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No puedo evitarlo, necesito que mis pesadillas sean tangibles y cuando fumo, divagar en 666 y su inexistencia y la necesidad (mi ilusión) de su realidad.
Luego apago el cigarro y soy esa bestia durante un tiempo.
Siempre sangriento y caliente: Iconoclasta.
Desde mi nueva cueva.

Michelle Pfeiffer

En Telegramas de Iconoclasta.

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No es que haga sol, es que desconfío del cura y dios. No me convencen. Amar es hermosa tragedia. Y yo soy un drama indecente y palpitante.

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Como dos amigos viejos de piel gastada que asisten silenciosos e impertérritos al espectáculo de la vida. Sin nada que decirse, porque al fin y al cabo, ya nada sorprende y todo se cumple con la certeza que da haber vivido demasiado.
Y está bien, que la vida pase ante mí y no ser parte de ella.
Demasiada vida, demasiada sabiduría que no aporta alegría.
La muerte se infravalora en demasiadas ocasiones.
Ser un banco vacío y ajeno a todo…
Es cautivador.

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«¿Le duele al agua romperse?
¿Le duele como a mí no metértela?
Igual que a mí me duele caminar.
Siento pena por ella, como la siento por mí. Porque nos rompemos buscando el mar y yo buscándote a ti.»
Fragmento de El Dolor del Agua, de Iconoclasta.

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Ladies and gentlemen, con todos ustedes: el cielo y su grandeza.
Y la hermosa posibilidad de morir bajo su libertad, lejos de la grisentería.

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Vivo entre muros de 1841, lo que quiere decir que ya han muerto aquí algunas generaciones. No es menos extraño que la luz del sol, que es luz del pasado.
Lo difícil es conciliar la actualidad de los latidos del corazón, con las cosas viejas que me dejaron al nacer. No es raro sentirse ajeno al mundo. Nada es mío y lo de los muertos no lo quiero; pero debo soportarlo. Hay cierto negro romanticismo en ello, solo eso.

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Las piedras de los viejos muros son formidables enemigas del tiempo. Y muestran orgullosas su eternidad denigrando estucos y maquillajes.
Y si tuvieran pensamiento, dirían que soy otro que va a morir rápido. Y esperan con soberano aburrimiento que el tiempo me arrastre.
Tienen más de trescientos años.
Y tienen razón.
Y yo movilidad y un mazo…

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Yo quería un confortable ataúd, pero me dijo el decorador que sería excesivo; la peña es cobarde que te cagas. Pero pronto cambiaré las luces por candelabros de cirios negros.
No me gusta lo minimalista, prefiero lo excesivo.
Soy un gótico fuera de tiempo.

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Pienso en la piel pálida, la piel sensible que sus braguitas azules de elástico rojo descubren al bajar provocadoramente en un alarde de lujuria impudorosa.
Y tengo sed.
Sueño lamer ese monte de Venus y las ingles. Íntimas ingles que se tensan como cables que desean ser acariciados. Tocar la blanca piel sabiendo que es lo necesariamente sensible para que sus muslos se separen temblorosos y su coño se abra como una flor a mi lengua.
Rozarlo hasta que sus puños se cierren de impaciencia para que bese los labios mudos, los que en lugar de lengua tienen un clítoris duro y palpitante.
No puedo hacer más que aferrarme a mi pene y sentir la velocidad, el vértigo del pornógrafo deseo. Soy una bestia encelada y mis cojones revientan de hijos que no nacerán jamás.
Porque cuando imagino sus piernas separadas, no recuerdo si la amo, solo quiero follarla. Follarla hasta que le duela, como me duele el rabo entumecido y colapsado de sangre.
Luego la amaré con paranoia.