Dale a un idiota un poco de autoridad y se convertirá en el puto Idi Amin Dada.
Los celosos perros corruptos se dedican a revisar compras de los ciudadanos.
Y dejan pasar toneladas de droga cuando no hay alarma por coronavirus.
Incluso el ministro ha pedido que dejen de ser tan hijoputas.
España es un mal lugar cuando te has de topar con la “autoridá competente” (competente es retórico).
Por lo visto los corruptos policías envidiosos no pueden soportar que alguien compre cerveza o refrescos y multan.
Esto ya es México.

Padre…
Mírame: la tengo dura por los muertos y los enfermos, por los pobres y los hambrientos.

¿Es legal?
El televisor habla de coronavirus y parece de carne, orgánico… En la pantalla bajan lefas escurriéndose como cera caliente que humea un poco antes de enfriarse.
Padre: cuando camino el movimiento masajea mi glande y me desespero; el semen hirviendo presiona y no sé como gestionar lo caliente que estoy. Solo acierto a meter la mano en la bragueta. Estoy tan encelado…
Encelado de tanta miseria y cobardía que veo y escucho, padre.
No sabía de mi mórbida obscenidad. ¿Tuviste algo que ver con esto que está tan dolorosamente duro entre mis piernas y mi degeneración? Mis huevos están contraídos, parecen de cuero, padre.
Es también una clara cuestión de mortificación.
No me importa el dolor, la muerte y el miedo; solo pienso en correrme.
Dime que no estoy enfermo, padre.
Padre: ¿Qué hago? Los policías me dicen que tengo la obligación de mostrarles mi erecto y palpitante pene para que me hagan un test con sus bocas ávidas.
Agentes de la indecencia…
Les digo que tengo prisa, pero me acarician los huevos y una agente fea, se acaricia retorcidamente entre las piernas con la porra.
Como yo hago sin poder evitarlo apretando mis cojones con el puño.
¿Qué hago, padre? ¿Les dejo beber de mí?
¿Sabes, padre? Me hubiera gustado que no hubieras muerto y supieras de la excepcionalidad del cerebro podrido de tu hijo.
Moriste sin conocerme…
Me parece injusto.
Padre, hay una epidemia y no consigo enfermar, no mis pulmones. Es mi pene que se expande y llena todas las bocas y todos los coños de los que viven y los que se pudren. ¿Soy yo la infección? ¿O son ellos los que me infectan con su cobardía y mediocridad?

Estoy sucio.
¿Estás orgulloso de mí, padre?
¿Los muertos sentís orgullo?
Padre, tengo el cerebro podrido y mi pensamiento supura un blanco lácteo y cremoso.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me jode que los hijoputas que han provocado este puto encarcelamiento y pobreza por su miedo e inmovilidad hacia la epidemia coronavirus, no pasarán hambre ni penurias. Los malos siempre están a salvo, en las películas y en sus elaboradas estafas y negligencias auténticas, reales como mi pene mismo.
Además, estos gobiernos de tarados de la era del coronavirus, le han cogido gusto a encarcelar a gente inocente en nombre de una democracia que tiene todos los medios estudiados para convertirse en una feroz dictadura cuando ellos quieran. Bueno, nunca me han engañado, sinceramente.
Y no dejarán de hacerlo; ahora que han probado el fascismo descarado, les ha gustado. Se ha convertido en su viagra diaria.
Espero que Boris Johnson no salga de la UCI, su muerte puede consolar un poco todo este devastador daño anal; pero no soy optimista, con toda probabilidad volverá a dar por culo.
Estoy morbosamente ansioso de que caigan gravemente enfermos políticos y cargos de gobiernos y asistir así a los reportajes teleseriales de su beatificación y a los grandes tuits que por ellos se publicarán.
Insisto, no soy un ingenuo de mierda y sé que no muere quien debe. Solo divagaba dulcemente.

La violencia es lo único que resuelve con rapidez y claridad una crisis.
Toda otra cháchara del coronavirus y sus dictadores es distensión y más daño en el esfínter.

Bajo un fascistoide régimen de acoso policial en el que los cuerpos de seguridad dan por hecho que los ciudadanos son delincuentes peligrosos.
Esto es una puta mierda de timo.
Y Suecia es el último reducto de la serenidad, madurez y coraje.
Tienen claro que más muertos causará la pobreza.
Qué suerte tienen…
España es un gobierno de cobardes para cobardes. Un país con rancia tradición de estafadores.
De hecho hay muchos países así; pero a mí me ha tocado vivir en este de mierda.

