Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Aleatoriamente puede surgir un día de invierno en el que el frío deja de susurrarme al oído: “Te voy a matar, te voy a matar. No permitiré que la sangre llegue donde debe y morirás. Te mataré.”.
Y hoy guarda silencio el muy astuto, sabe que también se aproxima su muerte y experimenta, como yo, la fatiga de vivir.
Los sabañones de las articulaciones de los dedos y bajo el filo de las uñas duelen menos. Soy un poco menos tullido y no pesa la vergüenza de caminar lenta y torpemente. La sangre se calienta dando elasticidad a los tejidos y un poco de calidez a los huesos y al alma que protegen dentro de sí.
No es que esté bien, es menos malo.
Y superada la supervivencia se abre un resquicio para la ternura y el amor.
E igual que en los inicios del otoño, como un óleo extendiéndose dentro del pecho, la melancolía vuelve. Pienso en la calidez de la piel amada y deseo con urgencia acariciarla con dedos y labios. Contarle que estoy ileso en mi lucha contra el frío, que aún soy fuerte.
Quiero que se sienta orgullosa de mí a pesar de que no me engaño, sólo soy un mierda cansado.
Y ahora, el frío comienza de nuevo a susurrarme la muerte. Le hacen coro espectral las crujientes lamentaciones de quebradizas y desnudas ramas que agita con su aire helado.
Se acabó la tregua. Relego el amor al tuétano de mis huesos, junto al alma si no ha muerto.
Cierro el puño a pesar de que se rasga con irritante escozor la piel y camino de nuevo con la humillante torpeza que me hace hostil a todo.
No voy a morir sonriendo con resignación de mierda.

Foto de Iconoclasta.

Los colores que ofrece la mañana son frescos, vibrantes, húmedos.
Enérgicos y energizantes.
Los del mediodía secos, aplastados por un sol despiadado que destruye las sombras y contrastes, es la verticalidad uniformadora. Como un dictador robando matices y creando un cromatismo anodino.
Los colores de la tarde son relajados, llevan horas luchando contra el sol y, ahora que se hunde en el horizonte, se toman un café con tranquilidad porque lo peor ha pasado.
Se oscurecen saturándose dramáticamente antes, para dormir negramente.
Incluso las frecuencias están sometidas a los movimientos cósmicos.
No es extraño así, que haya una hora preferida para morir.
Y otra para follar.
Luchar.
Llorar.
Desear…
Sin embargo, el pensamiento no cesa en ningún momento, no afloja su enloquecido ritmo.
Ni en el sueño.
Es sortilegio y maldición.
Es contra lo único que el sol pierde su poder.
El jodido e incombustible pensamiento…
No lo escribo con orgullo, sino con resignación; porque quisiera ser un color fumándose serenamente un cigarrillo al atardecer.
Que el pensamiento cese, se relaje por unos instantes aún a riesgo de parecer imbécil.
El pensamiento tiene el superpoder de lo infatigable. También de lo irritante, pero como efecto secundario.
Y me vampiriza.
Me canso de enlazar tonterías, de escribir en el borrador de mi cerebro.
Y si dejo de hacerlo por algún ataque de amor o melancolía, tengo la sensación de morir un poco.
Temo que al dejar de pensar, lanzo a la basura las deliciosas y frágiles ideas multicolores. O una negra y poderosa.
O tu coño desflorado a mi lengua, a mi pene que ciego parece llorar un aceite denso de incoloro deseo.
La locura no es algo de lo que sentirse orgulloso.
No importa si el sol se pone, porque enciendo la luz en mi cerebro despertando los colores. Es un defecto con el que me parieron, no lo pedí. Sólo lo uso, como los dientes.
Y esa luz en el cerebro, me da el consuelo y la fuerza de no sentirme arder.
La noche es para escribir sin preocupaciones de que el procesador alcance una temperatura crítica.
La tinta luce como si su color fuera matinal de fresca, vibrante y húmeda deslizándose ágil en la página y en tus muslos escribiendo los versos obscenos.
No puedo, no quiero dormir con el remordimiento de haber perdido una graciosa, insignificante o tonta graciosidad.
Dormirme sin pretenderlo es la única piedad. Caer repentinamente en la onírica locura, cuyas aberraciones se diluirán al instante mismo de despertar.
Y si no fuera, así… Misericordia.

