Reflexiones redes 2 def

No contestes, no hables.
No sueltes el teléfono.
No es una llamada obscena, es una venganza a tu sensualidad, al placer que me inspiras, a la animalidad a la que me abocas.
No te toques aunque te diga que tengo tus braguitas negras dando vueltas entre mis dedos. Que mi pene siente espasmos ante la proximidad de la suave y transparente blonda que tantas veces ha empapado tu coño.
No te permito que acaricies tus pezones, no quiero que uses tu mano libre para dar consuelo a la humedad que empiezas a derramar, a la dureza implacable de tus pezones que se marcan sobre la suave tela que los cubre.
Solo quiero oír tu gemido desesperado, impaciente porque sabes que estoy envolviendo mi bálano con tu braguita, que ciño con fuerza la tela, que descubro mi glande y se marca entre el pérfido dibujo que en otros momentos a dejado de manifiesto la voluptuosidad de los labios de tu coño, que los he besado a través de la blonda con el dulce sabor de tu flujo.
Me conviertes en un perro sediento. Me sometes.
No hables, escucha. La humedad viscosa de mi glande parece literalmente deshacer la tela que cubría tu coño. La tela que yo despegaba y que arrastraba filamentos de deseo de entre tus labios henchidos y hambrientos.
¡Te he dicho que no te toques! Es una venganza por lo que te deseo, por hacerme descender a lo más profundo del animal que soy.
Separa tus muslos, quiero hablarle a la mujer obscena que hace de mí una red de venas que trabajan exclusivamente para ella, para llevar la sangre necesaria al miembro que parece reventar.
Sé perfectamente de como se forma la viscosidad entre tus labios, como se ha endurecido el clítoris. Sí, cielo, te permito gemir; pero no te toques.
Te lo prohíbo, maldita.
Maldita amada.
Maldita bella.
Maldita lujuria.
Como te amo, te odio, te deseo…
No estás ahora aquí para besar el glande cubierto con algo de ti; pero te ordeno que beses la tela que cubre mi desesperación, que escupas en ella, que poses tus labios y yo te invada la boca furioso.
¡No hables, no te toques!
Ahora el glande parece querer abrirse paso entre los dibujos de la tela, hay mortificación en mi sensible carne.
Si vieras como mi vientre se contrae ante la proximidad del orgasmo…
¿Me oyes gemir? No es solo placer, hay un dolor por tu ausencia, porque no estás.
Es la paja más triste… ¿Me sientes?
Es la masturbación más desesperada.
Te prohíbo que te toques. El semen empieza a brotar, como una marea blanca aparece entre los poros de la tela. Extendiéndose, haciéndola invisible.
¿Te imaginas mi corrida desesperada? La tela ya no la siento, me pasa como con tu coño, no distingo donde empieza mi piel o la tuya.
¿Has escuchado mi ronquido? Mi pene sufre espasmos escupiendo el esperma que debería estar en tu sexo, entre tus dedos, en tu boca…
Sí, preciosa, quiero esos perfectos y tallados labios jadeando, es mi venganza. Es el castigo a tu sensualidad implacable.
Desde aquí, mamo tu coño. Te lo juro por el semen que ha empapado tu braguita.
El placer solo es comparable a la tristeza de que no sea en tu sexo donde ahora suelte mis últimas gotas.
No te toques, gime, sufre; pero no te toques.
Ahora acaricio mis testículos, como tú lo haces, con suavidad, dando paz a todo esto que siento por ti; recuperando, ascendiendo a la cordura poco a poco desde lo profundo a lo que me has llevado.
Ahora ya solo puedo decirte que te amo, que me faltas a cada instante, que me llevas a mundos que no hubiera pensado.
Mundo de fetichismo y blonda…
Que observo tus braguitas empapadas de mi semen y siento ganas de llorar.
Y las froto en mi vientre.
No digas nada, calla.
Sufre, maldita amada, maldita hermosa, maldita mujer adorada.
Beso tu coño, muerdo tus pezones.
Buenas noches, adorada mía.

