Ganchos (1)

Publicado: 25 junio, 2011 en Terror
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Índigo observaba fijamente la cabeza despellejada que le miraba desde el aparador: sus fibras rosadas, la grasa blanca que se confunde con hueso. Los ojos sin párpados negros, opacos y sin vida.

Las pupilas se dilatan mucho con la muerte, pensó.

—Póngame medio kilo de lomo —le pide al carnicero.

—¿Quiere también un cuarto de callos? La tripa está muy bien lavada y es fresquísima. Acompañan muy bien con una carne tan magra.

—No gracias, no me gustan las vísceras.

Índigo seguía con la mirada fija y un poco perdida en los ojos fríos de la cabeza, un tanto ausente. Por el tamaño, estaba seguro de que sería de macho.

—La cabeza bien horneada es un plato exquisito ¿la quiere?

—No sé, no me acaban de gustar los ojos, me recuerdan los de mi hermano.

—Tal vez lo sean; yo el otro día me comí unas manos y algo me hizo pensar que eran las de mi hijo mayor que murió hace tres semanas. El vino ayuda a pasar los malos pensamientos.

—Bueno, me la llevo; pero quítele los ojos.

El carnicero tomó la cabeza y con la punta del cuchillo extrajo los globos oculares. La metió en una bolsa de plástico transparente y la pesó.

Los labios rosados y la lengua roja eran prueba de que había sido correctamente desangrado.

—No es mi hermano, lo sé por los dientes.

—¿Dónde vivía su hermano?

—En este mismo estado, a unos doscientos kilómetros al sur.

—La ley obliga a que los sacrificados sean vendidos en otro estado a una distancia no inferior a trescientos kilómetros de sus límites —dijo el carnicero recitando una ley básica en su trabajo.

—Lo sé; pero he oído casos de quien se ha comido a sus padres.

—Siempre puede haber un error en los envíos. Es mejor no pensar en ello.

El carnicero colocó en la tabla una gran pieza de lomo que sacó de la cámara refrigeradora. Cuando abrió la puerta, Índigo pudo ver que tenía al menos cuatro piezas sin cabeza colgadas por los talones de los ganchos.

Cortaba las rodajas de lomo del mismo espesor y cada una iba a la balanza mientras charlaba con Índigo.

—¿Qué edad tiene si no es mucho preguntar?

—Cuarenta y cuatro.

—¿Y cuánto pesa?

—Ochenta y cinco.

—Pronto le tocará…

—Lo sé, no estoy nervioso.

—Yo ya he recibido la carta. Para el año que viene, durante las vacaciones tengo que ganar quince kilos. Por una parte estoy impaciente por pasar ese año entero de vacaciones en ese paraíso tropical; pero me deprime que me sacrifiquen. Tengo pesadillas.

—Yo creo —respondió Índigo con tono de voz confidencial y observando a su alrededor— que en muchos casos no aciertan a suprimir el gen del deseo de vivir de nuestro ADN al nacer. Son unos inútiles a pesar de tanto avance que dicen haber conseguido. Propaganda basura.

El carnicero asintiendo, se cortó el dedo índice con el cuchillo; lentamente cortó media uña y dejó al descubierto la punta del hueso. La carne quedó prendida en el cuchillo.

—Se ha cortado —le avisó Índigo.

El carnicero tiró a la basura su trozo de dedo, metió el cuchillo en la solución desinfectante y cogió un puñado de carne picada para ponérsela en la sangrante herida del dedo mutilado.

—Al menos han acertado con el dolor. De hecho sabemos que estas cosas duelen porque nos lo enseñaron —dijo el carnicero mostrando su dedo herido coronado por el pegote de carne picada.

—Sí, alguna cosa hacen bien. Hace cuatro meses, mi hijo en la cocina, se carbonizó la mano en la plancha; estaba muy resfriado y cuando notó el olor a carne quemada, la mano era irrecuperable.

—¿Le han trasplantado una nueva?

—No. Ya sabe como son los críos; quiso una garra metálica de esas que tienen tanta fuerza.

—¿Y el médico no le aconsejó un sacrificio en lugar de esa operación?

