Archivos de la categoría ‘Absurdo’

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Después de escuchar atentamente al paciente que lo miraba ansioso por conocer su opinión, abrió su bloc de recetas.
– ¿Cuánto pesa tu vanidad? -le preguntó el psicólogo observando con cierta hostilidad su cuidado rostro, su milimétrico rasurado que hacía una sombra perfecta de barba.
No te molestes, yo te lo digo: el 100 % de tu masa corporal.
Y lo peor de todo no es esa repulsiva vanidad; si no que no está justificada, nada respalda toda ese porcentaje de mierda.
No hay solución.
Prueba con el suicidio, es la única forma con la que podrás eliminar el colesterol malo.
Y con una sonrisa, le recetó medio kilo de diazepán para tomar en las próximas ocho horas.
– Mi secretaria te extenderá un recibo de ciento cincuenta euros por la visita.
Y la secretaria salió diligente de debajo de la mesa del psicólogo, limpiándose la comisura de los labios con lascivia.

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Iconoclasta

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– El horizonte es espectacular. ¡Por fin! ¡He ganado!
– ¿El qué?
– Tienes razón…
– No se gana lo que es tuyo, simplemente recuperas lo que te robaron.
La libertad y por tanto el tiempo, eran tuyos de nacimiento, no confundas.
No es cosa de alegrarse, no es digno. Contente.
Ha de haber rencor por la libertad robada. Ira.
Y si pudieras devolver el mal que se te ha hecho, tu erección será eterna y Dios te la chupará por lo chingón que eres.
– Vaya… No me lo pones fácil. Mejor le pago veinte euros a la Montse por una mamada. No importa que no sea divina. Porque hay tantos que matar, que purgar… No creo llegar a tiempo para que nos la chupe Dios.
– Es igual, nos basta con ser excepcionales.
– ¿Quién paga la mamada? ¿Yo o yo?
– Yo.
– Genial. Estamos bien provistos de incongruencia.
– Somos múltiples. Es divertido.
– ¿Aún conservará aquel diente roto la Montse?
– Seguro que sí.
– Es que rasca.
– Ya…

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La luna llena y una casa gótica.
¿Cómo no dejarse llevar por la imaginación?
Por lo mismo que me pagan, prefiero un buen decorado.
Y cierta melancolía que no acierto a identificar el origen.

 

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Así pienso, en principio mi razón era triangular y regular, prácticamente como ese dios cabrón, también triangular y con un ojo que no le sirve ni para limpiarse el culo.
Con el tiempo mi pensamiento fue taladrado, a punto de derribo.
Lo reforcé con palos y limpié las juntas de pringosa humanidad.
Ahora luzco profundo e interesante. Desesperadamente intrincado.
Mi madre me parió y yo solito me perfeccioné.
Soy la razón indescifrable.
Un dios con un buen colorido.

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Es curioso… Sales a pasear y de repente te das cuenta que estás lejos de casa, muy lejos.
Lejos de todo.
El tiempo y la distancia fluyen llevándote de una forma natural hacia algún lugar lejano.
Solo es una apreciación falsa, porque no hay destino. Lo cierto es que lo tuyo no es el cobijo o el hogar, lo tuyo es el camino.
Y cuando el camino se acabe estarás muerto.
No se necesita un hogar para morir.
Y aceleras el paso, porque no hay tiempo que perder para ir a la nada.

 

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Hay una insólita ternura en la gabardina que protege del frío al viejo caballo.
Asombrosa en un mundo donde los animales mueren para alimentar a los seres humanos.
Ha tenido que trabajar mucho.
Tiene que ser muy querido.
Y por tanto protegido.
Un viejo que pace su vejez amparado…
Y cuando te das cuenta de cuanto cariño hay en ese acto de abrigo, concluyes que la bondad solo aparece en lugares apartados y solitarios, a salvo del mundo.
Que eres un testigo excepcional y que tu vida corre peligro por conocer ocultas bondades en un mundo plagado de sensiblerías hipócritas que no hacen nada por nadie.

 

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No sé bien qué hago aquí, ante el mal presagio que las vacas presienten.
El prado está vacío de ellas, temen que la niebla contenga muerte.
¿Es la muerte la que provoca un frío intenso que hace insensibles los dedos de los pies, que se mueven dentro del calzado intentando en vano calentar la sangre?
Esperaré a ver que pasa, esperaré la magia, cualquiera.
Por letal que sea.
El frío subirá al corazón…
La muerte y sus fríos dedos cauterizadores de vida acariciaran mi pecho.
Porque de cobijo ya he tenido suficiente, busco tragedia para frenar toda esa vulgaridad que he vivido año tras año.
Y la niebla arrastra consigo la esperanza de un final digno, de una romántica y gótica muerte.
Sin que nadie se entere, a solas.
Follar con la muerte… Me la pone dura.

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He visto a un tipo abrir la funda del teléfono a una velocidad de 5 cm/min.
Y como si tuviera el tamaño de un campo de fútbol, ha dado vueltas por la pantalla con un tembloroso dedo índice.
Sacaba la lengua y se le caía un fino hilo de baba, como una telaraña repugnante.
Lo sé porque durante más de quince minutos, la pantalla ha iluminado su rostro.
Y he pensado en la selección natural y la extinción de la especie humana.
Soy tan cándido en navidad…
No existen reyes, ni santaclaus, ni la puta que los parió a todos.
Mi deseo jamás será cumplido.
Decepcionado, he seguido mi camino después de haberle metido el teléfono en la boca rompiendo sus dientes. Lo he tirado el suelo y he pisado con fuerza el teléfono que sobresalía hasta encajárselo en la garganta. Sus ojos se han derramado en sangre.
Si no haces tú el trabajo nadie lo hará por ti.
Ni en navidad.

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Ni por asomo estoy relajado, al fin y al cabo soy puro animal con breves momentos de habilidad intelectual para organizar palabras de forma coherente.
A pesar de la afabilidad y la serenidad aparente, estoy imaginando tus ojos entrecerrados cuando acaricio tus muslos tan indecentemente cerca de tu coño.
Y no es malo, eso es lo que me relaja, lo que me da paz: tus muslos temblorosos y el control que ejerzo en ellos.
Mi privilegio.

 

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Supe que era hora de morir.
Son cosas que sabes de una forma natural, como respirar.
Y mientras moría me quité el abrigo y lo dejé donde estaba sentado.
Di tres pasos atrás, encendiendo el último cigarrillo. Quería saber como sería el mundo sin mí.
Sentí tristeza por mi mochila tan sola, y dejé que alguna lágrima brotara.
En su interior quedaba mi pluma y mi cuaderno; ya no podría hacer mi pensamiento táctil y tridimensional.
Pero aquel trozo de mundo tenía hermosos sonidos y hermosos colores que se hacían grises al tiempo que mis ojos perdían brillo.
Sonreí y el corazón se partió con un chasquido.
Fue una muerte dulce y serena.