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¿De verdad es posible que yo fuera ese niño tan querido y arropado por su padre y su madre?
Están tan muertos los pobres, que siento una náusea, un vacío en mis tripas.
Mis amados muertos… Yo también os quise.
Y también el niño murió para dar su vida y sonrisa a lo que soy.
Fue mejor así.
Los niños no deben sufrir dolores y pérdidas tan aterradoras.
Es una hermosa foto de bellos muertos.
Nos vemos pronto.
Bye…

Iconoclasta

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El homenaje de cariño a un hijo.
En Manuscritos de Iconoclasta.

Pablo

Publicado: 26 abril, 2015 en Amor cabrón
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Mi hijo Pablo en la estación

No es una fotografía, es un collage solo para mis ojos.
Mi hijo está en ese momento de un presente concreto, buscando en su mochila, pero la imagen latente, la que conforta mi pensamiento, es que es Pablo bebé, Pablo niño, Pablo adolescente, Pablo adulto, Pablo hombre, Pablo y su padre muerto. Pablo fundando otros reinos, creando otros territorios que no veré; pero tengo imaginación aún que estoy vivo.
Hay miles de imágenes superpuestas que forman esa, yo las veo todas con cuchilladas de ternura.
No hay nada extraño en él, ni un solo ápice de su piel. Si acaso, solo admiración, solo una sorpresa por un tamaño sorprendente, por una voz más grave, por una seguridad, por una madurez. Por un conocimiento ya pleno de la vida.
Es hombre.
Es mi hijo.
No puedo dejar de pensar en las infinitas emociones y cariños que han llegado a crear esa imagen que tengo en el escritorio. Imposible de evadir, es un viaje en el tiempo, al pasado, al presente y al futuro.
Es lógico que a veces los hombres lloren.
El amor es una máquina del tiempo que vence todas las distancias y todas las dimensiones. Alguien quiere cuantificarlo, direccionarlo y codificarlo para viajar por él; pero fracasará.
Porque deberá tener un hijo y amarlo por encima de toda consideración lógica e ilógica. Regalándole el propio sistema nervioso central, el corazón, los pulmones, los ojos, el hígado, los riñones, todo para él cuando sea necesario.
Cuando el amor te convierte en el almacén de repuestos de tu hijo, entonces viajas en el tiempo.
Y evocas sus dedos suaves, sus primeras lágrimas, sus risas que lo doblaban, la rabia, la fuerza por ponerse en pie, el miedo a nada y a pequeñas cosas. Sus ojos tan azules y grandes me daban miedo cuando chapoteaba en brazos de su madre en la piscina, parecía de otro planeta.
La protección que le otorgaba mi volumen. Mis brazos llenos de él, mi voz llena de él, de su nombre. Las canciones, las películas, los llantos y las preguntas.
Y su descubrimiento paulatino del mundo, y yo tras él.
¿Cómo es posible sentir esa indecible ternura, evocar sus manos en mi rostro, palabras inocentes, ideas hermosas de un mundo que nunca lo será, ante un hombre de esa talla?
De un hombre que navega solo por la vida.
Solo ocurre cuando es tu hijo del alma.
Cuando nada ni nadie puede ser amado tan orgánicamente.
Cuando bajo el hombre adulto, un niño sigue buscando en su mochila con idéntico gesto, con idéntico gesto en el baúl de juguetes, con idéntico gesto tomando un sonajero en sus manos, con idéntico gesto mirándome con sus ojos aún de bebé.
Cuando el amor y la ternura hacen presa en tu ánimo de forma inevitable y sabes que la vida no es viable sin él en el planeta, sin él en el escritorio, sin él mi mente, sin él en mis recuerdos y en mis sueños. Es entonces cuando se forman las infinitas imágenes que componen la principal.
Es Pablo, mi hijo.
Tengo todas sus risas, lágrimas y dedos en mí. Profundamente insertados en el tuétano de los huesos.
Ese hombre que busca en la mochila, ¡por favor… si tiene tres años, tiene ocho, tiene catorce!
¡Cómo lo quiero!
Mi vida depende de la suya.
De la tuya, hijo.
Rebusca en tu mochila, Pablo, te admiro silencioso tomándote una foto que son miles.
Pienso en lo inadmisible, en lo inconcebible que es que algo como yo, haya aportado algo a tu vida, a tu organismo, a tu esencia. Porque no me veo como tú, no puedo verme tan importante y tan perfecto.
Es imposible tenerte en el escritorio en todas las edades de la vida y no detenerse a evocar cada segundo que te he vivido.
Y preguntarme porque no he muerto colapsado por esas emociones. Soy mucho más fuerte de lo que yo mismo temo.
Eres un hombre, Pablo, pero tengo que controlarme para no abrazar con un llanto ñoño a los pequeños y grandes Pablos que hay en esa imagen, en ese gesto.
Mi vida depende de la tuya, y la tuya es solo de ti y tus decisiones.
Soy un remolque de mi hijo.
Un beso, amigo mío.