Índigo, antes de responder, señaló en el aparador una bandeja de hígado (de africano, decía la etiqueta).

—Los niños, la carne tierna está muy valorada. Mi mujer y yo lo pensamos durante dos días: nos ofrecían por nuestro hijo, dos años más de vida a cada uno y un año y medio de vacaciones pre-sacrificio —sintió que había hablado demasiado e hizo una breve pausa de cortesía.

—La verdad es que apreciamos a Astro, y decidimos no darlo en sacrificio —continuó explicando Índigo en vista de que no respondía.

El carnicero hizo un gesto de indiferencia.

—Yo daría a mi hija ahora mismo por un año más de vida.

—Si a nosotros nos hubiera llegado la carta para el sacrificio, también hubiéramos cambiado a Astro por los dos años de vida. Es normal.

Índigo pensó en las historias antiguas que hablaban de padres que se sacrificaban por sus hijos. No lo podía entender.

Le parecía que la vida era muy corta y los niños abundaban en exceso. Los viejos no, salvo algún presidente de un país o un millonario que con dinero hubiera conseguido comprar mucho tiempo, no conocía a ninguno. Sólo los había visto en la televisión.

­El carnicero le alcanzó por encima del aparador la bolsa con su compra e Índigo pagó con la tarjeta de crédito.

—Gracias y que mejore ese dedo.

—Esperemos que durante las vacaciones sane, ya me tocan pronto. Pero para lo que me queda de usarlo…

—No hay que pensar en ello, a todos nos llega nuestra hora. Adiós.

—Cuídese —le despidió el carnicero alzando la mano del dedo herido, la carne picada rezumaba sangre que resbalaba por su muñeca para meterse dentro de la manga de la bata.

Cuando Índigo salió de la carnicería, sintió frío. Caminó hacia casa cerrando su chaqueta y ordenando en el monitor interno que se activara el sistema calefactor.

En seguida sintió el alivio del calor. Estaba a punto de nevar, las nubes estaban altas y muy densas. Casi podía sentirse el eco del mundo que rebotaba en aquel cielo. Era un día “sordo” donde el sonido pierde matices y no se puede asegurar de qué dirección llega.

Los coches levitaban silenciosos en un tráfico denso en la pista inferior, la superior estaba casi vacía, llevaba al norte, a los pueblos cercanos a la capital. Los que vivían más lejos eran los primeros en acabar su jornada y los primeros en empezarla. Una especie de justicia idiota e inservible que nadie entendía bien para que servía.

Un aero-móvil pasó a gran velocidad en la pista superior, apenas pudo distinguir el modelo. Cuando alcanzan los setecientos kilómetros por hora, es difícil fijarse en detalles. Era enero del 2348 e Índigo no estaba cansado de trabajar en la fábrica de computadoras orgánicas; la Dosis del Reposo que le inoculaban cada día a través del oído (y a todos los trabajadores) al acabar la jornada, le proporcionaba algo parecido a la paz.

Pero era una paz triste. Era apatía.

El espacio de calzada delimitada como paso de peatones se iluminó y el semáforo inmovilizó los aeromóviles al instante; los conductores de la primera fila, a pesar de que seguramente habían recibido su Dosis del Reposo, golpeaban el timón o bien decían alguna cosa entre dientes mirando con hostilidad a los peatones que habían provocado su detención.

El ruido de la calle provenía de los zapatos de la gente que caminaba por ella y alguna música con un volumen correcto y constantemente corregido por la Red de Control Ambiental.

Eran casi las siete y las paredes de los edificios se iluminaron con una tenue luz anaranjada que iba ganando potencia a medida que el sol se ocultaba en el horizonte.

A Índigo le animó aquella luz. Le gustaba. En los días nublados los edificios eran neutros, grises. Cuando empezaba a anochecer, parecía que uno pisaba el mismísimo crepúsculo.

A pocos metros de su casa, un edificio de trescientas plantas, había un corrillo de gente entre el que destacaba un agente de policía con su uniforme azul marino.

—Solo me he roto una pierna, dentro de dos meses me voy a mis vacaciones pre-sacrificio.