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Iconoclasta

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Hay tantos colores en tan poco espacio, que echo de menos los tonos de tu piel, la húmeda y brillante monocromía de tu coño.
Tu piel me da sosiego, eres mi refugio en el planeta.
Hay rincones casi idílicos en su variedad cromática; pero no consiguen eclipsar la suave monocromía de tu piel.
No necesito lugares saturados, acuarelas de ensueño.
No soy pintor, no soy nada. Solo una mirada profunda y hambrienta.
Tú observas la sorprendente anarquía de los colores y yo te abrazo desde atrás con las manos entre tus muslos, cubriendo mis ojos con tu cabello.
Colores y deseo…
Amarte me hace extraño al mundo.

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Es mejor evadirla cuando el concepto es la desesperación por encontrar alguna gracia a la miseria que la sociedad ha alcanzado.
Una miseria monumental y solitaria. Como una vergüenza que se oculta.

Escultura chatarra 0. Marzo 2016 Iphone

En Realidades Truncadas.

Patos y primavera

Yo no quisiera ser pato porque vuelan siempre uno al lado del otro, parecen aburridos.

No es que la primavera en sí misma, condicione el ánimo hacia la vida más cariñosa, tierna y relajada. No tiene nada que ver la floración de los vegetales y la actividad animal.

Ellos no follan, le llaman «pisar». He oído a especialistas en coitos ornitológicos decir: ¿Qué, compadre. Ya la ha pisao el macho?. Yo no piso, yo la meto.

Lo que ocurre es que cuerpo y mente, tras luchar contra el rigor del invierno, se relajan. El cambio o la mayor actividad hormonal, obedece a esta causa.

Yo no tengo equilibrio para pisar a una hembra de esa forma. Lo mío son las uñas arrastrándose por la piel que deseo. No sé como pueden tener huevos (me parece que se llama huevogenesis u ovogenesis en jerga culta) cuando todo depende de esos pies palmeados que tienen. Yo a veces los veo foll… perdón, los veo pisarse y me parece que simplemente hacen gimnasia acrobática. Resbala el macho sobre la hembra hasta el aburrimiento. Tal vez en algún momento se la mete, pero es tan breve que siento lástima por ellos.
No es elegante.

Yo nací con alguna carencia, porque el invierno no causa mella en mí, no me preocupa.
Mis erecciones y la humedad en mi glande se mantienen constantes a lo largo del año.
Soy incapaz de recibir la primavera con alivio o alegría. No siento que sea luz tras oscuridad. Echo de menos el invierno con las primeras subidas de la temperatura.
Echo de menos la templanza que hay entre tus muslos, en lo más profundo de ellos, los labios ocultos que también quiero besar.

Siempre dicen «cua-cua», su vocabulario es indecorosamente escaso. Lo que me lleva a concluir que su cerebro es muy pequeñito. Demasiado para mi gusto.
Aunque a veces pienso que a todo dicen «cua-cua» en un tono que viene a decir: «me la pela», «me importa una mierda» o «está bien; pero déjame en paz. ¿No ves que estoy agitando mis palmípedas patas en el agua?».

Así que no tengo semejantes, no tengo nada que compartir. Y lo que es mejor, no siento necesidad ni humor para hacerlo.

Y esa forma presuntuosa de nadar con tanta facilidad, son unos bordes.
Pedantes…

No varían, no fluctúan mis palabras y mis ojos con los cambios estacionales. Sigo observando el planeta con los párpados entrecerrados; si en un momento fue para protegerlos del frío, ahora para defenderme de la inmisericorde luz.
Sea como sea, no quiero abrirlos del todo, necesito ocultación y acecho a todas las cosas, a todos los seres.

No quiero ser pato porque no tienen bolsillos ni dedos para una pluma estilográfica y papel.

No me importa tampoco no ser un hombre clasificado como tal. Ni hombre, ni pato…
Solo soy manos, un pensamiento y un pene que se escapa de cualquier norma, que se ahoga en ellas, en las que se pudre.

No quiero ser pato, porque son felices con el mismo río, con las mismas piedras. Porque pareciera que nada cambia a su alrededor.

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

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Líneas rectas tan artificiales como sucias.
Resalta tanto la inmundicia en lo que hacen los humanos…
La humanidad es un hongo en el planeta.
Rectas sucias que marcan la horizontalidad y verticalidad de una vida debidamente nivelada. Es una desesperante geometría de la mediocridad.

Markéta Bělonohá def

En Telegramas de Iconoclasta.

