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Subir, trepar, escalar, arañar la tierra…
Los hay que bajan, son los menos.
Tal vez, en el imaginario de la colmena o el rebaño, bajar es acercarse a la muerte, bajar a la propia fosa.
Y subir es alcanzar más luz, más vida.
Sinceramente, me importa una mierda. Subo porque donde estoy no he encontrado cavernas y hay un cementerio, pero las tumbas son pequeñas y están amontonadas, no son estimulantes.
Me conformo con encontrar sitios nuevos, algo que no haya visto.
Morir o vivir es algo que no considero hasta que llegue el momento.
Si no lo hiciera así, pensaría que durante la subida o la bajada, la rótula podría desmoronarse y salir a la luz del sol a través de la piel y la carne.
Es una idea un tanto incómoda.
Y el movimiento se demuestra andando, incluso muriendo.
Se demuestra guardando el debido silencio del depredador acechante.
Míralos, espantando sus frustraciones con amistades gritonas y convenientes, superfluas. Apoyados en sus autos baratos y mediocres con adornos que pretenden ocultar que pertenecen a una triste cadena de montaje como ellos mismos.
Es una buena altura para ver la miseria.
Obsérvalos bien, tan alegres, tan resueltos, tan valientes…
Una mierda. Se cagan al verse solos, se cagan de frustración, se cagan por los anillos que hacen los años en sus huesos, se cagan de beber un vaso de cerveza barata solos. Hasta follan por miedo a no estar en el grupo de los selectos toros y vacas que tienen asignados en sus conciencias de colmena. De obreros sin cerebro, de trabajadores crédulos en su espejismo de exclusividad.
Hasta para mear, los muy valientes van en rebaño.
Un viaje sin otro idiota a su lado, no es posible.

¡Eh, no estamos solos!
(de mierda)
¡Eh, mirad soy feliz!
(de mierda)
¡Eh, tengo tantos amigos como pelo en el pubis!
(de mierda)
¡Eh, aún soy joven y divino!
(de mierda)

Son el ejemplo del ridículo, de lo que siempre huí. Me aterroriza verlos y sentir la posibilidad de que hubiera podido ser como ellos.
Por eso estoy aquí, silencioso y sin ningún tipo de alegría frente a un trozo de la mandíbula de un conejo que su cazador ha abandonado al escuchar mis pasos, aún sangrante, con restos de carne.
No huele aún, pero las moscas-verdes-metálicas-robots lo cubren. No estoy seguro si es por comer o por guardar el secreto de la vida y la muerte.
Lo último que podría desear ahora es que alguien estuviera a mi lado, desgarrando con su voz idiota el momento más sagrado de la montaña.
No os preocupéis, repugnantes seres metálicos con alas (¿dónde están las baterías que os dan movimiento?), no traigo a nadie más tras de mí. No voy a gritar para que alguien vea la tragedia que cubrís, que coméis.
No quiero compartir esto, es mi secreto también. Me lo he ganado subiendo con dolor la pendiente inacabable y mortal para una rodilla que tiende a querer salir a través del tejido que la cubre.
Ya hay demasiada vida. Y la muerte, mejora mi circulación sanguínea.
Es algo que experimento, no es retórica facilona.
No quiero un amigo fariseo con el que hacer banalidad de esta muerte, esta caza, esta vida.
No se lo merece el cazador, la presa, ni yo.
Saber que no hay dioses, protectores y destinos me hace héroe en un planeta de rebaños y colonias.
Me bastaría mi amante, mi hermosa amante de profundas palabras, sujetándome la mano con gravedad, con su inteligente silencio y sus pechos respirando agitados por el esfuerzo, como fatigado yo.
Y decirle que la quiero follar unos metros más arriba y celebrar la comunión de la carne en el paraje de la muerte y la soledad. “Te la quiero meter tan profundamente que si Dios existiera, giraría la cara, si la tuviera”.
Me parece oír a los adocenados acercarse, como una pesadilla. Tengo un terror atroz a que aparezcan.

¡Eh, mirad, he descubierto un cuerpo devorado!
(de mierda)
¡Qué bonita la vida salvaje!
(de mierda)

Paso por encima del trozo de hueso y las moscas que han vuelto a cubrirlo, vuelan incómodas entre mis pies. Alguna aún me sigue.
Me dan asco; pero nada nuevo. Hay seres que no son moscas y producen el mismo efecto en mí.
Solo pienso en la simplicidad de ser cazador o cazado, sin tener que soportar todo esa superficialidad de los seres alegres, de los amigos divinos, de la putrefacción de sus cerebros.
Sin alegrías (de mierda) que hagan de la vida un eterno chiste de humor vulgar.
Y así marco diferencias, distancias largas y cómodas entre cobardes y mi soledad que solo deja a salvo del desprecio a tan pocos humanos, que apenas podríamos llenar el salón de una casa.
Pienso que todos los días son buenos para que muera alguien o algo.
Incluso yo.
“Eh, mirad. Estoy absolutamente apartado de vosotros, castrados”.
A la mierda, sigo subiendo…
Muriendo.

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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