Posts etiquetados ‘prostitución’

Un coche que circula lentamente por la zona industrial, se detiene frente a un chulo de putas que fuma un porro.

– ¿Cuánto por la puta sin bragas? -pregunta el cliente señalando a la zorra desnuda por debajo de la cintura.

– Treinta la mamada, cincuenta si se la metes. No más de quince minutos -recita con displicencia el chulo.

– ¿Se la puedo meter por el culo?

– Por cien euros, sí.

– ¿Y si le parto la cara?

– Seiscientos y gastos médicos aparte. Si le dejas cicatrices, te haremos a ti también algunas. Mira, si quieres hacer con ella lo que quieras la puedes comprar por siete mil.

– ¿Está enferma?

– Aún no.

– Tengo una hija de catorce. Te la doy por ella.

– ¿Tienes una foto?

El cliente le muestra una en el teléfono.

– ¿Es virgen?

– No. Ya me la he tirado algunas veces -responde con irritada impaciencia el cliente.

– Hecho. Si me la traes ahora, te puedes llevar a la puta.

– Denunciaré la desaparición de la niña en un día, ya sabes como va esto.

– Bien, ya estará embarcada cuando te pases por comisaría. No tardes.

– No tardo. En media hora la traigo. Y que la puta esté lista para entonces.

Iconoclasta

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Sucumbimos a los más altos instintos en la vorágine carnal.
Como animales…
Lo carnal es hermoso y sublime.
E irremediablemente las almas se encontraron, se reconocieron y se lloraron la una a la otra en el cárnico encuentro.
Porque las almas habitan en la carne, en lo más profundo. En los intersticios de piel, carne y hueso.
No hay alma sin carne, no hay carne sin alma que no sea cadáver.
Follar es la absoluta comunión.
Solo que, en demasiadas ocasiones follamos carne errónea.
Y mientras vivimos, buscamos la carne correcta porque no hay otra cosa que hacer cuando hambre y sed se han saciado.
Como animales…
Y cuando sacas un billete para pagar la carne en una banal y vacía transacción, tus genitales segregan flemas incapaces de trascender y permear ningún tejido. Y los cerebros acaban oliendo a fracaso y frustración.
Como cadáveres…
Es por ello que cada día doblan las campanas sin descanso, por los millones de cadáveres que pululan la tierra.

Iconoclasta

Soy un hombre decente, porque la decencia no consiste en respetar una moralidad de mierda. Ser decente es seguir o intentar conseguir el ideal de vida en el que uno cree: venganza, valor, inmoralidad, desinhibición, violencia, injusticia e irrespetuosidad. A veces leo para reconocer las mentiras que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de su historia. Conocimientos útiles cuando juegas al Trivial o al Scrabble…
Tengo un nombre que a nadie le importa y que muchos se han arrepentido de conocer y otros, los menos, se sintieron extasiados al conocer a un ser como yo. Con eso basta.
Durante un tiempo conviví con un ser absolutamente imbécil, un retrasado mental que no sabía ni respirar por la nariz (tenía tetas, era hembra). Obtuvo un título universitario pagando con mamadas a los catedráticos (en México es fácil y habitual el pago en especie sexual, es tan cotidiano que las putas ni se dan cuenta de que lo son). Que fuera una absoluta puta, me la pelaba; mi abuela era puta y no por ello me sentí traumatizado. Es más, lo decía con orgullo; era muy exótico decir “mi abuela es puta”. Y además internacional. Granada, Barcelona, Londres, Canadá…
La puta no me engañaba, por algunas razones prefería estar con ella que en otro lugar a pesar de que era sucia. A veces hay que elegir lo menos malo. Sin embargo, lo golfa que era no me llevó a darle la patada. La razón es que usaba el teléfono celular hasta de tampón. Cuando capté que la conversación no sería posible, sin más preocupación dejé de hablarle e hice mierda cualquier asomo de relación cordial.
Solo la follaba, porque ya que tienes una puta en casa, la usas o bien te hace una mamada si está bien borracha y se ha empolvado la nariz.
Así que a los seis meses de haberla conocido, ya empecé a desear enviarla a la mierda con sus putos hijos, hermanos y hermanas, y sobre todo con sus amigos y clientes sexuales, tan retrasados mentales como ella.
Al cuarto mes de compartir la casa le dije mientras sonreía como una mongólica ante la pantalla del teléfono y los dedos agitados: “Si quiero estar solo, no quiero que nadie me moleste, me gusta estar solo de verdad. Vete a tomar por culo”.
Me miró con los ojos abiertos sin acabar de entender, mostrando aquel cerebro vacío y liso. Creí estar delante de una caricatura como Homer Simpson.
Al sexto mes se lo confirmé de una forma más clara, para que lo entendiera: le rompí el móvil y le di tal paliza que pasó cuatro meses de operaciones reconstructivas de nariz y maxilar inferior. El brazo roto no le dio más problemas que un yeso terapéutico.
Como tengo dinero, la investigación y el juicio se retrasó, se retrasó y se retrasó tanto que la putarra ya se estaba follando al subnormal de su jefe y al guardia de seguridad de la entrada a la oficina, a cambio de un par de porros. Se olvidó de la paliza que le di e incluso me ofreció hacerme una mamada (quería que le regalara un celular nuevo), le dije que se fuera a la mierda y me sonrió cariñosamente diciéndome “hasta luego”. Recordé que su coño olía a mierda y pensé “Hasta nunca, corto y cierro”.
Ocurre que la imbecilidad siempre sobrelleva una inmerecida vanidad.
¿Veis? Con un par de huevos y decisión se arregla cualquier problema. Si no fuera por la violencia, hubiera llevado muchísimo tiempo de tortura psicológica, cosa que para una retrasada mental no es nada bueno tampoco.
El subnormal me lo tiene que agradecer.
Si alguien amenaza mi íntima libertad, me importa poco que sea macho o hembra, golpeo hasta quedarme satisfecho y seguro de que ha entendido bien mi punto de vista.
De México me fui a Guatemala a comerciar con niños indígenas, los usan de cenicero y para otros menesteres hospitalarios, domésticos y sexuales.
La vida es una mierda, lo sé; pero el dinero mejor tenerlo que no tenerlo.
Y la verdad es que putas y niños, hay muchos en el mundo.
Es importante ser decente en estos tiempos de degeneración mental.
Alguien tiene que tener cojones.
Bye.
ic666 firma
Iconoclasta