Un café helado

No tenía ganas de escribir, me canso.
Designo un momento del día para ello, que a veces ocupa hasta el día siguiente, hasta la semana siguiente, hasta el sueño siguiente…
Las manos piden descanso y el cerebro dice que nasti de plasti.
Toda disciplina que me impongo se va a la mierda con los biorritmos de la humanidad.
«No hay descanso, no hay perdón ni para ti, ni para nadie. Espera a morir». Y suspiro, hago rendijas de mis párpados para enfocar cosas, seres y gamas cromáticas que forman moaré en el aire. Saco la pluma, el cuaderno y cuando ya he vertido el azúcar en el café, comienzo a escribir sabiendo que lo tomaré desagradablemente frío cuando todo esté plasmado en tres dimensiones.
La cámara fotográfica no podría captar el guapo subido de la camarera que me sonríe coqueta. He de darme prisa, soy un impresionista de la literatura, hay emociones de colores efímeras como el pulso del moribundo.
Es un hombre anciano, con deficiencia mental. Toma un café con leche y una magdalena que devora con una traviesa y desconcertante hambre infantil.
Lo acompaña una mujer mayor, aunque no tanto como él.
Me parece bonito que hablen sin sentir que entre ellos hay una barrera de íntimo y añejo dolor que traza un cerebro roto.
Hay una triste belleza en los ojos del viejo-niño, destellos de ilusiones infantiles, de tal forma que su pequeño y nítido rostro, en un cuerpo menudo y bajito me hace dudar si realmente es un anciano.
Tiene el escaso cabello tan blanco que resulta obscenidad su entusiasmo.
Observo y escribo tranquilo, pero con hábil velocidad para no perder los detalles de un parpadeo, lo que requiere cierta concentración. Y el niño-viejo por un momento me observa con una miga de su magdalena entre los dedos. No me he dado cuenta de que lo miraba con intensidad.
A veces siento que mi mirada es demasiado densa, que es un peso sobre las almas.
Se interrumpe el breve cruce de miradas cuando la mujer que lo acompaña, limpia las migas de su jersey verde-lima, tan infantil como su mente. Y hay en ese gesto un instante de tristeza profunda, de cansancio vital. No quería verlo.
Quiero irme de aquí, las tristezas son como insectos que te sobresaltan zumbando muy cerca del oído.
El viejo-niño dice con voz muy alta, que la magdalena está buenísima, y alguien de la mesa del rincón, le dice «¡Hala, como disfruta Daniel!».
Y es preciso pintar-escribir ese momento, porque la sonrisa ufana del viejo-niño, borra la tristeza de la mujer que lo acompaña.
Todo cambia en décimas de segundo.
La sonrisa radiante del viejo niño de jersey verde chillón, es excesiva, un regalo demasiado valioso para el planeta.
Margaritas a los cerdos.
No puedes perder ciertos instantes, sería negligencia.
A pesar de las tristezas, hay momentos por los que vale la pena vivir.
Mi cámara fotográfica son hojas de papel y tinta, de una resolución de ciencia ficción. Y una percepción del mundo cientos de años más vieja que mi cuerpo.
Soy lo contrario del viejo-niño.
Acabo de escribir y guardo en el bolsillo de la chaqueta la pluma y la mini libreta, dispuesto a no escribir más. Pase lo que pase.
Esa feliz sonrisa de la tierna, pueril y espantosa imbecilidad es un buen final.
Y ahora, las mesas parecen haberse vaciado. Vuelvo a estar solo conmigo mismo.
El café está helado no me gusta; pero ha valido la pena.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Sonreír o no sonreír

