de muertes tras de mí.
–Jade… ¿Crees que lo irreal soy yo?
–¡Ay qué joda, Ico! Con lo cachonda que estoy siempre y tú tan metafísico.
– ¡Cabrona!

Foto de Iconoclasta.

Tu coño es la fragua ardiente y mi rabo el hierro al rojo vivo de cárdenas y retorcidas venas colapsadas de sangre hirviendo. De la tuya y la mía, ya no sé distinguirnos.
De esperma bullendo en mis cojones duros y contraídos, ante la perla que asoma entre los pliegues de tu chocho, más sagrado y deseado que un buda o jesucristo si existieran. Gimiendo por clavarme en tu pensamiento para siempre, de una vez por todas.
Follarte el alma, confundir nuestras carnes, líquidos, colores, sonidos… Las horas y el aire.
Mirar la misma luz y soportar obscenamente enganchados las cochinas ignominias de la vida.
Llorar ante tus impúdicos espasmos con lácteas lágrimas de mi puto semen deslizándose por tus muslos, los tiempos perdidos sin tenernos ante un coro de fariseos que, puercos gritan: “¡Correos! ¡Correos! ¡Correos!”. Sodomizándose como perros en celo, lamiendo el barro amasado en la tierra en la que follamos.
Convertirnos ante el universo-mierda en el caldo primigenio del único amor, de nosotros mismos.
Y que no surja vida de la cópula, muertos los hijos antes de ser engendrados… No deben nacer. Sin más injerencias entre tú y yo.
Que mi leche muera en la tierra y en la boca de los puercos.
Bendito el estéril hedonismo y tú, replicándote infinita en cada una de mis fibras nerviosas.

Te extraño en la gelidez y el ardor, en la pobreza y la tristeza, en la enfermedad y el agotamiento, cuando la ira me posee y dibujo cruces al revés o bebés sin cabeza en mi cuaderno.
Cuando miro la fúnebre luna muerta o un cielo negro a pesar de sus incontables estrellas, maligno por sus gases cósmicos letales.
Y te extraño mirando los nuevos brotes de los cerezos en esta gélida agonía del invierno.
Me urges mirando mi sombra fantasma, lo que apenas queda de mí.
No te echo de menos en la paz y la alegría porque están en ti, entre tus pezones que se erizan con mi baba animal, entre tus muslos resbaladizos y vertiginosos que esconden los mudos labios vibrantes. Y en el sonido que surge de tus labios y el corazón ardiente y pulsante de vida.
Si por algún extraño fenómeno sintiera esa paz y alegría, te extrañaría también en ellas; pero semejante posibilidad es ciencia ficción si estoy sólo conmigo y mis miserias.
Te amo asaz y nada que no me mate puede evitarlo por doloroso y sórdido que sea.
Besos y una postal desde el infierno, cielo.

Foto de Iconoclasta.

Aleatoriamente puede surgir un día de invierno en el que el frío deja de susurrarme al oído: “Te voy a matar, te voy a matar. No permitiré que la sangre llegue donde debe y morirás. Te mataré.”.
Y hoy guarda silencio el muy astuto, sabe que también se aproxima su muerte y experimenta, como yo, la fatiga de vivir.
Los sabañones de las articulaciones de los dedos y bajo el filo de las uñas duelen menos. Soy un poco menos tullido y no pesa la vergüenza de caminar lenta y torpemente. La sangre se calienta dando elasticidad a los tejidos y un poco de calidez a los huesos y al alma que protegen dentro de sí.
No es que esté bien, es menos malo.
Y superada la supervivencia se abre un resquicio para la ternura y el amor.
E igual que en los inicios del otoño, como un óleo extendiéndose dentro del pecho, la melancolía vuelve. Pienso en la calidez de la piel amada y deseo con urgencia acariciarla con dedos y labios. Contarle que estoy ileso en mi lucha contra el frío, que aún soy fuerte.
Quiero que se sienta orgullosa de mí a pesar de que no me engaño, sólo soy un mierda cansado.
Y ahora, el frío comienza de nuevo a susurrarme la muerte. Le hacen coro espectral las crujientes lamentaciones de quebradizas y desnudas ramas que agita con su aire helado.
Se acabó la tregua. Relego el amor al tuétano de mis huesos, junto al alma si no ha muerto.
Cierro el puño a pesar de que se rasga con irritante escozor la piel y camino de nuevo con la humillante torpeza que me hace hostil a todo.
No voy a morir sonriendo con resignación de mierda.

Foto de Iconoclasta.

Los colores que ofrece la mañana son frescos, vibrantes, húmedos.
Enérgicos y energizantes.
Los del mediodía secos, aplastados por un sol despiadado que destruye las sombras y contrastes, es la verticalidad uniformadora. Como un dictador robando matices y creando un cromatismo anodino.
Los colores de la tarde son relajados, llevan horas luchando contra el sol y, ahora que se hunde en el horizonte, se toman un café con tranquilidad porque lo peor ha pasado.
Se oscurecen saturándose dramáticamente antes, para dormir negramente.
Incluso las frecuencias están sometidas a los movimientos cósmicos.
No es extraño así, que haya una hora preferida para morir.
Y otra para follar.
Luchar.
Llorar.
Desear…
Sin embargo, el pensamiento no cesa en ningún momento, no afloja su enloquecido ritmo.
Ni en el sueño.
Es sortilegio y maldición.
Es contra lo único que el sol pierde su poder.
El jodido e incombustible pensamiento…
No lo escribo con orgullo, sino con resignación; porque quisiera ser un color fumándose serenamente un cigarrillo al atardecer.
Que el pensamiento cese, se relaje por unos instantes aún a riesgo de parecer imbécil.
El pensamiento tiene el superpoder de lo infatigable. También de lo irritante, pero como efecto secundario.
Y me vampiriza.
Me canso de enlazar tonterías, de escribir en el borrador de mi cerebro.
Y si dejo de hacerlo por algún ataque de amor o melancolía, tengo la sensación de morir un poco.
Temo que al dejar de pensar, lanzo a la basura las deliciosas y frágiles ideas multicolores. O una negra y poderosa.
O tu coño desflorado a mi lengua, a mi pene que ciego parece llorar un aceite denso de incoloro deseo.
La locura no es algo de lo que sentirse orgulloso.
No importa si el sol se pone, porque enciendo la luz en mi cerebro despertando los colores. Es un defecto con el que me parieron, no lo pedí. Sólo lo uso, como los dientes.
Y esa luz en el cerebro, me da el consuelo y la fuerza de no sentirme arder.
La noche es para escribir sin preocupaciones de que el procesador alcance una temperatura crítica.
La tinta luce como si su color fuera matinal de fresca, vibrante y húmeda deslizándose ágil en la página y en tus muslos escribiendo los versos obscenos.
No puedo, no quiero dormir con el remordimiento de haber perdido una graciosa, insignificante o tonta graciosidad.
Dormirme sin pretenderlo es la única piedad. Caer repentinamente en la onírica locura, cuyas aberraciones se diluirán al instante mismo de despertar.
Y si no fuera, así… Misericordia.

Foto de Iconoclasta.

Ejemplo de amor comprimido en soporte de celulosa.
Cuánto cabe en tan poco espacio…
No es por reciclar, es simple desesperación.

Foto de Iconoclasta.