obscenas-arcadas

Me encantan esas largas y profundas felaciones que están de moda en el porno. Cuando la puta se mete la polla en la boca tan profundamente, que siente arcadas y le salen los mocos por la nariz. Y lo mejor es cuando se sacan toda esa carne de la boca y se les escapa una catarata de babas con los ojos llorosos.
Me pone la polla muy dura. Si una mariposa me rozara el glande en ese momento, me correría.
Marco el número de Dominic, una puta albanesa que no se llama así. Es barata: cincuenta euros con transporte incluido por cuarenta y cinco minutos para que se la meta por el coño o por el culo. O bien me hace una paja con mamada.
Una mamada sin condón y tragando la leche son diez euros más.
Ha llegado. Al abrir la puerta le digo que quiero que me la coma sin condón.
No la saludo porque a las putas, cuanto menos les hablas mejor trabajan.
Le doy el dinero y le indico que pase al salón.
– ¿Quieres que me desnude, rey?
Le digo que no me llame rey de mierda, ni nada. Que me basta con que deje las tetas desnudas.
Me gusta el roce que hacen los pezones en las piernas cuando me la chupan.
Me siento en el sofá y Dominic se arrodilla ante mí.
Debe rondar los cincuenta mal llevados, el maquillaje no puede cubrir tanta miseria y su nariz de boxeadora dice claramente lo mucho que le gusta la coca.
Sus tetas no valen nada; pero estoy caliente y no me molesta especialmente.
Las putas con tetas operadas o trabajadas en gimnasio son tres veces más caras y más estúpidas follando y mamando.
Con las dos manos empujo su cabeza hasta que la polla entera desaparece en su boca y siento sus labios calientes rozar mi rasurado pubis.
Manotea intentando incorporarse porque se ahoga; pero soy demasiado fuerte.
Fuerte y macho.
Intenta gritar pero solo consigue emitir mugidos roncos que excitan mi pijo cosa mala.
Se convulsiona, sus ojos parecen los de un hámster cuando lo estrangulas. Se le escapan las lágrimas creando ríos negros en su rostro.
De niño estrangulé seis hámsters, me encantaba ver sus ojos que parecían saltar de sus cuencas al oprimir sus cuellos. Hace décadas que no estrangulo hámsters.
Su rostro empieza a estar amoratado. Pensando en lo difícil que sería sacar de mi casa un cadáver sin ser visto, la puta consigue incorporarse solo un poco, se arquea agónicamente y consigue vomitar. El repugnante olor me provoca náuseas.
La arranco de mi polla tirando de su pelo y deja ir otra bocanada de vómito.
La llamo cerda y le pego un puñetazo en el vientre.
Cuando se dobla y cae de rodillas, le doy una patada en un costado.
Le digo que se largue por puerca.
Y le aviso de que si grita al salir de la casa, si forma escándalo, la meto en la cocina y le arranco los pezones con un cuchillo.
Dominic se pone la blusa por encima sin abrochársela y se larga presurosamente conteniendo con las manos en la boca un llanto.
Tengo vómitos en el pantalón, en la camisa, en las manos. Vómito que me baja por los cojones y entre las ingles.
Y la tengo tan dura y caliente…
Me masturbo y me corro justo en el charco de vómito.
Pienso en la suciedad y la sordidez. El sexo es sucio por idiosincrasia, los coños y las pollas se usan para mear y ambos están muy cerca de los anos.
Sea por amor o por dinero, acabas oliendo y saboreando orina y mierda cuando follas.
Tal vez sea eso lo excitante: la escatología de amor o dinero, placer, orina y excremento.
Si le sumas lo regurgitado, la fiesta es grandiosa.
Limpio, meto la ropa en la lavadora, me ducho y salgo de casa encendiéndome un puro.
Entro en la iglesia cuando lo he acabado.
Hay quien va al parque a pasear o relajarse sentado en un banco.
Yo no creo en dioses, santos o vírgenes de mierda. Me gusta el sonido de las iglesias sus ecos, las voces de los curas que intentan ser creídos y su olor a cera e incienso.
Tomo asiento en la zona media porque no me gusta ese instante cuando un crédulo abre la puerta y deja entrar el sonido y la luz de afuera.
El cura no sé de qué habla. Nunca lo entiendo, mi pensamiento es tan profundo que me aísla de todo.
Pienso en el rostro de Dominic y en su agonía, en sus babas bañándome la polla. Imagino cortarle los pezones con unas tijeras de podar y me masturbo de nuevo por encima del pantalón, presionando el glande repetidamente, con la mirada perdida en las vidrieras con imágenes de santos.
Se me escapa el pie cuando eyaculo y provoco un ligero ruido que rompe el silencio sagrado.
No sé en qué momento el cura ha acabado su rollo.
Salgo al exterior y la vecina del sexto me saluda.
– ¿Cómo ha ido la misa, vecino?
– Bien, Margarita, siempre es relajante.
– Bueno, seguro que irás al cielo -dice riéndose.
Yo en el cielo y su boca llena de mi polla, cubriéndomela de babas, vomitando en mi vientre… Es lo que pienso cuando mis labios pronuncian:
– En eso estoy, Margarita. Buenos días.
– Buenos días, Mario.
Y además de macho, soy un buen tipo.
ic666-firma
Iconoclasta