Foto de Iconoclasta.

Ejemplo de amor comprimido en soporte de celulosa.
Cuánto cabe en tan poco espacio…
No es por reciclar, es simple desesperación.

Foto de Iconoclasta.

Eres mi fascinante fotografía que evoca todo lo que deseo y me falta.
Una explosión de sonrisas, besos, piel y palabras.
Una ternura y deseo a todo color.
Y una implosión íntima de suaves grises otoñales que dan una especial trascendencia a amarte; volutas de humo gris que hipnóticamente se transforman en todas las emociones que impregnan el aire que respiro. Y llegan tan adentro…
Eres la deslumbradora luz que acelera el corazón y el reposo de una íntima y evocadora penumbra de confidencias en susurros.

Foto de Iconoclasta.

Hace frío y la niebla rechaza el sol.
El frío agota más que nada el organismo; y pérfido te invita a dormir…
Rompe la piel de las manos y pies, se mete hasta el tuétano de los huesos.
Hasta el desánimo de no saber cuánto resistirás.
Congela el tiempo que se queda quieto como un último suspiro en la boca muerta.
Y a pesar de ello hace de la naturaleza una obra de arte de hermoso dramatismo.
El frío te consume bellamente, es astuto con sus trampas.
Es urgente desear tu calor que también me consume. Elegir tu piel que acapara los rayos del sol y te erige en este frío páramo en una diosa áurea.
Pero nada es perfecto ¿verdad, cielo?

Foto de Iconoclasta.

Todo textura… Un ser vivo que parece modelado con merengue o nata montada.
Me gusta lamer la nata entre los labios que esconden tus muslos…
Los gatos ejemplifican la vida más pura y eficiente, rondan el mundo de los humanos y no olvidan que son depredadores eficientes sin falsos escrúpulos de piedad, para ello nacieron y evolucionaron.
Como yo penetrándote, buscando tu alma que aparecerá entre los gemidos y las contracciones de tu orgasmo. Soy eficiente también follándote, vampirizando tu voluntad por el coño.
Los gatos no posan, son con independencia del decorado. Están tranquilos, no deben considerar su ser. Es un hecho que no se puede contemplar por lo absurdo. Porque sé que piensan y sueñan me lo dice la corteza del cerebro con un arrebato de ternura y cariño.
Como presiento tu hálito de vida en mi aire, sé que te respiro porque existes, porque tengo tus gemidos profundamente intrincados en el pensamiento.
Los animales no sienten carencias, no aspiran a ser más porque son perfectos. Hacen aquello que dicta su idiosincrasia, sin mirar, sin preguntar, sin esperar nada. Porque esperar y esperanza desarrollan el mal de la indolencia y la inmovilidad. De la cobardía y su depresión.
Por eso no espero a meter la mano dentro de tus bragas y acariciarte mirándote a los ojos esperando, el momento que se hagan líquidos y se derramen también entre mis dedos.
El ser humano es una especie fallida, paranoica en esencia. Es la prueba de que la naturaleza no es sabia, sólo aleatoria.
Tú eres la excepción, eres felina y la sensualidad te envuelve haciendo de mí tu presa. Me postra ante tus columnas carnales santiguándome erecto ante tu vértice sagrado. Es la única religiosidad que me permito.
Pretendía escribir de los gatos; pero cuando hablo de cariños, ternuras y amor, siempre sales y te pones al frente, en el horizonte de mi existencia.
Maldita felina, cómo no pensarte.

