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Duerme tanto y su cerebro es tan pequeño, que temo que se le seque.
A mí me pasa al despertar, siento que tengo arena en el cráneo.
Aunque tengamos un pelaje diferente, lo animal es común.
Y no quiero que un día se convierta en sonajero.

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«Comed y bebed, porque este es mi cuerpo».
No sé si es porque estoy normalmente erecto, contento e incluso de buen humor, por lo que intuyo en las palabras del crucificado algo de felación, pissing y lácteas y doradas duchas.
Imagino, que aquel tipo, de haber existido; tendría pene y humor. Yo tengo ambas cosas.
¡Ah…! La vida es larga y dura, que me chupen la vida.
Hay días que me parto de una nada sutil risa obscena.
Amén y a amorrarse al pilón.
(Qué divertidamente tosca la imagen…)

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Estás cansado y observar el reloj es un diapasón que afina la percepción de lo que muere y lo que espero. Y deseo que pase el tiempo, mi tiempo para descansar de verdad. La deseo a ella, pero no estoy presentable, no soy un buen producto ahora. Soy un saldo.
Como lo es la justicia, que muere a cada segundo. Los asesinos deben ser asesinados; pero jamás por las leyes, sino por esa justicia salvaje que es la venganza.
No tiene nada que ver con amarla, pero necesito cierta angustia para no desfallecer.
Las leyes solo condenan a los inocentes.
Y por encima de toda ley o justicia, a cada segundo te amo.
Me desconcierto a mí mismo.

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Si yo que soy un Dios, a veces me canso; entiendo perfectamente la confusión de ese dios mierdoso que tiene el ojo en un triángulo y está en un cielo estúpido. Ése que cometió la indecencia de dejar su coño tan lejos; y sin embargo, tan metido en mi cerebro. Porque su coño es la vía para penetrar en ella, toda.
Yahveh se debería haber jubilado en el séptimo de su creación caprichosa e inútil.
El sexo tiene un enigma metafísico cuando pretende ir más allá del tejido humano.
Ese dios cansado y holgazán hace las cosas mal y yo debo arreglarlas con obscenos pensamientos que rebasan los límites carnales y morales.
Y salpica el semen frío y solitario un rostro divino y un ojo ciego que todo no lo ve.

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«Hoy ha amanecido lloviendo, como yo entre tus manos…»
Me ha dicho. Y la erección ha sido casi dolorosa.
Continúa lloviendo y no puedo quitar sus palabras de mi básico cerebro.
La erección es como un paraguas cerrado, que cargas peso pero no alivia.
Me follaría las nubes que ocultan su coño.

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No me pregunto adonde va el tren y la carne que contiene. Sé que es un largo recorrido con parada en todas las estaciones y su destino, sus destinos, es morir.
Me pregunto si en algún momento volverá a recuperar su ahora difusa, difusas formas. Si llegarán a destino como borrones, como errores en un papel, como ideas abortadas.
Es más carismático morir crucificado, quieto y que sepan qué eres.

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Se puede morir sin que importe a nadie y sin que te importe.
Pero una vez muerto ¿qué más da? Y mientras estás vivo tampoco importas, una cosa lleva la otra y un ataúd no impresiona a nadie.
Deja cosas por hacer, deja deudas pendientes. Que no te importe. Que se jodan.

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El río es como su coño. Sus orillas sus muslos. Profundos ambos en la espesura, en la frondosidad.
Has de observarlos con cuidado, oculto y hambriento.
Y es entonces cuando te haces tronco. Inevitablemente.
Carne y corteza, coño y río.
Invisible y palpitante río, acechado por el pornógrafo tronco.
Somos secretos y espías.

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Es un poco raro, incluso para alguien que no fuera yo podría resultar embarazoso describir.
Este ademán es cordial y satisfecho, porque cordialmente he cubierto su coño con la mano y he sentido como se escurría en la palma de mi mano, con mi glande ahogándose excitado en su propio flujo, encerrado en la bragueta expandiéndose casi con dolor. ¿A que soy cordial y simpático? Si es que el rostro de la afabilidad es innegable.
Estoy contento también porque sé que mientras escribo esto, alguien menos importante que yo morirá con una inmensa agonía, con un dolor atroz. Sonrío ante esa más que probable posibilidad que las estadísticas dicen.
Sonrío porque unos sufren y yo fumo.
Porque si yo estoy bien, todo está bien.
¿A que mi sonrisa es arrebatadora y besable?
Soy el reflejo con clase y atractivo de millones de hijos de puta.
Cordialmente vuestro: un obsceno odiador.

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Te leo y siento que las llamas me devoran. Fumo y no sé si expulso el humo o mi alma que prendes fuego.
De cómo las palabras arden, de cómo tu piel es una cuenta atrás para la ignición, la mía.
De cómo eres sol y tierra.