Hay momentos buenos por los que vale la pena pagar, porque lo bueno no existe gratis.
No importa que la idiota mienta y diga lo maravilloso que soy. Ya soy mayor para creer toda esa mierda, sé lo que soy, como soy.
Y el que yo sea un ser despreciable, no convierte a nadie en algo mejor que yo.
Hasta yo, siendo tan desarraigado e indiferente a las vidas y emociones de los demás, supero ampliamente en calidad a cualquier otro espécimen.
El mundo es sórdido, yo solo soy un producto de él, de lo que han creado. Que se jodan, a mí me va bien.
El condón me incomoda, pero ese coño rosado promete una muerte dulce e infecta. No soy un suicida.
Un billete de quinientos y otro de doscientos asoman en el bolso de la puta, cuando ha sacado el condón para vestirme la verga, le he pagado.
Follar entre miseria tiene un aliciente y una intensidad que no tienen los buenos burdeles de altos precios para gente como yo.
El niño de unos cuatro años, juega con el teléfono de la puta de su madre. Se encuentra justo a mi lado, sentado en una silla a la cabecera de la cama. Yo jadeo sin ningún pudor mientras me la come rico.
Le gusta mucho el sabor a frutas del condón, se nota.
Me relajo, yo pago y ella trabaja, no me preocupo si ella siente placer, no me gusta preocuparme más que por el mío.
Su coño, encima de mi cara porque así se lo he pedido, está seco como el tabaco al sol.
Entre chupada y chupada dice cosas como: “¡Qué rica verga, papi!”. Su vulva lo desmiente.
Me gustaría decirle que dejara de rajar mentiras y estupideces, pero crearía un mal ambiente. La zorra hace su trabajo, es inevitable.
Cuando ya se ha cansado de darle al “que te pego” con la boca, se sienta en mi vientre clavándose mi polla, noto la habilidad de su vagina estimulándome, tiene prisa de que me corra rápidamente.
El niño se queja de que el móvil se ha quedado sin batería, lo dice varias veces y me irrita. Está tan cerca que darle una bofetada es inevitable. Así que le cruzo el rostro con el dorso de la mano derecha haciéndole una pequeña herida en el labio superior.
La puta, entre jadeos y cabalgándome, le dice que le ha estado muy bien, que se ha ganado la hostia a pulso. El niño apenas llora, se limita a bajar la cabeza con el teléfono entre las manos y hacer como que no existe su madre follándose a un desconocido en su casa.
El monte de Venus de la guarra sube hasta casi el ombligo, seguro que aparece en internet. Es un vello negro y rizado de esos que da asco lamer. No haces más que escupir todo el rato. Por otro lado, hay que estar muy loco para pegarle una mamada al coño de una puta.
Llega el momento de eyacular y lanzo mi pelvis hacia arriba, la puta sonríe porque por fin puede descansar y como una buena amazona, mantiene el equilibrio sobre el caballo.
Blasfemo de placer y ella se retira, durante unos segundos aferro con fuerza el pene entre el puño vaciando los restos de semen que aún salen con pequeños espasmos.
“Qué rico te vienes, papi”, dice bostezando.
“Cállate, joder”, le respondo.
Ahora me da asco, cuando eyaculo, durante unos minutos no soporto a la mujer y me contengo de darle un puñetazo en la nariz y aplastársela.
Me saco el condón y lo tiro encima de la cama, el semen se derrama en la colcha, pero la puta no lo ve, está lavándose el coño.
Al niño lo aparto de la silla para sentarme y atarme los zapatos.
“Vuelve pronto, mi amor”, me dice desde algún lugar del baño.
No respondo y al salir del dormitorio su marido está dormido frente a la televisión sin volumen. El pantalón está desabrochado y sus calzoncillos tienen una gran mancha de humedad.
No me importa que se masturben mientras follo siempre y cuando no lo vea o no me molesten. Este puerco me debería pagar a mí. Su cabello negro está sucio de polvo y cemento de la obra.
Vale la pena pagar por estos buenos momentos, porque cuando pagas eres amo y no existe nada más adictivo que la posesión de un ser humano. O de una familia entera.
Podría meterlos a ambos en la trena durante toda la vida y a su hijo meterlo en una picadora de carne. Decido perdonarles la vida.
Enciendo un cigarrillo y lanzo el fósforo aún caliente entre su cabello.
Su vaso de algún licor con hielo está a medio terminar y lanzo un salivazo dentro.
El puerco no se despierta a pesar de mi proximidad. Es una razón por la cual muere mucha gente: es demasiado holgazana hasta para estar alerta. Menudo cabrón.
Es lo que decía: con todo lo despreciable que soy, estoy por encima muchos idiotas en ética, valor e inteligencia.
Cuando entro en mi casa, mi santa ya tiene la cena servida, comemos en silencio porque no tengo nada que decirle, al menos algo que le guste oír.
No tenemos hijos porque a mí no me ha dado la gana, hace años que le dije que si se quedaba preñada, no soñara con tenerlo, porque la haría abortar a patadas en la barriga si fuera necesario.
De postre me saca una cremita que está mala, ácida. Me jode que no tenga cuidado, por lo que le doy una paliza de casi cinco minutos con cinturón y patadas.
Uno de los golpes le ha ido al pecho izquierdo y se le ha inflamado. Tanto, que me la pone dura.
La levanto, la obligo a que se ponga encima de la mesa con las piernas abiertas, le rasgo la bata y le arranco las bragas. Se la meto y comienzo a follarla; pero como estoy cansado se me arruga y la llevo al dormitorio para que me la chupe. Tras veinte minutos de una mala mamada, no consigo correrme de nuevo. No tengo ganas de darle otra paliza y me duermo.
Me despierto, llego a mi trabajo, me visto con la maldita toga que la haría arder y cuando entro en la sala, golpeo con el mazo para dar inicio a la sesión y me convierto en dios.
Vale la pena pagar por los buenos momentos.
Y que te paguen por tener en tus manos la vida y el futuro de otros, no tiene precio.

