Archivos de la categoría ‘Absurdo’

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Se dice con romanticismo y deseos de ser profundamente emotivo, que el amor lo puede todo.
Es un mito, una falacia sensiblera.
El amor no puede combatir contra algo tan banal y simple como el apego por la tierra natal.
Yo he renegado de ella, he encontrado lugares mejores.
A lo mejor, dada mi disidencia (es una posibilidad), yo sí puedo hacer del amor un arma que arrase con todo.
Está bien, no soy un mojigato; el odio también es muy gratificante.
Incluso tentador.
Voy a tener que deshojar una margarita para decidirme.
¡Qué chocho!

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No sé si es porque he girado el cuello excesivamente (tampoco es tan bueno como dicen eso de la flexibilidad) o el cigarrillo estaba adulterado con alguna sustancia simpática y emocionante.
Pero se me ha escapado la risa ante el horror de una ola que se traga el planeta mismo. Me he tapado los oídos porque los árboles gritaban de dolor y sus troncos chascaban como huesos rotos, muy rotos.
Nunca había oído aullar a las nubes, creí que eran ajenas al dolor.
Y he dejado de reír, porque era el fin.
He sabido con tristeza que todas las cosas y todos los seres temen al dolor que la muerte arrastra.
He vomitado porque mi estómago parecía doblarse como el prado y las montañas. Y por un miedo primigenio, tan profundo que parecía taladrar los huesos hasta el tuétano.
Me quería arrancar la piel de miedo.
No sé como he podido salir vivo de toda esa devastación.
Una vaca ha mugido tranquila y todo estaba bien.
Y aún así, jamás olvidaré los gritos de la tierra y el cielo devorándose a sí mismos.
He vomitado por nada.
Mierda.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Tranquiliza mirar por la ventana y encontrar toda esa decrepitud. El caos de sombras, hierros y cables que resalta un sol sesgado y cruel como una cuchilla separando uña y carne. Indiferente al dolor, a la humillación que ilumina y contrasta.
Mi pensamiento es como la fachada castigada, lleno de sombras y deterioros, de cables cruzados.
Cicatrices en las redes sinápticas.
Es un orgullo asomarse a la ventana y toparse con algo tan parecido a mi cerebro.
Porque he conseguido la misma decrepitud en mucho menos tiempo que el empleado por el planeta para arruinar la casa.
Soy un recordman de la decadencia.
Y luzco con los brazos en alto una copa oxidada con una sonrisa torcida.

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Soy un iluso, además de tener que ir urgentemente a la óptica a que me revisen la graduación de las gafas.
Por otra parte, creo que he de atar fuerte mi imaginación. Soy un romántico patológico.
Creí que era una preciosa configuración frontal de tumbas blancas, un simpático cementerio.
Pero no, eran simples balas de heno primorosomante empacadas.
Mierda…
Pues nada, no me rindo.
Así, que le doy rienda suelta a la imaginación y digo que son tumbas, tumbas blancas y anónimas. Porque están en el sitio perfecto y en el día que han decidido que sea de muertos.
Faltan zombis en el prado; pero no tenía ganas de esperar, sinceramente.
Cuando ves una tumba por más de treinta segundos, empiezas a bostezar.

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Alguien debería hacer algo por la masacre de calabazas en esta fiesta cruenta de Halloween y sus muertos de mentira.
Muertos olvidados, que solo se recuerdan por orden folclórico-institucional como motivo de festividad en una hipocresía ya tan habitual, que pasa desapercibida para todo bicho viviente.
Pobrecillas, nacen entre todo ese caos, para luego ser destripadas y convertidas en máscaras ardientes.
¿Acaso os gustaría que os cortaran la cabeza, la vaciaran de ojos y cerebro y luego os metieran una vela dentro?
Stop al maltrato de las calabazas.
Son seres vivos que sienten, aunque retocen en el estiércol y otras impurezas.
Colabora donando 100 € con la ONG Calabazas Life para su protección y conservación.
O bien, apadrina una por 25 € al mes para que aprenda a leer, tener alimento y asistencia médica.
Mañana hablaremos de boniatos o camotes.
Y sobre todo, de las pobrecitas castañas.
Mierda… Estoy acabado…

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Un día dejaré de escribir y no pasará nada. Seguiréis viviendo.

No me intranquiliza, es esta manía mía de llenar el blanco con tinta.

 

 

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Antes de ocultarse, el Sol besa a su montaña más querida. La favorita de su inabarcable harén.
La besa hasta convertirla de oro.
Y si se presta atención, ella se estremece un poco vanidosa y caliente.
Maldita sea, estoy enfermo, siempre encuentro momentos y motivos para una erección.
Están locos los que escriben.

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– Ya he llegado.
– ¿A dónde?
– No lo sé, simplemente me he detenido.
– ¿Es una metáfora por muerte?
– Tal vez. Las cosas y los seres mueren; pero yo aún escribo.
– ¿Volverás pronto?
– Es tarde para volver, es pronto para saber los cuándos. No nos esperan ni esperamos. No tengo prisa por afeitarme.
– Estamos muy alejados de todo. No podríamos volver aunque no fuera tarde. Haces caminos sin retorno, es malo.
– Está bien, volver es un error, es fracaso. Más de lo mismo.
– ¿Y ahora qué hacemos?
– Respirar.
– Eso lo hacemos siempre.
– Ojalá que no.
– Va a ser muy larga la vida si solo respiramos.
– Bueno, también hay dolor. Estaremos entretenidos. Ya queda poca vida y estamos en lo mejor.
– ¿Y cómo lo sabes?
– Nos hemos detenido, las cosas ocurren por alguna razón.
– Y por azar, y por injerencias, y por errores…
– Solo estás preocupado, las conciencias sois siempre un tanto cobardes, dubitativas. Relájate.
– Saca un cigarro, necesitamos fumar.
– Por fin has acertado.
– Fumar y respirar…
– Mucho mejor que el dolor y el agobio. Lo hacemos bien.
– Sí.
– Oye, eso que ha caído y ha quedado atrás ¿no era una pierna?
– No te pases de optimista. Sigue ahí la muy puta.
– Era sarcasmo. La podríamos tirar al río, que la piquen los patos y los peces.
– Tendremos que morir con ella, como aquel que dicen murió con su cruz. Somos vanidosos los dioses, siempre más que nadie. Más dolor, más llanto, más carcajadas, más sudor, amar a tumba abierta…
– No somos dioses, no existen.
– Yo también soy sarcástico.
– Huele a tierra mojada.
– Y las tumbas también.
– Tienes razón, estaremos entretenidos en este dónde al que hemos llegado.
– Bien.
– Bien.
– ¿Otro cigarro?
– Claro, no importa un cáncer más o menos.
– No me hagas reír.
– No puede hacer daño.

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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La lagartija camina sobre una superficie absolutamente vertical y pienso que si yo pudiera hacerlo, no lo haría.
Bastante complicado es todo como para hacerlo más difícil todavía.
Los retos me los paso por el culo, estoy cansado de tanta prueba de mierda. Superar tantas metas para llegar a ninguna parte.
Qué mierda.
Otra cosa sería flotar ingrávido, sin control; como un trago de cocacola (o una bolsa de orina en las pelis de risa) flota en una estación espacial cuando los astronautas se aburren.
Como el globo que se escapa de las manos de un papá negligente.
Eso sí me gustaría, fluir y que me aparten a una lado si les molesto y cambie mi rumbo dulcemente.
Joder, yo y mi divagar…
Tengo el cerebro podrido.