—Ya sabe la ley, señora. Si alguien mayor de cuarenta y dos se rompe una pierna, ya no se justifica el gasto de su sanación, traslado a domicilio y rehabilitación; es un gasto inútil.

La mujer había caído desde el balconcito de su casa, por lo visto estaba regando unas macetas con flores digitoplásmicas que tenía instaladas en el tejado del balcón, cuando la banqueta que usaba para elevarse, se movió y cayó al vacío.

Bajo la bata blanca térmica, no llevaba más que unos calcetines. La tibia se había fracturado y el hueso astillado había salido a través de la pantorrilla. No había mucha sangre. Hablando con el agente, empujaba el hueso para poder ocultarlo de nuevo en el músculo gemelo sin conseguirlo. Reducir esa fractura requería dos personas.

—Yo quiero disfrutar de mis vacaciones, no es justo. Puedo ir en silla de ruedas, no es necesario que me curen. Incluso me la pueden amputar.

El agente habló por el monitor de su muñeca. Con rapidez se arrodilló frente a la mujer que aparentaba tener veinte años y le inoculó Dosis Masiva de Reposo con un aerosol nebulizador. La mujer dejó de hablar y se recostó más tranquila en el inmaculado suelo de la calle.

Índigo se mantenía a unos cincuenta metros de aquel corrillo de gente, el sonido llegaba claro ante la ausencia de ruido. Como en el agua, no tardaría en nevar.

No pasaron dos minutos cuando una aero-patrulla y un aero-matadero llegaron al lugar.

Los cinco agentes que bajaron del vehículo rodearon al grupo de gente.

—¡Atención, ciudadanos! Por el artículo 159 del Código de Vida Ciudadana, están obligados a presenciar el sacrificio y ser testigos de que la ley se cumple con rigor y agilidad. Durante el proceso pueden hacer grabaciones y podrán hacerlas públicas en la red para que ayude así en la educación cívica de los habitantes de Ciudad Bella.

Algunos sacaron el monitor de entre sus ropas y empezaron a grabar lo que sucedía ante ellos.

Del aero-matadero bajaron tres matarifes y deslizaron una plataforma cerca de la mujer de la pierna rota.

—¡Qué rabia! A solo dos meses de mis vacaciones… ­—dijo resignándose cuando casi le rozó la plataforma.

El agente se agachó para hablarle.

—¿Es católica?

—Sí.

Se sacó el monitor de la muñeca y tecleó durante unos segundos, para luego mostrarle a la mujer la pantalla.

Un sacerdote (según rezaba en el título de crédito bajo el busto parlante) le preguntó su nombre. Y tras esto le dio la extremaunción y se cortó la comunicación.

El agente sacó un frasco del bolsillo y le dibujó con aceite una cruz en la frente diciendo “amén”.

El policía se hizo a un lado para dejar paso a los técnicos matarifes.

El suelo de la plataforma era en realidad una cubeta y en ella había dos puntales de acero inoxidable en cuyas puntas se asentaba una barra horizontal con cuatro ganchos carniceros.

Dos matarifes elevaron a la mujer cabeza abajo y clavaron los tendones de los talones en los ganchos, la mujer quedó suspendida de las piernas, balanceándose desnivelada, ya que la parte del cuerpo que era sostenido por la pierna rota, era mucho más flexible y parecía que de un momento a otro se iba a desgarrar, la punta del hueso roto desapareció entre el tejido sometido a la tensión.

La bata le cubría la cara y su larga melena rubia caía sobre la cubeta.

Uno de los matarifes rasgó un poco la bata con el cuchillo y tiró de los extremos hasta partirla en dos.

Los enormes pechos se mantenían erguidos por los implantes de silicona y los retocados labios de su vagina, dejaban asomar un clítoris terso y brillante.

Uno de los operarios sujetaba en ese momento su cabeza, otro la golpeó en la sien con un mazo de madera. La mujer cerró los ojos y todo su cuerpo se convulsionó. El cerebro estaba ya desprendido. El tercer matarife ocupó el lugar de su colega y abrió la garganta en toda su longitud con un cuchillo tan brillante como el platino.

Las convulsiones de la mujer y las manos de los matarifes presionando las piernas y los brazos, ayudaban a que la sangre saliera con más rapidez del cuerpo.

