Archivos de la categoría ‘Absurdo’

Dormidito

Publicado: 1 agosto, 2010 en Absurdo

Yo quisiera estar fresquito a dos metros bajo tierra y quedar dormidito, como un bebé al que nadie ha de molestar. Que la vida hable con la voz baja para no despertarme.

Hoy me siento tierno.

Alimentar a los gusanitos… Dicen que quien come lo que tiene, le crece.

Pues cuando los gusanitos se coman mi gusanazo, van a parecer mutantes o X-gusanos. Tengo mucho alimento.

De pequeñito comía mucho plátano y quesitos; de ahí mi escandalosa medida en el aparato reproductor y la calidad de mi néctar blanco y cremoso.

De pequeñito, me quedaba bizco jugando con mi pilila.

Y ahora llevo gafas.

Pues que se coman mi músculo del amor, el monolito del placer, la carne del éxtasis, el faro de los acantilados de la costa del placer.

Hoy me siento tierno y lírico.

Cerebro no tengo, siempre me lo dijeron: que era bueno; pero tonto.

Pues que se lo coman las ratas, mal no les puede hacer y a mí, para la falta que me hace, para lo que me ha servido…

Yo pienso con mi corazoncito tierno, aunque tenga más años que la tos.

Hoy me siento feliz como una perdiz.

A dos metros bajo tierra se tiene que estar fresquito y tranquilo. Quiero quedarme dormidito con una sonrisita traviesa en mi carita. Los tontos no tenemos grandes ambiciones.

Seguro que alguien llorará un poquito, no mucho, porque los que somos tontos pero buenos, apenas dejamos buenos recuerdos. Apenas dejamos malos recuerdos.

La bondad es algo es tan estéril como el coñito contaminado de una putita sifilítica. De esas que de tan podridas, hablan a gritos a alguien invisible y con la voz ronca maman pililas de hombres que no son buenos, pero son listos. Putitas que no saben que están muertas, que se creen vivas. Yo soy tonto; pero sé muy bien que estoy vivo. Y lo sé tan bien, porque ahora mismo quiero quedarme dormidito.

Sé que soy un tontito candoroso e inocentón, pero para lo que me queda de vida no voy a cambiar.

Los hombres que hacen lo que aconsejan sus padres y una larga tradición, son listos y hacen las cosas que se deben. Por eso los hombres listos pagan por meter su pilila en el coñito de una putita para hacerse machotes como sus papás hicieron en su tiempo.

Me gustaría que mi hermanito dijera mentirijillas ante mi fosa y que alguien llorara emocionado como en las películas. Que por una vez, las mentiras con las que me han obsequiado, sirvan para creerme querido por alguien. Seré tonto, pero donde esté una buena mentirijilla, que se quite la verdad. Me gusta mucho cuando echan un puñado de tierra en el ataúd; si fuera menos bueno y menos tonto, pensaría que tienen prisa por cubrir al muerto.

Si papá no estuviera muerto, le pediría que me llevara de la manita al cementerio, me destrozara el cuellecito con una pala y me dejara caer en una tumbita sin nombre. Y ya sé que haría el ridículo porque soy más viejo que él cuando murió y no es bonito que un padre lleve de la mano a su hijo más viejo que él. Pero hoy me siento pequeñito y me gustaría que mi papi me llevara a mi tumba. Puedo hacer el ridículo cuantas veces haga falta. Lo hice siempre. Por eso me apetece más cada día, quedarme dormidito.

A veces no quiero seguir solito por el camino.

Estoy un poco cansadito, será una tontería de tontos; pero quiero dormir para siempre. Soñar y no despertar jamás.

Muertecito como un nene pequeñito que duerme tranquilito.

Dormidito.

Buenas noches mis amigos muertecitos; no os molestaré.

Papi, dame con la pala, dame un besito luego en la pupita.

Y que el tete diga algo bonito.

Iconoclasta

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Oración de los hijos sin sangre

Publicado: 15 julio, 2010 en Absurdo

Soy el Hijo Negro de la Esperanza.

La Zorra Impaciente me amamantó

con ubres quemadas de leche rancia.

Soy simiente de hijos sin sangre

sin dientes, ni hambre.

 

Soy el bastardo del futuro indecente.

Padre de hijos que lloran horas muertas

y oran en sucias iglesias

en templos y pagodas

sin cruces ni mesías,

en burdeles de secas vaginas.

 

Rezos de duras venas negras

de vida coagulada y detenida

ruegan por la muerte del Padre,

del Negro Padre.

De rodillas sangrantes rezan,

en reclinatorios de mierda.

 

¡Oh Gran Podrido!

No permitas al corrupto útero

de Madre Puta Incestuosa

que escupa más hermanos.

Que muera aquí, ahora

la negra estirpe de Negro Padre

de bocas sin dientes ni hambre.

Iconoclasta

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Póquer y pesas

Publicado: 14 junio, 2010 en Absurdo

Estoy cansado por un exceso de ejercicio y es bueno.

O al menos necesario.

Lo necesario no tiene que ser bueno. Suele ser doloroso.

La vida es una cerda sarcástica que ríe roncando bañada en purines.

Necesito disolver en sudor todo este amor pegajoso que me cubre. No es feo amar, está bien.

Es una buena cosa.

A veces.

Y si además te crees que eres amado, incluso podrías tener en tu mano un proyecto de felicidad. Uno sonríe mirando las cartas y piensa: "esta vez no será un farol".

Sólo un proyecto.

Cojones…

Sólo una ilusión, porque lo que es casi seguro, es que en el primer descarte te darás cuenta de que el proyecto de felicidad se ha convertido en una mierda.

Una puta mierda.

Y a tomar por culo.

Y por eso paso de póquer y amor. Por esto sudo como un cabrón tirando de kilos de hierro, pesas rojas de pintura rota, mancuernas oxidadas por el sudor; para que estallen las putas venas. Para que se forme un edema bajo mi piel, una hemorragia interna de amor. Que se libere presión de las entrañas contraídas.

Que el sudor arrastre los besos imposibles, engañosos e inexistentes que la piel se ha empeñado en sentir. La piel está loca, está para que le peguen un tiro y evitarle tanto padecimiento.

Que besos y caricias muertas resbalen hasta formar un charco en mis pies.

No hay póquer de amor ni escalera a la felicidad.

Sólo los músculos contrayéndose alimentados por venas gordas como sanguijuelas. Pulsantes.

Lombrices azuladas que laten bajo mi piel pálida.

Y mi indecente pene impío. Bum-bum-bum…

Inasequible a la tristeza y a la destrucción.

Bestia.

Puro y puto instinto.

Reproductor.

¿Es posible reproducirse uno mismo? No hay nadie más.

Es estúpido. Es idiota y triste la idea de ser hermafrodita.

Me haré la paja más triste, una paja eterna y estéril.

Vacía.

Nada.

Cero.

Tal vez masturbe la mancuerna hasta que me sangren los ojos de ver tanta locura.

Me la pelaré tan vacío que provocaré un profundo desasosiego en la faz del planeta, tan triste y decadente que las flores se marchitarán en un inusitado otoño.

Soy poderoso expandiendo mis miserias.

Dale, dale. Que duela.