 

Iconoclasta

Está encima de una mesa forrada de cuero, sucio y húmedo, como la piel de un animal recién despellejado. Sus muslos anchos y musculosos están ceñidos por unas cintas de cuero con hebillas de hierro oxidado, de las que salen unas cadenas que se enganchan al techo, de tal forma que sus piernas están suspendidas, con las rodillas en alto, inclinadas hacia el pecho y a su vez separadas hasta el punto que los abductores de las ingles se tensan como cuerdas bajo la piel. Sus pies cuelgan lacios de los tobillos, no les llega la sangre que debiera.

“Átame pies y manos. Cuando me la mames, pon tus nalgas en mi cara, quiero sentir en la panza esos enormes pezones”. “Eres una puta hermosa, porque… Te gusta que te llamen puta ¿verdad?”

No le gusta que le digan en voz alta lo que es, pero tiene que afirmar para sacarles todo el dinero que sea posible.

No siente asco ni rabia, solo indiferencia profesional por sus clientes. Es mejor ser buena actriz que saber follar. Puedes no saber hacer una mamada, dejar el coño completamente lacio y poner el culo como si te fueran a meter un supositorio. Si solo una vez en la vida te la han metido, basta con saber gemir, gritar y hablar con voz sensual para ser puta.

Las putas no saben follar, no tiene porque saber. No saben ni mamarla. Por eso escupe en la mano y se frota el coño en el lavabo, que luzca brillante para ellos y ellas.

El único sonido audible en la habitación de paredes moradas salpicadas de manchas más oscuras, es el tintineo de las cadenas y su respiración.

Cuando se pone bajo la ducha, siempre encuentra alguna escama de semen seco en su piel, siempre aparece algún resto en algún rincón de su cuerpo, el semen de los puercos, la ama, es imán para él. Y se siente desgraciada cuando se lleva “trabajo” a casa.

La vulva se exhibe obscenamente abierta, el ano luce enrojecido e indefenso, el clítoris parece cansado de tanto aire fresco y el meato se exhibe como una boca de sanguijuela en una vagina mojada y brillante.

De un pequeño tubo de silicona que sale del techo hasta aproximarse al rasurado monte de Venus, caen tres gotas de algo viscoso que aterriza muy cerca del clítoris y riega la vulva. Suspira con cada gota de ese aceite calentado a muy baja temperatura, lo suficientemente frío para que no queme, lo suficientemente templado para que sea notorio cuando cae en su sexo.

Los ojos de un verde esmeralda, enmarcados por unas largas pestañas negras y rizadas, lloriquean, observándose en el espejo que se encuentra a un metro sobre ella, en lo alto. Lloriquean del placer de verse a sí misma indefensa y  expuesta, con todos sus agujeros abiertos. Porque hasta su boca se mantiene abierta por un abrebocas de cirugía dental, se puede observar el movimiento ansioso de la lengua y la baba que cae de la boca para deslizarse por el cuello.

No puede ver otra cosa más que su rotundo y exuberante cuerpo, la cabeza está inmovilizada por un taco de madera a cada sien, unidos por una cinta de cuero que sujeta su frente. No puede alzar el cuello ni girarlo.

Un tubo de mayor diámetro que el de silicona emerge del techo y se aproxima hasta el monte de Venus, una pequeña serpiente cae enredada y recorre el vientre, se acerca a las ingles y luego opta por el olor de su sexo, donde su lengua lame los labios vaginales y todos los pliegues, hasta que en un momento dado, cuando va a explotar de placer, el asco y el deseo desaparecen. Su corazón palpita acelerado.

Su respiración es forzada, porque sus manos están atadas por una cuerda bajo la mesa, los brazos y los hombros se mantienen tensados hacia atrás, a ambos lados de la cabeza y casi dolorosamente doblados hacia el suelo. Los pechos oscilan como flanes, enormes y perfectos gracias a la cirugía y la silicona, las areolas perfectamente delimitadas, del color del melocotón están coronadas por dos pezones gordos como cerezas. Que se mantienen erizados, dolorosamente erectos.

De algún lugar de las paredes dos chorros finos, apenas visibles de agua helada, impactan con fuerza en sus pechos; cuando aciertan en sus pezones el placer se confunde con dolor, porque es una fuerte presión que duele en puntos muy concretos, enerva los nervios y lanza mensajes de un dolor confuso.

Un hombre del que apenas puede ver un poco de una bata blanca, le ha azotado el clítoris con un cinturón negro, con la hebilla. Siente pulsar ese pequeño y duro trozo de carne como si estuviera mutilado. Luego llega un beso y una lengua que se agita rápida, en el espejo ve una cabeza rasurada entre sus piernas y una mano que se apoya en el monte de Venus hiriéndole la tenue piel al enterrar las uñas allí.

Se ha aferrado a la pata de la mesa y se ha partido una de sus largas y curvas uñas de puta, siente que un corazón palpita reventándole la yema del dedo corazón, el derecho. No importa, tiene bisutería que camufla las heridas y la mierda.

Dura poco el placer viscoso de la lengua y se vuelve a quedar sola.

La melena rizada negra como el universo, se agita dejando caer gotas de sudor cuando gime y pide más.

Su piel blanca, muy pálida, tiene un tono cerúleo, casi cadáver. La luz que incide sobre ella desde las paredes, está pensada para ello.

Es una puta de alta categoría, su cuerpo ha costado ciento de miles de pesos, y en pocos años ha rendido quince veces más.

Pero su coño no sabe ya del placer, los hombres y mujeres cuando pagan solo piensan en su placer. Y ella necesitaba, algo fuerte como su cuerpo, sus tetas perfectas y obscenamente enormes donde los hombres dejan su semen invariablemente, su vagina hiper entrenada; había llegado el momento que la sentía tan enorme de tantas veces que se la habían metido, que estaba segura de que no llegaría a sentir nada jamás.

Algo fuerte omo su mente insensible…

Algo se acerca a su lado, lo percibe por el rabillo del ojo. Es un pene, el prepucio goteando se acerca a su ojo izquierdo.

