Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

Captura

En Realidades Truncadas.

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No sé cómo he llegado hasta aquí.
El pensamiento se ha hecho potente y profundo y me ha llevado entre ilusiones y llantos a un lugar alejado de todo.
Alejado de mí mismo.
En algún momento he encendido un cigarro, satisfecho de la lejanía alcanzada. Y con un miedo primigenio a no encontrar el camino de vuelta.
He llegado donde los cucos cantan sin cesar, sin miedo. Donde no soy extraño a nada ni nadie.
Un día ocurrirá que mi pensamiento me llevará a una distancia sin retorno, donde las fuerzas no sean suficientes para volver.
¿Volver a dónde?
No importa, un día se acabará todo.
Tengo la certeza de estar perdido en el bosque y en mi pensamiento desde el nacimiento de mi conciencia.
Me ha llevado tiempo extraviarme.
No puedo volver, no debo, no quiero.

Movimiento

«No camines, quédate en casa y descansa. Ahora no duele, cuando el mundo se detiene, el dolor también».
«Haz caso de la quietud, disfruta la ausencia de dolor».
El dolor me la pela, así que en contra de lo que mi cuerpo dice, me calzo. Es penoso, porque hay que forzar los músculos para que se muevan.
Ellos saben cuando es bueno salir a caminar, a respirar aire frío.
No me rijo por la sabiduría, ni la mía misma.
Me rijo por mis cojones.
Pienso en los seres que consumen oxígeno para absolutamente nada. Sin que se muevan y cuya única ventana es un televisor apagado o encendido.
Dicen estar cansados del trabajo, de lo que trabajaron, de que siempre es lo mismo: la misma calle, la misma luz, el mismo coño…
Cuando mueren, simplemente escupo como si fuera un moco molesto: siempre es lo mismo.
Tienen razón, pero no saben hasta que punto son ellos mismos de quien están asqueados.
Los huesos no saben de esas cosas, no pueden entenderlo. Así que la rodilla duele un millón y hago como que no me doy cuenta. La contera del bastón está tan desgastada que secretamente le doy la razón a mis extremidades.
Es más fuerte el miedo a ser un mierda que babea o que sueña mediocridades frente al televisor o su cerveza, que el miedo al dolor.
Camino sin que el dolor mengüe un ápice. No hago caso al miedo que me atenaza los testículos cuando pienso en la posibilidad de que andando, me rompa. Más que nada porque tengo la imagen de ella desnuda y húmeda. La erección es el mejor analgésico.
Y la vejez de las calles que piso, el recuento de muertos anónimos que las casas han visto con indiferencia intemporal.
Suficiente, razonable y vanidosamente cansado me siento a tomar un café y poner a prueba la discreción de las miradas de algunas mujeres. Porque aparte de moverme, me gusta follar o la caza. Y crear cierto halo de trascendencia y rebeldía que a muchos humanos les lleva a mirarme con extrañeza.
Suele ocurrir porque mi rostro muestra cierto rictus de dolor y mis ojos, sin embargo, reflejan mundos que no son de este universo. Ideas que están formando constelaciones de locura.
Los vulgares detectan esas cosas, aunque no sepan identificarlas.
Cuando frente al café saco la pluma y el cuaderno del bolsillo, es como si el mundo desapareciera y me quedo solo, como un invisible entre la humanidad.
Y escribo cosas peores y mejores que ésta. Ignorándolo todo, hasta la presencia de mi padre si aún viviera.
Soy tremendo.
No quisiera no tener dolor y hablar del tiempo, o de un programa de televisión, o de la crisis.
Ni siquiera tengo deseos de hablar.
Tengo secretos…
Secretos de un pensamiento que bordea peligrosa y suicidamente la locura y el sexo voraz.
No podría hablar porque son pensamientos que se hacen sonido cuando el semen eyaculado se enfría en la piel ajena. En los pezones ajenos, en el monte de Venus, en sus muslos que tiemblan…
Son pensamientos que se expresan, precisamente, cuando más difícil es hablar. Porque los ecos del orgasmo colapsan la voluntad y la respiración.
Así que no me interesa hablar banalidades pudiendo tener silencios de belleza extraterrestre.
Me llevo el café a la boca y pienso a que sabrá su monte de Venus rasurado cuando lo bese, cuando deslice la lengua hacia su raja hambrienta…
Y el dolor ha dejado de importar, ha dejado de importar todo.
Porque mi lengua tiene el dulce saber de su coño-café.
Lo he visto escrito en el papel, aunque no recuerdo cuándo lo escribí.
Ni el dolor ni el mundo pueden impedir que yo me mueva, que enloquezca, que joda a esa preciosa.
No es vanidad, me importa poco ser tosco, ser brutal. Solo quiero ser fuerte, un forzudo de los sueños, de la risa, del llanto, del dolor, del sexo y de la tristeza.
Que duela o que goce, siempre con el exceso.
Pago el café y me permito una broma que jode a muchos: «¿Por qué es tan barato el café? Me siento mal pagando tan poco, no es elegante».
La camarera ríe un poco aliviada cuando demuestro humanidad y doy muestras de humor y simpatía.
Y mañana más, aunque me sangren los ojos.
Si me sangraran, saldría un texto magnífico. Lo mío no es el miedo, le temo al asco.
El movimiento es vida y sueño.
La inmovilidad es muerte de mierda.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Como dos amigos viejos de piel gastada que asisten silenciosos e impertérritos al espectáculo de la vida. Sin nada que decirse, porque al fin y al cabo, ya nada sorprende y todo se cumple con la certeza que da haber vivido demasiado.
Y está bien, que la vida pase ante mí y no ser parte de ella.
Demasiada vida, demasiada sabiduría que no aporta alegría.
La muerte se infravalora en demasiadas ocasiones.
Ser un banco vacío y ajeno a todo…
Es cautivador.