Hay semen negro en el mazo de cartas, no quiero cambiar cartas, prefiero no tener nada que conseguir una escalera de dolor. No quiero ganar porquería.

Gotas de sudor en las pesas, las manos sucias de orín. Es mejor que la leche del diablo.

Dale que dale.

Más útil que una mamada al macho cabrío que ni el alma me quiere comprar. Me cago en su puta madre.

Ya he perdido bastante.

Ya tengo bastante.

Y por más que sudo, no acabo de sentirme limpio.

Sangre en el meato…

Está bien, es dramático.

Mientras no duela, me importa un carajo.

Y duele, coño.

Me cago en la puta.

Las putas me miran y me ven limpio. Me ven fuerte, me ven macho y deseable. Me ofrecen una mamada por sólo diez euros; pero hay algo en mí que hace que casi se arrepientan de rentar sus malolientes bocas a mi excelsa polla. Tal vez la sangre que sudan mis músculos les causa recelo. O soy demasiado hermoso para ellas y se sienten demasiado putas, exageradamente zorras.

Soy vanidoso cuando me siento mierda.

Supervivencia pura.

O eso…

O me pego un tiro.

Joder…

El bíceps se tensa, es curioso que todo se tense, que el organismo entre en crisis ante una mala mano. Ante Negranoche que me hace desesperar imaginando mundos horribles sin ella. Hay mil ciento ochenta y cinco formas de sufrir por ella.

Las conozco todas.

Tengo kilos de hierro colgando de mis manos que jamás podrán tener la densidad de este amor que me cubre entero, como una brea.

Una brea que me aterroriza, que me unta de miedo.

Otro fracaso no.

Me marco un press de banca para que los pectorales se desarrollen hacia adentro. Ojalá me aplastaran el cochino corazón.

A veces me siento como en la trena, sin otra cosa que hacer que jugar al póquer o levantar pesas para exprimir el hierro como si exprimiera el ansia de mis huesos.

Dame dos cartas vida: ¿puedo mirarlas y elegir? El fracaso nada entre jotas y ases. Hagamos trampas, no soy orgulloso.

No necesito faroles para fracasar.

Tengo unas pesas para purgar el fracaso. Lo llevo bien.

Estoy acabado. No lo llevo tan bien.

Miento lo necesario para que el fracaso no se convierta en tumor.

Lo llevo bien.

Si se puede llevar bien toda esta basura.

Dame dos jotas de amor, de joder, de jamás.

Ten misericordia, cabronazo.

No me obligues a jugar a la ruleta rusa, crupier de mierda.

Desafortunado en el juego, afortunado en amores.

Y una polla.

Eso no va conmigo. Soy desafortunado en todo.

Me cago en dios.

Ahora tengo un póquer de pesas y he quemado las cartas.

No ha querido hacer trampas y le tendré que reventar la cabeza con diez kilos de hierro.

Acepta la trampa, iremos a medias, te doy el corazón aún goteando sangre y a cambio me tatúas sus besos eternos en los ojos, es el tormento 966 de 1985 que hay.

La he amado/sufrido una eternidad.

¿No crees que es hora de darme un premio?

Métete el premio por el culo, porque ya es tarde.

Hijo puta.

Dame jotas o muere. Soy peligroso, soy un animal acorralado.

O mejor muero yo, es más fácil que ver cada día las mismas pesas, los mismos naipes con su mensaje de perder otra partida.

Porque estoy seguro de que no hay más, la baraja se hizo sin jotas.

Sin jotas de joder y sin jotas de amor. Sin jotas de sonrisas.

Coño, a veces pienso que no me sirvió de nada ir al colegio.

Porque amor se escribe con la m de mamar.

Puedo ser más obsceno, puedo decir barbaridades hasta que un rayo me parta en señal de justo castigo.

Porque si no me das las cartas que necesito, te puedes meter en el culo tus enseñanzas, crupier de mierda.

Así que apuesta rojos y par, olvida los naipes, no jugaré más. Apuesta por los músculos reventados, por un sudor ácido que escalda los ojos.

Porque sólo tengo rojos y par. Pesas y kilos a pares.

Dos, cuatro, seis, ocho y un millón de putos kilos para morir cuanto antes.

Dame jotas crupier, las pesas no dan esperanzas. Sólo dos cartas y prometo chutarme mi propia orina en la vena.

Soy un yonqui de mis miasmas.

Un desafortunado en todo.

Untado como una jodida tostada de amor y miedo.

Que te den por culo.

Un curl de bíceps más y el corazón se partirá en dos.

No es una amenaza, crupier de mierda. Es un aviso de inminente sangre.

Recoge las cartas, el semen negro del diablo será cubierto por mi vómito rojo.

No hay tiempo para faroles, no quedan jotas para un póquer de joder y amor.

Tal vez necesite descansar, tal vez me arranque la piel a tiras.

Tal vez…

Póquer de jotas, muerte por kilos.

Estoy perdido, cielo.

Me han ganado con una pareja de doses, así de fácil es destruirme.

Y entre uña y carne, ya mana dulce la sangre. La presión de unas pesas era mi pobre comodín.

Una carta en la manga.

Deja que me ría.

Mi joker de muerte.

Morir con el rabo tieso… Me lo tendrán que cortar para cerrar el ataúd.

Mi último acto de obscenidad.

Es que me río la hostia.

Hilarante.

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Gracioso

Publicado: 21 mayo, 2010 en Absurdo

Podrido por dentro

Publicado: 13 mayo, 2010 en Absurdo

Tengo un virus que me pudre la sangre, hace agujeros en mis venas y sangro orugas que cavan túneles en mi carne hacia el exterior.

Como un cerdo con triquinosis que no consigue morir a tiempo para escapar de lo inevitable. De lo degradante.

Matar una oruga es un delectación patológica, tirar de ella a través del gordo poro en la piel donde anida, se retuerce y me martiriza, es arrancar frustraciones y vergüenzas.

Mis ojos se cierran ante el mórbido cosquilleo de la carne que jamás ve la luz.

Me metería una aguja larga para rascarme las venas por dentro.

La oruga que estalla entre mis dedos, deja un miasma innombrable que miro hipnótico con un cigarro sucio entre los labios.

Me excita.

Anidan en mi pene y cada vez que tiro de una, siento la sangre llenar su espacio y nos expandimos mi polla y yo en medio de asco y miserias.

La eyaculación es furiosa y amarilla, es sulfuro y pus. Es volcán de infecciones.

El semen negro de lo no humano.

Nunca quise ser puro. Nunca quise ser humano. No quise ser ángel, tampoco diablo. Sólo quiero ser miseria, porque no hay nada en el universo parecido a mi profunda depravación.

Me conformo con ser el único del cosmos que está podrido, que es alimento de gusanos en vida.

En una mano el antibiótico, en la otra, los restos de una oruga que doy vueltas como plastilina entre mis dedos.

Doy vergüenza ajena y asco.

Nací para ello, porque otra cosa no he podido inspirar jamás.

No quiero curarme, y el antibiótico se va junto con el cadáver de la oruga a la alcantarilla. Con toda la mierda que los otros tiran. Que esconden tras su espalda para que nadie la vea. Son podridos cuidadosos y cautelosos.