En cuatro minutos dejó de sangrar y los operarios matarifes succionaron los cinco litros de sangre con un aspirador.

Le clavaron un marchamo en la oreja derecha, con los datos de nombre, edad, y domicilio. Cuando partieron el cuerpo por la mitad (separaron el tronco de las piernas cortando por la cintura con una sierra eléctrica), la metieron en la zona refrigerada del aero-matadero y se alejaron con rapidez.

Los agentes dispersaron el grupo de gente ahora completamente silenciosa y observaron que no hubiera ningún resto biológico en el suelo.

Índigo llegó al portal de su casa y tras un cortés saludo electrónico, la puerta se abrió y entró directamente a uno de los treinta ascensores que se desplazaban horizontal y verticalmente.

Violeta se encontraba tendida y desnuda en el diván mirando un programa de televisión cuando el ascensor se detuvo en el interior del apartamento.

—Buenas noches, Sr. Lerva —le saludaron las paredes.

—¡Hola Indi! ¿Cómo ha ido hoy el día, cariño?

—Acaban de sacrificar a una mujer aquí mismo.

—¿Ahora? ¿Lo has grabado? ¿Por qué no me has llamado?

—Ahora mismo y no lo he grabado. Y tampoco he pensado en llamarte para compartir esa mierda.

—Mira que eres soso.

—La mujer quería disfrutar de sus vacaciones, tenía cuarenta y dos.

—¿Qué le ocurrió?

—Cayó desde un segundo piso y su tibia se quebró.

Violeta se arañó el pubis y deslizó un dedo en la vulva.

—¿Crees que le dolió? —hablaba excitada.

Índigo se sacó el pene del pantalón y lo acercó hasta la cara de Violeta.

—No le dolió, sólo se sentía triste.

—¿Sus tetas eran grandes?

—Enormes y tersas —respondió Índigo llevando el pene a los sensuales labios de Violeta.

El glande estaba lleno de cicatrices, había varias recientes. Incluso en la base, se podía observar la merma de carne.

Violeta lo succionó y sus incisivos se clavaron profundamente en la carne. No había dolor, todo era placer.

Índigo llevó la mano al pubis arañado, que presentaba también un sinfín de cicatrices. Había cráteres en la suave piel producto de cigarrillos apagados.

Clavó las uñas en los muslos interiores, dañando también los labios vaginales.

Ambos suspiraban con excitación.

De una cajita de espejo y con un display que indicaba la presión sanguínea por el contacto de los dedos, entre suspiros de placer, Violeta extrajo tres agujas cortas y de grueso calibre.

Índigo había introducido el dedo corazón e índice en su vagina e intentaba lacerar con las uñas la húmeda y elástica carne interior sin conseguir hacer daño debido a la masiva lubricación de su mujer. Una mancha húmeda se extendía en la tapicería del diván bajo el sexo de Violeta.

—Le golpearon la cabeza para atontarla con un mazo. Su cerebro se hizo papilla, un matarife sujetaba su cabeza…

Violeta respondía con gemidos, cada vez más excitada. Girando lo que pudo el torso para enfrentarse a los testículos, clavó la aguja en el escroto, en la parte superior donde la piel tenía contacto con el pene y lo atravesó con rapidez y decisión.

Manó sangre y la bolsa testicular pareció llenarse de repente, posiblemente había dañado un vaso sanguíneo y provocado con ello hemorragia interna.

Le ofreció una de las agujas a su Índigo y éste sacó los dedos de su vagina, se arrodilló frente a ella y atravesó uno de sus labios vaginales, de tal forma que la cabeza de la aguja, rozaba el clítoris continuamente.

Violeta separó las piernas todo lo que pudo. Índigo lamió las heridas de sus muslos y cogió la otra aguja que le ofreció su mujer.

La clavó en el perineo, en diagonal, de tal forma, que la punta dañó el conducto rectal.

Tal vez fuera la ausencia de dolor, lo que aquel daño estimuló un violento derrame de flujo, como una eyaculación transparente y viscosa que se mezclaba con alguna gota de sangre que se filtraba entre el metal de la aguja y el tejido.