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Ladies and gentlemen, con todos ustedes: el cielo y su grandeza.
Y la hermosa posibilidad de morir bajo su libertad, lejos de la grisentería.

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Vivo entre muros de 1841, lo que quiere decir que ya han muerto aquí algunas generaciones. No es menos extraño que la luz del sol, que es luz del pasado.
Lo difícil es conciliar la actualidad de los latidos del corazón, con las cosas viejas que me dejaron al nacer. No es raro sentirse ajeno al mundo. Nada es mío y lo de los muertos no lo quiero; pero debo soportarlo. Hay cierto negro romanticismo en ello, solo eso.

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Yo quería un confortable ataúd, pero me dijo el decorador que sería excesivo; la peña es cobarde que te cagas. Pero pronto cambiaré las luces por candelabros de cirios negros.
No me gusta lo minimalista, prefiero lo excesivo.
Soy un gótico fuera de tiempo.

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Pienso en la piel pálida, la piel sensible que sus braguitas azules de elástico rojo descubren al bajar provocadoramente en un alarde de lujuria impudorosa.
Y tengo sed.
Sueño lamer ese monte de Venus y las ingles. Íntimas ingles que se tensan como cables que desean ser acariciados. Tocar la blanca piel sabiendo que es lo necesariamente sensible para que sus muslos se separen temblorosos y su coño se abra como una flor a mi lengua.
Rozarlo hasta que sus puños se cierren de impaciencia para que bese los labios mudos, los que en lugar de lengua tienen un clítoris duro y palpitante.
No puedo hacer más que aferrarme a mi pene y sentir la velocidad, el vértigo del pornógrafo deseo. Soy una bestia encelada y mis cojones revientan de hijos que no nacerán jamás.
Porque cuando imagino sus piernas separadas, no recuerdo si la amo, solo quiero follarla. Follarla hasta que le duela, como me duele el rabo entumecido y colapsado de sangre.
Luego la amaré con paranoia.

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Estás cansado y observar el reloj es un diapasón que afina la percepción de lo que muere y lo que espero. Y deseo que pase el tiempo, mi tiempo para descansar de verdad. La deseo a ella, pero no estoy presentable, no soy un buen producto ahora. Soy un saldo.
Como lo es la justicia, que muere a cada segundo. Los asesinos deben ser asesinados; pero jamás por las leyes, sino por esa justicia salvaje que es la venganza.
No tiene nada que ver con amarla, pero necesito cierta angustia para no desfallecer.
Las leyes solo condenan a los inocentes.
Y por encima de toda ley o justicia, a cada segundo te amo.
Me desconcierto a mí mismo.

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Si yo que soy un Dios, a veces me canso; entiendo perfectamente la confusión de ese dios mierdoso que tiene el ojo en un triángulo y está en un cielo estúpido. Ése que cometió la indecencia de dejar su coño tan lejos; y sin embargo, tan metido en mi cerebro. Porque su coño es la vía para penetrar en ella, toda.
Yahveh se debería haber jubilado en el séptimo de su creación caprichosa e inútil.
El sexo tiene un enigma metafísico cuando pretende ir más allá del tejido humano.
Ese dios cansado y holgazán hace las cosas mal y yo debo arreglarlas con obscenos pensamientos que rebasan los límites carnales y morales.
Y salpica el semen frío y solitario un rostro divino y un ojo ciego que todo no lo ve.