Archivos de la categoría ‘Absurdo’

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No puedo evitarlo, necesito que mis pesadillas sean tangibles y cuando fumo, divagar en 666 y su inexistencia y la necesidad (mi ilusión) de su realidad.
Luego apago el cigarro y soy esa bestia durante un tiempo.
Siempre sangriento y caliente: Iconoclasta.
Desde mi nueva cueva.

Movimiento

«No camines, quédate en casa y descansa. Ahora no duele, cuando el mundo se detiene, el dolor también».
«Haz caso de la quietud, disfruta la ausencia de dolor».
El dolor me la pela, así que en contra de lo que mi cuerpo dice, me calzo. Es penoso, porque hay que forzar los músculos para que se muevan.
Ellos saben cuando es bueno salir a caminar, a respirar aire frío.
No me rijo por la sabiduría, ni la mía misma.
Me rijo por mis cojones.
Pienso en los seres que consumen oxígeno para absolutamente nada. Sin que se muevan y cuya única ventana es un televisor apagado o encendido.
Dicen estar cansados del trabajo, de lo que trabajaron, de que siempre es lo mismo: la misma calle, la misma luz, el mismo coño…
Cuando mueren, simplemente escupo como si fuera un moco molesto: siempre es lo mismo.
Tienen razón, pero no saben hasta que punto son ellos mismos de quien están asqueados.
Los huesos no saben de esas cosas, no pueden entenderlo. Así que la rodilla duele un millón y hago como que no me doy cuenta. La contera del bastón está tan desgastada que secretamente le doy la razón a mis extremidades.
Es más fuerte el miedo a ser un mierda que babea o que sueña mediocridades frente al televisor o su cerveza, que el miedo al dolor.
Camino sin que el dolor mengüe un ápice. No hago caso al miedo que me atenaza los testículos cuando pienso en la posibilidad de que andando, me rompa. Más que nada porque tengo la imagen de ella desnuda y húmeda. La erección es el mejor analgésico.
Y la vejez de las calles que piso, el recuento de muertos anónimos que las casas han visto con indiferencia intemporal.
Suficiente, razonable y vanidosamente cansado me siento a tomar un café y poner a prueba la discreción de las miradas de algunas mujeres. Porque aparte de moverme, me gusta follar o la caza. Y crear cierto halo de trascendencia y rebeldía que a muchos humanos les lleva a mirarme con extrañeza.
Suele ocurrir porque mi rostro muestra cierto rictus de dolor y mis ojos, sin embargo, reflejan mundos que no son de este universo. Ideas que están formando constelaciones de locura.
Los vulgares detectan esas cosas, aunque no sepan identificarlas.
Cuando frente al café saco la pluma y el cuaderno del bolsillo, es como si el mundo desapareciera y me quedo solo, como un invisible entre la humanidad.
Y escribo cosas peores y mejores que ésta. Ignorándolo todo, hasta la presencia de mi padre si aún viviera.
Soy tremendo.
No quisiera no tener dolor y hablar del tiempo, o de un programa de televisión, o de la crisis.
Ni siquiera tengo deseos de hablar.
Tengo secretos…
Secretos de un pensamiento que bordea peligrosa y suicidamente la locura y el sexo voraz.
No podría hablar porque son pensamientos que se hacen sonido cuando el semen eyaculado se enfría en la piel ajena. En los pezones ajenos, en el monte de Venus, en sus muslos que tiemblan…
Son pensamientos que se expresan, precisamente, cuando más difícil es hablar. Porque los ecos del orgasmo colapsan la voluntad y la respiración.
Así que no me interesa hablar banalidades pudiendo tener silencios de belleza extraterrestre.
Me llevo el café a la boca y pienso a que sabrá su monte de Venus rasurado cuando lo bese, cuando deslice la lengua hacia su raja hambrienta…
Y el dolor ha dejado de importar, ha dejado de importar todo.
Porque mi lengua tiene el dulce saber de su coño-café.
Lo he visto escrito en el papel, aunque no recuerdo cuándo lo escribí.
Ni el dolor ni el mundo pueden impedir que yo me mueva, que enloquezca, que joda a esa preciosa.
No es vanidad, me importa poco ser tosco, ser brutal. Solo quiero ser fuerte, un forzudo de los sueños, de la risa, del llanto, del dolor, del sexo y de la tristeza.
Que duela o que goce, siempre con el exceso.
Pago el café y me permito una broma que jode a muchos: «¿Por qué es tan barato el café? Me siento mal pagando tan poco, no es elegante».
La camarera ríe un poco aliviada cuando demuestro humanidad y doy muestras de humor y simpatía.
Y mañana más, aunque me sangren los ojos.
Si me sangraran, saldría un texto magnífico. Lo mío no es el miedo, le temo al asco.
El movimiento es vida y sueño.
La inmovilidad es muerte de mierda.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Duerme tanto y su cerebro es tan pequeño, que temo que se le seque.
A mí me pasa al despertar, siento que tengo arena en el cráneo.
Aunque tengamos un pelaje diferente, lo animal es común.
Y no quiero que un día se convierta en sonajero.

