
El hielo hace bellas las cosas y la vida inanimada. A la piel y la carne les roba el color. Como si nos despreciara con la firme decisión de humillar los cadáveres.
El hielo es una bofetada a la vanidad, una risa sarcástica, la última.

El hielo hace bellas las cosas y la vida inanimada. A la piel y la carne les roba el color. Como si nos despreciara con la firme decisión de humillar los cadáveres.
El hielo es una bofetada a la vanidad, una risa sarcástica, la última.

A la oruga, a la asquerosa, devoradora y urticante oruga no le gusta el frío. Menos mal de su inmovilidad y muerte. Si se moviera podría pensar que no soy tan fuerte como creo.
La muerte no admite discusión y a veces aporta sorprendentes consuelos.

Si hace calor a quejarse y hablar constantemente de esperar la tarde.
Y si hace hielo a quedarse en casa con las pantunflas de osito.
El hielo está bien, aplaca la ira, la sangre hirviendo. A mí, por fin.

Primeras nieves y las lágrimas congeladas por el frío.
Hay que llevar una navaja en el bolsillo para «secarse» las lágrimas. Que no son de emoción, sino de sueño. Al menos las de primera hora, porque a partir de ahí, todo empeora.
Creo que voy a santificar el día con unos chocolates calientes y llorar si fuera necesario. Soy la hostia puta de sensible y emotivo.


Los muertos no se manifiestan nunca. Y es que parece absurdo decirlo; pero aquellos del gallinero no se han enterado: la muerte deroga todo derecho civil y la libertad de expresión en todas sus formas.
Ni hay manifestaciones, ni vasos que se arrastran por un tablero deletreando con jocosa torpeza, ni luces que se encienden o apagan.
Son cosas que se arreglan con tratamiento psiquiátrico o eliminando los narcóticos de la dieta diaria.
Vale la pena madurar, si se prolonga mucho tiempo el ridículo, hay riesgo de pasar sin retorno a la idiocia. Sé de casos.