Una gota de aceite templado cae en su vagina y la siente como una piedra por lo sensibilizada que está. Un dedo hijoputa oprime el clítoris y desearía curvar la espalda de placer y deseo. Sacude fuertemente los muslos para abrir más el coño y que ese dedo se meta; pero el dedo cede en su presión. El prepucio se retira lentamente, ante sus ojos. Desaparece por un segundo, como una exhalación, es el efecto de una luz estroboscópica que la aturde y la ciega.

El meato asoma ahora, muy cerca de su boca, sale de entre un ropaje negro, se encuentra en la verticalidad de su boca. Una pegajosa gota de fluido se desliza hasta caer en el acero del abrebocas que mantiene las mandíbulas separadas, la limpia con la lengua. Las escenas se suceden como fotogramas, la luz esquizofrénica que la baña hace una realidad nueva de un mundo que creía conocer.

El glande luce enorme y brillante y acaricia sus inmovilizados labios, con la lengua lo sigue, con dificultad consigue gritar que se lo meta en la boca. El pene sigue bordeando los labios, sube por la nariz y se apoya en cada ojo dejando un pegajoso resto de humor sexual en los párpados.

Cuando abre los ojos el glande ha desaparecido y algo duro y cálido, algo artificial está oprimiendo el ano, caen tres gotas más, las siente correr por los labios vaginales y se encharcan en el ano, entre lo que le presiona y el esfínter ahora hambriento.

“¿Es que no me vais a follar nunca, hijos de la gran puta?” Piensa desesperada, está cansada de intentar hablar, le duelen las mandíbulas y la garganta.

Unas manos sujetan un martillo próximo a una barra de madera de un diámetro semejante a la de un pene grueso. El espejo lo detalla todo y piensa que sus nalgas poderosas, bien moldeadas con silicona, están preciosas, son dignas de acoger cualquier cosa que le metan.

Un martillazo fuerte y sin piedad.

Y toda esa barra de madera le entra en el ano, otro martillazo más y cree que van a reventar los intestinos. Luego nada… Con la barra encajada en el esfínter, cuatro manos acarician sus glúteos con rapidez, con avidez, crean círculos en la piel con las palmas de las manos y aceleran el ritmo por momentos, hasta que se convierten las caricias en palmadas y las palmadas hacen eco, en la madera que la penetra, como si fuera una antena que amplifica señales obscenas de un mundo oscuro y violento.

El placer la lleva a rotar la cadera cuanto le es posible, para provocar la ilusión de movimiento en esa dureza que la hace sangrar. Ha visto dedos sucios de sangre acariciar su carne en el espejo. La madera arde en el ano, la irrita, pero está bien. No sabía que pudiera estar tan en su sitio. Aunque cualquier cosa es buena para aplacar todo ese deseo que no satisfacen.

La túnica negra parece flotar hacia ella de nuevo, las luces estroboscópicas le han arrebatado la percepción del tiempo y del lugar.  Cuando creía que estaba lejos, en su boca se mete toda aquella carne que huele a orina, a deliciosa orina. Acoge por unos segundos el deseado glande y lo acaricia con la lengua. Con horror siente que el pene se mete más adentro, más profundamente en su garganta, debe hacer acopio de serenidad para respirar por la nariz. Tiene que luchar con todas sus fuerzas por el vómito que le provoca.

Allá abajo en su coño, puede intuir lo que ocurre, porque la túnica negra de la que sale ese pene que le folla las cuerdas vocales oculta su visión en el espejo.

Le han arrancado la tranca del culo, tan rápidamente que ha sentido con toda su vergüenza como salía excremento. Una, dos, tres, cuatro, cinco gotas de ese aceite cálido han caído en su hambriento coño.

Y le alivia cuando alguna de ellas se desliza hasta el ano, ahora tan dilatado, que forma un círculo perfecto del tamaño de una moneda de diez pesos.

Siente los testículos tocar los dientes, el cuerpo de ese desconocido en sus pechos, doliéndolos y quitándole el aire…

Un tubo se desliza en su ano, intenta cerrar el esfínter, pero está tan lubricado que no puede evitar que la invada velozmente y le llene de agua caliente las tripas. Se resiste lucha contra ese agua, pero solo consigue expulsarla explosivamente y con toda la mierda que hay en sus tripas, para su humillación. Una mano con un guante de goma acaricia brutalmente la vagina, exprimiéndola, dándole manotazos y siente asco, se siente como una res maltratada, hay algo tan sucio en ello…

“Al fin y al cabo soy puta, no hay humillación para las putas”, piensa con un vómito que ha subido  a su garganta y no puede salir porque esa polla lo impide.

La mano no toca el clítoris ni de cerca, siente que va a estallar de excitación.

De repente las luces se apagan, el pene sale de su boca bruscamente y el vómito sale libre de su boca abierta, deslizándose apestoso por el cuello, metiéndose en la nariz, ensuciando su piel casi cerámica.

Un brutal chorro de agua es lanzado contra la vagina, parece que la va a arrancar de la camilla, la presión en insoportable. Y el dolor. Llora y grita, no lo puede soportar… Solo puede mover las nalgas un ángulo mínimo para evitar todo ese daño, un ángulo insuficiente. Siente el agua meterse bajo la espalda, recorrer las nalgas, las ingles. Sus pechos reciben parte de ella, es la única zona donde agradece ese frescor.

Cesa el agua, siente un frío agradable, se relajan sus músculos. Solo queda un suave dolor en el ano, la vagina está hiper sensibilizada y piensa que se la dejaría lamer por un perro y correrse, correrse, correrse… Un humor caliente y viscoso le unta los labios vaginales. Hacía tiempo que eso no ocurría, hacía años que su coño solo estaba húmedo por el semen y los lubricantes de tubo.

Con la lengua intenta humedecer los labios. Su melena rizada gotea, y sus pechos se mueven tranquilos, sincronizados con la caja torácica, las costillas están sumamente marcadas en la piel.

Intenta girar la cabeza, intenta hablar, decir que ya se siente satisfecha, no quiere seguir con la sesión.

