Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Dureza, ergo fragilidad

Publicado: 20 octubre, 2010 en Amor cabrón
Etiquetas:, ,

La dureza como un castigo a su poder está maldita por la fragilidad. La vida y su mierda alcanza a todos los seres y a todas las cosas.

Y el amor, cuanto más fuerte más frágil. El diamante lo araña todo, y se parte como un vidrio por una torsión, por un golpe. El amor es un diamante y hace duros el alma y el corazón.

Con toda su fragilidad. La vida no perdona.

La broca arranca virutas largas y rizadas al trozo de acero sujeto en la mordaza. El hombre respira con esfuerzo haciendo presión en la palanca que avanza el taladro. No lleva gafas de protección, como si el humo del eterno cigarro colgado de sus labios pudiera protegerlo del acero que a veces salta a sus ojos.

Poco le importan los ojos, duele mirar la verdad, el fin.

El amor es frágil ante los ojos de los amantes, y los amantes saben cuando su momento ha pasado.

Él lo sabe, su amor ha caído de golpe y se ha hecho añicos entre sonrisas íntimas ya ajenas a él. No es necesario hacer nada ya. Las emociones se han cristalizado y el ánimo ya muestra una raja en su brillante superficie, es sólo cuestión de unos segundos.

Ahora toca dolerse infinito. Coge aire para soportar una nueva punzada de dolor.

Nada pudo marcar o debilitar su amor.

Nada puede marcar al diamante, ni al corazón enamorado.

Pero la presión no es buena y la fragilidad, actúa eficaz y destructiva en milésimas de segundo.

Y el amor revienta como el diamante en la prensa, haciéndose añicos y polvo.

Es un trallazo de un dolor inconmensurable. No hay agonía, la muerte llega instantánea.

Ahí reside el premio de haber amado de la forma más pura y brutal, sin concesiones: el fin es definitivo y rápido.

Es algo que agradece en medio de toda esa desolación.

Recoge con las manos sin guantes las virutas amontonadas en el suelo y en la base del taladro, clavándose algunas. No hace caso, su corazón diamantino está partido en mil esquirlas, ahí está el dolor auténtico. Lo demás carece de importancia.

Llena una bolsa de plástico con ellas y con un martillo las machaca para hacerlas más pequeñas. El resultado lo vuelve a meter en otra bolsa. Cierra tras de sí la puerta del taller y desearía también que fuera la puerta a la vida, para que dejara de doler el amor hecho fragmentos.

Siempre ha pensado que pagaría caro amar tanto; que ser alguien exclusivo y afortunado no podía durar demasiado.

Ahora llora trozos de diamante que le provocan hemorragias en lo lagrimales.

Cree que llora sangre.

Era una certeza casi absoluta, esa temporada de felicidad, de amor puro, le iba a ser cobrada.

Es hora de pagar.

La vida ha pasado factura. El amor, con la fuerza con la que nació se ha quebrado como un acero demasiado templado incapaz de soportar tensión alguna en su ordenada y simétrica estructura molecular.

Se ducha en los sucios vestuarios con jabones sucios que increíblemente dejan la piel limpia. Se frota la piel con las uñas arañándose en un vano intento por quitarse los fragmentos de vidrio-amor que se encuentran destrozándole el tejido bajo la piel.

Ella sigue siendo infinitamente bella; incluso vista a través de los cristales rotos que le pinchan los ojos.

Se siente tentado de llorar, de pedir una oportunidad. Convencerse de que es una pesadilla.

No lo hace, si un día tuvo fuerza para amar, ahora la tiene para reventar con dignidad. Debería tenerla, suspira mientras se seca los genitales.

Piensa que la vida es mierda pura. Su alma está tan rota que ya no es capaz de distinguir el dolor y el aire que respira.

Dijo que daría un paso atrás cuando llegara su ocaso. Sería valiente y desaparecería en segundos del escenario que no le pertenece ya.

Ahora, con lágrimas que él cree que son rojas, está retrocediendo asustado, cortándose los pies con añicos de amor roto.

Se arrepiente de haberse prometido que sería hombre y se comería en silencio y en los oscuro los trozos del amor partido que quedaran a sus pies.

No es fácil y pisa con fuerza el diamante que una vez fue íntegro, hace apenas unos minutos. Son cientos de dolores, tantos como recuerdos e ilusiones. En una progresión geométrica su dolor no alcanza una cota estable, sino que sigue expandiéndose y se dejó la anestesia encima de la mesita de noche.

Camina hacia atrás, para observar cuanto tiempo pueda el rostro de la que una vez amó, no importa cuánto se corten los pies. Importa no dar la espalda al dolor. Hay que ser hombre. E intentar por todos los medios que su alma no se rompa.

Pero es tarde. Su alma es acerada por una vida que nunca quiso: vacía, vacía, vacía… Por un amor que irrumpió como un misil y lo hizo más fuerte.

Y tan frágil…

Apoya el dedo en el pulsador rosa del interfono, con el alma definitivamente destrozada después de haber revisado que en la cartera se encontrara la tarjeta de crédito.

La bolsa de virutas de hierro pesa liberadora en su mano.

La alcahueta del burdel lo recibe con una sonrisa falsa y una verdadera curiosidad al ver en su mano la sucia bolsa de plástico colgar de sus dedos manchados de grasa que el jabón no ha podido eliminar.

Ella atiende a sus explicaciones y su rostro va ganando seriedad y sinceridad. Le contesta que será caro y difícil que alguna de sus chicas acepte semejante cosa.

Él contesta que será generoso. La alcahueta le pide la tarjeta de crédito que guarda en un cajón del mostrador de la recepción.

Se sienta en un sillón incómodo esperando que aparezca la puta.

Llora como un crío cogiendo puñados de amor roto, como un crío intentando armar su juguete desmantelado, intenta desesperadamente de alguna forma, pegar esos trozos; pero le fallan las manos, hay tendones afectados. No hay compostura posible. Todo es hemorragia.

Ya no distingue el dolor anímico del físico, es imprescindible que el cuerpo sufra más que el alma, que el dolor sea físico para escapar a la locura si fuera posible. Porque todo es ella, tiene que borrarla de su pensamiento como sea. Tiene que extirpar las esquirlas de diamante que hacen de su corazón un cactus.

La puta se presenta ante él con un mini vestido azul marino que sube brevemente por encima de sus muslos, hasta mostrar una breve porción de sus bragas transparentes. Es una mujer mayor, fea con la voz ronca y un cuerpo demasiado gordo. Es la única que ha aceptado su juego.

En la habitación roja, él le aconseja que use guantes para coger las virutas enseñándole sus manos heridas como muestra.

La puta sale de la habitación y vuelve con unos guantes de goma de limpieza y se los pone ante él.