Aseados.

La cucaracha me mira con las antenas inquietas y abre sus alas para lanzarse en caótico vuelo hacia mi piel infecta. La rata se la come con un crujido a algo frito.

Me pica tras la oreja y cuando llevo la mano, un gusano se retuerce ensangrentado entre mis dedos.

De la rata muerta saltan pulgas que se prenden en el vello de mis piernas.

No pican, tal vez mi sangre es demasiado venenosa. La rata ha muerto porque sus roedores incisivos han crecido demasiado y se han clavado en su cerebro. Sucios de restos de cucaracha y una antena aún entre sus patas rosadas, obsceno color para la mierda.

Las pulgas me hacen cosquillas moviéndose nerviosas, asomándose a los nidos de orugas.

Soy el santo patrón de la humana miseria. ¿No os apetece tirar de una oruga?

Soy la sangre podrida de dios. Soy la orina al pie de la cruz del judío rey de míseros que fue crucificado.

Semen de ahorcado. Una gacela que se descompone sin estar muerta del todo y asiste con los ojos tristes al festín de los buitres. Como si sus vísceras no fueran de ella.

Se toma su esfuerzo por no darse por aludida en el asunto de sus tripas.

Yo sí que me doy por aludido, porque acudo demasiado a menudo a mi pene para consolarlo de tanta oruga. Para correrme cuantas veces pueda.

Tal vez no soy yo, tal vez soy el sueño ponzoñoso de mi propia muerte.

Y qué más da… No confío en la bondad de los tiempos, en esperanzas creadas por desesperación. Demagogia del alma.

Me conozco y no quiero amar y sentirme dios. Es cuestión de tiempo que te muestren tu verdadero lugar en el mundo. Que te enseñen que no tienes nada de especial y todas las ilusiones se hagan trizas ante la risa de todos los seres vivientes.

Prefiero que giren la cara con asco a que se rían de mi fracaso.

Quiero ser infecto antes que patético.

Soy ofensivo, hace tiempo que dejé de ser lastimoso.

Prefiero las orugas que ese ridículo.

Los gusanos no engañan, son lo que soy, son mis hijos. Soy padre y útero de mierda y miseria. Aborto y doy a luz según mi humor.

Devoro a mis propios hijos cuando salen del interior de mi boca.

Soy un sueño negro de un pintor enfermo.

Tirad de la oruga que asoma por mi espalda, no llego bien a ella.

Tal vez seáis mis carroñeros que picotean mis últimas miserias.

Las cucarachas vengativas cubren el cadáver de la rata y froto las manos nervioso, porque siento miles de patitas en mi piel.

Tal vez el espejo no funciona bien. Los espejos se estropean y los cuerpos se pudren.

Las ilusiones rotas hacen un daño irreparable del que el ratón Mickey no hace caso esnifando una raya de cristal molido que le hace sangrar la nariz.

Yo no soy un ratón. Sólo algo podrido y sangro gusanos.

Prefiero la repugnancia a la pena. No voy curarme, definitivamente.

Es tarde.

Iconoclasta

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De babosas y locos

Publicado: 22 abril, 2010 en Absurdo

¿Es posible ser confundido con una babosa?

Yo creo que sí, que toda esta serosidad que en ocasiones dejo en el suelo como un rastro continuo de mi mismo no deja lugar a dudas.

Me parece indecente ser babosa, no es un animal digno, incluso aplastarlas me da asco. El mundo podría seguir girando sin babosas y a mí me importaría nada.

Porque no camino; en demasiadas ocasiones la percepción es la de que me arrastro.

No es desánimo, no es abulia. Es una lucha titánica por seguir avanzando. Y haceros sentir mal. No soy una buena persona, no pertenezco a vosotros a pesar de ser deprimentemente parecido en lo físico. Bueno, soy mucho más guapo, más fuerte. Y eso le da más valor y generosidad a mi constante autodestrucción.

Alguien ha parado el movimiento y necesito llegar, sé que si me muevo llegaré. Aunque no sé adónde, no sé a quien. Pero cada vez que el peso de la existencia se apoya firmemente en mis poderosos hombros, se me escapa el aire de los pulmones porque me han dado un gancho de izquierda en las costillas flotantes.

¿Desde cuándo saben nadar las costillas? Que absurda es la medicina.

Y me arrastro.

El suelo no es precisamente un ejemplo de tersura, no hay limpieza. No hay profesionales que se metan la mierda en la boca, la digieran y luego caguen latas de refrescos. Si yo me arrastro, si tengo que ser una repugnante babosa, no me costaría nada coger la botella rota de vidrio que hay a unos metros de mis narices y metérsela por el cuello a cualquier individuo al azar, sea cual sea su raza, edad, sexo o nacionalidad. Si no lo hago es por la misma razón por la que no aplasto con el pie las babosas.

En las películas se arrastran los personajes y sólo ensucian la camisa. No se destripan con la basura que dejan los humanos en la calle.

He levantado el cuello para no rajarlo con la botella rota. Prefiero agonizar que tener un final rápido. Me gusta molestar. Cuando uno carece de dignidad todos sus esfuerzos van destinados a hacer sentir mal a la cochina humanidad: joder sus sonrisas banales. Joderles un cumpleaños en una bonita tarde con la sangre de mi abdomen abierto… Cosas sencillas que demuestren que soy una babosa, no por casualidad, sino porque me he hecho a mí mismo con todas y cada unas de las cucharadas de mierda que he tenido que tragar.

Me arrancaría la piel a tiras frente a vuestros pequeños hijos y vomitaría coágulos por el glande. Más o menos como el loco que lamía el vidrio, pero con odio. No sé porque os odio; pero nací así, con esta rabia. Unos están locos, otros son babosas y por fin estáis vosotros que sois algo a cazar.

Ese intestino que ha quedado enganchado a la botella de cerveza rota, pertenece a mi cuerpo, podéis pisarlo si queréis pero que nadie intente recogerlo.

No hay dignidad en determinadas luchas. Las células no entienden de dignidades, su mensaje es vivir y partirse en mil pedazos para seguir manteniendo la cohesión en el organismo. No hay dignidad en vivir arrastrándose, aunque sea en el fragor de una lucha estéril que no conduce a nada. Y sin embargo, arrastrarse y demostrar mi más absoluta desprecio por vuestra comodidad y sonrisa, es casi mi misión.

Tengo sed. El propio vidrio que ha abierto mi abdomen y ahora se encuentra sucio de sangre y mierda, es un apetitoso trago. Tiro del intestino para alcanzar el vidrio enredado. Es una cuerda extraña esta de la que tiro. Se me escapan los mocos por la nariz cuando el dolor me hace contener un grito.

Seré una babosa, pero soy valiente.

Chupo el vidrio y me canibalizo a mí mismo sin ningún pudor. Yo también me corto la lengua; pero para vuestro pesar, no estoy entre barrotes, estoy pegado a vosotros como vosotros habéis estado pegados a mí durante toda mi babosa vida.

Si me habéis robado el aire, ahora aspiraréis mi muerte y el olor a mierda de un intestino que aún está lleno de heces.

No he cagado. Normalmente cago antes de salir de casa. Seguramente mi cerebro debía intuir que hoy abría espectáculo y no ha dictado reflejo de dilatarse al esfínter. A veces el cuerpo va por libre. A su puta bola.

