Archivos de la categoría ‘Absurdo’

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No existe mi rostro.
Solo las consecuencias de no ser.
Soy un conjunto compacto y blasfemo de frustraciones e ira.
Y la ira es la que me mantiene vivo, tenso.
Si me relajo soy cadáver.
Algún documento firmé a ciegas al nacer, que me condenó a la hipertensión del pensamiento.

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¿Qué es el sincronismo?
Un huevo colgando, y el otro lo mismo.
Nota: Morf. Aplíquese a los testículos humanos.

Enciclopaedia Iconoclasta. Ultrajant Editores, Oct. 2016.
Asesor cientifista: Pablo López. Fotografía: Fondo Iconoclasta.

(Viejo chiste de no sé quién.)

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A veces soy absurdo y me da por pensar que si no existen platillos volantes: ¿Cómo es que tengo uno en mi frente?
Entonces por algún error en mi sistema nervioso, se me queda congelada una estúpida sonrisa en mi bello rostro.
Intento desconectarme con el mando a distancia y ocurre que:
1. No tiene baterías.
2. El ovni interfiere los infrarrojos con un escudo de fuerza.
3. No tengo cerebro alguno que apagar. Estoy vacío.
Lo que ha empezado como una broma acabará mal. Porque una navaja de afeitar no necesita baterías para borrar una sonrisa de fracasado.
¿A que soy gracioso de mierda?

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No quiero ser un buen hombre sensible y comprensivo.
No quiero ser tu confidente o amigo.
Tu apoyo moral…
No quiero ser guapo, ni fuerte.
Ni siquiera ser hombre.
Deseo ser una bestia reptante entre tus muslos. Que me amputen los brazos y las piernas si es preciso.
Fascinarte con mi repulsión, sacar de ti lo más morboso y no puedas evitar separar las piernas para que mi lengua azote nerviosa tus ingles y llegar a tu coño por la vía de un placer tan inevitable como repulsivo.
Clavar mis colmillos y sorber tu clítoris.
Vampirizar tu vagina temblorosa…
No quiero que me ames, solo roza mi cabeza cuando entre en tu coño. Y sabré la verdad: a pesar del asco, me quieres dentro, retorciéndome en tu sexo baboso como yo. Causando vibraciones casi eléctricas que estimularán tu clítoris hasta hacerlo enorme.
Porque es enorme como un universo.
Desesperándote en la indefinida frontera de la repulsión y una hedonista adicción que destruye voluntades.
Acariciar con mis húmedas escamas los labios de tu coño al entrar.
Siseando obscenidades que rimen con tus gemidos de placer y alarma.
Que susurres «Dios mío» al sentir entre tus dedos mis escamas deslizándose dentro de ti: impías, viscosas en tu sexo tan abierto, que parece destripado.
Te diré que yo soy Dios, el creador y tu dueño. Que estoy formando un universo en tu coño. Que obligo a tu mente que observe el mundo a través de visión infrarroja y animal convulsionándome entre tus muslos.
Mi cola asomará entre tus piernas como una obscenidad indomable que lanza violentos latigazos.
Cierras los puños y separas las piernas hasta el dolor, porque quieres más.
Porque quieres como yo lo que nadie nos ha dado jamás: lo extraordinario, lo imposible. La puerta de emergencia de este decorado insulso en el que nos encontramos.
Córrete, báñame, ahógame dentro de ti. Contrae tu coño y hazme sentir que me aplastas, acaricia la inquieta obscenidad que asoma entre tus labios obscenos y secretos.
No soy hombre, soy un desesperado y brutal deseo reptil sin amor, ni cariños, ni compresiones.
Solo voraz de ti.
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Iconoclasta

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La decepcionante ventaja de cojear tan lentamente, es que puedo fotografiar mi futuro inmediato. Aún así tengo esperanzas de romper la monótona tristeza de unas piedras polvorientas: podría caer, astillarse mi podrida tibia y fotografiar algo con más color y alegría, como la sangre y la cerúlea tonalidad de un hueso astillado emergiendo de la carne.
Pequeños pasos, pequeñas truculencias.
Sé como divertirme a pesar de todo.

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Cielo y montaña han dado un toque de queda. Y tres rezagados permanecemos a la sombra de su amenaza.
Tanto espacio y tan vacío…
Si me partiera un rayo en ese momento, moriría en el paraíso.

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Un día seré un sello caro y todos los frikis filatélicos, mujeres que me han ignorado y hombres envidiosos se arrepentirán de no haberme comprado a tiempo.
Soy inversión, una vengativa y rencorosa inversión.
Hay momentos en los que el absurdo es preferible a charlar del tiempo y la lluvia; éste es uno de ellos.

 

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Y aquí una muestra de las piedras que habitan el río. Obsérvese con admiración la cantidad y variedad: las hay grandes y menos grandes y pequeñas y menos pequeñas. Y en medio de toda esa riqueza mineral, un pececillo espera fumando a que lleguen las próximas lluvias charlando con un canto rodado menos grande.
Precioso.

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El cartel dice: Pesca controlada. Sin muerte.
Vaya… Es decir, se permite hacerles mucho daño a los peces; pero no matarlos.
Un par de cosas:
1. Supongo que hay ingenuos que puedan creer que si llegara a pescar una buena carpa, la iba a dejar libre con el paladar hecho mierda por el anzuelo tras cinco horas de esperar aburrido con mi caña.
2. Seamos serios, si el pez que has capturado no te lo llevas a casa, seguramente va a morir de una infección por las heridas del anzuelo.
Y si no, que pruebe un pescador elegido al azar a morder un anzuelo y luego darse un baño feliz en el río.
Si es que hay que explicarlo todo, coño.
Mierda.

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Si yo fuera niño, pensaría que si me quedo por aquí un rato, me voy a encontrar un trenecito de juguete.
Parece que la señal diga: «Dejad que los niños vengan a mí, que tengo un trenecito de juguete para ellos».
No es serio. Esta manía de endulzarlo todo con facilonas y populares metáforas habrá causado más de un disgusto. A mí no, carezco de complejos de infantilismo o síndrome imbécil de Peter Pan.
Sería mejor dibujar un cuerpo humano partido en dos sobre dos líneas que serían las vías del tren.
No sé si alguna vez fui niño, no tengo archivos de ello en mi cerebro; pero esa señal es prácticamente una clara invitación al suicidio involuntario.
Cosa que me hace estar largo tiempo observando a ver si ocurre algo morboso o sórdido, es como ir al cine.