Del cajón de la mesita de la cama saca un vibrador y lo cubre con un condón.

El hombre le aconseja que use otro. Y la puta encima del primer condón coloca otro. Con cuidado los saca del vibrador, dejándolos extendidos.

El hombre sujeta los condones abiertos para que ella vierta dentro las virutas metálicas.

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer, cielo?

-Sí, no hay problema.

La puta lo observa y siente en su propia piel el frío dolor del amor roto.

-Duele mucho ¿verdad, cielo?

-Infinito -responde con una lágrima.

La puta le ayuda a desvestirse de cintura para abajo. Su pene está fláccido. Está triste como el alma que se está resquebrajando. Siente hasta chasquidos de cristal que se resquebraja dentro del hombre.

-No puedes, ahora, cielo.

-Ayúdame, no puedo salir de aquí así, con este dolor.

-Nadie vale este dolor.

-Ella sí.

Y la puta asiente mirando las viejas cicatrices de sus muñecas.

Llena un vaso con agua y le ofrece dos pastillas

-Tómalas, en veinte minutos la tendrás dura.

Y ambos encienden un cigarrillo sin hablar.

La puta acaba su cigarrillo y empieza a masajear el pene del hombre sentado al borde de la cama. A medida que va creciendo entres sus dedos, se lo va llevando a la boca que a partir de ese momento crece desmesuradamente.

Cuando baja el prepucio, el glande se ofrece con un color amoratado, casi púrpura, la sangre parece querer salir a través de ese delicado tejido nervioso.

El hombre gime, pero no de placer.

El hombre no se da cuenta de que está llorando. Se cree aún de acero templado y sin fisuras.

Y la puta piensa que debe hacerse, como ella un día cortó sus venas.

No le avisa cuando pinzando la cabeza del condón para que no se caigan las virutas, se lo desliza por el miembro.

No le avisa cuando de golpe hace bajar hasta su sitio la goma y siente en sus propios dedos como las púas y virutas metálicas se clavan en una carne delicada que si pudiera pensar, jamás hubiera imaginado que pudiera ser tan desgarrada. Porque no es diamante, hay cosas que no son duras y duelen aunque no sean importantes.

Los dedos de los pies del hombre se crispan ante el ramalazo de dolor y sus manos se cierran intentando estrangular la colcha de la cama. Se ha mordido el labio y mana sangre como empieza a manar también del glande maltratado.

-Mastúrbame, quiero correrme.

La puta traga saliva, se va a hacer muy largo este servicio, piensa. Y se arrepiente de haber aceptado el trabajo. Aunque mirando los ojos del desgraciado, el amor ha sido infinitamente más cruel.

Aprieta con fuerza el puño en el bálano y comienza a subirlo y bajarlo. No se ha quitado los guantes, hay algo completamente irreal en ello. El hombre no se queja, su vientre es una madera de contraído que está y su escroto ha quedado duro y pequeño como un cuero.

Lucha el hombre por borrar el cuerpo de quien amó deslizándose por su miembro, untándolo de sí misma. Cubriendo de deseo y lujuria el amor que se tenían.

Ahora siente los cortes profundos, la mano indiferente de la puta, ajena al dolor, que impasible desgarra todo su centro de placer.

Y cuando ya sólo hay sangre y dolor, cuando siente que algo ha salido de su meato por fin se siente terriblemente cansado.

Hay un extraño semen rojo o una extraña sangre babosa corriendo por sus muslos. Se lleva la mano al vientre y está lleno de astillas de hierro.

Los condones están destrozados en la papelera manchados de muchas cosas.

Intenta incorporarse, porque en algún momento se ha dejado caer sobre la cama.

Los guantes de la puta están manchados de sangre también.

-No te levantes, cielo, no mires -le aconseja la puta cubriendo sus genitales con una toalla.

El se deja llevar por el liberador dolor que ahora se propaga por todo su cuerpo. Se le escapa el vómito.

-No podemos dejarlo salir así, hay que limpiarlo, sanear las heridas… Sí, que venga Ana, ella era sanitaria hace unos años -la puta habla por teléfono con la alcahueta, el hombre la oye a kilómetros de distancia.

Cuando el hombre sale del burdel, su pene está envuelto en gasa empapada con yodo. La puta enfermera le ha aconsejado que debe ir al hospital, hay que prevenir la infección que sin duda alguna se va a desarrollar.

Si no tuviera el corazón partido en mil pedazos, no podría dar un solo paso sin lanzar gritos de dolor. Siente el latido enfermizo de su pene destrozado y cuando sale al fin a la calle, los edificios parecen plegarse amenazadores sobre él.

Desde que se partió el duro y frágil amor junto con su corazón, apenas han pasado veinticuatro horas. Y ahora su pensamiento y sus funciones vitales, están dedicadas plenamente a preservar la vida. Una vida que con una sonrisa ya cínica en el rostro, piensa que se le va por la polla.

Y una sonrisa lleva a otra. Porque los hombres se han de reponer y seguir adelante, han de mascar el dolor y escupirlo como tabaco. Él es un mecánico, no es un ser delicado. Y ella es tan bella…

Era tan bella…

A veces es inevitable que los fragmentos de amor se filtren en el flujo anímico provocando de nuevo el temible dolor que ocupa más espacio y tiempo que el trauma en su pene. Pero va avanzando, lo siente porque ahora tiene miedo a morir; hay mucho daño en esa carne que está entre sus piernas. Se pregunta si no habrá sido excesivo.

No puede caminar más, a punto de llegar a su casa, se sienta en la mesa de un café, frente a una plaza llena de niños y perros. Son sólo las siete de la tarde de un verano infame, de tóxico calor.

Hay gente que conoce; que no le importa.

Una mujer lo observa, sus dos perros corretean jugando entre un césped raído y lleno de mierda. Llama la atención de aquel hombre su palidez y las gotas de sudor que le corren por los párpados y no seca. Como si algo mucho más importante le estuviera molestando.

Le recuerda a los niños muertos de hambre que no se apartan las moscas de los ojos porque ésa es una molestia soportable comparado con lo que sufren. Casi una caricia.

Por la pernera del pantalón, de vez en cuando cae una gota de sangre.

Se acerca al hombre.

-¿Se encuentra bien?

El hombre la mira con dificultad para centrar la mirada, es una vecina que conoce de cruzarse con ella desde que vive en el barrio, y ya hace veintitantos años.

Intenta ser cordial.

-Sí, es este calor que no da un respiro.

-La sangre no es calor -responde la mujer mirando las gotas de sangre del suelo.

El hombre responde con un llanto, rápido y seco como una tos. Enciende un cigarro y le ofrece uno a ella; pero no fuma.

-Ya es tarde. Estoy roto.