Yo me dejo hacer arrastrándome.

Me acuerdo de aquel loco que tras los barrotes del manicomio, rompió el cristal de una ventana y con su desproporcionada lengua lamía el filo roto repetidamente. No podía tener sabor. Aquel tío estaba loco de remate, por eso estaba en aquella jaula de azulejos blancos de carnicería antigua. Yo aspiraba el humo del cigarrillo prendido de mis infantiles dedos. Me gusta pensar que me enganché al tabaco gracias a la locura.

El loco se cortaba la lengua una y otra vez lamiendo, y yo fumaba ante él. Tan cerca que olía la miseria de su aliento. Tan cerca, que las volutas de mi cigarrillo, se enredaban en sus pestañas sin que le impotara.

Si aquel tarado no estuviera loco, seguramente estaría arrastrando un trozo de intestino por el suelo y haríamos carreras por saber quien llega antes a no se sabe donde.

¿Por qué fumaba con doce años admirando la auto-mutilación de un loco? Eso me hace extraño, me hace horrible.

Quiero ser horrible, puesto que otra cosa no he podido ser. Los hay que mueren siendo simplemente familia de otros. Yo no quiero ni a dios.

Yo dejo un rastro de mierda y sangre en la calle. Y si el servicio de recogida de animales muertos me trata como la babosa que soy, es algo que no me importa.

Creo firmemente en la muerte, da igual quien se mee en mi boca cuando por mis propios intestinos deshilachados me desangre. No lo sabré, no sabré quien saca su sucio y reproductivo pene para mear. Porque la gran parte de los idiotas que pueblan el mundo, sólo usan el pene para mear y para soñar que dan placer a sus mujeres aburridas y hastiadas.

Yo no, yo hago gritar de placer a la más puta y vieja de las mujeres. Dar placer se me da bien.

No lo siento, parece que estoy inmunizado contra el placer, pero me satisface ver como se deshacen en jadeos, como abren las piernas y me ofrecen su vulva extendida con los dedos y hacen aflorar un clítoris duro y brillante. Me gusta lamer sus dedos clavados a su propia vagina intentando contener el placer que les hace sentir que sus coños van a estallar por la presión de mi lengua, de mi pene hambriento por un placer que no llega.

Mi semen mana lento, y tranquilo, apenas se me escapa un ronquido con la eyaculación. Me queda el dolor de la lengua, de tanto mamarles el coño. Eso me hace sentir macho.

Y sus dedos pringados de mi leche, de mi mala leche, también.

Pero la mayor parte del tiempo soy babosa. Ojalá fuera imbécil como la humanidad y no viera la realidad sin chovinismos provincianos.

La muerte es sólo eso y no vamos a ningún lado. La muerte no es ningún tránsito de mierda, cobardes.

Desaparecemos.

Todos mienten por cobardía, los religiosos y los místicos y paganos.

Me estoy muriendo y nadie ni nada tira de mí.

Me gustaría resucitar durante un par de segundos para deciros que vuestra "alma" sólo es vapor, que se disgrega sin tener conciencia y que todo lo que habéis hecho en la vida, no sirve para nada.

El alma se pudre y se hace materia gaseosa inane, sólo se posa en el pelo de los vivos como una caspa molesta.

Así que cuando os muráis, no seréis rien de rien, no iréis a ningún lado. No tenéis esperanza de nada.

No habrá segunda oportunidad ni otro tiempo ni lugar.

Simplemente os acordaréis de cómo me arrastré y os ofrecí toda esta miseria, para luego desaparecer sin más.

Me encanta saber que no volveréis, que desapareceréis para siempre.

Mirad como la babosa lame el vidrio manchado de su propia sangre y mierda. Mirad a la babosa valiente hacer alarde de un valor que vosotros no poseeréis jamás.

Tal vez deberíais fumar delante de un loco que con su podrido cerebro lame y se desangra por la lengua. No aspiréis incienso para vuestro control mental, son idioteces.

Mirad la miseria y luego vuestro reflejo en el espejo.

No sois para tanto, sólo babosas que se empeñan en caminar derechos, con cobardía.

No sé adónde voy a llegar, no sé cuanto podré luchar por seguir en movimiento, pero si os ofendo, daré por bien concluida mi vida.

Y recordad, los cerdos no se arrastran, soy una babosa, a ver si leemos un poco más. Hay una diferencia abismal entre un molusco gasterópodo y unas lonchas de bacon.

Es que os conozco tan bien…

Iconoclasta

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Altura

Publicado: 24 marzo, 2010 en Absurdo

Tengo un miedo atroz a la altura, no soporto caminar por estrechos apoyos para salvar un vacío.

Camino muy concentrado en mis pensamientos. No son pensamientos, son vergonzosos fracasos apilados en caóticos montones día tras día.

Los muertos se ríen de mí. Oigo sus voces subir por el patio de treinta metros de altura. No sé que hacen allá abajo.

En realidad son mis compañeros. Mis queridos muertos de mierda siempre intentando convencerme de que lo que hicieron en vida, sí que valió la pena.

No como yo.

Cabrones…

Me concentro mucho para no oírlos, incluso miro al suelo por si me encuentro a mi padre de frente; mi padre muerto que me da consejos que no quiero seguir por el simple hecho de que no son de mi invención. Quiero a ese muerto, pero no hago nunca lo que me dicen, la obediencia pasó a la historia cuando me hice hombre. Ahora no me domina ni dios.

Y padre me mira triste, porque no le presto atención.

Soy orgulloso.

Ahora me encuentro en el terrado de enfrente, distraídamente he pasado por encima de un estrecho tablón a una altura terrorífica sobre el suelo.

Un terror atroz parece hinchar mi cuello y me cuesta respirar.

Debo volver a pasar el tablón para poder bajar, no sé que hago en un tejado.

Tal vez pensaba que los muertos no pueden subir, que siempre están a ras de tierra, sujetos allá donde se les abandonó.

Donde se pudrieron y se están pudriendo.

Ahora no puedo pasar por ese tablón de nuevo, no conscientemente. Y me da vergüenza gritar, mi ropa está en el otro lado.

Mis muertos me miran con expectación.

Me estiro encima del tablón para cruzar el vacío reptando; es un tablón basto, sin pulir y las astillas se clavan en los muslos, en el vientre, en el pecho.

Las manos se han sembrado de finas astillas de madera.

Los muertos ríen porque me ven temblar de dolor y miedo.

Mi padre muerto me dice que me levante y camine como un hombre, no he de demostrar miedo.

Me mira esperando que sea mejor, que tenga más clase y más valor, según él me he de poner de pie y darles una lección a los que ríen.

Pero él ríe.

Nadie conoce a nadie…

Ya sé que no soy valiente para algunas cosas, no soy tan perfecto como esos muertos de mierda de los que tantas cosas buenas me han contado.

Cuando una astilla se hunde profundamente en mi pene, no grito, ni lloro, ni me quejo a pesar de ese dolor ardiente.

No sale sangre de las heridas, se mantienen abiertas como agallas; tal vez para conseguir el aire que mis pulmones miedosos no son capaces de aspirar.