Foto de Iconoclasta.

Me fascina cómo las nubes y las montañas se aman, en silencio.
Como sueño amar.
Me conmueve la pasión serena con que se penetran y abrazan, se envuelven y se lloran.
Siento mío ese bello llanto del encuentro con un escalofrío de melancolía.
Me emociona mirar como unas se despiden desgarrándose la piel y las otras quedan abandonadas a sí mismas preguntándose cuándo volverán.
¡Pobre gente, qué tragedia!
Pobre de mí que pierdo un latido pensando en ella.
Las nubes podrían flotar alto si quisieran; pero descienden para cubrir a sus amantes. Se lanzan como las olas a la arena lamiendo la piel con hambre insaciable.
Yo no puedo flotar. Misericordia…
Soy una montaña y ella es líquida y cálida; una piel voluptuosa que me envuelve y, rozándome con los labios, me susurra sensualidades al oído arrastrándome a un plácido delirio.
Pero a veces el celoso viento la quiere para él y me la roba. Y al igual que la montaña abandonada, espero con melancolía mi otoño.
Nada dura tanto en la Tierra como este eterno romance de nubes y cielo.
Qué hermoso…
Y yo tan nada.

Foto de Iconoclasta.

Esperanzas impávidas, sin emociones visibles, son las que mantienen los rotos que conocen la frustración y las imposibilidades de las cosas, donde cosas = humanos.
Los humanos son cosas porque son ajenos a la esencia natural del resto de las especies animales.
El humano, mayoritaria y secularmente, es una especie animal de mente insectil y cuerpo de mamífero.
¿Qué animal se puede permitir unas vacaciones y no morir de hambre?
O peor aún ¿qué animal es capaz de vivir esclavo toda su vida? Excepto los de explotación ganadera que nacen muertos o temporalmente vivos.
Dios creó a los animales y ya harto y hastiado, al ser hombre y a la mujer como su esclava.
No me invento nada, está en las sagradas mamadas.
Datos, datos, datos….
Pero existen las cosas rotas, los humanos rotos que fuerzan la pasión más allá de lo que la lógica y mediocridad pueden entender. Se fragmentan, desgastan y agotan la vida con muy pocas esperanzas de ganar.