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Iconoclasta

De padre a hijo

Publicado: 28 diciembre, 2013 en Terror
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¿No te das cuenta de los pequeños detalles? Esos pequeños pájaros que ayer no estaban, son la prueba de que es un día diferente. No te falla la memoria ni es un sueño.

La muerte marca el tiempo y el tiempo se escurre entre los dedos mientas esperamos. Entre muerte y muerte solo hay un suspiro, una ráfaga de color.

Una rata aplastada y unos pequeños intestinos que parecen de juguete se entrevén a través del humo del tubo de escape de un coche que se aleja veloz buscando más ratas. La muerte y el tiempo, existen, son palpables, se pueden tocar ambos.

Si esos detalles no son perceptibles a tus ojos cansados porque los confundes con una alucinación; ve a un hospital, observa detenidamente a los moribundos, fotografíalos (no pidas permiso para ello, no les preocupa otra cosa más que aspirar otra bocanada de aire). Toma tu tristeza y vuelve a tu madriguera a esconderte de tanta vida y luz.

Imprime las fotos y espera fumando que pasen veinticuatro horas.

Vuelve al hospital y compara las fotos. Verás que esos seres han empeorado y verás también camas vacías donde antes agonizaban.

Verás ataúdes oscuros y blancos con seres dentro. Fotografíalos es un precioso contraste.

¿Ves ahora que los días pasan? No estás maldito, no tendrás jamás esa suerte. La magia no existe.

Confórmate con saber que el tiempo avanza y el semen  que hoy derramas observando toda esa muerte, es distinto del que ayer escupías observando los pajarillos que envenenaste.

No llores más en tu oscuridad, si no crees que el tiempo pasa, cree en la muerte y aférrate a ella como si fuera el caballo que te salvará la vida en un desierto.

No envenenes pájaros, no sigas ahorcando gatos o apaleando perros.

Mientras asesinas niños, la muerte actúa en otros lugares y puedes morir en cualquier momento. No malgastes tiempo y energía.

Ya hay suficiente muerte en el planeta. Tanta como para que puedas eyacular cuatro o cinco veces al día. No hay que desesperar buscándola. Observa a tu alrededor. La ansiedad nubla la visión y esconde detalles de dolor que puedes gozar.

No busques  emociones que no existen en exóticos parajes que tampoco existen. La metafísica del hastío y la monotonía se combaten con la pragmática muerte. La vida es solo un rodeo para evitar la nada.

Todas las células del cuerpo piden vivir y no podemos hacer nada sin un tremendo esfuerzo por dejar de respirar y ese tipo de esfuerzo, está vedado a los fuertes. Solo es para los deprimidos cuyas células también lo están. El suicidio es un cúmulo de debilidades, no tienes esa suerte tampoco.

El suicidio es un azar de emociones, como lo es este planeta creado por una serie de errores y azares.

Así que toma aire, acaríciate las sienes y respira profundamente ante el último aliento de los demás.

Tu degeneración es tu desdicha; pero también marca la diferencia con los otros. Es mejor ser alimaña que vulgar. Es mejor eyacular ante la muerte que en un coño muerto e insípido. Aunque la piel de ese niño aún esté caliente y su sangre aún no se haya coagulado en torno al agujero por el que le has sacado el corazón, estás en un tiempo muerto.

