
Hay cosas claras, sin discusión. Los hay que están en vía muerta, ya no sirven.
Pero ellos no lo saben e insisten en ocupar espacio y respirar. No decoran como un viejo tren.
Aburren.

Hay cosas claras, sin discusión. Los hay que están en vía muerta, ya no sirven.
Pero ellos no lo saben e insisten en ocupar espacio y respirar. No decoran como un viejo tren.
Aburren.

No hay error, aunque no pudiera ver el cielo, la luz me diría que es hora de tormenta.
Es especial y la luz del caos impregna el ánimo de libertad y desasosiego primitivo.
La luz que acalla los sonidos creando expectación.
Luego vendrán las primeras gotas de agua que pondrán duros mis pezones por el contraste de la piel recalentada por el calor.
Luego el olor a tierra mojada, a pavimento evaporando miseria.
Y querré llegar a casa mojado para frotar mi piel contra la de ella, en celo, como una bestia acosada por los rayos.
Tomar posesión de su coño con la tormenta como banda sonora del deseo.
En efecto…
Caen las primeras gotas y cierro los ojos para observarla a través de la lluvia. Soñar que estará en casa y la follaré sin control.
Abro los ojos a la luz y la lluvia. No tengo prisa, no importa mojarse, soy sumergible y antichoc, como un reloj suizo.
La luz de tormenta provoca una deliciosa locura.


Sillas y mesas vacías.
Si imagino el mundo entero así, entiendo la existencia del paraíso.
Está bien, falta ella; pero yo estaré poco tiempo.
A veces la realidad de la muerte se complementa maravillosamente con paraísos y otras sutilezas.

Ésta no es una de las botas que Pulgarcito le robó al ogro.
Estas son las botas de los siete cigarros, de las mil blasfemias, del calor, del cansancio, de la vanidad y la fuerza.
No es que sean mágicas, el mágico soy yo.
Porque si tuviera que aplicar la cruda realidad, debería confesar que no son nada, que solo me permiten caminar sin que me sangren los pies.
Cosa que no es nada extraordinaria.
Tenía que perder el tiempo en mis divagaciones, no tiene mayor importancia.
También he pensado en el precio de las naranjas; pero no me estimulaba a escribir fruticosas.

La puta manía de marcarlo todo: caminos y zonas.
Aunque es lógico, hay tanto idiota como indican los censos electorales.
Estoy perdido, abandonado en este planeta.

El maravilloso anuncio de una negra muerte.
Me gusta pensar que mi final será apocalíptico y no tan mediocre como ha sido mi vida.
Mierda, pensar me denigra.

Teje tan bien la muerte…
Los micromundos son apasionantes, son hipnóticos.
Tanta perfección, con serenidad. Todo ese trabajo para matar, para cazar.
Pienso en que no he construido, que no he creado nada en lo que llevo viviendo. Y en lo que me queda, no lo haré.
Ya es tarde y la muerte está cerrando sus últimos hilos en torno a mí.
Tal vez son pequeños mundos imperceptibles para que no nos suicidemos por vergüenza de ver lo que no haremos jamás.
Mientras ella, la hacendosa asesina teje y caza, los humanos solo envidian y parasitan a otros como ellos.
Hay más inteligencia en una de las patas de la araña, que en cualquier gran ciudad del planeta.
No es una opinión, es un hecho.
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