Hay una voluntad de trágico romanticismo en romperse una y otra y otra vez.
¡Qué valientes son los seres que se dejan rasgar el alma y la piel por la pasión de amar!
Por deseo.
Por trascender.
Por sentir.
Por existir.
Por un amanecer con su amante.
Porque se equivocaron una vez e insisten en volver a equivocarse.
Se parten en dos mentes, una es para quien desean y la otra sobrevive en la realidad en la que son presos.
No existe el amor perfecto y eterno; pero no se rinden acunando su fragilidad, protegiéndolo incluso de la propia química de sus biologías.
Y temen lo peor: que cuando el amor se haga tangible se infecte de mediocridad, de la realidad.
La realidad es un lugar hostil para algo tan etéreo como el amor. Lo saben y por eso han partido su mente en dos pedazos, en dos dimensiones, en dos universos: en un sueño de acceso restringido que los hace únicos y abandonados. Y una praxis que les permite las elementales tareas de supervivencia.
El sueño al que asisten cuando la realidad los aplasta y les roba la alegría tan poca.
No dan consejos de amor y pasión aunque son ingenieros doctorados en arquitecturas oníricas del amor y la pasión.
Seres que escriben metáforas arcanas, indescifrables para los intrusos y otros hongos.
Se abrieron el pecho con sensualidades y construyeron dentro una cámara acorazada de seguridad contra la vulgaridad para su tesoro de amor.
A veces divago… Me gustaría ser un superhéroe del amor; pero es tarde. Mis fracturas no se regeneran ya no cicatrizan.
Un día con una tos, se me escapó el amor de mis pulmones rasgados.
No puedes romperte continuamente y pretender salir ileso.
Quedan secuelas.
Al final de la fortaleza, sólo queda un eco de amor que podría derivar en locura.
El amor nos degasta porque es su función, se alimenta de ilusiones de nuestro pensamiento, del cerebro, del alimento, de nuestro tiempo…
El amor es frágil, pero exige fortaleza para resistir sus embestidas.
Os veo sangrar por dentro y llorar quedamente por fuera con una sonrisa que no engaña.
¡Cómo os admiro, mis apreciados quebrados!
El amor debe ser violento en su pasión y demoledora exclusividad; pero al igual que con una tormenta, no se puede luchar contra él. Sólo soportarlo y que su viento no te arrebate de la realidad y te precipites a un purgatorio donde nadie tiene la posibilidad de hacer tangibles los deseos mínimos.
Donde no es posible dar o recibir y colapsa la mente.
Una vez experimentado el amor, no sólo se pierde el miedo a la muerte. Hay momentos de angustia que te preguntas dónde está esa hija de puta para llevarte lejos de tu tragedia de amor.
Lo peor de un tiempo sin amor es la visión de un horizonte vacío.
Los rotos sois unos privilegiados de la tragedia.
Puedo escuchar vuestros corazones forzados y buscar el aire del amor dibujando sus labios en el aire con un dedo que gotea la esperanzas muertas.
Vuestra agonía es la más hermosa, fascinantes vuestras fracturas y la determinación de no curarlas.
Y lo más increíble es que toda esa épica, un día la volveréis a vivir.
¡Qué locos mis rotos!
Qué generosidad derrochadora de vida.
Alguien os aconsejó prudencia y dijisteis: Y una mierda.
¡Bravo, mis ensangrentados seres admirados!
Mujeres y hombres rotos derrochándose, dándose a sí mismos como materia combustible.
Regalándose a pesar de la realidad que los somete con su vulgaridad, cotidianidad y banalidad. Un cártel de mafias que como la banca, siempre nos vence.
La cuestión es cuánto tiempo aguantar.
Por ella o por él, bien vale una fractura ¿verdad?
Y otra más…
Qué delirio y privilegio ser uno de los pocos rotos que habitan en la Tierra.
Nadie contará vuestra historia porque el amor no es un libro, es un vapor, una emotividad, un padecimiento y placer que escapa a toda lógica, mesura, planificación y voluntad.
Si el amor dotara de una visión superior a los amantes se verían como hermosos zombis con rosas clavadas profundamente en el pecho y los sexos palpitantes porque no hay pasión sin una carne que la contenga.
No en esta dimensión.
Guardáis silencio porque no os fiais de mí, que sólo soy una gris realidad.
Tan solo ejerzo de notario, sin afán de lucro.
Gracias por mostraros abiertos, sólo pretendo admirar lo que ya no puedo sufrir porque ya no hay tiempo y un ataúd es el aislante perfecto del amor y su desproporcionado voltaje.
Cortocircuitos neuronales, fisuras entre el tejido muscular, roturas óseas, hernias y corazones al límite del fallo cardíaco; son las patologías de los rotos por amor y la pasión en un lugar donde un liquen mezquino lo cubre todo.
Los puedes distinguir porque sus miradas están saturadas de curiosidad y determinación, como si miraran a tus espaldas cosas invisibles.
Captan las invisibles e inaudibles frecuencias del amor.
Yo mismo soy un roto; pero ya desgastado, apenas tengo una poca carne para el amor y ningún hueso que ofrecer. La pasión es una droga degenerativa para el organismo.
Soy un yonqui con las venas podridas.

