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Soy el hijo que no pudo ser abortado, y luego demostró con su maldad y odio ese accidente o error.
Si hubiera sido decidida y valiente mi madre, hubieran muerto muchos miles menos; pero una adolescente mediocre y con un cerebro aún más vulgar, sintió el peso de la conciencia insectil humana y desgarré su coño para emerger a esta cochina luz que ese dios maricón creó.
Si hubiera sido humano, así me gustaría haber nacido. Y arrancarle los pezones a bocados cuando me diera de mamar.
Afortunadamente no soy hijo de mono. No soy un primate como vosotros.
Me creó con materia fetal Dios el melifluo maricón, junto con otros diez mil ángeles.
Supe corromperme y crear músculos llenos de sangre ponzoñosa, rellené los huesos con tuétano de materia cadáver.
Y en toda esa carnalidad pulsante, maloliente y venenosa prendió también la eternidad que Dios concedió a sus ángeles.
Desarrollé inmunidad contra la bondad y su dios. Resbalaron sobre mi piel feroz los mandatos y el amor a la humanidad.
Creé el infierno donde sufren ángeles y primates reviviendo en un ciclo sin fin el dolor más fuerte que marcó sus existencias.
Soy el nº 1 en la lista de Forbes en millones de almas de mi propiedad. Y no todas son malvadas o han cometido pecado mortal. Están en los sótanos de mi oscura y húmeda cueva porque soy rápido cazando las almas que se desprenden de los cadáveres de los primates cuando mueren o cuando los descuartizo.
Lo cierto es que las almas son accidentales, son la molesta consecuencia de las matanzas que cometo, que gozo, que necesito realizar.
Si no tuvieran vapor o alma, haría exactamente lo mismo con ellos: aterrorizarlos, torturarlos y matarlos. Si el alma pudiera ser asesinada, no existiría el infierno y unas pocas almas idiotas habitarían el paraíso de Dios, el homosexual y pederasta sagrado. Porque masturbarse o ser acariciado por un estúpido y asexuado querubín, es lo mismo que usar primates de cinco años.
Odio a los primates porque son creaciones de Dios y son repugnantemente parecidos a él en sus maneras y pensamiento, sobre todo por esto los odio hasta la extinción.
Os odio aunque estéis dormidos. Os odio tanto que deseo vuestra resurrección para mataros de nuevo. Para mataros un millón de veces. Hasta que el universo se extinga…
La Dama Oscura se acerca caliente, sin un solo vello en su vagina que se muestra por debajo de una falda que no es más que un concepto, una trampa sexual para atraer la atención a su coño. Su raja abierta, dilatada, está brillante de viscosa humedad. Su chocho tiene hambre. Cuando pienso profundamente en mí mismo, entra en celo, se calienta. Hay alguna conexión entre mi maldad y su coño de la que ninguno de los dos podemos escapar.
Tengo una teoría: cuando pienso en mí, en mi historia y pasión y mi ansia de aniquilación humana; mi polla se pone dura y actúa como antena de emisión. Y ella recibe las vibraciones de mis cojones y el semen que presiona hacia un glande amoratado, henchido con la sangre que lleva la vida, el veneno o la dureza de la reproducción. Del sexo brutal e impío.
Así que separo los muslos, alzo cada pierna sobre los reposabrazos de mi sillón esculpido en roca, una roca que no puede herir el cuero grueso que recubre mi carne. Mi ano se ofrece indefenso ante cualquier agresión, porque si hay algo que soporto, tanto como lo provoco, es el mortificante paroxismo del dolor supremo e íntimo. Aquel al que no llegan manos para consolarlo, tan profundo, tan devastador para la mente.