Sus gemidos obscenos crecieron en intensidad. Índigo tiró de la cabeza de la aguja que rozaba el clítoris y la soltó de tal forma que lo azotó. Los ojos de Violeta se pusieron en blanco, su espalda se arqueó y sus uñas se clavaron en el escroto. Índigo jadeaba, sentía como una caricia el daño que los dientes infligían al glande. Y él movió su pelvis para hacer más profundo el roce.

Los dientes de su esposa estaban sucios de sangre, y de la comisura de sus labios se escurría una saliva rojiza.

Se subió encima de Violeta y la penetró violentamente, hundiéndose en ella hasta que los pubis quedaron completamente aplastados. Ella pedía más, con las piernas le rodeaba la cintura y le obligaba a profundizar más. La aguja del escroto erosionaba la vulva. El daño, la herida, como en un milagro, se convertían en placer.

Su naturaleza pervertida a nivel genético exigía placer a costa del cuerpo, de la sangre y de la carne.

La penetró por el ano y en el bálano se hizo un profundo arañazo con la punta de la aguja que atravesaba el perineo y dañó alguna vena.

Ella se sacudió con una serie de orgasmos interminables, y ante el movimiento desenfrenado y la violenta crispación del placer, se desgarró el labio vaginal desprendiéndose la aguja que presionaba su clítoris.

Índigo eyaculó en el ano, con la punta de la aguja inmovilizando su pene en aquel estrecho agujero. Para poder extraer el pene, tiró de la aguja. Del ano de Violeta rezumaba semen rosado.

Tras recuperar el aliento, Índigo hizo una video-llamada a uno de los quince médicos que atendían aquel edificio.

—Hemos realizado el acto, doctor. Necesitamos cura y profilaxis —dijo mostrando su pene herido, ensangrentado y lleno de excremento.

—En dos minutos estaré en su casa, señor Lerva.

Violeta e Índigo se encendieron dos cigarrillos de marihuana y coca y esperaron al médico compartiendo el diván.

—¿Nos harán lo mismo que a esa mujer?

—Sí, solo que será en un lugar más íntimo, y estaremos más sedados. No estaremos tan nerviosos.

—Bueno, sea como sea, lo importante son las vacaciones —Violeta acababa de aspirar dos bocanadas de su cigarrillo y sus palabras tenían ya una entonación narcótica.

El ascensor se abrió y dejó pasar al médico de guardia.

—El doctor Guerrero ha llegado.

Violeta e Índigo continuaron tendidos en el diván hasta que apareció el médico en el salón.

—Buenas noches, doctor.

—Buenas noches. ¿Han sido heridas muy profundas? ¿Se sienten débiles por hemorragias?

—En absoluto, doctor, no hemos sido muy agresivos.

No era un médico amable, sólo era eficiente. Los médicos eran la única clase social a los que se les había instaurado el gen del dolor. El médico ha de conocer el dolor, para reconocer el daño ajeno.

Y eso no les hacía tener una buena consideración de los actos de sus pacientes.

Ni como doctor, podía entender aún bien, como la ausencia de dolor podía llevar a que una persona fuera tan cruel con su cuerpo.

Posiblemente es el mismo sistema por el que el torturador es capaz de despedazar a sus víctimas; si el torturador hubiera sentido en su propio cuerpo todo ese dolor, es muy posible que se dedicara a cosas más amables.

Del maletín extraño un separador que colocó entre los muslos de Violeta. Revisó su vagina con una lupa luminosa y unió la herida del labio desgarrado con sutura química. Cicatrizó la herida con láser azul.

Para reparar el perineo, introdujo una pequeña sonda por el ano, mediante el control remoto, y a través del monitor, introdujo una cánula extremadamente corta y aplicó desinfectante y un tejido artificial a presión, este se hizo una masa dura que taponó el agujero. Era un lugar delicado, ya que los excrementos podrían infectar rápidamente la herida.

Por último, aplicó loción con colágeno y cortisona en el monte de venus.

Atendió a Índigo tras practicarle un lavado de pene. Cicatrizó la herida del escroto y con láser cerró la vena que en su pene se había rasgado con la punta de la aguja.