Y parece que el tablón mide kilómetros, que a cada segundo se hace más tosco y menos firme.

Se está redondeando.

Ya está, se ha dado la vuelta y cuelgo de espaldas al vacío, no me quiero soltar a pesar de lo inevitable, no quiero dejarme caer, y las manos despellejadas se aferran con una fuerza que va disminuyendo.

Mi hijo me grita desde algún lugar que no puedo ver:

– ¡Papa, ven a comer!

Y llorando le respondo:

– Ahora, mismo voy.

Y se que no podré ir.

No podré…

Y ellos ríen, mientras la piel de mis manos se desgarra y mi cuerpo se abandona lentamente al vacío.

Las risas, mi vergüenza, el miedo…

No es una buena forma de morir o soñar.

Iconoclasta

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El hombre sin párpados

Publicado: 8 enero, 2010 en Absurdo

Tengo un miedo atroz a perderla otra vez.

Aunque no existe. Me doy cuenta al abrir los ojos.

No mola soñar, creérselo y despertar luego aquí.

Nadie me quiere, no quiero a nadie porque no atraigo a nadie.

No consigo dejar de soñar al cerrar los ojos.

El amor que inventa mi mente me hace cobarde y me destroza al despertar. Cree que haciéndome soñar, encontraré razones para vivir con cierta alegría y no con estas deprimentes legañas negras como las de un lobo solitario.

A veces sueño que la llevo de la mano y cuando intento besar sus dedos, ya no está y en mis manos sólo hay aire. Entonces escucho el sonido de una pequeña turbulencia en las ramas de los árboles cuando algo o alguien me la arrebata.

Alguien se ríe entrecortada y maliciosamente desde el interior del universo, se ríe de mí. De mis ilusiones vanas, infantiloides.

No existe, el amor es sólo un invento para seguir viviendo, es una proyección en el interior de mis párpados, una pantalla de cine donde asisto a la sesión continua de mis carencias.

Carencias es una forma amable de llamar al vacío que se apodera de mí y me hace ser récord Guinnes del hastío.

Ya no puedo cerrar los ojos sin engañarme. No puedo dejar de soñar. No hay descanso al bajar los párpados para relajar la mirada. Al abrirlos, todo es realidad, ergo fracaso. No quiero vivir de ilusiones, eso te destroza el alma, pudre el ánimo.

No necesito párpados. No los quiero.

No más ilusiones que al despertar, me hacen buscar un muro en el que apoyar las manos para no caer de rodillas ante la verdad. Ante lo tangible e insoslayable.

Un día me despertaré con los párpados secos como las tristes hojas de otoño, me los frotaré y caerán rotos al suelo, tal vez mi aliento los haga revolotear y una pestaña quede prendida de mi cara.

Tiraré los restos al cenicero y los quemaré con la brasa de un cigarro, tranquilamente, con desidia.

Miraré en el espejo esos ojos grotescos que parecen reventar sin los párpados que los contienen y veré la definitiva y total cara de la locura, sin engaños. Ya no habrá más frustraciones, no habrá sueños porque mi pensamiento estará inundado de la luz de la realidad. Soy un hombre, puedo soportar la realidad.

Me jodo; pero yo no vuelvo a soñar.

Y una mierda.

Pero tampoco ocurrirá, los párpados no se secan, como mucho, se irritan y provocan un lagrimeo, algo orgánico, simplemente funcional y carente de emoción.

No hay fantasía ni en mí, ni en el universo.

Así que hoy he comprado algo fuerte para pasar con dignidad la miseria de mi vida. Engulliré mi propia mierda con tragos largos y pastillas de colores.

Si no soy afortunado, seré excepcionalmente insano.

Si no puedo cerrar los ojos y dejar de soñar, que la luz me pudra. Hay que echarle un par.

La amputación es la más rápida de las soluciones para estos casos.

Podría pedir hora para una lobotomía; pero con la suerte que tengo y lo mala que es la sanidad pública, podría quedar en un estado de imbecilidad permanente y sonreír todo el día como Danny de Vito en Alguien voló sobre el nido del cuco.

La absenta es esmeralda líquida y las tijeras a través del cristal de la botella, aumentan su poder curativo y amputador.

Los entendidos, los bohemios, echaban agua fría y se transformaba en la lechosa louche (lo dice la etiqueta). Yo no la voy a adulterar.

Si trago mi vida de mierda día a día, bien puedo tragarme la hermosa absenta. Seré un fracasado; pero aún me queda osadía.

Si fuera un bohemio, escribiría con surrealismo mi pena, pagaría a una puta enferma para que me la chupara con su boca desdentada y escribiría en un cuaderno cuan magnífica es la boca podrida que me arranca el semen aunque me muera de asco. O algo parecido.

Yo sólo quiero una mano prendida de la mía. No soy tan complicado; por otro lado, tampoco podría serlo, no tengo una imaginación surrealista.

Para mí una mamada no me provoca más que placer. Y cuando me he corrido, sinceramente, no tengo deseo alguno de besarle la boca a la puta y dar gracias a la vida por la desdentada mamada de quince euros.

Ni quiero conservar la imagen de mi podredumbre como un monumento a la intensidad de la vida y convertirlo en una experiencia mística.

Mi vida es una mierda desde todas las perspectivas.

Al césar lo que es del césar. Y una puñalada si pudiera darle.

Me trago una de las tres pastillas de color azul que me han recomendado para potenciar el sabor de la absenta. Me ha prometido el gitano que o me da por reír como un subnormal o gritar como un jabalí; pero que llegaré a lo más profundo de mi bestialismo a una velocidad de vértigo.

Y sin cerrar los ojos, que es lo importante.

El filo cortante de las tijeras es ahora de un verde nacarado, una joya hipnótica que de tan hermosa, se me antoja indolora. Y una lágrima resbala por el espejo, justo encima de mi mejilla reflejada. No es una gota de agua condensando. Por lo visto, mi colocón va de llorona.

Tercer trago de absenta y escupo algo de sangre. He fumado mucho y tal vez la pastilla la han adulterado con algo de vidrio molido.

Y no es un sueño, porque no tengo cerrados los putos ojos.

Los tengo tan abiertos y estoy tan borracho, que no siento apenas molestias tirando fuerte de las pestañas para separar los párpados del ojo.

Hay que hacerlo para poder cortarlos sin dañar el globo.

Pero sé que ahora dolería el tijeretazo.

Necesito más absenta y otra pastilla también.

Ahora la cara que me mira desde el espejo, está completamente sonriente, he cortado un trocito de la parte superior de la oreja. Parezco un perro de pelea. No hay dignidad en la oreja cortada.

Recuerdo… He cortado para probar mi sensibilidad al dolor.

Recuerdo haber gritado y tengo los dientes manchados de sangre. Me parece que al gitano se la ha ido la mano con la proporción de vidrio molido.

Si no me muero de la infección, mañana le corto los párpados en vivo.

Ahora no hay una mano vacía que intento besar. Mi mano se aferra a una tijera fría de filo peligroso. Y en alguna parte de mi cerebro, una parte no ebria, se agita incómoda dando inútiles órdenes a la mano para que deje la tijera. Seguramente me faltan unos tragos y una pastilla más para ser jabalí.