Entre los cobardes del coronavirus.

Ahora que dicen que baja el número de contagios y muertos por coronavirus, también alguien le dice a los lelos del planeta que, el virus puede mantenerse en el aire hasta ¡tres horas!
Se me ha puesto dura con solo imaginar que es Supervirus en persona.
O tal vez es un virus que viaja en un nano globito aerostático.
El negocio de la mentira consiste en vender mascarillas hasta para el culo.
Si puede mantenerse en el aire tres horas, es muy posible que tenga una toma USB para recargar.
Es lógico imaginar también que viaje en los coches gracias a sus patas con garras afiladas que se clavan en la chapa y evitar así que la velocidad lo pueda arrastrar.
Además de los coches, las bicis, las moscas y los putos ángeles serán medios de contagio para, los que sobrevivimos cuando el virus viajaba una distancia de metro y poco subido en un moco de estornudo, en el escupitajo de una tos o en la eyaculación en la boca de una puta o sexo servidora que estaba de rebajas por falta de clientes.
Esto no es un virus, es un auténtico dron…
Así que antes de que el virus se dedique a contagiar por guasap, o mesenyer, más os vale comprar una careta con un buen antivirus Norton o Mcfee.
Los que tengáis dinero, invertid en acciones de fabricantes de mascarillas, que pronto serán obscenamente mucho más carillas aún para acabar de joder el dinero del trabajador.
No entiendo como con estos virus voladores, ha conseguido siquiera evolucionar la especie humana lo suficiente como para perder el rabo trasero.
Es angustioso el futuro que nos espera.
Lo cierto, es que la extinción de la humanidad no puede ser más jocosa (carita riente 😁).
No puedo creer que alguien no esté contagiado.
Ni siquiera Snoopy el dos rabos debería estar a salvo.
La suerte es que soy un fumador empedernido y el coronavirus, por mucho que esté detenido en el aire como un helicóptero, no me puede localizar gracias a la nube de humo que me rodea siempre (hasta que la próxima versión del coronavirus incorpore visión infrarroja).
Y otra cosa, ni se os ocurra soplar para alejarlo de vuestra nariz o boca, porque es pesado como el plomo. Es con toda probabilidad radiactivo.
Ser humano es ser (salvo alguna rareza o excepción) un gusano sin cerebro.
Va a ser divertido el asunto de las mascarillas y sus muertes cuando el coronavirus use un taladro para entrar por ellas.
Parafraseando el célebre diccionario del gato Jinks: Coronavirus “volaó”: Eso no existe y si existiera, valdría una fortuna.
Idiotas.
Tres horas volando, flotando.
No mames, wey…
El reservorio del coronavirus no es el pobre pangolín, son las películas de Harry Potter.

Iconoclasta

La velocidad de morir es la más lenta que existe.
Morir cuesta toda una vida.
No hay unidades ni cifras aproximadas para medir esa velocidad desesperante.
Solo sé que cuando miras atrás han pasado demasiadas horas malas.
Cuando llega el momento de palmarla, piensas que ya te podrías haber ahorrado tanta vida de mierda, innecesaria.
Siempre hay un amargo sabor cuando te llega la muerte, hubieras preferido ver morir a muchos que conoces antes que tú.
Al morir no te arrepientes de nada, solo hay esa desagradable sensación de que algo está mal en la vida. Ha sido todo un continuo fraude, un mal vivir.
Una sensación de timo que entristece la última respiración.
Romanticismos aparte, definitivamente, morir es la más triste y anodina marca de velocidad.
Te dan una medalla de estiércol en el mejor de los casos.
La mayor parte de los seres intentan ser lentos, siempre quieren ser los últimos en llegar.
Pues que se jodan.
Hice grabar un epitafio en mi lápida:
“A los que os hice daño, no fue el suficiente.
Esa es mi condena.”
Y heme aquí escribiendo desde este fresquito limbo. Maldiciendo mis huesos enterrados por lo muy lento que fue morir. Si llego a saber que se está tan bien aquí, me hubiera decapitado hasta con un cuchillo de untar mantequilla.
¡Qué hijaputa la muerte! Qué mala faena me hizo…

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Ha llegado la era de las mascarillas, los gobiernos obligan así a perder también lo que hace diferentes entre sí a sus esclavos productores: el rostro.
El toro ha agachado la cabeza para recibir el descabello por fin.