Ella cubre con su mano la de él intentando dar consuelo a ese dolor tan íntimo y tan brutal que contagia el aire a su alrededor.

-Lo sé. Te acompaño al hospital.

-Es tarde también para eso.

-Pues muramos en casa, se está mejor.

El hombre no entiende, tampoco se fija que el pantalón de la mujer está empapado de sangre.

Tampoco tiene porque saber, que algún vidrio oculto en su vagina, sigue cortando, es un fragmento de amor duro y frágil que no ha podido expulsar su organismo.

Simplemente la acompaña a su casa, van de la mano.

Se sientan ante un café y dejan que la sangre arrastre cristales y emociones como filos cortantes.

Es importante no morir solos cuando el amor es un diamante roto.

A veces la vida no es tan puta y da algo de consuelo. Sonríen sabiéndose frágiles.

La infección corre junto con la hemorragia.

Es tarde.

Iconoclasta

Safe Creative #1010207621808

Necesitados

Publicado: 3 octubre, 2010 en Amor cabrón
Etiquetas:

Se necesitan, ya no es cuestión de amarse.

Han llegado al punto mismo de la fusión. Están solos, abandonados a si mismos, a su amor eterno e incombustible.

No pueden pedir a nadie ayuda, porque no existe quien pueda entender, no existe quien pueda creer. No existe para nadie la fantasía hecha realidad.

Su necesidad es anatema en este mundo prosaico.

Son las únicas leyendas que aún viven.

Y están solos sujetándose a si mismos al filo del barranco de la Desesperación.

En un mundo de praxis y conformismo se han hecho únicos. Y ahora están desoladoramente solos.

Se abrazan y el mundo parece desaparecer a su alrededor.

Son peligrosos. Pueden barrer con una tormenta de amor, la importancia de todo.

Nadie cree en el amor que crea vínculos táctiles, corrientes tangibles de ansia y deseo que dilatan vasos capilares e irrigan los sexos hasta el temblor.

Sólo son imaginaciones literarias, alucinaciones; piensa el mundo. Y ellos se callan su amor secreto que crece en su interior aplastando los pulmones. Presionando arterias.

Convierten la noche en un encuentro del que despiertan agotados.

Y cuesta tanto respirar a veces, amor…

Hay sangre en los labios de un exceso de besar. No hacen caso, porque el dolor fue antes, todo el daño fue anterior al sagrado beso. No puede doler la piel de los labios, cuando sus almas casi han ardido.

Cuando él se dobla de necesidad de abrazarla, a ella se le escapa un gemido y contiene una lágrima. A pesar de los miles de kilómetros, la naturaleza se agita violenta ante la corriente poderosa que une sus pensamientos. Es un hecho que han comprobado y mesurado. Que les duele, que gozan.

Nadie da crédito a su historia, porque eso no puede ser, nadie ha experimentado un ataque de amor cuyo síntoma es la necesidad absoluta. Duele respirar el aire si no están juntos. Arde la garganta gritando sus nombres. Y una llamada al teléfono es un año de vida que le han arrebatado a la muerte.

Eso no es forma de vivir, cualquiera estaría reventado de agotamiento.

Están agotados. Piden piedad como los condenados a muerte.

Sobreviven con palabras de amor y besos frágiles que empujan con sus manos cuidadosamente.

Sobreviven como pueden sujetándose a sus estómagos para no caer al suelo.

Se necesitan y el cansancio se cierne sobre ellos como una bestia infecta que amenaza la cordura y la misma vida.

Intentan no parecer derrotados. Actúan con sonrisas para distraer la atención de su cansancio; a veces sin notables resultados.

Les preguntan por esa tristeza.

Son buenos actores de un cruel acto de amor.

Ya no hablan de amor, eso ya no es un argumento. Hablan de necesidad, hablan de que vivir el uno sin el otro, duele infinito. Duele todo.

No hablan más que de unir las pieles, de dormir el uno en el otro y acurrucarse y pedirse perdón por amarse con esa voracidad. Por no haber hecho más y más rápido por fusionarse al fin.

No quieren más que descansar la cabeza y oír el latido de lo que tanto aman a través del pecho. Auscultarse mutuamente y asegurarse de que el corazón que un día se intercambiaron, funciona y bombea el deseo imparable y torrencial por todo el cuerpo.

Están condenados a unirse, condenados a respirar juntos. Malditos de amor y ansia.

El mundo se ha convertido simplemente en una distancia física que salvar. Porque se tienen, sus almas están tan unidas que convierten en banalidad las vidas ajenas.

La cercanía de los que un día amaron es el símbolo de su separación, apenas los pueden soportar ya. Cortan sus alas. Su necesidad es tal, que cualquier animal o cosa se ha convertido en un obstáculo que salvar. Y aunque corren veloces el uno al otro, ya es tarde para una comunión de amor. Ahora corren el uno hacia el otro para poder vivir.

Dicen ser malos, dicen ser mierdas tratando así a los que les rodean. Pero sus rostros se tuercen de dolor y melancolía; serían realmente malos si no se retorcieran de dolor de amarse, si sus huesos no sintieran la proximidad del encuentro como los ancianos sienten las tormentas en sus articulaciones.

Los sexos palpitan frenéticamente y se aferran a las paredes dejando rastros de si mismos. El placer es paranoia entre sus dedos.

Hay llagas de amor en sus labios, el deseo muerde la propia carne deseando que fuera la que ama.

Están malditos de un amor ancestral y viejo como el universo.

Nadie puede explicar el hecho, nadie puede culparlos de su naturaleza, de lo que son, de lo que hacen, de lo que necesitan. No son culpables de necesitarse, no son culpables de sentir por encima de todos los seres, las cosas, los lugares y los tiempos, el estar juntos toda la eternidad. Aunque mueran.

No son malos, sólo quieren descansar, ella necesita el pecho donde cobijar y llorar siglos de necesidad. Él necesita ser su hombre, necesita bañarse en su esencia porque su piel se escama deshidratada. Porque su naturaleza exige protegerla para cumplir una atávica y genética misión. Ella es dulce como la miel y suave como el pelaje del visón que descansa ensangrentado en sus manos de cazador. Debería haber un animal cazado…

La mano suave de la que ama aferra su miembro y su animalidad despierta, milenaria, brutal. Se rebela en los dedos amados y se sacude con violencia.

Él es robusto, es cálido y la potencia de su corazón es sólo el preludio de una pasión desbocada. Ella aprieta con tanta fuerza sus manos en sus hombros que una gota de sangre se escurre por las uñas y él cierra los ojos ante la presión liberada. Ante el desahogo de esa sangre que mana ahora como un río de amor sereno.

El dedo rudo acaricia suave las crestas de su sexo y su cuello se estira exponiéndose indefenso a los labios de quien la acaricia a su espalda. El placer late en la cima de sus pechos.