Los favores, los regalos, la amistad y el matrimonio tienen un único fin: acumularse para luego exigir un pago.
Son inversiones desde que la especie humana dejó de arrastrar el dorso de la mano por la tierra al caminar.
Alguien dirá que hay de todo, que hay amistad, cariño y amor verdaderos, yo digo que las excepciones no me sirven, es consuelo de idealistas de cerebro blando. Para encontrar una persona que valga la pena necesitas descuartizar a ocho mil. Las estadísticas si se leen con atención y sin que te las interpreten (como la biblia), cantan verdades pornográficas y suculentas en mezquindad.
Quedan los muertos. Cuando alguien muere y los vivos juran que han cuidado del difunto y le han dado tanto amor que ha sufrido un ataque de diabetes antes de vomitar el hígado, esos mezquinos esperan el pago a su gran virtud de mierda: la legítima que por ley les pertenece. Eso o ser nominados al puto óscar de la bondad miserable.
Hay inversores en «cariños y amores» para muertos y para vivos. Son tan previsibles como el camino que hace el metro todos los días.
Es necesaria una buena catástrofe natural, una epidemia medieval o un holocausto bélico de proporción planetaria para que las mezquinas pieles, sangres y vísceras de los inversores se pudran y enriquezcan así la tierra.
Porque es el único fin para el que existe el jubilado que ha trabajado más que nadie, el hijo más desdichado y mártir del planeta, la madre más abnegada, el abuelo tan casto que ve tetas y piensa en lactancia y frío, o la puta con el cerebro que le huele a orina porque trabajar es demasiado penoso y más difícil.
Cuando muera y me convierta en un ente inmortal además de inmoral, en una materia o energía; os arrancaré la vida a través de los ojos con agujas eléctricas y mazos de acero que tronchen vuestros huesos.
Putas y putos mezquinos…
Lo peor, lo más insoportable de la vida es que nunca muere quien debe en el momento justo.
Es como si ser miserable diera puntos y años de vida.
Y ahora me voy a fumar sobre unos cadáveres sin importancia, que diría 666 siempre sangriento.

Golpeador copy

¿No lo sientes? Son mis golpes desesperados.

Ojalá te dolieran.

Golpeo con paranoia la dimensión que me separa de ti.

Debería temblar el universo.

Mis pies resbalan en un charco húmedo que mana de mi puto pene y los golpes pierden efectividad. Y mi cerebro parece no entenderlo, porque sigo destrozando cada hueso de las manos.

Me duelen tanto, cielo…

Me duele tanto ahí abajo…

Baja la sangre en torrente, con cada puñetazo en la barrera invisible del deseo. La que me hace mierda, la que me hace feroz.

El corazón no duele ya, el dolor es ira, ansia, desesperación…

No me queda alma, solo la violencia desatada del deseo.

Los puñetazos en la invisible frontera, el dolor de mis genitales sin consuelo; ese es el universo al que me has llevado.

Me duelen, me duelen, me duelen…

Por favor…

Mis manos rotas ni consuelo pueden darme. Soy una bestia encelada, atrapada en la dimensión desesperada.

En tu puta dimensión.

¿Por qué existes? ¿Por qué? ¡Cómo me dueles!

Entre mis piernas hay una presión que las manos golpeadoras ya no pueden gestionar.

¿No te das cuenta que soy solo un hombre?

No deberías existir, es la única forma de que deje de destrozarme.

Pero… ¿Dónde está el hombre? Aquello que era antes de que existieras.

Mi bálano no reconoce las manos rotas del golpeador.

Golpeo la distancia, el tiempo, al creador y mi rostro desencajado.

Soy el golpeador silencioso. Un mimo en un infierno que nadie mira, de cuerdas vocales sangrantes.

Soy las manos rotas del deseo, que no pueden contener la sangre que me llena, que me expande, que me desespera.

¿Y si soy peligroso? ¿Y si todo este deseo por tenerte, por fundir tu piel con la mía, es un riesgo para ti?

Soy malo, porque no podría considerar tu seguridad. Solo queda en mí animalidad.

Tal vez debería morir con las manos rotas, con las venas del pene reventadas mezclando semen y sangre. Un infarto lujurioso.

Me da miedo que se rompiera la invisible dimensión y pudiera empalarte con mi carne doliente.

No sé si podría protegerte de mí.

Golpeo y me duele tanto ahí abajo…

Atenazaría tu coño con mi mano crispada mordiéndote los labios. Te haría pagar esta desesperación.

Yo golpeador, te amo, yo golpeador te deseo.

Salvarte no podría.

Me duele tanto ahí abajo…

No puedo más.

Y las manos, ya no existen, son muñones inútiles en la dimensión de la fascinación a la que me has abocado.

Soy un golpeador atrapado en universo de nadie, en la invisible frontera que marca tu piel.

Me dueles tanto…
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.