El tiempo pasa mientras otros mueren y no lo gozas.

Debes optimizar los recursos que te ofrece el planeta.

No mates más, porque pierdes el tiempo, solo has de mirar y acariciarte hasta vomitar de placer.

El tiempo y la muerte van tan íntimamente ligados, que la experiencia se convierte en agonía. Todos los recuerdos del mundo son tristes, sean cuales sean.

No se dan cuenta, pero el recuerdo es una muerte, todos…

El tiempo y la muerte es un bebé de dos cabezas.

Tal vez llegue pronto tu muerte, si se diera el caso, excava ya tu propia tumba para que no te entierren junto a ellos. Es importante morir como has vivido: solo y con la mente podrida.

Cava cerca de casa, que te puedas arrastrar al ataúd como el gusano que eres cuando sientas que el corazón se te ha partido, cuando la sangre se mezcla con la orina y vomitas trozos de hígado.

Todos sabemos cuando vamos a morir, arrastra pues tu degeneración y que nadie sepa que un día exististe.

Vamos, hijo, no hagas que me arrepienta de no haberte devorado cuando naciste.

Papá que te ama.

Iconoclasta

Mi hijo, mi amigo (Pablo López Bergós)

Publicado: 19 diciembre, 2011 en Reflexiones
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Te digo sin voz que cuando estuve a punto de morir, todo mi afán era evitarte la angustia de sufrir mi muerte como yo sufrí la de mi padre.

Respiraba despacio escupiendo la sangre que había en mis pulmones, respiraba poquito para que no reventaran. Y aguanté dolor y miedo por más de veinticuatro horas.

Es lo que un padre debe hacer: mantenerse vivo para su amigo, para su hijo.

Eras el motivo por el cual valía la pena ese esfuerzo.

En la maldita silla de despacho con ruedas me movía con la pierna rota porque el dolor era insoportable, la sangre en los pulmones arde como nada que haya conocido.

Una tos y una sangre en el pañuelo…

Medía la sangre que escupía para controlar mi mejoría. Necesitaba que vieras que dejaba de escupir sangre de una puta vez.

Porque desde que jugábamos peleando en la cama, sé de tu cariño. Nunca te he preguntado si me quieres, porque lo sé de la misma forma que sé que voy a morir.

Amarte me hizo Supermán.

Imaginar mi muerte y el dolor que comportaría no era aceptable. Una mierda. No en aquel momento, eras muy pequeño, amigo mío.

Y lamento aquel largo año del dos mil cinco en el que con doce años te hiciste responsable de mí. Me ayudaste en la invalidez y con tu prematura madurez, me diste ánimo y combatiste mi miedo y mi inutilidad.

Siento mucho haberte fallado todo aquel año, amigo-hijo.

Hijo mío…

Por ti caminé de nuevo. Un padre ha de pasear al lado de su hijo, han de salir a desayunar y comprar juntos. No siempre, pero de vez en cuando.

Es una constante universal como la idiotez en el ser humano.

Como los idiotas sin cerebro que van a ver a los travestis al campo del Barça.

Pronto hará un año que nos despedimos en un sórdido aeropuerto; pero toda mi voluntad y toda mi fuerza trabaja para encontrarnos en un abrazo, para repetir desayunos de silencioso placer (a veces cerrabas los ojos dejando que el paladar disfrutara), para un paseo tranquilo charlando de intrascendentes cosas.

Intrascendentes cosas que se convierten en valiosos datos que uso para concluir lo que tu inmensa personalidad es capaz de observar y analizar.

Recuerdo tu valentía y hombría para realizar tus deseos como algo de lo que yo carecí.

Yo no te di esa valentía, no la he tenido nunca; es solo tuya. No debes agradecer nada a genética alguna heredada. Eres tú solo, tú irrepetible.

Tú mi hijo y mi amigo.

¡Qué orgullo siento!

Y aquí es donde un hombre ama a otro hombre. Sin ningún tipo de concesiones.

Hablamos de hipocresías y “santos varones” cuando otros padres e hijos hablaban de fútbol, películas y músicas baratas. Criticábamos profesores y padres sin cerebro.

¿No está mal verdad, compañero?

No importa lo lejos, no importa el tiempo.

No importa lo que quedó por decir, por ver y hablar. Por vivir…

Queda tiempo, amigo.

Llevo cada instante de mi vida contigo profundamente escarificada en el alma.

Recuerdo tu nacimiento con miedo, esa lucha por tomar la primera bocanada de aire. Recuerdo la inmensa inocencia de tu mirada como un trallazo hiriente a mi cinismo.

Recuerdo lágrimas que provoqué en esa inocencia con altas voces. Recuerdo con vergüenza momentos en los que puse a prueba tu valentía infantil con gritos de impaciencia y cansancio adulto. Pequeñas lágrimas que apenas trascendieron; pero para mí fueron las primeras y más dolorosas. Y no pesan, son solo una pequeña venganza por un error de padre idiota. Uno de esos errores que hacen mi vida más vergonzosa. Pero hasta la vergüenza que llega de ti me da paz y sosiego.

No puedo olvidar que cuanto más crecías más eras mi amigo y menos mi hijo. Estábamos a cada hora más cerca de ser hombres ambos.

Sentía la cercanía de esa amistad, el desarrollo lento y seguro.

Te esperaba en cada momento, que un día me alcanzaras.

Te quería por encima de todo como hijo. Te necesito como la única amistad que jamás podré tener.

No importa amigo-hijo lo poco que nos podamos encontrar. Sé que eres hombre y mi compañero.

Mi único y posible amigo.

Un día nos encontraremos de nuevo y no necesitaré decirte cuanto te eché de menos. Solo me sentiré mierda en silencio por no haber sido testigo de tu vida. No me necesitas amigo-hijo.

Soy yo el necesitado de ti.

Tú eres la prueba de que en algún momento hice algo bien.

Tus fotos demuestran que eres mejor que yo, tus logros ya han superado todo lo que jamás hice. Con eso me basta. Con eso me siento como un padre genial. Un amigo privilegiado.

Soy tu compañero y da la casualidad que también padre… A veces todo fluye como debe.

Te espero, te busco e imagino en todo lugar.

Y callo porque soy muy hombre, la fatiga del tiempo que pasa sin sentir tu voz, tus sonidos, tu música y la tranquila noche disfrutando de una película que nos gusta.

Echo de menos despertarte y decirte: Pablo… A dormir.

Y aunque somos amigos, muchas noches (todas) siento que a mi mejilla le falta el roce de la tuya.

Es mi única maldición como padre. Porque como amigo y compañero de vida, eres lo que siempre creí que debían ser dos hombres.

Te debo yo a ti el milagro de la madurez. De las conversaciones trascendentales.

A veces siento la necesidad de arrancarte unas palabras, pasear contigo.

Y perdona que te eche en cara estas añoranzas, amigo Pablo.

Pero si algunas veces he sido injusto o poco paciente, ahora lo soy con voluntad y firme decisión para sacudir tu alma con todo mi cariño. Porque es lo único que tengo.

Y es tan palpable que a veces este cariño avasallador detiene mi corazón como el golpe de un ariete imparable.

Así pues, mi amigo, recibe la admiración y el abrazo de tu amigo lejano.

Recibe el beso de tu padre en el mismísimo corazón.

Nos vemos mi amigo, no lo dudes un segundo.

Dile a Draco que lo echo de menos.

Iconoclasta

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Padre muerto, hijo no nato

Publicado: 1 marzo, 2011 en Reflexiones
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Padre muerto, hijo que no existes:

El mundo es estático, no varía. Es plano como el electroencefalograma de un subnormal. Como el de una persona en coma.

Posiblemente como el mío.

Todos sufren, todos se cansan, ríen, lloran y descansan.

Yo no lo siento, todo resbala en mí. Soy impermeable a mierda y alegría.

Padre muerto, hijo no nato: el mundo es una película que he visto demasiadas veces. No hay sorpresas.

Lo poco que observo ya a través de mis ojos idiotas es un decorado que mi escasa imaginación puede crear con mucho esfuerzo. Un filtro que apenas me da ya consuelo. Es la única forma de sobrevivir.

Con mis últimas reservas de imaginación he podido durar un poco más.

Hijo: si hubieras nacido, si estuvieras te necesitaría. Necesitaría salir a pasear contigo, fumar acompañado aunque digan que es malo. Sólo una vez. Nadie salvo yo, sufre cáncer por fumar un cigarro.

Padre: quisiera ser pequeño y que no estuvieras muerto y que me dijeras que hay cosas nuevas por descubrir.

Construyo castillitos en el aire que se desmoronan con un soplido. Y cuando se tambalean pongo las manos. No tengo suficientes manos para sujetar las almenas y caen rompiéndose con un gemido que me duele aquí, muy adentro; en un punto de mi viejo cuerpo que no puedo definir, que no puedo identificar.

Caen con un ruido sordo, porque sordo me estoy quedando.

Ojalá no oyera nada, ni siquiera mis gemidos.

Hijo que no naciste: papá es viejo, ojalá estuvieras aquí para cuidarlo. No quiero cuidados. Me conformo con un poco de compañía mientras lo que queda de vida duele.

Padre: voy contigo, espérame. No me dejes solo cuando llegue. Soy tímido.

Entre las ruinas de mis castillos en el aire asoman pies de soldaditos muertos. No soy cruel con mi imaginación, pero a veces ocurren cosas.

Y es lo hermoso de imaginar, que ocurren…

Sorpresas de soldaditos muertos que no imaginé y ahí están.

Padre: no me acuerdo de tu cara. Tengo miedo.

Hijo: es tarde ya, me arrepiento de que no nacieras.

Mi imaginación está en crisis, se ha agotado. Es el fin, el Segador está cerca y mi yugular se defiende endureciéndose ante la proximidad del acero frío. Sólo es un acto reflejo, no me defenderé, estoy cansado.

Si mi padre no estuviera muerto me acercaría a él sin vergüenza para que supiera de mi tristeza. Sé que él no preguntaría y me posaría la mano en la espalda. Que callaría a mi lado y yo me confortaría viéndolo fumar.

Hijo: a veces sueño con abrazarte y engañarte, decirte que lo hago porque te quiero. Pero en realidad, sólo lo haría por un poco de calor, sería egoísta. Aún sin nacer, te quiero tanto que deseo tu calor. Sé que no es bueno que un padre llore en el hombro de un hijo. No es natural.

No consigo imaginar calidez, mi imaginación ya es fría como el cadáver del que hubiera podido ser tu abuelo.

¿Hubieras venido conmigo a pasear?

A veces sueño con muertos y con los que no existen. Y la soledad es devastadora y me siento héroe luchando contra la inexistencia. Hasta de la tristeza más absoluta arranco algo de sueños imposibles.

Estoy abandonado, hijo que no existes. No tengo ni alma, padre muerto.

No soy nada, ni el producto de mi imaginación.

Mi melancolía es potente, es pura e inmaculada como la virgen misma.

Suena música hermosa por la radio. Sería un buen momento para no estar sin vosotros, sería un buen momento para llorar disimuladamente en vuestra compañía. Padre, hijo, nieto… Deberíais existir.

Si me quedara suficiente imaginación…

Estoy vacío.

Algo hice mal, muy mal.

Y ya no tiene arreglo.

Mi imaginación está muerta como papá. No hay ni cadáver de ella. Como no lo hay del hijo que nunca nació.

No es bueno vivir así, no vale la pena.

Padre: no hay remedio, no pasa nada, estás muerto. Has salido bien parado en mi castillito en el aire.

Hijo: perdona que hayas muerto sin haber nacido si quiera. Te he matado sin ser necesario.

No me perdones, no sería justo para ti, mi pequeño…

Vuestros pies asoman entre las ruinas de un castillo roto.

Estáis tan muertos… Y yo también, es mi última imaginación.

Mis castillos en el aire son pura degeneración, mato lo que no nació y lo que está muerto.

¿Alguien da más? Posiblemente esta sea mi única sonrisa en lo que queda de sueños.

Es tarde, vamos a dormir.

Que el Segador nos encuentre dormidos aunque no existamos.

Os echo de menos padre e hijo muertos.

Iconoclasta

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