
Bravo por Sabrina Sabrok y su humor.
Se merece un aplauso por él y por sus méritos «pechonales».
Ha retwitteado mi twitter.

Bravo por Sabrina Sabrok y su humor.
Se merece un aplauso por él y por sus méritos «pechonales».
Ha retwitteado mi twitter.

Los árboles son como los humanos de vulgares, que si ven mierda gratis, se la comen a puñados.
Y los árboles, apenas se vislumbra la primavera, a florecer. Como si se fuera a acabar.
Cursis adocenados presurosos…
Hasta a los vegetales ha pervertido la chusma hortera.

Como yo…
¿Y quién no lo está?
Seas ángel, bestia o diablo, hay cientos de razones por las que tener cicatrices.
Por desintegrarse a lo largo de la vida.
La eternidad es condena atroz.
Morir y descansar.
No ver cuán roto estás…
Rotura y decepción…

Me espera una ardua tarea para conseguir que se acostumbre a leer en lugar de ver la tele. Probaré con que lea a Perrault, porque dice que a Kierkegaard lo lea mi madre o en su defecto, yo mismo.
Los gatos son tan indiferentemente filosóficos…
Esto es absurdo.

«La Pantera Rosa en compras rosadas».
Es el título de un episodio que he protagonizado al ir a comprar al súper. No es que yo sea una pantera rosa, que nadie se ría listillamente. Es que mi vida a veces es tan surrealista, que no sé si fumarme el filtro del cigarro o usarlo de aderezo en la ensalada.
De lo más ñoño, daban ganas de vomitar de ver un cielo tan rosa; es como una sobredosis de azúcar en un diabético.
Si es que por una cosa o por otra estoy viviendo en un mundo de caricatura, no jodas.
Lo del seseo, viene porque cuando veía los episodios de la Pantera Rosa, los títulos eran anunciados en español latino. Y así, cuando pienso en la dichosa Pantera Rosa (que me encanta y encantaba) no puedo desligarme de ese acento que le daba una peculiaridad entrañable.
Lo que me preocupa es mi salud mental: he dejado las bolsas de la compra en el suelo para hacer la foto, pero es que no podía guardarme este momento de pesadilla «asucarada». Alguien tiene que saber de mi infierno interior y exterior.
Horrible..
Solo me falta caer en lo más bajo y comprarme una barba de algodón en una feria. Eso no ocurrirá a menos que esté drogado o perfectamente alzehímico.

La erección no es tan simple como un mero deseo sexual o reproductor en los peores casos.
Se puede dar por una buena justicia (una buena muerte o castigo a quien se detesta).
En fin, esas pequeñas cosas de la vida que hacen mi pene lustroso con desinhibido desenfado.

Con un dedo, cualquiera. Si es que las poses no engañan a nadie.
De cualquier forma y para recuperar algo de dignidad (la mía tras la tontería), se puede probar a soportar un tatuaje de siete horas a ver qué pasa cuando llegan las agujas al codo y a la muñeca. Se hace en esos momentos apetecible la limpieza y rapidez de un simple tajo.
Y aún así, en las cosas más simples está el verdadero dolor: la uña arrancada del dedo corazón de la mano puso a prueba mi umbral del dolor. Benditos sean todos los analgésicos del mundo.
«El animal que yo llevo dentro, no me ha dejado nunca ser feliz,
me roba todo, hasta el café,
me vuelve esclavo de mis pasiones.»

A veces le pongo un espejo en el hocico para asegurarme que no me dieron un gato tamagochi disecado.

El ferrocarril y yo somos parecidos, funcionamos a lo largo del tiempo sin alardes cibernéticos. Solo acero insensible, o tendones y nervios enterrados en la carne que lo parecen: férreos y ajenos a lo humano.
El próximo cambio de agujas se presiente oscuro como boca de lobo.