Y le regalo mi polla, para que haga lo que deba, lo que quiera.
Y decide atar una cuerda ruda en la base del pene y estrangularlo.
Observo fascinado como se congestiona, las venas pulsan a punto de reventar y cuando noto que algo malo ocurrirá, suelta el lazo y la sangre corre de nuevo en tromba hacia el pijo. El glande entra en espasmos y grito con todo mi poder. Las almas crean un coro de terror que inunda la cueva y los crueles desaparecen en la oscuridad, excepto uno.
La Dama Oscura se arrodilla y traga hasta sentir náuseas mi falo y escupo mi semen que brota con fuerza inusual inundando su garganta. Parece vomitarlo y por la nariz escupe el semen regando mi pubis. Tose y se ríe…
Un cruel, lame su coño, con su rugosa lengua de jabalí monstruoso. Mi Oscura gime de placer y dolor, y escucho excitado el obsceno chapoteo de la lengua en su sexo hirviendo, lacerada la piel… Lo noto en sus espasmos de dolor, son como pequeños orgasmos que erizan sus pezones más allá de lo que la bondad puede soportar.
Y no tiene bastante, agarra una de las afiladas navajas del cruel y lo fuerza a meter más profundamente el hocico entre sus muslos. Con la boca llena de mí y dejando escapar el esperma, grita mudamente y se aferra a mis cojones llevándome a otro nuevo nivel de dolor.
Desenvaino de entre los omoplatos mi puñal y corto sutilmente la piel de su rostro hasta que una fina de línea de sangre se desborda en pequeños ríos. Y ella responde cayendo a mis pies, gritando un orgasmo entre convulsiones, con el cruel casi asfixiándose en su coño sin dejar de lamer.
De repente, cesa todo sonido, todo movimiento. Se incorpora, acerca su boca a la mía y muerde mis labios juguetonamente; pero maldita sea, clava sus uñas en mis piernas alzadas. En las tibias y arrastra…
El dolor es inenarrable. Llevo la punta del cuchillo a su nuca embrutecido.
Me mira a los ojos desafiante, y decido entrecerrar los míos y desear que no cese.
El cruel se ha colocado a un costado del trono de piedra y lame la sangre y el pus de mi daga que gotea sobre su morro. Y se lo clavo en la cerviz, son crueles, no importa si mueren. No importa que todos mueran, excepto ella, mi Dama de alma oscura, de coño profundo, de ano ardiente… Feroz como no he conocido jamás primate alguno.
La mataré, lo mato todo; pero aún no.
Aún no…
Os estaba hablando de almas; pero en este momento incluso de mis piernas brota esperma por las heridas, entre sus uñas. Ella provoca esas cosas.
Y las almas me importan tanto como mis crueles: una mierda.
A medida que nuestras respiraciones se relajan, pienso en Dios, en clavar mi puñal en sus cojones y cortar hacia arriba, hasta que los huesos de su cráneo sagrado de mierda lo impidan. Es una imagen recurrente, como meter a sus ángeles y arcángeles en un picadora de carne para dar de comer a mis millones de crueles.
¿Los oís? Los ángeles revolotean asustados en el cielo, temen mi pensamiento mismo.
Están cantando a coro salmos celestiales para conjurar el Mal, a Mí; piden que jamás suba a ellos. Y Dios mira a otro lado, sin poder prometerles nada.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Recitad  rápido, sin piedad, que apenas sea audible, en un susurro seseante.