Aún queda por aniquilar algún asomo de razón.

No puedo permitirme más sueños, lo sabes ¿verdad, cerebro podrido?

Ese maldito subconsciente que crea imágenes imposibles, me está amargando. No son ilusiones, son parábolas que tienen como fin destruir cualquier alegría por respirar el aire real. Deprimirme al mostrarme el mundo como debería ser y abrir los ojos en esto. Es una mierda ser tan imaginativo y tan sabio.

Por el espejo camina una araña brillante, sin un solo vello en su repugnante cuerpo. Deja tras de sí un rastro de huevos que son pequeñas cabezas de hermosas mujeres. Hay cabezas aún más pequeñas de hijos que jamás nacerán y algún huevo sale podrido. No me interesa saber que era, la verdad.

Se me escapa la risa, la idiota de la araña se cree que voy a picar, que voy a coger una hermosa cabecita y me voy enamorar de ella.

Y cuando la bese, ella me morderá y en lugar de convertirme en Spiderman, me convertirá en Mierdaman.

Como si lo viera.

Es maravilloso tener los ojos abiertos, es la primera vez que río con estas carcajadas. Es liberadora la miseria cuando la afrontas con valentía y sin adornos superfluos.

La absenta, el espejo y tal vez el dolor que no percibo de mi oreja cortada provoca una realidad mucho más interesante que la estúpida ilusión que se proyecta en mis párpados.

Estoy en el buen camino.

Es una sensación eufórica e hilaridiosa. ¿O es hilariante? ¿Hilarante, tal vez?

Zis-zas, zis-zas… Dice la tijera cortando una pestaña por acercarse demasiado.

Yo creo que con un trago más tendré bastante.

Me gusta el frío que transmite la porcelana del lavabo en mi pene recalentado. Es relajante… Casi vibrante.

Corto.

Cualquier cosa que cortas de tu cuerpo, cuando la observas entre los dedos, parece desmesuradamente grande. Jamás pensé que un párpado pudiera ser tan grande, me cubre la uña del dedo corazón, lo imaginaba mucho más pequeño. Es elástico.

Es curioso que duela el párpado por sí mismo, el corte no me duele, y la sangre que inunda ahora el ojo que parece saltar fuera de su órbita, da cierto consuelo con su humedad.

Es un ligero escozor; pero ese pellejo que es el párpado, parece retorcerse, las pestañas parecen moverse nerviosas como las patas de una araña que no ha muerto al ser aplastada.

¡Me cago en la puta….! Claro que duele.

Trago largo de absenta y cuarta pastilla.

Vomito sangre con un ataque de tos y no quiero morirme ahora que voy a disfrutar de mi realidad. No es justo.

Efectivamente, entre los dedos manchados de vómito sangriento, hay pequeños vidrios.

Bueno, ya los cagaré de alguna forma. ¿Se metaboliza el vidrio? Y si es así ¿por los riñones o el hígado?

¿Qué es metabolizar?

¿Qué es fracaso?

¿Se me caerán los ojos secos por no tener párpados que los hidraten?

¿Cuánto vale un kilo de naranjas?

Me pagan una mierda por muchas horas de trabajo.

Vaya, parece que mi borrachera es sesuda y filosófica.

Ahora sí que no duele.

El párpado del ojo izquierdo lo corto con más tranquilidad. La experiencia a veces ayuda.

Y la verdad, no es tan grande el pellejo. Y no me molesta la verdad.

Seguro que si alguien me cerrara los ojos, mi cerebro lerdo pensaría que esos trozos sanguinolentos de carne, en lugar de párpados, son telones de terciopelo negro del escenario de algún teatro señorial. Justo lo que no quiero, porque son mis párpados cortados, no soy un crío al que hay que engañar.

Lo que de verdad da repelús, es limpiarse los ojos de sangre. Es realmente desagradable rozar el virginal cristalino del ojo con la toalla. Es doloroso.

Da igual, más doloroso era despertar de mis ilusiones y encontrarme ante la realidad. Debería estar acostumbrado al dolor.

Hay tanta luz ahora y tan real, que me permito el lujo de coger uno de los huevos de la araña pegados al espejo y comérmelo. Una pequeña concesión voluntaria a la imaginación. Es algo que puedo controlar y cultiva el buen humor.

Tengo sueño y mañana hay que ir a trabajar.

Mañana limpiaré toda esta porquería.

Me voy a hacer muy popular con mi nuevo look.

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El hombre sin párpados recupera la conciencia, está tirado en el pasillo, no le ha dado tiempo de llegar a la cama antes de desmayarse por el shock. Shock etílico, narcótico, traumático, psíquico.

Padece todos los shocks que se puedan dar en un ser humano.

Su ano está sucio de sangre y heces.

En un acto automático se lleva las manos a los ojos para frotárselos y lanza un alarido de dolor.

Siente latir sus ojos con tal dolor, que apenas consigue encontrar equilibrio al ponerse en pie. Y si tuviera expresión, si tuviera párpados; sería la del pánico y el arrepentimiento.

El latido de sus heridas es infección pura y directa al cerebro.

Apenas puede ver más que bultos y luz, mucha luz cegadora a pesar de la penumbra que hay en el apartamento.

La pus de las heridas ha formado una costra amarilla allá donde habían párpados. Intenta cerrar los ojos; pero sólo consigue doblarse de dolor cuando los rastros de carne, como aletas rotas intentan moverse.

La cabeza duele por encima de todo y siente picor en la oreja, y recuerda el primer tijeretazo, el dolor apenas perceptible.

Y el sabor empalagoso de la absenta, que como un azúcar denso aún pegado en las carnes esponjosas de su boca evoca la locura vivida hace unas horas, y recuerda su suicida imagen reflejada en el espejo. La embriaguez se ha ido y ahora queda la realidad de un suicidio lento, de un dolor inenarrable.

Está tentado de pensar que era mejor soñar y defraudarse que sentir el dolor de lo real.

Vuelve al lavabo, donde apesta a sangre, licor y putrefacción. Atisba a ver entre el velo infecto de su visión la imagen de si mismo. La realidad ha superado lo onírico y sin ilusiones proyectadas en sus párpados, imagina la humillación de una cura en el hospital, del ingreso en un manicomio.

Sus ojos hinchados parecen salir de sus cuencas; con cada giro de cabeza, se mueven buscando la visión de si mismos, como si no creyeran que esa horripilancia sean ellos.

Como si arrastrara granos de arena en el sensible tejido ocular, así duele la realidad.

Vomita un magma sanguinolento, y unas lágrimas consiguen traspasar la costra infecciosa para humedecer los ojos y darle un segundo de alivio a costa de un intenso escozor.

Y ahora, toda la realidad se presenta ante él, objetiva y práctica. Terrenal y sin atisbo alguno de ilusiones.

Siente arenilla en la boca: restos de polvo de cristal.

Algo no funciona bien en sus intestinos porque duelen, y se alegra de que duelan porque así le distrae del dolor de su propia imagen.

Sería un buen momento para cerrar los ojos y dejar de ver. Ahora que no puede cerrar los ojos, le gustaría hacerlo. Maldita complejidad la de la psique.

Es una broma de mal gusto.