Otra vez el ser de la túnica negra, en sus manos lleva dos pequeñas pinzas de bocas dentadas con finas y pequeñas puntas agudas de las que cuelgan pequeñas cadenas.

Intenta gritar que no quiere eso, agita la cabeza y mueve las nalgas desesperada.

No hay efecto alguno, el de la túnica negra continúa su trabajo impasible. A través del espejo observa como coloca una en cada pezón, es un dolor que provoca escalofríos, escalofríos veloces, superficiales como cucarachas que corren por la piel y que parecen unirse en su coño a frotarse allí las antenas. Observa fascinada como las manos giran unos pequeños tornillos que dan más presión a las pinzas. La piel se rasga, hasta tal punto que se despide de esas hermosas cerezas que le construyeron; piensa en el cirujano, en otra sesión de quirófano para arreglar todo ese daño. Se centra en la anestesia y el no ser.

Las cadenas se sujetan también en algún punto debajo de la mesa, sus pechos ahora están forzados hacia los costados. Procura respirar suavemente, no quiere que el pezón cuelgue grotesco de la mesa del placer. Puto placer… ¿O es dolor?

“Soy puta y no hay dolor, soy puta y nada me asusta, soy puta y tengo dinero, mucho más que las que tienen el coño más estrecho del mundo”.

La mesa ha empezado a vibrar, le sigue un movimiento oscilatorio lateral suave, al cabo de unos minutos es brutal, y grita. Grita como nunca ha gritado jamás, grita más que cuando su padre le reventó el ano a los diez años y corría calle abajo con las piernas escurriendo sangre.

No quiere perder los pezones, que cese esto por favor…

No se ha dado cuenta, pero se ha roto dos uñas más y ahora sangra por tres dedos, y por los pezones. ¿Por qué la excita tanto su reflejo de tetas ensangrentadas?

Su ano no sangra ya, solo está inflamado y late haciendo eco en el clítoris. No puede describir con claridad lo que siente ahí abajo.

Las luces estroboscópicas muestran su rostro dolorido en el espejo, sin embargo su lengua lame el metal del abrebocas. Sus pechos sangran, sin embargo, ella agita su tórax forzando más el dolor.

Es esquizofrenia pura.

“Qué paranoia, puta”, piensa para sí.

Vuelve de nuevo el silencio y la quietud, ahora se ha hecho la oscuridad.

“Preciosa, hermosa, ahora enséñanos como se corre una mujer de verdad.”

Es un susurro apenas audible, que le pone el vello de punta, las pinzas de los pezones se han aflojado, y con cuidado alguien las desprende.

Una luz suave ilumina el sórdido y sucio cuarto donde se encuentra.

Otras manos frotan con esponjas suaves y calientes sus pechos heridos, el ano y la vagina. La excitación le acelera el corazón, demasiado…

Demasiado, teme morir.

Unos labios han empezado a besar el clítoris, lo lamen, lo aspiran y luego lo dejan ir. Se lo imagina enorme, se lo imagina creciendo y expandiéndose en su vagina.

“Hermosa, tu coño es una fuente, qué bien lo haces, te amamos”.

Siente que en su vientre se hace agua, siente que se orina.

Una  cabeza en cada pezón se aplica en mamarlos. Está enloqueciendo.

“Ahora, preciosa, ahora”.

Un pene asoma sobre su monte de Venus, se exhibe durante unos segundos, dos manos ocultas han abierto su vagina más allá de lo que ya estaba abierta.

El pene entra dulcemente, y solo bastan cuatro movimientos de empuje en la vagina para que sus piernas se tensen, el torso se arquee y de su boca salga un gemido casi animal. Su caja torácica parece que va a reventar. Las venas de su cuello se han hinchado tanto que parecen a punto de reventar.

Está al límite del colapso, el orgasmo sacude cada célula de su cuerpo y prefiere morir que vivir, prefiere morir así, con todo ese placer, porque sería vivir eternamente.

No importa nada lo anterior, ha nacido una nueva estrella en su puto  coño.

“Es heroína, la más buena, la más pura, te hará bien, amada nuestra…” Y una bellísima aguja se hunde en su ingle. Suave y dulcemente su sangre se aplaca y llega a su cerebro como una marea de paz devorando todo el dolor.

Y se desvanece la consciencia, deja de existir con una sonrisa satisfecha.

La oscuridad, una bendita oscuridad y un coño latiendo, vivo como un gran corazón.

 

Tres cuartos de millón de pesos ha incluido la reconstrucción de los pezones y tres días de ingreso en el mejor hospital de México.

Los cuidados están siendo exquisitos.

En  la primera noche en el hospital, se acarició la vagina, y se derramó casi al instante.

Es la última noche de ingreso en el hospital, el collarín para inmovilizar el cuello se lo retirarán dentro de un mes, ha sufrido luxación en tres vértebras, podría haber quedado paralítica o muerta.

Juguetea con la tarjeta entre los dedos, un cliente, no  recuerda cual, le dijo que algo no iba bien en su coño, o en ella misma. Y le ofreció la tarjeta, un centro de rehabilitación sexual muy exclusivo para putas, era el dueño del negocio.

“Sexo vivo. Regeneración del deseo sexual en una sesión de seis horas”.

Así decía la tarjeta negra con letras blancas, además de un número de teléfono de contacto.

No creía que fuera posible, le preguntó al gerente de la empresa si de verdad se creían que podrían regenerar el deseo sexual en una puta ya insensible como ella.

“Señora Margueritte, no crea que el mundo del sexo acaba solo en una habitación de hotel de lujo o con unas correas y un látigo de diseño. Le aseguro que no tendremos piedad para conseguir que su vagina se convierta en otro ser vivo en usted. Será puta, pero le aseguro que no lo sabe todo del sexo, el dolor y la crueldad” le dijo el gerente del negocio.

Se rió con vanidad y desdén. Y sobre todo, tenía demasiado dinero para gastar. Pagó la casi millonaria cifra.

Lubricaron su vagina de nuevo, pero también el alma.

