Archivos de la categoría ‘fotografía’

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Vivo entre muros de 1841, lo que quiere decir que ya han muerto aquí algunas generaciones. No es menos extraño que la luz del sol, que es luz del pasado.
Lo difícil es conciliar la actualidad de los latidos del corazón, con las cosas viejas que me dejaron al nacer. No es raro sentirse ajeno al mundo. Nada es mío y lo de los muertos no lo quiero; pero debo soportarlo. Hay cierto negro romanticismo en ello, solo eso.

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Las piedras de los viejos muros son formidables enemigas del tiempo. Y muestran orgullosas su eternidad denigrando estucos y maquillajes.
Y si tuvieran pensamiento, dirían que soy otro que va a morir rápido. Y esperan con soberano aburrimiento que el tiempo me arrastre.
Tienen más de trescientos años.
Y tienen razón.
Y yo movilidad y un mazo…

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Duerme tanto y su cerebro es tan pequeño, que temo que se le seque.
A mí me pasa al despertar, siento que tengo arena en el cráneo.
Aunque tengamos un pelaje diferente, lo animal es común.
Y no quiero que un día se convierta en sonajero.

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«Comed y bebed, porque este es mi cuerpo».
No sé si es porque estoy normalmente erecto, contento e incluso de buen humor, por lo que intuyo en las palabras del crucificado algo de felación, pissing y lácteas y doradas duchas.
Imagino, que aquel tipo, de haber existido; tendría pene y humor. Yo tengo ambas cosas.
¡Ah…! La vida es larga y dura, que me chupen la vida.
Hay días que me parto de una nada sutil risa obscena.
Amén y a amorrarse al pilón.
(Qué divertidamente tosca la imagen…)

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Estás cansado y observar el reloj es un diapasón que afina la percepción de lo que muere y lo que espero. Y deseo que pase el tiempo, mi tiempo para descansar de verdad. La deseo a ella, pero no estoy presentable, no soy un buen producto ahora. Soy un saldo.
Como lo es la justicia, que muere a cada segundo. Los asesinos deben ser asesinados; pero jamás por las leyes, sino por esa justicia salvaje que es la venganza.
No tiene nada que ver con amarla, pero necesito cierta angustia para no desfallecer.
Las leyes solo condenan a los inocentes.
Y por encima de toda ley o justicia, a cada segundo te amo.
Me desconcierto a mí mismo.

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«Hoy ha amanecido lloviendo, como yo entre tus manos…»
Me ha dicho. Y la erección ha sido casi dolorosa.
Continúa lloviendo y no puedo quitar sus palabras de mi básico cerebro.
La erección es como un paraguas cerrado, que cargas peso pero no alivia.
Me follaría las nubes que ocultan su coño.

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No me pregunto adonde va el tren y la carne que contiene. Sé que es un largo recorrido con parada en todas las estaciones y su destino, sus destinos, es morir.
Me pregunto si en algún momento volverá a recuperar su ahora difusa, difusas formas. Si llegarán a destino como borrones, como errores en un papel, como ideas abortadas.
Es más carismático morir crucificado, quieto y que sepan qué eres.

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Te leo y siento que las llamas me devoran. Fumo y no sé si expulso el humo o mi alma que prendes fuego.
De cómo las palabras arden, de cómo tu piel es una cuenta atrás para la ignición, la mía.
De cómo eres sol y tierra.

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Me pregunto si te preguntas lo mismo que yo hacía mil años atrás, cuando fui consciente de mí mismo: ¿Las palabras explican la vida o la crean?
Porque mientras tú te preguntas eso, quisiera encontrar el momento preciso para responderte, para que no pierdas tiempo; para que seas infinitamente más lista que yo.
Las palabras crean y transforman la vida porque lo que hemos encontrado, no es nuestro, es ajeno, es de los muertos y está mal hecho.
No es quiera ser listo, es que amo tu vida a cada momento y no quiero que pierdas un segundo más con filosofías y teologías.
Si aún así, no te convenzo y encuentras que las palabras sirven para explicar, me convertiré en humo, no seré el hombre fuerte que creía ser, el que flotaba mirando al cielo, a los techos y a los dioses.
Si no soy un deseo, un sueño; soy nada.
Porque todo aquello que es especial, por definición es inexplicable.
No hagas de mí y lo que contengo una explicación.
Porque creí ser fuerte, ser valiente, ser tuyo.

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Hay tantos colores en tan poco espacio, que echo de menos los tonos de tu piel, la húmeda y brillante monocromía de tu coño.
Tu piel me da sosiego, eres mi refugio en el planeta.
Hay rincones casi idílicos en su variedad cromática; pero no consiguen eclipsar la suave monocromía de tu piel.
No necesito lugares saturados, acuarelas de ensueño.
No soy pintor, no soy nada. Solo una mirada profunda y hambrienta.
Tú observas la sorprendente anarquía de los colores y yo te abrazo desde atrás con las manos entre tus muslos, cubriendo mis ojos con tu cabello.
Colores y deseo…
Amarte me hace extraño al mundo.