En el aire había una distorsión, parecía un torbellino de agua flotante.
Siempre la busco y ubico en todos los lugares y tiempo de mi cotidianidad y de esa deformación del aire, aunque fuera una espejismo de mis ojos gastados, me permití la ilusión de que podía ser un portal para llegar a ella en un instante.
Y entré en el torbellino como un adulto que no cree en lo extraordinario, pero nada ni nadie le impide soñar. Una solitaria y secreta travesura más de amor, no podía hacer daño… Era sólo un espejismo, una avería de mis ojos.
Me hice pequeñito como los niños de algunos cuentos de la infancia.
Me sentía turbado, alterado por un temor extraño que corría bajo la piel, como cuando la tierra se mueve por un terremoto y te das cuenta con un escalofrío de la enorme magnitud de la fuerza del planeta. No volví atrás, si en el mundo grande no te encontraba, la buscaría en un mundo en miniatura.
A veces hay intuiciones…
Comencé a caminar esperanzado en un bosque en el que las cosas mínimas formaban otro bosque, tal vez mágico como ella, mi hada amada.
Avanzaba penosamente entre una selva de altas hierbas y flores grandes como árboles.
El mundo era, al mirar al cielo, terroríficamente grande. Los árboles colosales parecían no tener fin y perderse sus copas más allá de lo azul.
Y no sé el tiempo si también se encogió, porque agotado me senté a descansar bajo el sombrero de una seta y en un instante de lucidez fui consciente de estar loco de amor. Y tuve miedo, temí lo peor: ¿Quién va a amar a un loco?
Deseé que estuviera loca también para no ser ajeno a ella.
No soy un ingenuo; pero cuando eres miniatura piensas como tal, sencilla y pequeñamente sin alejarte demasiado de lo que eres, sin sobrevalorarte, esperando lo peor.
Respiré hondo, me serené y tuve la certeza de que fuera adonde fuera, al mundo más grande, al profundo, al etéreo, al líquido, al de piedra… No la encontraría porque está en todo tiempo y lugar. Es sencillamente inabarcable, sólo puedo sentir una fracción de ella. De la misma forma que le preguntas a alguien en qué piensa y se bloquea porque no hay suficiente vida para traducir a palabras el pensamiento.
Bajo el sombrero del hongo lloré secamente esta verdad revelada. Purgué mi incapacidad hasta que una oruga voraz erizada de gruesas espinas me comió en dos segundos el meñique, anular y corazón de la mano izquierda que acariciaba la tierra cálida y húmeda. Con la derecha fumaba un micro cigarrillo.
Y escapé lejos de la monstruosa oruga sintiendo una inmediata añoranza de mis dedos más que dolor.
Ahora entiendo porque los cuentos infantiles no tienen final feliz o les pasan cosas malas a los pequeños. El problema es que cuando te encoges, el mundo se hace colosal e insensiblemente cruel. Sólo eres un microbio…
Y tal vez el amor se torne también monstruosamente voraz.
Me come ahora que soy pequeño.
Sentía angustia, ¿cómo iba a ser mi vida sin mis dedos, cómo explicar la mutilación? ¿cómo un día acariciarla con la mano mutilada, fea, horrorosa? Y aun así, en otro alarde de locura pensé que era un precio razonable por buscar a mi amor en otra dimensión como he soñado tantas veces.
Comenzó a oscurecer a pesar de que a miles de kilómetros arriba se podía ver entre las lejanas ramas el azul del cielo. El miedo se apoderó de mí, no quería que la oruga me comiera también la cabeza.
La oscuridad se llenó de ruidos, de amenazantes chirridos, algunos tan cercanos que me llevaron a correr a oscuras y caer y caer y caer…
Y la aguja de un pino se clavó en mi muslo como una lanza. Conseguí extraerla, pero manaba tanta sangre… En la última luz que quedaba vi una hebra de telaraña vieja y rota prendida en las púas bajas de una zarzamora y me hice un torniquete.