Ahora siente unos felices deseos de llorar, se siente bien llorando. Ya no es una seca vida de mierda. Tal vez los lacrimales y el chocho tengan algo en común.

Con cuidado para no lastimarse los pechos vendados, se coloca de costado en la cama, y mete entre las piernas la mano con los tres dedos vendados, que tardarán más de tres meses en recuperar las uñas. Y deja que fluya todo ese humor cálido y viscoso mojando las vendas y los muslos.

Se duerme y su padre le revienta el culo, un cliente la trata como un cenicero, se aplica un escupinajo en el coño para parecer húmeda en un sórdido lavabo frente al espejo y ella solo goza.

Su coño se hace vivo y toma el poder del sueño, las riendas del placer.

Ha nacido un nuevo chocho.

Y llora… Y ríe.

 

Iconoclasta

666 en Bangkok

Publicado: 8 mayo, 2012 en Terror
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Pasear por Bangkok y sus feos barrios humildes es una delicia si no tienes miedo a nada ni a nadie. Hay tanto tarado y enfermo que no encuentras un humano sano en varios kilómetros cuadrados, es decir, en todo Bangkok. Esto que os voy a contar es de hace apenas un mes; en uno de mis múltiples viajes intentando hacer daño allá donde me sea posible.

Para empezar os diré que me gustan mucho las mujeres bien formadas, me refiero a que sean mujeres maduras y voluptuosas, porque cuando me las tiro son las que de verdad disfrutan de la dolorosa penetración a la que las someto.

Si alguna vez habéis estado en Bangkok en una temporada casi otoñal para nosotros, os habréis dado cuenta de que la temperatura es agradable en un primer instante, y cuando uno lleva caminando apenas cinco minutos, unos chorros de sudor le dan al cabello ese aspecto mojado que tanto gusta a los que se engominan cotidianamente. Lo peor es que acompaña una sensación de suciedad, como si esa humedad se te pegara viscosamente en la piel pringándote y te resbalan las gotas desde la cara al pecho, y siguen bajando de tal forma que si tu ropa es holgada y no llevas calzoncillos, las gotas llegan hasta el mismísimo pene excitándolo de un modo salvaje y nada discreto. Pues así iba yo con mi polla bien tiesa y elegante creando un llamativo bulto en el pantalón.

Supongo que mi pene era el encargado en esos momentos de llevar el mando y el cerebro se dejaba llevar con esa holgazanería producto del bochornazo. Estos asiáticos no deben tener sangre en las venas, porque no sudan. No mojan sus camisas. Aunque tampoco tienen un torso como el mío.

Así que las únicas mujeres que veo son putas sidosas y enfermas de cualquier otra cosa, a muchas jóvenes les faltaban piezas dentales y no me gustaban. No eran discretas, las putas no son discretas en ningún lado.

Llevan escrito “puta” en la frente.

Así que en esa estrecha calle atestada de gente y puestos ambulantes de comida ya venenosa, sentí el roce en un brazo de unos pechos pequeños y duros. Era una mujer joven, de una delgadez extrema producto del hambre; iba del brazo de su madre cuyos brazos estaban llagados. A pesar de tener escasamente los cuarenta años aparentaba los sesenta. Las manos escamadas por la soriasis y su boca de encías sangrantes me sonrieron por unos segundos cuando las miré.

Era pleno mediodía y a través de las oscuras nubes el sol intentaba rasgar esa opacidad y el relumbrón me hacía entrecerrar los ojos. Así, con esta climatología yo me encontraba un poco lerdo y tardé casi tres segundos en reaccionar. Di media vuelta y le dije a la madre que me quería follar a su hija a la vez que le pasaba un apretado rollo de billetes. La madre cogió la mano de su hija y me la cedió señalándome una asquerosa casa con dos viejas putas desdentadas sentadas en esos bancos de eskay de la entrada. Olía a opio con sólo mirar hacia allí.

Para llegar, pasamos frente a uno de esos puestos ambulantes tirando por el suelo un canasto lleno de mangos, el idiota del vendedor me llamó hijo puta y me detuve frente a él, con la chica cogida de mi mano y llorando. Esperaba que el jodido oriental siguiera hablándome, que me alzara de nuevo la voz. Después de un segundo interminable para él, en el que se arrepintió de haberme hablado, comenzó a recoger su mierda de frutos y yo entré en la pensión. La mujercita lloraba y gritaba en dirección a su madre, no quería venir conmigo; pegué un violento tirón de su brazo, trastabilló y le di un golpe con la mano plana en la nuca. Algunas voces rieron ante el llanto de la chica, su madre se había sentado frente a uno de esos carritos de carnes de ave cocidas y comía algo con el dinero que le había dado por su hija. Con la mano le decía que se callara y que me siguiera sin rechistar.

El tipo de la pensión me guiñó un ojo cuando le pagué la habitación. Una de esas viejas putas me propuso que la dejara subir con nosotros para hacer una escena tortillera. La aparté de un empujón y se golpeó la cabeza con un extintor, sonó su cabeza con un tono doloroso del que me sentí orgulloso.

Apenas cerré tras de nosotros la puerta de la habitación, saqué un ácido y lo corté en cuatro partes, una de ellas se lo di a la chica con un vaso de agua. No quería tomar la pastilla así que levanté la mano para cruzarle la cara, el lenguaje de la violencia es universal y perfectamente claro. Llorando se llevó la pastilla y el vaso a la boca.

Extendí una colcha encima de la pequeña mesa frente a la única ventana, la cogí en brazos y la tumbé en ella. Me la follaría de pie. Además su cuerpo oriental era tan menudo, que no sabía si aguantaría mis embestidas. Follándola conmigo encima temía que la aplastaría y no podría verle la cara y sus tetas, ver el dolor y los pechos erizados, hace que mi eyaculación sea más aparatosa. Su entrepierna olía a meados y a mierda, llené una palangana con agua y le froté el culo y el coño con la esponja mojada de agua fría y jabón.

