Archivos de la categoría ‘Conclusiones’

Araña

Teje tan bien la muerte…
Los micromundos son apasionantes, son hipnóticos.
Tanta perfección, con serenidad. Todo ese trabajo para matar, para cazar.
Pienso en que no he construido, que no he creado nada en lo que llevo viviendo. Y en lo que me queda, no lo haré.
Ya es tarde y la muerte está cerrando sus últimos hilos en torno a mí.
Tal vez son pequeños mundos imperceptibles para que no nos suicidemos por vergüenza de ver lo que no haremos jamás.
Mientras ella, la hacendosa asesina teje y caza, los humanos solo envidian y parasitan a otros como ellos.
Hay más inteligencia en una de las patas de la araña, que en cualquier gran ciudad del planeta.
No es una opinión, es un hecho.

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Yo es que de ingenuo no tengo nada, el niño no es feliz por el helado que lleva en las manos. Su gesto es la pura esencia de la lujuria.
Tal vez su mamá lo espera en casa para hacerlo un hombre de verdad.
No sé, a veces pienso cosas que podrían ser feas para los más comunes de la sociedad; pero bien miradas, son maravillosas. Un curso acelerado de mamadas por parte de mamá puede cambiar por completo el futuro de su hijo y así no hacer el idiota con un cucurucho por la calle.
Lo digo porque esa es más o menos mi sonrisa feliz para el sexo más sucio que ser humano pudiera imaginar. Solo que la mía es un poco más oscura que la de la figurita de la tienda de helados.
Mi madre no me hizo nunca una mamada, pero debería haberlo hecho.
Ni las madres son perfectas.
Mierda de planeta…

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Cuando dejes de dar gracias a Dios por lo que has disfrutado gracias a ti mismo.
Cuando dejes de pedir perdón a Dios por tus errores y los que te han jodido de los demás.
Cuando dejes de rezar para combatir el miedo.
Entonces, y solo entonces, concluiré que al menos tienes cojones.
O que no eres tan sumamente idiota y servil como te tenía.
Hasta que no llegue ese momento, te seguiré soportando con medido desprecio y falsa admiración.
No me voy a pasar la vida peleando con crédulos pusilánimes, coño.
(Donde digo cojones, aplíquese ovarios, según convenga)

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Los caminos están bordeados por unas blancas líneas de polen.
Un derroche de vida.
El bosque alardea de su fertilidad.
Como yo alardearía en tu piel dejándo blancos rastros de semen entre tus muslos, en tus pechos, en tu boca, en tu cabello…
El bosque es mucho más sutil que yo, lo sé. Pero también sé que tu piel quiere la obscena brutalidad de la pasión.
Quien quiera puto polvo de ángel, que vaya al bosque.
Trazamos las curvas de nuestros cuerpos con húmeda lujuria.
A lo mejor, el bosque hace lo mismo: se corre en la tierra.
Aunque con otros materiales.
Y sin la locura de nuestra pasión.

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¿De verdad tiene tantos años? Las murallas deben durar, es lógico; pero es casi pornográfica la diferencia con la edad de los humanos.
Me gusta, es como un monumento a lo efímero de la vida.
Un tranquilo y eterno sarcasmo que se ríe de los que murieron y morirán.
Sé que se ríe de mí la muralla, pero me da igual.
Yo solo estoy aquí para fumar de paso.
No quisiera ser muralla y vivir tanto.
Sin sarcasmo.

Pescadores y mirones

Es cuanto menos curioso que los pescadores, parecen ser observados con cierto y aburrido interés por el pato, al que solo le falta fumar.
Y yo veo a los tres.
Me pregunto quien estará detrás mío mirando, porque me he rascado el culo con ganas y total desinhibición.

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Los que vivimos sin sensación de pérdida de tiempo. No tenemos nada que hacer más que consumirnos.
Sin miedos, sin horarios, con la compañía ya inconsciente de la muerte.
No tengo nada que hacer, como el viejo caballo.
Tan solo morir libremente, sin nada que obedecer o cumplir.
Cuanto más cerca de la muerte, más libre soy.

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No creo en monstruos porque no los hay.
Desafortunadamente no existen vampiros u hombres-lobo.
No hay supervillanos, ni extraterrestres.
Las vida es infinitamente mucho más vulgar. Nada me da miedo.
Solo existe la envidia y los seres humanos despreciables. Y eso no me da temor, solo asco.
Asaz asco…
Son eternos, y en el caso de morir algunos tras una larguísima e inmerecida vida, seis nuevos ocupan su lugar.
Una náusea inconsolable siento cuando camino y pienso demasiado.
Mierda… Y encima hace calor.

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Son los más consentidos, los atletas del mundo animal. Los Señores del Rayo.
Su majestuosidad carece de vanidad.
Es absolutamente innata y natural.

Pablo Ermita Sant Bertomeu 2 Jun 2016 copy

El hijo se hace adulto y yo me desintegro lentamente en el tiempo, como si ya no tuviera razón de ser.
Los padres somos efímeros. El mío lo fue.
Y así observo a ese hombre desde las lejanas brumas de la desaparición.
Es su turno de juego y el mío de morir.
No hay drama, solo orgullo y una serena y melancólica constatación.