Aunque no respiréis, me da igual…

Entrecortado de ira.

Entreverado de odio y asco, de la más pura aberración.

Y vuestros deseos se cumplirán…

YO os lo juro.

Os arrancaré los pulmones, cuando todo se cumpla. Cuando ejecute todos y cada uno de los horrores que me son rogados.

Lindas noches, monos míos, no quedara nada de vosotros al final de esta salmodia.

Una simple y usual declaración de intenciones, tampoco se crea nadie que es un asqueroso Credo, como los maricones ángeles se inventaron para Dios.

Que duerma y muera, que ya no despierte.

Que sus riquezas se conviertan en tumores, que sus hígados estallen y envenenen sus venas.

Que sus hijos nazcan con la piel del revés y su dolor no cese nunca.

Primate mío, te aseguro que te cantaré la nana de la peste negra.

Que se arruinen, que coman los excrementos que yo defeque en la calle y se les caigan los dientes con hemorragias imparables.

Que sus testículos queden vacíos y sus úteros secos como odres de vino.

Que en la noche lloren sangre y sus muertos sufran ante ellos.

Primate mío, te prometo que la bondad no la verás jamás, solo mi rabo sucio en tu boca.

Que sus noches todas sean de horror. Que se odien entre sí, como toda su vida han envidiado.

Que sus ojos se cristalicen y se rompan.

Que cien deficientes mentales violen y preñen a sus hijas, que sus hijos no puedan cagar sin rechinar los dientes por el dolor.

Primates míos, adoro a vuestros hijos porque son y serán fuente de vuestro dolor.

Que tosan su vida entre sangre y mocos, que el café de las mañas se haga asfalto. Amargo como la hiel.

Que su vida sea el infierno y yo lo vea.

Que los fantasmas de la noche les arranquen las uñas.

Primates míos, morid sin cariño ni consuelo, sabiendo que todo lo que desciende o viene de vosotros, será aniquilado. No habrá ni un solo gen vuestro en toda la capa de la tierra.

Que sufran en las noches ante un futuro de sed y sequía, que solo se cumplan sus más podridos sueños.

Que hablen los muertos sus penas en una letanía eterna y cansina en sus oídos.

Que el llanto de la desgracia sea el sonido de sus noches.

Primates mías, abrid las piernas, que vuestra menstruación sea el alimento de vuestros hijos. Y el mío.

Que sus sueños sean mortales y les llenen la piel de bultos y sus cerebros se ahoguen en sangre.

Que sus perros se mueran encogiendo los belfos de dolor, lanzando locas dentelladas al aire.

Primates míos, venid a mi comunión: ¿Quién será el primero que beba mi semen negro?

Los pájaros vuelan haciendo el picado de la muerte.

Están tan vacíos de vida como corrupto es Su pensamiento.

Que se mueran, que se mueran los ponzoñosos amantes el uno en los brazos del otro, antes de que sus labios puedan rozarse, antes que puedan darse los ansiados besos.

Que se mueran y se pudran.

Perdida la gracia de la divinidad del Dios cabrón, que irrumpan vuestros odiados seres en la inhóspita vereda de un bosque negro como boca de apestado; donde el coro de los niños cantores muertos, lanzan serpentinas de intestinos humanos llenos de mierda a los que inician su viaje al dolor eterno.

El camino al calvario está lleno de cristales rotos, una pendiente por la que sus hijos se dejan caer sajando su abdomen y dejando resbaladizos restos de sí mismos.

Mirad las sonrisas que se abren en sus vientres, es la gracia de mi Señor Oscuro.

Es hora de sufrir… Más.

Deseo cada noche vuestra plena de sufrimientos, hasta que pidáis muerte como el hambriento pide pan.

Os espera la aterradora nada. No es liberadora, es el tormento definitivo, la suma de los miedos de toda la humanidad.

Soñaréis todas las muertes y todos los dolores. Los cigarros se hacen hierros al rojo en los labios.

No seréis privados del miedo.

Os arrancaréis los ojos para no ver y las cuerdas vocales con garfios para no gritar; porque sentiréis terror de vuestros propios alaridos.

Yo te prometo, odiado mío, que a tu mujer le haré tanto daño en el ano, que morderá sus propios dedos y se los arrancará. Con sus muñones ensangrentados se hará el orgasmo más grande que en su vida hubiera podido imaginar.

Malditos trasgos y duendes de la noche, que portan agujas afiladas en los meatos de sus penes y el dolor los enloquece como a los animales rabiosos.

Pequeños trasgos que hieden a muerte y animal podrido. Acompañarán los sueños de vuestros niños.

Y malditos vuestros bebés que yacen lívidos y congestionados de sangre en sus cunas, con los puñitos cerrados.

¿Quién dijo que algo o alguien podía estar a salvo del dolor y la muerte?

Es hora de sufrir, los que disfrutáis de riqueza y los que sois pobres.

Los que sois bondadosos y los que sois idiotas.

Pudríos, primates, si podéis. Porque de sufrir no os libráis.

Éste es mi deseo, que le ruego a mi Señor Oscuro.

Recitad esto hasta que sangréis por los ojos y las encías, y se cumplirá.

No lo dudéis.

Es hora de sufrir de pagar el tributo de sangre por vuestra existencia apestosa.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta