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Sangre fría

Publicado: 13 octubre, 2020 en Sin categoría
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A veces siento un frío que corre por debajo de mi piel y entra como una gélida cuchilla hasta el tuétano de todos los huesos.
Me siento como un cadáver al que no le importa nada más que buscar algo de calor.
¿En qué momento, yo un mamífero, me pasé al bando de los reptiles?
Cuando sentí el gélido aire con el que mi padre muerto impregnaba de nada aquella habitación.
Una vez se enfría la sangre ya no hay forma de calentarla si no es frotando con fuerza y decisión el pene, a veces gimiendo placer, a veces llorando sin consuelo. A él acude toda la sangre de la vida, la sangre que ama con fuerza, la que hierve. Mi pene es un corazón redundante…
Lo que aún, apenas me distingue de un reptil. Y si no hubiera distinción, cielo, estarías enamorada de un lagarto.

A las propiedades asociativa, conmutativa y distributiva, habría de añadirse la propiedad idiota que, desconoce las tres anteriores y solo operan (los lerdos) con la follativa a la que aplican la conmutativa sin saberlo.
Y así es como confunden el bisexualismo, ya sea accidental, depresivo, frustrado, temporal o por narcosis con la propiedad conmutativa que es la más simple y facilona de todas. Debe ser la tribu de los llamados queer; que además de la ignorancia, le dan un toque de decadente exotismo a algo tan banal, para convertirlo en una farragosa y aburrida metafísica.

Siempre es tarde cuando la dicha es buena. O sea, cuando te toca la lotería a una semana de morir no es como para tirar cohetes.
Son cosas que pasan a menudo y que mandan a la “dicha” a tomar por culo, salvo por algunos casos aislados, de esos que siempre se dice “todos los tontos tienen suerte” o “a todos los tontos se les aparece la virgen”.
Para todos los demás, insisto, la dicha siempre llega tarde.

España es un país al que le espanta el trabajo, tanto a los fascistas dictadores de la nueva normalidad española del coronavirus como a sus esclavos y productores. Y además, si consiguen que los propios ciudadanos se encarcelen y autocastiguen con objetos contundentes, se ahorrarán la contratación de más personal para ejercer la represión, el robo de libertades y derechos. Y además, los miedosos les harán una buena mamada (sin mascarilla, claro) agradecidos por esa libertad de autojoderse que les han otorgado.

Lo que había aprendido al llegar a la madurez intelectual, es que millones de humanos estaban equivocados y yo no. Justo lo contrario que dice el saber popular.
A partir de ese momento, de esa iluminación a los trece años, todo fue a peor.
Es deseable poseer una mente simple en un cerebro sin rugosidades para conseguir un estado de gracia espiritual en esta pocilga que llaman sociedad.

Sí, ya sé que son tiempos de coronavirus o covid 19.
Sé que hay mucha angustia humana por la posibilidad de contagio y sus consecuencias: calvicie, caída de pies o manos, amputación más concretamente (como la propaganda televisiva que el fascismo español transmite de vez en cuando para potenciar el miedo de la chusma), rotura de uñas, muerte, muerte, muerte e incluso toser y estornudar mocos. El simple catarro deprime y aterroriza a los millones de cabezas de ganado humanas que portan su bozal personalizado o de molón diseño.
Pero no es mi preocupación, soy un metafísico que reflexiona sobre cosas serias de verdad:
¿Por qué la pinche tortilla de patatas está tan requetebuena en la montaña?
Mucho más que en casa, que incluso la acompaño con los putos tomatitos Cherry que no saben a nada; pero son tendencia como se le llama ahora a la moda o mediocridad.
Igual es que soy un poco susceptible con el asunto de la libertad y me sugestiono… Pero no, mi inteligencia es perfecta bien entrenada e inasequible al mimetismo con la chusma. Soy de otro planeta, resumiendo.
Incluso he pensado que el buen sabor se debe a que se ha contaminado con esas bolitas erizadas e invisibles que son las cargas víricas, esas que flotan horas y horas como drones premium ante las narices de los miedosos y aguantan la respiración para no quedar impotentes o frígidas (otra secuela del coronavirus, fijo).
Si es así, no me puedo quejar, no pueden ser más malas esas bolitas del coronavirus que el hummus.
Pinche tortilla… Está que te cagas, moragas.

Su blancura no es angelical, cuando está despierto puede ser diabólico en su capacidad destructiva. La peonza me la aconsejó un exorcista de gatos para evitar más daños domésticos, le da paz, y de paso a mí también. Había probado con Netflix, HBO y YouTube, sin resultado alguno.

“De vez en cuando la vida, toma conmigo café…”, cantaba Joan Manuel Serrat.
Bueno y de vez en cuando, entre tantos cobardes dictadores de tres al cuarto, surge alguien con suficientes cojones y poder para frenar (aunque sea poco) a los caudillos Sánchez e Iglesias y a sus caciques y secuaces.
Se les llena la boca con la palabra democracia y eyaculan con su “no me temblará la mano para joderos y prohibiros hasta el aire”.
Y la chusma que ha creído en ellos y sus medidas represivas con el pretexto del coronavirus, son el equivalente al pueblo alemán con su amor por el maricón de Hitler, o al pueblo ruso con sus reverencias al cabrón de Stalin.

Es justo lo que ocurrió durante el estado de alarma que impuso la dictadura de Sánchez e Iglesias, mataron a más gente que el coronavirus al dedicar hospitales y recursos solo a los acatarrados por coronavirus. De ahí que les fuera incómodo realizar autopsias, ningún dictador se carga sus crímenes a sus espaldas.