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Acabamos tirados en tristes rincones de la memoria buscando la clave, la conexión que provoca esa angustia. Con la fatalidad de reconocer que el daño es irreparable.
Con la pueril esperanza de encontrar y borrar. Que al menos, no duela a pesar de su peso.
Putas espinas…
Pero somos una red neuronal inviolable, inalterable.
No hay hackers de la tristeza.

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