El ácido hizo su efecto y dejó de llorar, relajó las piernas y sentí como su vagina se distendía y se excitaba con mi repetido masaje. Entrecerró los ojos ya más relajada.

Os juro que nunca me había tirado a una mujercita oriental tan drogada.

Básicamente para mí los hombres y mujeres más jóvenes son objeto de tortura y malos tratos para crear en un futuro predadores, gente tan maltratada que luego no sientan reparo alguno en asesinar y violar a su vez y que equilibren así, este exceso de nacimientos, los humanos sois como ratas, que folláis y folláis para al final tener que comeros a vuestras propias crías para que no os devoren ellas.

Le estaba pasando la lengua desde el culo a su escondido y pequeño clítoris y la sentí jadear tímidamente. Se tocó las pequeñas tetas y sus pezones se habían endurecido.

Cuando toqué uno de ellos al tiempo que la preparaba para la penetración hurgándole la vagina con el dedo, suspiró desinhibidamente.

Era muy pequeña respecto a mi tamaño, respecto a mi edad milenaria y respecto a mi poder. Si se comportaba bien no la degollaría.

Su pubis estaba poblado de un vello lacio y suave del cual de vez en cuando tiraba obligándola a que alzara la cintura provocadoramente.

Sudaba y se mordía el labio inferior con los ojos cerrados. Le costaba un poco respirar, imagino que la dosis de ácido, a pesar de ser una cuarta parte, debía ser aún grande para su peso corporal.

Alcé sus piernas para situar su vagina a la altura de mi pubis y la penetré. Se quejó y frunció el ceño cuando comencé a bombearla; pero en pocos segundos se volvió a relajar y noté como resbalaba desde su ano a mis testículos, la sangre de su himen desgarrado.

Volvía otra vez a suspirar tímidamente y tocarse los pezones con las puntas de los dedos. Sus piernas tan pequeñas y delgadas no me acababan de excitar, pero sí su pequeño coño tan dilatado por mi pene. Al cabo de unos minutos, ella, asombrosamente frágil y pequeña comenzó a tener las convulsiones del clímax. Yo me corrí dentro de ella, rugiendo y dejando caer mi saliva en su pubis. El semen le chorreaba coño abajo. Se sujetaba la vagina con ambas manos mientras su hombros aún se agitaban con espasmos de uno o varios orgasmos.

Se quedó adormecida y yo aproveché para limpiarme la polla de sangre y semen.

Cuando salí del lavabo, al verla allí en la mesa con las piernas abiertas y el sexo manchado de sangre me volví a excitar y me hice una paja. El semen se deslizó perezosamente por mi puño y lo sacudí contra el suelo. Me puse los pantalones y la camisa y la despejé de su sopor narcótico dándole una hostia en los labios, se le reventó uno. Se puso las bragas aún adormecida y el feo y raído vestido, por el cual se veían sus pequeñas tetas a través de la sisa.

Cuando salimos a la calle, caminaba con dificultad intentado sin poder juntar las piernas.

Se sentó al lado de su madre y ésta me preguntó si me lo había pasado bien, le contesté con un puñetazo en la cara que le alcanzó también medio ojo derecho y le volví a soltar otro fajo de ese puto dinero.

Los que miraban sonreían entendiendo y sin extrañeza. Yo seguí mi camino y comenzó a llover de una forma intempestuosa, cosa que agradecí deseando que una inundación ahogara a todo ese barrio entero.

Me quedé más tranquilo que dios. A propósito, Santo Tomás estuvo presente durante todo el coito, rezando y rogándole a Dios que hiciera algo por evitar aquello. Pero no le hice mucho caso a pesar de sus santurronas lágrimas. Son cosas que sólo yo puedo ver.

Llamadme lo que queráis, porque lo soy. Soy lo más malvado de vuestro mundo. Y soy muy tramposo porque… ¿Qué es mejor: follarla y darle un montón de dinero; o acaso dejar que muera de hambre al lado de su madre muerta, con el vientre hinchado y los ojos vidriosos?

Le he dado tiempo de vida, le he dado salud, y comida.

¿Os escandaliza? Pues no debería, porque yo soy un anti-dios; y ningún primate de entre vosotros es Dios, ni siquiera un querubín en proyecto. Y hacéis cosas peores.

Gilipollas… Os debería visitar en vuestras casas y arrancaros los cojones retorciendo el escroto.

¿Os acordáis del jeque árabe que compra niñas para su harén y las revienta con su polla? No es una mierda de dios, ni siquiera un jodido ángel. Es sólo un puto y repugnante primate.

¿Y las mujeres de esas tribus africanas que dan a sus pequeñas hijas en matrimonio a un cuarentón que las matará a palos en pocos meses?

Muchos hacéis bien en ir a esas procesiones a castigaros; primero os masturbáis con lo que os he contado y cuando habéis purgado vuestros pecados con unos latigazos y una borrachera, ya no os acordáis de toda la mierda que queda en la trastienda. Ni de los millonarios que compran niños y que muchos de esos hombrecitos y mujercitas, no saldrán del antro en el que han entrado. Los humanos no sois tan buenos como pensáis y os creéis íntimamente. Vuestra hipocresía hace daño a los pequeños que no están protegidos. Mucho más que mi maldad.

Y todo al final se justifica: si es un jeque el que lo hace es por su religión. Si es el negro se debe a su tradición.

Y a quien fotografía niños desnudos; a ese, sí que hay que condenarlo a muerte ¿verdad? ¿Tal vez porque no lo hace en nombre de Dios? Sois unos mierdas, fariseos. Deberíais cortarle los cojones al puto pederasta y quemar en la hoguera al follador musulmán.

Pero aún puedo ser muy cruel, en mi reino los crueles disfrutamos con los hipócritas como vosotros.

Si un día me encuentro de tan buen humor como ahora, os contaré lo que le hice a una vieja abuela que castigaba continuamente sus nietos por decir mentiras. Me gustó mucho más que tirarme a esa pequeña oriental.

Ya os contaré. Sé muchas cosas.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

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