A pesar de los años que llevaba curando heridas, no podía hacerse a la idea de cómo era posible hacerse tanto daño sin sentir dolor. Sentía que a él mismo le dolían las operaciones y curas que realizaba; pero en las caras de sus pacientes solo se podía observar aburrimiento.

Guerrero, mientas realizaba su labor, pensaba que si la gente viviera más allá de los cuarenta y pocos años, no podrían reponer más tejido. Después de sus prácticas sexuales y deportes violentos, llegaban a faltar grandes trozos de piel y carne irrecuperables. Aún no se podía cultivar tejido humano para restaurar los trozos que llegaban a faltar. Al menos, no para la gente normal, esos cultivos estaban dedicados a gente con mucho poder y gran nivel adquisitivo.

El sistema acústico avisó de la entrada de Astro.

—¡Hola! —saludo chasqueando su poderosa garra mecánica.

Era un niño de abundante pelo rizado, de piel morena y musculoso, dentro del rango de peso y talla de los demás niños.

—¡Hola Astro! ¿Cómo ha ido el colegio? —preguntó Violeta

—¡Genial! Pero se me ha soltado un nervio de la garra y no puedo mover el meñique —dijo con una sonrisa en la boca mostrando el engendro mecánico en su brazo izquierdo.

—¿Le podría dar un vistazo, doctor Guerrero?

—Vamos a ver esa garra…

Astro se acercó al doctor y éste con unas pinzas extrajo el nervio que pendía suelto desde un desgarrón de carne muy cerca de la muñeca.

—¿Qué edad tienes, Astro?

—Doce.

Guerrero pinzó el nervio con un electrodo, sacó de su maletín un hilo de titanio del grosor de un cabello y lo sujetó a otro. Las dos puntas iban a parar a un fusionador de tejido y titanio. Tras una breve descarga verdosa, el tejido nervioso y el titanio quedaron soldados. En la muñeca se creó una fea quemadura que el médico trató con plástico orgánico.

—Gracias doctor — dijo Astro haciendo chascar los dedos metálicos.

—¿Eres buen estudiante?

—Sí señor. Mis segundos padres son una familia rica, subiré de escala social.

—Ya va a visitarlos dos veces a la semana y algún fin de semana lo pasa con ellos. No tardaremos en recibir la carta para las vacaciones y el sacrificio —explicó Violeta al doctor.

—Desde que cumplí los cuarenta y tres, la Junta de Sacrificios buscó los nuevos padres de nuestro hijo —aclaró Índigo.

—¿Sois los padres originales?

—Por supuesto, Astro es muy joven para haber tenido otros —contestó Violeta.

—No es raro que a su edad algunos niños, por la muerte de sus padres, vivan con otros de adopción. De cualquier forma me alegro mucho de que todo vaya tan bien. Y yo me voy que tengo aún un par de pacientes que visitar. Buenas noches, familia.

—Buenas noches, doctor Guerrero —respondió casi al unísono la familia.

Astro se acercó a su padre y observó el pene aún enrojecido tomándolo con su garra izquierda con sumo cuidado. A Índigo le sobrevino una erección.

—Esta vez no te lo has estropeado mucho.

—Apenas nada. Si quieres practicar sexo con tu madre, ella también está curada, no ha de guardar dos horas de reposo como otras veces.

Violeta separó las piernas para mostrar la vagina curada a Astro.

—No me apetece ahora, quiero ir a jugar con la computadora.

La madre hizo un mohín de desencanto y le dio un beso en los labios.

—Tienes dos horas de juego antes de cenar.

—Suficiente —contestó Astro ya corriendo hacia su cuarto.

Al cabo de dos horas cenaron viendo un programa de caza humana y sacrificios ilegales. No tuvieron ningún tipo de conversación en las tres horas que duró el programa.

Índigo soñó que era sacrificado en plena calle y que Astro y Violeta le besaban los labios despidiéndose. Tras su beso, su mujer le asestaba un golpe en la sien con un pesado martillo. Su hijo le abrió la garganta con un cuchillo adaptado al dedo índice de su garra. Cuando le clavaron el marchamo en la oreja, le dolió.

Cuando despertó, se inoculó dos Dosis del Reposo y su humor mejoró.

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