Se me cerraron los ojos de agotamiento, miedo y dolor. Cuando encontré fuerza para abrirlos, un disco de plata iluminaba suave y gélidamente el bosque. La luna llena era demasiado lejana y pequeña a mis ojos, me costó identificarla.
No tenía frío, la tierra me transmitía su calor vital.
No podía dar un paso más, notaba un corazón palpitando en mis heridas y me negaba a examinar la mano mutilada.
Y otra aberración óptica apareció como un pequeño sol ante mí. Un burbuja dorada que se estiraba y contraía, como el cebo de un anzuelo para atraer a los peces. Avancé lentamente hasta ella y cuando miré dentro, me succionó.
Imaginé que era una alucinación, una metáfora de mi muerte por desangramiento.
Y ahora soy donde nada duele, donde no hay sonido, ni orugas. No siento ni siquiera necesidad de amar porque soy una partícula, un pensamiento inmaterial que no precisa respirar. Una conciencia eterna, un quark indivisible donde el amor ya no es deseo, sino serenidad. Y sin cuerpo, el amor es una obra de arte de mi conciencia, un orgullo de sentir.
Fue importante amar, la ilusión no fue una pérdida de tiempo al final.
Soy una partícula subatómica indivisible sometida a las fuerzas y corrientes de la materia oscura de un cosmos tan grandioso y tan inabarcable como tú, mi lejano amor.
Soy una mínima y completa estructura de pensamiento puro que cobija infinitas ideas.
Así son los dioses que pueblan el universo: partículas indivisibles que guardan la memoria vivida y contemplan y se llenan de experiencias. Ahora sé que todo mi pensamiento, no ocupa espacio ni tiempo. Soy un pensamiento libre de materia y estoy en todo lugar y tiempo expandiéndome a mi interior.
Hace unos segundos la oruga casi me devora y me he emocionado con la formación de una estrella que se ha convertido en una agujero negro a lo largo de millones de años en la escala temporal de la carne sufriente.
Sin cuerpo, en la dimensión cuántica el tiempo pasa tan veloz que puedo ver estrellas formarse e implosionar en un instante y tan lento como para reírme de la angustia que sentí en aquel bosque en miniatura hace unos segundos.
Todo ocurre al mismo tiempo, en un caos fascinante.
Soy un fenómeno cuántico producto del amor y la imaginación, de alguna forma me convertí en lo que buscaba. Y dentro de un millón de años o de una trillonésima parte de un segundo, no habrá variado nada, de lo que siento, lo que amo, temo y admiro. De lo que experimenté y descubrí. Soy un proceso libre.
Lo que importa es que ya no hay búsqueda y no es necesaria la esperanza. Soy un todo consciente liberado de toda carga, incluso atómica.
Y mi amor será eterno e indivisible como mi naturaleza cuántica.
Bye, amor, todo irá bien, te lo juro.

Foto de Iconoclasta.

De repente te aíslas del rugido del agua, de las voces y la lluvia seca; el crepitar de las hojas muertas que caen y pisas.
Mantienes la respiración porque algo va a ocurrir.
Y el silencio lo llena todo…
El silencio despliega el telón de un momento de inusitada belleza y paz.
El agua, la fronda y la garza parecen girar en un caleidoscopio hasta fijar el momento perfecto de la serenidad y la armonía. Y provoca un vértigo en el pensamiento.
La garza está ahí porque puede, es la pura esencia del ser, sin necesidad alguna, sin vanidad. De hecho, es ajena a todo, hasta tal punto que niega mi existencia.
Yo no existo y ella es el único ser vivo de ese mundo que ha sido revelado.
¿Sabes, cielo? Así te sueño, en el momento perfecto. Yo manteniendo la respiración, inexistiendo para que nada enturbie tu mundo al que aportas fascinación. Soy un admirador fantasma, un testigo accidental e intangible de cosas hermosas.
No está mal mi privilegio para ser un fracasado…
Hay momentos de melancólica dicha que parecen ríos de agua tibia corriendo bajo la piel.
Adiós garza.
Adiós, mi amor.

Foto de Iconoclasta.