¿Es posible que haya donantes de párpados?

¿Y de cerebro?

Ahora que no tiene párpados, ahora que la vida podría ser menos frustrante, no puede morir de una infección.

No sería justo.

Consigue caminar casi equilibradamente hasta la habitación y vestirse.

Aún es de noche, y guarda la esperanza de llegar al hospital antes de sufrir más dolores y perder la razón.

Perderse en el mundo con todo ese dolor.

Y jamás ser encontrado.

No ocurrirá. Se le dobla el pie en el primer escalón y rueda escaleras abajo. El cuello se parte con un crujido seco y la muerte hace caer un velo sutil en sus ojos.

Tan abiertos y tan ciegos.

Tanta locura y ningún sueño.

Misericordia a los muertos.

Porque para algunos vivos no hay piedad.

Todo ese sufrimiento para nada.

¿Qué esperabais?

¿Una vida sin párpados? No jodáis.

Siempre llueve sobre mojado y todo puede empeorar (Salmo nº 13 de la experiencia).

Iconoclasta

Está lleno de cruces

Publicado: 18 octubre, 2009 en Absurdo

En algún momento de la infancia (seguro que fui niño, tuve que serlo), tal vez en mil novecientos sesenta y siete, (más atrás no; los niños tan niños no deberían soñar según qué); soñé con un cielo saturado de azul y blanco; se podía tocar, hundir las manos en las nubes de un blanco tan crudo como el sudario impoluto de un cadáver. El azul era tan sólido, que la luz apenas podía vencer la oscuridad. Un toque de noche al día. Una balsa oscura reflejando el mar sereno, maldito, infranqueable y voraz.
Era hermoso aquel cielo a pesar de las cruces que se mantenían ingrávidas como naves espaciales amenazando la tierra. Oscilando imperceptiblemente al ritmo de los pulmones de los crucificados.
No tuve tiempo.
El primer crucificado, hermoso su rostro congestionado por el dolor, era mi padre.
Yo lo observaba tranquilo. Fascinado por las detalladas vetas labradas en la negra madera de la cruz.
Él no me miraba, sufría más allá de mí. El dolor nos hace tímidos y en lugar de mirar a los ojos, miramos el polvo.
No tuve tiempo.
Se murió antes de saber que su hijo soñó con él crucificado.
No tuve tiempo de sopesar si era mejor hablar o callar.
Se murió antes de saber que su hijo estaba loco.
Todos me sobrevaloran, es una constante como la lenta velocidad del tiempo cuando siento que me arrancan las uñas.
Tras él y en todas direcciones, se extendía un inmenso campo de cruces, cada una con su crucificado, con su culpable. Centenares de tristes cristos convertían sus lágrimas en lluvia sobre la tierra.
Uno de ellos era un presentador de la televisión, me parecía viejo. Ahora, al seguir viéndolo ahí crucificado, me parece un poco más joven que yo.
Hasta en mis sueños los extraños interfieren, el mundo infecta lo más íntimo, lo más sagrado de mí.
Si pudiera, haría arder a los crucificados, los incineraría a ellos y sus rostros dolidos. Hasta las cenizas desintegraría para que no quedara nada de ellos en mi mente, en mi sueño.
Sucios…
Como los odio, los odio allí colgados sufriendo y llorando.
Tal vez nunca los queme, que se jodan y sufran durante toda la puta eternidad por haber infectado mi sueño.
Beso tu coño, mi bella. Eres lo único que permito que interfiera en mí. Eres lo único que miro con una sonrisa. Eres mi jardín perverso y la ternura, la inocencia que un día quedó clavada en algún madero de una cruz negra.
Oscilando con mi respiración hostil.
Mi padre está caliente en la cruz. Lo prefiero allí que frío y rígido sobre la cama. Antes de encerrar su carne en un ataúd sellado lo toqué y el frío de su piel aún quema mis yemas.
Deberíamos morir directamente en una urna de cristal para que nadie pueda tocar nuestra fría carne.
Muerdo tus labios, mi bella. Esto no debería escribirse, y sólo tengo el consuelo de la cálida humedad de tu boca.
Tampoco le pude decir a mi amado crucificado, que tuve que arrastrar el cadáver de su madre. Se murió con el cuchillo en una mano y con una vaina de judías en la otra. A fuego lento como el agua que calentaba en la cocina.
Es otra razón por la que los cadáveres deberían caer en un recipiente, jamás en el suelo. Pesan infinito, pesan dolorosamente. Por más que los cojas y los aprietes contra ti, no vuelven, no te hacen caso. Ni siquiera te ayudan a llevarlos hacia una cama donde exponerlos. No los puedes dejar en medio de la cocina todo el día: los perros que los aman podrían arañarlos pidiendo que se levanten.
Necesito acariciar tus pechos hasta sentir tus pezones duros presionar las palmas de mis manos. Necesito lo vivo y lo cálido; te necesito a ti entre toda esta insana tropelía de recuerdos.
Porque estás tú, mi bella, de lo contrario no podría vomitar esto sin lamer el indoloro filo de la navaja con mis venas.
Tal vez ni estés, tal vez gires la cabeza asqueada.
¿No es hermoso el plateado brillo de un filo? Mi padre usaba una navaja para afeitarse. La conservo por si algún día he de cortarme el cuello. Nunca se sabe.
Ojalá fuera tan valiente.
Que nadie se fíe.
¿Y si soy uno de ellos, de los que llueven dolor sobre el mundo y tú no estás? ¿Y si soy el sueño del sueño y tú la que mira horrorizada? Necesito la navaja…
Debo preguntarle a mi hijo si ha soñado conmigo, si me ha visto crucificado en la cruz como está mi padre.
Si me dice que sí, me cago de miedo.
Me cago de pena.
Tampoco le puedo decir a mi querido crucificado que no soy un buen padre, que mi hijo no basta para dar consuelo a la angustia que a veces me dobla por la mitad. El sigue mirando abajo, como los otros. No le importa si soy buen padre.
Pero a mi hijo no se lo diré, yo no hago daño a mi hijo. Jamás permitiría que por sus dedos se extendiera el frío de la carne muerta. Llevo un ataúd a la espalda para tal fin.
No se ríen los crucificados ante mi gracia. Y si alguno se riera, allá al fondo del infinito, sería yo.
Ahora soy tres años mayor que cuando mi padre murió. Sé más que él. Estoy seguro, porque ahí, sufriendo en la cruz, se le ve más joven de lo que pensaba que era, ergo no podía saber más que yo. Imposible.
Si hubiera sabido tanto como yo, estaría sonriendo. Se reiría de lo que su cansado cuello le obliga a mirar allá abajo.
Necesito abrazarte, mi bella. Abrázame, no quiero el calor de las cruces ni de los dolientes. Sólo quiero el calor de tu cuerpo. Conjura a los muertos y a los que odio. Conjúralos con una caída suave y profunda de tus párpados; un telón que cierra una maldita obra que no consigue arrancar una sola sonrisa a nadie.
Tú me absolves.
RIP