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Si yo que soy un Dios, a veces me canso; entiendo perfectamente la confusión de ese dios mierdoso que tiene el ojo en un triángulo y está en un cielo estúpido. Ése que cometió la indecencia de dejar su coño tan lejos; y sin embargo, tan metido en mi cerebro. Porque su coño es la vía para penetrar en ella, toda.
Yahveh se debería haber jubilado en el séptimo de su creación caprichosa e inútil.
El sexo tiene un enigma metafísico cuando pretende ir más allá del tejido humano.
Ese dios cansado y holgazán hace las cosas mal y yo debo arreglarlas con obscenos pensamientos que rebasan los límites carnales y morales.
Y salpica el semen frío y solitario un rostro divino y un ojo ciego que todo no lo ve.

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El miedo hace ver posibilidad de lo inverosímil.
Me gusta en mi imaginación esculpir el dolor y la muerte.
Al fin y al cabo, soy una obra ambulante del dolor.
Artistas que reciclamos carnes, huesos y vísceras. Nada es peor que la realidad, que la irrelevante realidad.

(Uno de los planos más perturbadores del cine que he visto últimamente. It follows, inquietante película de David Robert Mitchell, 2015).

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Nieva fuerte, el invierno, el rudo invierno se rebela contra la dulce primavera. Es una batalla perdida; pero es una buena derrota.
Una digna derrota.
El invierno es como yo, un perdedor rabioso.
Solo que yo, un día desapareceré y el invierno se quedará solo con sus batallas perdidas.
Soy un perdedor rabioso e indignamente efímero.

Morir en soledad

No entiendo el miedo que sienten los que están a punto de morir.
Cuando agonizas, cuando sabes que mueres, hay una liberación total. Una satisfacción de que quedarán cosas por hacer y ya nadie podrá molestarte con ello.
Es absoluta libertad.
Cualquier proyecto, cualquier cosa por acabar y en definitiva el futuro, dejan de importar.
Así lo sentí. No necesitaba valiums o diazepanes para la ansiedad. No recuerdo haber dormido tan en paz como cuando la muerte estaba tan cerca que la escuchaba arañar mis pulmones.
Incluso deseas que encuentren en el teléfono las fotos obscenas de mi rabo erecto y eyaculando. Dan ganas de reír… Es como largarse de un sitio con una carcajada. «Ahí os quedáis, hijos de puta».
Para ello hay que morir solo, lejos del miedo y la tristeza de los demás. Porque la agonía del moribundo no da miedo por su desaparición. Es que los que agonizamos somos el reflejo de lo que a los otros les puede ocurrir. Ellos temen el momento de agonizar como tú agonizas ahora.
Te conviertes en una imagen de pesadilla para ellos.
Porque al igual que estar enfermo, los que te acompañan claman mil veces, que los que de verdad padecen son ellos: «al fin y al cabo, el enfermo está cuidado». Pobres mártires, se merecen el nobel al denuedo. Sus cabezas lucen halos dorados de santidad.
No… Al morir quiero estar lejos de cualquier compañía, de cualquiera que no sea personal sanitario y cobre dinero, porque nada tienen que llorar, es su trabajo como el mío morir. Somos consecuentes.
Quiero morir solo y reír. Liberarme.
Sin el llanto de nadie cerca. Porque no lloran de pena, lloran de miedo por ellos. Y ese miedo ajeno me lo paso por el forro de los huevos, morir es mi gran momento: que los mezquinos se metan en el culo su dolor, miedo y lo que quede por hacer.
A cambio, pueden decir que soy un hijo puta.
Me la pela.
Morir no es malo, lo malo de morir es cuando estás en mala compañía.

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Te lo dije: «Un día arderás por ese pensamiento tuyo, tan hostil…»
Toda esa tensión no podía tener un final feliz.
Ahora somos combustión por tu culpa, todo lo escrito y toda la piel.
No quedará ni el rencor.
Somos fuego sin control, una ceniza errática, aún furiosa.
Una fusión descontrolada.
Hijo de puta, lo has hecho.

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El SMI (Sociedad Mundial de Idiotas) me ha enviado un cheque de 1500 €.
En la carta decían, que no sabían el motivo; pero «Ju-ju, ju-ju».
A veces me arrepiento de desear el exterminio mediante incineración de los idiotas. En el fondo soy un sentimental.
Amo a los idiotas (pero que no se fíen).

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Me gusta el poder caótico del cielo que se impone a la tierra y a los seres que contiene.
Sueño con que pudiera aplastarme, al menos tener la suficiente importancia para que lo hiciera.
No le importo nada al cielo de la misma forma que tampoco me importa quien vive o quien muere.
El cielo es majestuosamente soberbio y yo un oscuro rencor bajo su caos hostil.