Iconoclasta

Mi hermanito pequeño

Publicado: 30 septiembre, 2009 en Absurdo

Tengo un tumor que es prácticamente mi hermano. Ha creado su propio mundo en la pierna derecha. Y la mantiene siempre calentita, hinchada…
Tibia la tibia…
Es tan entrañable tener a alguien que te quiere…
Más concretamente, alojarlo.
Se ha hecho un nido el pobre, de tejido dañino y podredumbre. Mi hermanito no da trabajo, apenas se mueve más allá de la rodilla, como si clavara sus tiernas uñas en la rótula, como en una pizarra arrastrándolas.
Como arrastro mis uñas en las paredes buscándola…
Soy el hermano mayor y tengo que tener paciencia. Le tengo mucho cariño.
Porque es como yo, está alojado entre cosas mal hechas, en tiempo y lugar erróneos.
Está mal como yo por dentro. Como yo por fuera.
A veces lo miro, le deseo buenas noches, lo mimo con cremas. Hidrato una piel negra y seca, y unas cicatrices que duelen al posar la mirada en ellas.
Pero no puedo evitar mi crueldad intrínseca: "Así te mueras hijo puta", pienso con un tono muy bajito para que no me oiga, para no herir sus sentimientos de mierda.
Es curioso, cuanto más la quiero a ella, más odio a mi hermanito.
El amor es fratricida.
Como mi hermano es pequeño, debo ser cuidadoso. Por ello al caminar da la impresión que cojeo, como si pisar con fuerza y seguridad fuera a destrozar un cartílago rígido. Yo creía, cuando me abrieron la pierna, que me habían cambiado el tendón por una varilla de hierro. Pero mi carnicero dijo que no, que era mi hermanito que tiraba de él y lo hacía así de rígido. La sangre no llega adonde debería.
Estoy mal hecho…
Así que camino un poco raro, no quiero que se caiga, es tan pequeño…
Cabrón. Un día pegaré una patada en el suelo que pulverizará la rodilla como un cristal estrellándose. Y mi hermanito saldrá despedido, a otro mundo. Aunque me joda.
O tal vez me corte la puta pierna con mi navaja multiusos del ejército suizo que me compré cuando podía subir montañas. Estoy cansado de ser el hermano mayor. No soy bueno, ni soy cariñoso, ni soy un ejemplo a seguir. Ni siquiera estoy contento de ser padre.
Aún así, está tan podrido como mi pensamiento y no puedo evitar sentirme unido a él. A veces él gira la cara cuando me masturbo por ella, haciendo ver que está dormido. Me deja algo de dignidad.
Y por eso no puedo evitar a veces el deseo de darle un beso de buenas noches. Claro, que está tan abajo que me es un poco difícil doblarme. No soy contorsionista. No practico yoga.
Si pudiera besarme el tumor, me chuparía antes la polla, sinceramente.
Esta obscénica lujuria mía acabará del todo con mi cordura.
Con ella no necesito ser contorsionista, la subiré en una mesa y le lameré el coño, haré que pose sus manos en mi cabeza y la apriete contra su sexo hasta sentir mis dientes entre sus húmedos labios inflamados, calientes…
Lo siento por el hermanito, es un poco amoral que el pequeñín tenga que ver esto. E incluso salpicarlo; mas no creo que sea muy digno que me ponga una cortinita o un impermeable en la pierna mientras la follo. Me da igual que me acusen de pervertir pequeños tumores.
Y además, qué coño… Que se joda. Porque un día, si se enrabia el pequeñín, espolvoreará su insania y hará metástasis. Son muy peligrosos los hermanitos cuando se ponen celosos. Y cuando un hermanito se aloja en el cerebro, a la mierda.
Es por eso, que para calmar cierta ansiedad el médico me recetó sedantes, para que pudiera dormir. Yo no tomo eso, es insano dormir así.
Aunque las venas de mis brazos parezcan estar podridas, aún soportan bien el caballo que les meto cada día. La heroína es mucho más sana. Y también duerme un poco a mi hermanito.
Un día me inyectaré matarratas para hacerle daño. Aunque me joda yo.
Yo no quiero otro hermanito en mi cerebro, dicen que cuando se alojan ahí, te cagas y te meas. Y lo que es peor, te puedes olvidar de ella.
Lo tengo todo previsto, me he tatuado su nombre en la frente, y si llega el día en que se amplía mi familia, no la perderé nunca de mi pensamiento destruido.
Tengo recursos, y vi Memento, una película que tuve que ver cuatro veces para entenderla porque la historia iba al revés. Estoy acostumbrado a que todo vaya al revés, pero no me esperaba que una película pudiera ser tan puta como la vida.
En definitiva, pienso amarla y follarla tanto si le gusta a mi hermano, como si no.
Y que no me toque los cojones, porque soy capaz de clavar un tenedor y crear una infección en la tibia tibia que lo achicharrará. Y se quedará sin pierna donde vivir.
(No es que sea un poco imbécil y me repita como un viejo senil con la "tibia tibia"; es puro ingenio, porque los carniceros la llaman una pierna "caliente").
Soy tan hostil a veces…
Aún así, es tan pequeño, que me hace sentir como un asesino.
Es un hijo puta, que no se fíe. Mi locura va más allá de la alucinación, y puede hacer realidad las más horribles imágenes de destrucción.
Me parece que me estoy balanceando en una tela de araña que no llega a romperse, somos tres elefantes y mi hermano.
"Un elefante viejo en el oficio, con la trompa se tapa el orificio", canto mientras la aguja entra en la vena suave y dulcemente. El émbolo aplasta miedos y deseos insatisfechos, los macera, la heroína recicla toda la mierda y aleja el tumor.
Si de verdad el tumor estuviera a tantos kilómetros de mí, no le temería.
Que estilizadas son unas piernas largas. ¿O más bien psicodélicas?
No… La psicodelia es producto del LSD, el caballo sólo pudre la sangre.
Se me escapa la risa de la forma más imbécil, es por ello que no me meto el caballo en el asiento de hormigón frente al colegio esperando que mi hijo salga.
Además, las mamás de los otros niños, me pedirían un poco, como cuando me piden un cigarrillo. Mi físico, fuera de una pierna podrida, las pone calientes. Y cuando la heroína colorea mi vida, lo notan y las siento húmedas.
Húmedas madres de maridos anodinos que no se meten jaco en las venas…
Es curioso, cuanto más cerdo eres, más te desean.
Lo absurdo nos hace atractivos, carismáticos.
Y ELLA, mi amada es mi jardín de rosas en medio de esta insania extraña, a veces divertida. Obscena insania…
Amarga como el cianuro.
A pesar de todo, mantengo mi cuerpo en forma, levanto pesas e imagino que es su cuerpo el que levanto con mis poderosos brazos. Son puro magro, aunque las venas picadas les da un aspecto un poco siniestro.
-¡Uy, pobre pequeñín! La pesa de cinco kilos le ha dado de pleno.
Cualquiera diría que lo he hecho expresamente, hijo puta. Deja de radiar el dolor a la rodilla, coño.
No llores pequeñín, que te voy a meter un jaco para que olvides el dolor.
Un elefante se columpiaba en una tela de araña, como veía que resistía, fue a llamar a otro elefante.
Dos elefantes se balanceaban en una tela de araña, como veían que resistía fueron a llamar a otro…
Chissssstt… A ver si se duerme, el hijoputa.
O se muere.



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