Se necesitan.

Necesitan el cuerpo y el alma. Las lágrimas y las risas.

La felicidad y la pena.

No son delicados, lo quieren todo.

Y no es por querer, es porque se necesitan para seguir viviendo.

Se les puede perdonar su ofensa al mundo, sólo quieren vivir conforme al mito que son.

Son necesitados.

Iconoclasta

Safe Creative #1009297460183

Nacer en un llanto

Publicado: 14 septiembre, 2010 en Amor cabrón

Era la eterna tristeza al amanecer, el ánimo lacio. Era náufrago en un desierto extraño, con un sol despiadado que evapora la vida y deja rastros blancos en la piel; el salitre de la pena.

El dolor del despertar nuestro de cada día.

No hay milagros, sólo una orina apestosa que sale de mí; el día será igual, una réplica exacta de ayer.

Misma hora, misma mierda.

Es la sempiterna añoranza por algo que está en alguna dimensión oculta, que se presiente y es imposible alcanzar.

Lo que más deseo no lo alcanzo. La vida está sobrevalorada.

Son ponzoñosas frustraciones que embozan los lagrimales. Legañas duras que pinchan y contienen y retienen el llanto libre.

La tristeza de la paranoia construye diques en los ojos donde las lágrimas se cristalizan dolorosamente, entre la piel y la carne.

Que se clavan en el cerebro.

Y lloran hacia dentro arrasando el alma.

En un extraño rito, me tendió en la cama y como un ser de otro mundo, abrió sus ojos enormes y profundos muy cerca de los míos. Había constelaciones y cometas.

Abrí la boca como un imbécil ante aquel universo y sus labios húmedos que parecían flotar encima de mi rostro.

Y vertió sus lágrimas en mis ojos secos, un colirio cósmico de luz negra.

Volé veloz por el llanto a la velocidad de la luz.

Me preguntaba si sería legal esa velocidad.

He nacido de un llanto que ha brotado de un lagrimal seco y costroso que ella ha limpiado. Como si fuera fácil.

Ha dejado caer sus propias lágrimas en mis ojos. He gritado de melancolía y dolor. Acariciándome el rostro me consolaba del torrente de emociones. Me anclaba a su mundo de seda y sangre viva y roja.

He llorado en su vientre, mojándolo de mi llanto y mi saliva.

Y su rostro surcado de hermosos ríos de rímel, me sonreía.

He salido a la vida arrastrado por la lágrima incontenida, incontenible. Expulsado del infierno a través del dique que mi amor ha roto. Ha estallado mi pena en metralla que ha hecho arder mis ojos.

Y he sentido vida en el cuerpo.

Vida en mi cerebro, si queda algo de él.

Y duele la piel de tanto sentir, de tanto amar.

Mierda… No me parieron para esto, necesitaba entrenamiento.

Llorar es ser parido de nuevo, es dolor y pena en el tejido cárnico y el espiritual (tenía espíritu, no lo sabía). No puede hacer daño.

Hay fantasía ahora en el cerebro que recibe un millón de sensaciones que resbalan por la cara escociendo.

Hay una lágrima que refleja su rostro y es la única que me hace sonreír.

Amo sus ojos negros, tizones húmedos que dejan estelas negras de amor en su faz.

(Y amo su coño bendito que parece llorar ante mí)

Catapultado a la vida.

He reventado en un torbellino de emociones.

Es hermoso llorar en ella, con ella.

Desgarrar el iris seco.

Hay tanta pena por verter…

Ahora tengo lágrimas con las que limpiar los amaneceres en mis pupilas.

Negros ojos de negras lágrimas. No tiene cabida en este mundo plano la sensual tristeza.

Ella es todopoderosa de un universo de sensualidades y amor.

Ojos verdes de llanto claro reflejados en los zafiros de su rostro.

Están anegados.

Y la lágrima va.

Iconoclasta

Safe Creative #1009117299252

Acuoso amor

Publicado: 11 septiembre, 2010 en Amor cabrón

El Amor… ¿De verdad es tan bello el temible golpeador de corazones? Tal vez es mucho más grande y atroz de lo que cantan los poetas. Infinitamente más doloroso.

El amor es un chute en vena directo a un universo acuático lleno de medusas multicolores, sensibles, translúcidas, efímeras, hipnóticas, cadenciosas, ondulantes…

Seres hermosos que nos llaman con sus movimientos sensuales que nos atraen; pero son hirientes, aún sin quererlo nos hacen un daño que no merecemos. No sabes cómo ni de qué manera llegas a tocarlas y acariciarlas. Se pierden las huellas de la estela de nuestra persecución en la profundidad del mar iluminado por esos seres destellantes de vida, sensuales en sus movimientos. Uno quiere y llega a sentir su fluidez, te encuentras amando sus modos suaves y sus apagados murmullos que entran íntimamente en los oídos con el agua tibia prometiendo el placer de los placeres. Y sientes la hostil punzada que cruza el vientre directamente al corazón, y te encoges viendo tus brazos quemados, el torso ulcerado y aún así; los genitales húmedos, excitados y erectos. Porque el dolor no es nada comparado con el irracional amor que sentimos. Con el deseo…

El cerebro ignora engañado por el corazón, que un día esas hermosas medusas nos pueden abandonar, se alejará ella con movimientos hipnóticos y engañosos de tal forma que aún creeremos que nos llaman, que solicitan nuestro abrazo. Un espejismo acuático de inconmensurable belleza.

Y hay dolor.

Hay un sexo goteando aún excitado. Hay unos ojos que lloran y un cerebro que busca y se inventa un dios para pedirle ayuda. Exigiéndole que no la deje marchar lejos, que ese dios malvado y cruel te otorgue más fuerza y más vida. Somos muy poca cosa para tanto dolor. Somos muy poca cosa, dios. No mates.

Es igual el dolor, sólo se trata de estar cerca, de abrazarla y morir con ella.

Por ella.

Medusas sensuales que iluminan el acuático mundo tornándolo bello, de una belleza fraudulenta. Tan sólo para seguir viviendo, un engaño tan bello no puede hacer daño. En ese universo hostil se te deshace el alma como la cera caliente, por dentro y hasta más adentro. Pura hemorragia de sentimiento.

Sufrimos su tacto que eriza los pelos y rasga tejidos. Y pensamos que es puro placer.

Y de tanto que la amas, la abrazas con miedo a dañarla y el amor se abre paso en el corazón cauterizando venas y dejando cicatrices que son pruebas de amor, cicatrices para la eternidad y amor para unas horas. Es muy caro ese precio, dios. ¿No podrías hacernos descuento por exceso de dolor? ¿Por qué no miras a otro lado? Por sólo unos segundos tuyos; luego me matas y ya está…

Y en ese agujero del pecho, donde se aloja nuestra bella medusa, nos entra el aire bendito para poder respirar, para no morir. Y que no se acabe nunca, que esté siempre con nosotros diciéndonos con sus acuosos sonidos lo mucho que nos ama.

Pero es muy posible que se vaya, es muy posible que no valga lo suficiente y ella me abandone dejando un enorme agujero en el corazón. No habría dolor, tan solo una soledad inconsolable, la pérdida total.

Y moriríamos en ese oscuro y profundo océano mientras ella se aleja.

Con nuestros pulmones anegándose a través de ese abismo cárnico del corazón. Las lágrimas más saladas que la propia agua corriendo por nuestros labios que aún la llaman; esperando que sea sólo un mal sueño.

Y morimos mientras otras medusas se abrazan y nos miran sin prestarnos demasiada atención. Un poco solos.

Iconoclasta

Safe Creative #1009077270759

Nota sobre Acuoso amor

Este texto es anterior en seis años a Universo acuoso. No es casualidad que ambos textos tengan el mismo adjetivo. Acuoso amor es frustración y miedo, Universo acuoso es culminación.

A veces se tiene suerte y es posible dar una bofetada a la frustración.

Acuosos porque el amor, siempre es un fluido donde las emociones nos envuelven, nos asfixian o sacian la sed. O nos dejan sedientos.

Acuosos son los besos, la lengua que repta, que se hunde, que se arrastra.

Sea como sea, somos el momento que vivimos, somos la mirada triste y la mirada ansiosa, la piel trémula y la piel fría.

Somos agua o somos piedra.

Nuestra biografía se escribe con trazos de tinta, sin que podamos evitarlo. Acuosa también.

Tinta acuosa…

Podría ser líquido en lugar de acuoso, o viscoso, o húmedo, o fluido.

Pero acuoso tiene esa sonoridad difícil de pronunciar, como difícil es el amor.

Iconoclasta

201009111138

Universo acuoso

Publicado: 7 septiembre, 2010 en Amor cabrón

Pareciera que soy un organismo acuático, pareciera que me he hundido en tu universo forzando mis pulmones ahora torpes e ineficaces para sumergirme en tu reino de húmedas pasiones, de líquidos chasquidos; difícilmente puedo respirar entre tus labios húmedos y boquear "te amo".

Difícilmente puedo controlar mi licuefacción orgánica cuando acaricio tu carne y transmites tus propiedades de oceánica sensualidad a mis entrañas.

Soy un ser flotando en tu universo inabarcable, zarandeado por las sinuosas hondas que una brisa tibia provoca en tu piel.

No respiro aire, te respiro a ti. He mutado, mi amor.

No puedo volver a la superficie. Ya no sé respirar el aire.

En algún lugar abandoné los pulmones, porque mi organismo concluyó que sin ti ya no era posible respirar en la tierra; que mi destino es vivir y morir en tu universo acuoso, en tus húmedas sensaciones. En tu boca que da vida, en tu sexo anegado.

Mi organismo ha sellado tras de sí la compuerta al mundo seco. Sólo es posible vivir en ti.

A través de tu líquido cosmos, aún llegan vívidos los quebrantos de amores que murieron si alguna vez lo fueron. De cariños y ternuras que se pierden con miradas tristes y decepciones como amarga hiel.

No hay dolor ya para mí, no hay tristeza. Sólo cierro los ojos y me hundo en ti, floto cayendo ingrávido hacia tu interior dulcemente y mi naturaleza reconoce tu universo rompiendo con cualquier nexo que tuvo con el polvo y el sol. Con las piedras y las espinas.

Todo fue un error allá fuera, en lo árido.

Todas mis células piden más profundidad, la total inmersión en ti.

Ante tu líquido gemido soy gelatina que cimbrea en frecuencia de amor, me disgrego en deseo. El mundo se ha quedado mudo.

Tu universo, tu agua, barre mis recuerdos de soledad y tristeza y todo es líquido.

Estoy protegido. Confortado en tu ser.

Apenas necesito ojos en tu abismal profundidad, tus oscuros bastan.

Todo lo que necesito, todo lo que amo y todo lo que me da vida, está cubriéndome, estoy en su interior. Te respiro, te bebo.

Eres tú mi universo, amor. Soy un hombre viviendo en tu vientre, en un extraño embarazo, en tu líquido mundo.

Es el sexo más profundo, un placer que ahoga las emociones en los labios, la agonía de un orgasmo intenso que lleva a una muerte dulce y soñada. Un mudo gemido que fenece entre los labios entreabiertos.

Muero en la tierra, vivo en ti.

Iconoclasta

Safe Creative #1009077260668

Sin piedad

Publicado: 1 septiembre, 2010 en Amor cabrón

Dicen que la piedad no la piden jamás, ni siquiera la necesitan.

Pero se quedan solos.

Y sus desesperos les traicionan y sólo quieren paz. La piden a solas, abrazados a sus pechos.

Quieren ser valientes y hablan de placenteros castigos; pero se intuye que ruegan descanso el uno en brazos del otro.

Vierten veneno en sus letras feroces, construyen el infierno con muros de piedras que ocultan los rostros de la melancolía. Los labios secos, las manos vacías, los sexos palpitantes.

Hay dolor y sangre en sus letras para distraer la atención de sus almas contritas de errores de los que no son responsables. Alguien erró por ellos y ellos pagan culpas ajenas.

No te perdono.

Castígame.

No tendré piedad.

Y ella no se quiere soltar de su cuello.

Él no afloja la presión de los brazos en su cintura.

Hablan de muertes, de locura, de putrefactas carnes, de heridas imposibles en cuerpos que se duermen entre tristeza y ansias.

Piedad…

Sin piedad.

Misericordia…

Sin perdón.

Miran a la luna y dicen aullar feroces; pero no son lobos, aunque insistan en ser carnívoros y predadores.

Cuando nadie los ve, no aúllan a la luna. Le ofrendan lágrimas en sacrificio a cambio de una esperanza, de unos minutos de dicha.

Creo que son unos bocazas.

Mucho alardear de duros: castigo, sin piedad, sin descanso, hasta la muerte, no hay perdón, castígame.

Pero a la hora de la verdad, gritan la piedad que se merecen.

A la hora de la verdad desfallecen de puro agotamiento, a la hora de la verdad ríen. Y lamen sus pieles y recogen el sabor de los milenios de amor.

De su obsesiva y decidida voluntad de encontrarse a través de los tiempos y los espacios.

No son malos, sólo un poco vergonzosos de su amor incontenible.

No les hagáis caso cuando pidan castigo y dolor.

Sólo haced ver que los creéis, que son fieros.

Porque ni ellos pueden asumir que en su piel haya un solo gramo de ferocidad.

Si un día encontráis a los amantes y los oís pedir castigo, exclamaos de pudor, aunque se os escape una sonrisa.

Ellos se sentirán bien, no puede hacer daño.

Iconoclasta

Safe Creative #1009017202260

De la humillación y el amor

Publicado: 26 agosto, 2010 en Amor cabrón

Es una extraña mujer de parcos mensajes de aberrante amor y necesidad. Ruega castigos y humillaciones.

Cansada de amabilidades ha perdido la esperanza de encontrar la pasión en el amor. Pide un maltrato, un insulto que la haga sentir que importa. Aunque sea para ser humillada.

Busca lo abyecto.

­­-¡Maltrátame, véjame!

Afirma ser sumisa.

Desconfía de la palabra amable y cortés que pinta su piel de gris. No quiere palabras tiernas que la condenan a la mediocridad de los días iguales. Tiene piel sedienta y un sexo húmedo.

Busca la humillación para importar a alguien. El amor que han pretendido darle mata el ánimo y la ilusión, la hacen madre y sirviente. Un jarro de agua fría en su ardiente corazón.

Un corazón cubierto por unos hermosos y pesados pechos de pezones que se erizan ante la palabra obscena, que responden instantáneamente a la boca que saliva obscena por mamarlos.

Ser succionada un poco más allá del límite del dolor.

Importar. Importar aunque sea para ser odiada.

Trascender con su coño húmedo y los dedos mojados.

Cualquier cosa por ser ella, porque los ojos la miren, porque sepa el mundo que su coño arde, que se masturba furiosa enterrando el puño entre sus piernas.

-Yo te maltrato, puta -susurraré en tu oído tirando de tu cabello.

Voy a llenar ese coño blasfemo.

Eres una puta.

Una golfa que me excita con su lacónica tristeza, con su amor frustrado.

Te joderé hasta el alma, morderé tus muslos hasta marcarte.

Escupiré mi esperma en tu pubis y lo extenderé por tus pechos.

Meteré los dedos en tu ano de zorra cuando te corras.

Abofetearé tu rostro obsceno de placer y perversión.

Y cuando respires cansada, con las manos sujetando tu coño dolorido, mientras tus pezones se relajan del dolor de mis dientes; invadiré tu mente idiota.

Y te diré que te amo, que eres preciosa.

Te lo diré con mi pijo aún mojado de semen y de ti, rozando tus nalgas, acostado a tu lado.

Y te haré el animal más importante de La Tierra.

Porque hay un momento para el amor puro, y es cuando los cuerpos están derrotados y la piel ha dejado de exigir. Cuando el cansancio es tal, que no permite al pensamiento usar falsos amores para arruinar el desesperado amor con el que te jodo.

Y ahora, zorra melancólica, bésame los dientes que te harán sangrar los labios de hambre y deseo.

Olvida humillaciones y castigos, y abre tu mente al amor de verdad como tus piernas se han abierto para recibir mi falo duro y doloroso.

Porque la vida es tan simple, hermosa mujer triste, que no merece la compleja tortuosidad de tu deseo.

Iconoclasta

Safe Creative #1008257140653

Crónica del amor letal

Publicado: 21 agosto, 2010 en Amor cabrón

Nunca pensó que podría vivir sin ella; tenía razón, pero falló en el cálculo del tiempo de supervivencia.

Se masturba de costado, dando la espalda a su mujer. Presionando precisa y rítmicamente un glande henchido y amoratado de sangre. Su polla reacciona como su pensamiento a la lejanía de la que ama: amplificando el amor, desmesurando el deseo para llegar a ella como sea. Su pene endurecido es un eco de su pensamiento absolutamente dedicado a ella.

Se siente solo y por alguna razón de instinto y posesión, su erección lo lleva hasta el dolor pensándola, amándola.

Siempre pensó que moriría en el mismo instante en el que ella dejara de amarlo.

Sus dedos resbalan en el viscoso prepucio, arrancando placeres que provocan espasmos musculares que lucha por controlar.

El pantalón del pijama está mojado y cuando desnuda el glande, la tela recibe la sensible carne con dulzura. La dulzura del sexo que desea.

Intenta mover tan solo los dedos, como una pinza que se centra exactamente en el génesis de todo el placer y anular todo movimiento innecesario. Su masturbación es compleja y sus testículos bullen de un semen que presiona indecentemente. Se le escapan micro-gemidos que lucha con todas sus fuerzas por ahogar, para que la que detesta, no oiga.

Que no despierte.

Que lo deje a solas con su pensamiento, con su paja.

Con la que ama más que a su puta vida.

Podría correrse imaginando que la besa, el simple roce de sus labios provocaría una intensa eyaculación.

Va más allá y en su imaginación su lengua lame lenta y potente la raja de su coño, abriéndose paso entre los labios y aplastando un clítoris duro y eléctrico que hace que el vientre que ama se contraiga con cada lamida.

Su glande está bañado de un moco oloroso y sexual, el movimiento del hombro es apenas perceptible, tan sólo el aleteo de un insecto le provocaría un orgasmo. No necesita el puño, está tan excitado que suda su bálano. Sus piernas se estiran, se tensan y con la otra mano, coge los testículos llenos y pesados haciéndose daño.

Las yemas de los dedos presionan ahora dolorosamente el glande; están tensos ante el desenlace. Siente la presión en sus conductos seminales y duele el semen inundando la caverna de su falo. Su vientre se contrae con fuerza y muerde el labio inferior para no gemir cuando el hirviente semen sale con fuerza e inunda el ombligo y de una cálida marea la tela del pantalón.

Se duerme diciéndole que la ama más que a cualquier cosa en el mundo. Duerme como si aún tuviera en su boca y su nariz, el sabor y el olor de su coño puto.

Y la llama puta al oído por tener semejante cuerpo y ella sonríe y le coge la polla sacudiendo el semen que aún gotea.

Mientras duerme, el semen se seca en el pijama y su vientre, en el vello de su pubis.

Cuando despierta, el esperma endurecido ha dejado tirante la piel y evocándola, se rasca suavemente, demasiado cerca de la polla y de los cojones, para limpiar los restos de amor y deseo.

Así ocurre cada noche de un verano tórrido, en las que se encuentra más alejado de ella que nunca. Duele hasta el alma amarla.

Así ocurre cuando se queda solo en la casa y el cuerpo rotundo de la que ama, ofrece sus pezones duros para ser recorridos por su glande cruento.

Duele el pene desconsolado que cabecea gordo entre sus piernas, que incluso en los momentos de mayor cansancio, se expande presionando contra los jeans provocando una excitante incomodidad.

Su boca está llena de baba sexual.

Y todo eso es locura de amor.

Amarla a veces en la lejanía, le hace sentirse condenado, recluido en una vida errónea.

Algo debería ocurrir para evitar esa sensación de estar rasgado: un infarto, un derrame cerebral, algo que él no pueda evitar. Porque voluntariamente no puede dejar la vida. No puede estar sin ella.

Cada despertar deja escamas entre las sábanas, secas láminas de amor que se desprenden con el primer bostezo.

El tiempo pasa lento entre anhelos y frustraciones, entre sueños construidos y abatidos. Sueños que se cumplen en contadas ocasiones, pero que les dan fuerzas para continuar amándose. Han condensado una vida entera en tan sólo unos pocos años.

Un día, sin esperarlo, sin creer que pudiera ser cierto, el dolor padre de todos los dolores se aferró a su cuerpo como una garrapata sedienta de sangre.

Ya es tarde. Ella sonríe a otro como una vez le sonrió a él.

El dolor es cáustico. Está perdido.

El dolor tiene filo de cuchillo que parte el corazón en dos y colapsa los pulmones.

Me duele a mí a pesar del tiempo que ha pasado. No creo que sea una buena idea dejar testimonio de estas vidas, requiere sentir dolor. Estoy tentado de apagar la computadora, temo infectarme de ese espantoso germen del desamor.

Se retira, da un paso atrás. Llegó el momento. Uno es apartado del camino cuando llega otro mejor y más fuerte. O diferente.

El tiempo es caprichoso, y puede crear un amor inquebrantable o puede hacer mediocridad de lo más hermoso. Cómo no… Toca destrucción.

Sonríe llorando y se desconecta del chat sin decir adiós. Cuando el camino se pone duro…

Ella le envía algún correo amistoso, contándole de ese nuevo amigo que ha conocido. El hombre no puede acabar de leerlo y lo archiva en la carpeta con su nombre. No le contesta.

Con el paso de las semanas, no recibe nada de ella.

Y de la misma forma que sentía su amor invadirle desde miles de kilómetros de distancia, siente ahora el doloroso ácido de la indiferencia.

No puede permitirse llorar ante ella, pedirle que no lo deje. Que se convertirá en vómito sin ella.

El tiempo es el disolvente universal y diluye todo aquel amor convirtiéndolo en un triste recuerdo. Incluso deja de ser amor. Incluso duda de que alguna vez hubiera sido amor.

Ahora se masturba por no llorar y aún así, llora con la misma técnica silenciosa al lado de la que no quiere. Las noches son largas, nunca habían sido tan largas.

El dolor lo ocupa todo.

El semen es molesto, se enfría enseguida, es desapacible. Huele mal.

El orgasmo es un llanto que sale sin fuerza y se escurre muerto entre los dedos.

Y continúa dejando escamas al amanecer, ahora son pútridas de desamor. Escamas de un semen cuajado y mohoso. Duele en la piel, ya no hay ilusión alguna.

Arde su pijo cuando se masturba pensando en cuando ella le amaba.

De lo único que puede arrancar algo de orgullo es de su dignidad, de haber dado un paso atrás silencioso, una discreta salida del escenario. Le dijo que sería así, que no tenía que preocuparse. Pero él sí que tenía de qué preocuparse. Sabía del dolor, pero no conocía la correosa mordida del desamor. Ignoraba la infinita magnitud del dolor de no ser amado.

La destrucción de su única y poderosa historia de amor y la más bella que nunca osó soñar, ha llegado imparable como el viento atómico.

No tan poderosa… Se ha deshecho en jirones como la voluta de humo del cigarro que cuelga de sus labios.

No tiene valor para abandonar la vida, como tampoco lo tuvo para abandonarla cuando ella le amaba.

Ahora se rasca las escamas y debajo de ellas sale sangre. Las escamas del olvido tienen poderosas raíces que invaden sus intestinos.

Algo quema sus entrañas: su cuerpo tampoco entiende la vida sin ella.

Quimioterapia le receta el médico. El cáncer de piel está haciendo un agujero en su vientre y el pubis aparece despellejado con pústulas de pus que se extienden hasta el ombligo. Allá donde se formaban las escamas de amor, ahora se pudre.

Repudia la quimioterapia y todo aquello que pueda calmar su dolor, todo aquello que pueda prolongar su vida.

La que no ama no lo entiende, no puede entender que el maldito cáncer haga presa en su hombre. No quiere que muera. Y a pesar de ese dolor que demuestra la mujer que no ama, no consigue tener ni el más mínimo acto de ternura hacia ella. Ni el miedo a la muerte puede traicionar el amor que una vez sintió. La ama en silencio, quedamente por las noches, supurando amor roto por las llagas de su vientre.

Las sábanas al amanecer están manchadas de sangre y piel necrótica. Y sus tripas rugen de dolor al incorporarse. Se cubre con una venda el vientre para poder soportar el roce del pantalón y va a trabajar cada día.

Y cada día huele peor, la llaga es profunda, y una última piel que ha desprendido con sus dedos, muestra el intestino palpitar como un gusano agonizante, aplastado.

El desamor siempre es letal, y él, pobre idiota, pensaba que amar era lo más duro.

Siempre pensó que cuando fuera relegado por otro, no sobreviviría, que moriría fulminado.

Pero ahora escupe sangre, y el humo del cigarrillo parece ácido en sus pulmones.

El desamor es inaguantable y pide al corazón que falle.

Pide que el tumor se extienda rápido.

Se llena de tierra seca las heridas buscando más infección. Que la pus acelere su muerte.

Que los gusanos le coman las costras que sujetan con precariedad sus intestinos.

El tiempo no sólo se ha detenido, si no que avanza para atrás y se eterniza la muerte y la corrupción del alma y el cuerpo.

Pero toda esa podredumbre, no puede distraer la masiva hemorragia de desamor. No existe un dolor más fuerte. Murió su hijo hace años atrás y aquel dolor era soportable.

Ahora ya muere, ya es tarde, el cuerpo ha perdido toda capacidad de regeneración y la mente se ha perdido en algún lugar demasiado remoto dentro de sí misma.

Sus tripas se deslizan a través de la carne muerta, como lombrices mojadas se escurren por sus piernas. Muere en el asiento de la oficina, en un despacho donde le habilitaron para que nadie pudiera oler la carne del leproso del desamor.

La muerte empezó hace seis meses; pero realmente ocurrió hace seis años, hace seis siglos.

El desgraciado ha tenido suerte, ha podido morir por fin, antes de que la verdad le abofeteara de nuevo: un icono de nuevo email parpadea en la esquina del monitor. Sea lo que sea ya no dolerá, ni siquiera importará.

Lo abro y dice:

"Aunque no te lo creas, te extraño. ¿No podrías contarme al menos cómo te encuentras?

Un día me dijiste que si supieras que amaba a otro, te marcharías en silencio, sin una sola queja. Y lo cumpliste. Gracias por ello, corazón.

Espero que no hayas cumplido aquello de "sin ti me muero", siempre fuiste muy exagerado, muy pasional.

¿Crees que un día podríamos hablar?

Besos."

He borrado el mensaje, porque si hubiera la posibilidad de que hubiera otra clase de vida tras la muerte, alguien debe hacer algo. Es bueno evitar el dolor.

La verdad es dolorosa e innecesaria.

Soy un hacker sin ambiciones, por puro entretenimiento. Ellos captaron mi atención en una de esas redes literarias, Había una corriente inusual entre ellos. Como un voyeur entré en sus cuentas, asistí a sus conversaciones, a sus deseos y anhelos.

Incluso con un pequeño programa de escucha, intercepté sus llamadas. Sus imágenes de cibersexo.

No era el sexo, no buscaba excitarme. Era la tremenda pasión que había en ellos, la tremenda y dramática emoción que poseía a los amantes, lo que me llevaba a pasar horas oyéndolos, leyéndolos, observándolos.

No me enamoraré jamás, sé lo que se siente.

No vale la pena pasar por ello.

Que esta crónica os enseñe que el amor no es felicidad.

Amar es una cabronada.

Que descanse en paz si puede; porque que si el amor puede ser eterno (que no lo es), el dolor más aún.

Si estáis enamorados, si amar os duele, estáis condenados, aún así, prefiero vuestra muerte dolorosa que la mediocre vida de los vulgares.

Pero yo no me enamoro, da miedo…

Iconoclasta

Safe Creative #1008217103117

Amantes dolientes

Publicado: 6 agosto, 2010 en Amor cabrón

El camino está cubierto de polvo ardiente y vidrios rotos. Salpicado de rosales secos sin rosas, ni frescas ni muertas, de duras espinas. Y a ambas orillas del camino, bebiendo y comiendo, están los rostros borrosos de los vacíos, de los no dolientes. Los millones de humanos que sonríen o bostezan sintiéndose cómodos pegados unos a otros, observando a los amantes dolientes avanzar, jaleándoles para que anden más deprisa o pisen con más fuerza en el doloroso suelo. O que les regalen con una escena de sexo hambriento y desesperado.

Ninguno de esos vacíos puede comprender porque siguen caminando abrazados dejando sus huellas ensangrentadas, formando un rastro de sangriento barro. No hay premio al final del camino. Ni siquiera hay final.

Los amantes dolientes no usan los bancos que se encuentran a los lados del camino, a la sombra de frondosos árboles, ya no beben de las fuentes; temen el descanso, temen dejar de sufrir dolor y cansancio.

Es difícil que los vacíos puedan comprender porque los dolientes no llevan zapatos, ni gafas para protegerse del viento que les llena de tierra los ojos.

Es absurdo amar en toda su magnitud y vivir con intensidad el dolor que conlleva. Los vacíos follan y tienen hijos que llevan de compras cada sábado.

Pero los dolientes hacen el amor con los pies ensangrentados y las mamadas dejan barro en los sexos. Los labios deberían doler, pero no hacen caso de la piel desgarrada. El escozor de sus humores sexuales, es el mismo vinagre que pusieron en los labios del nazareno crucificado. Así de doloroso, de perversamente placentero.

Ni siquiera se sienten tentados de salir del camino y entrar en el paraíso que los flanquea a pocos metros.

El amor es un desierto salpicado de pequeños oasis que no acaban de saciar el hambre ni la sed. Y se abrazan débiles, aguantando el peso del uno en el otro. No se tienden en la hierba que hay a los márgenes del absurdo y obsceno camino del dolor, no descansan. Mientras caminen, permanecerán despiertos, se sienten malditos por el mundo; y cuando el sueño les vence, al despertar se encuentran solos.

Y vuelven a vivir entonces otra vida y la angustiosa búsqueda del uno y el otro. Y vuelven a morir con la firme voluntad de encontrarse en cualquier tiempo pasado o futuro, en cualquier lugar.

Nada ni nadie los maldijo, ellos pactaron su amor eterno en la fragua de sus sexos. En una gota de saliva que se desprende de los labios, densa y lentamente en la piel.

Ellos no se lamentan, repiten una y mil veces "te amo", y es como maná que los llena de fuerza y de resurrección los músculos.

Para seguir caminando, para no parar. Para no dormir.

Se tienen ahora, se tienen que mantener unidos todo el tiempo posible, porque no duelen los vidrios en los pies, no duelen los pérfidos rosales en la piel, ni el calor que los deseca.

Lo que duele infinito es no tenerse.

Han recorrido tantas épocas y han pasado por tantas esperas y ausencias, que los pies destrozados, que la piel quemada por el sol y los labios cortados, se han convertido en sus arras de amor eterno.

Por eso pisan vidrios en lugar de hierba fresca, la vida les ha enseñado que es el dolor lo que se hace eterno. Que lo fresco se evapora, que lo placentero vuela. Que lo hermoso se rompe con un grito, como un fino cristal.

Es el dolor de los labios dando placer, los músculos agarrotados de tanto abrazarse y la sed de si mismos, lo que levanta su acta de amor eterno.

No es difícil de entender, sólo doloroso.

Para los vacíos es puro espectáculo; cuando faltan gladiadores en la arena, cuando los leones están muertos, y los huesos pelados de los cristianos se calientan semienterrados. Abren las rejas de las mazmorras y dejan salir a los amantes dolientes bajo un sol de justicia. Los vacíos callan deteniendo en la boca la comida.

Es profundo reconocerse en el reflejo de una lágrima y banal en una sonrisa. Es otra máxima que los amantes dolientes asumen con trágico romanticismo. La tragedia está servida a lo largo del camino.

Un vacío se masturba solapadamente metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, clavando su mirada en el escote sucio de polvo de la mujer doliente.

El cáncer mata, la droga nos hace felices, el dolor está en el amor y la risa es un acto reflejo sin trascendencia. Ellos lo han aprendido así.

No hay ninguna razón para ello, pero de la misma forma que la vida hiere, el amor es dolor.

Alguien cometió un tremendo error con la creación del mundo.

Y ellos, amantes dolientes, son la prueba del error, un ejemplo a no seguir.

El dolor no es popular, nadie lo quiere experimentar.

Pero verlo en ellos, es hipnótico.

Los amantes se arrodillan, sangran al hacerlo. Se abrazan y se besan, es un momento para el descanso, para alimentarse de sí mismos.

Silencio.

El bebé de un vacío llora, alguien lanza una botella de cerveza al cochecito y el bebé calla con un gemido que no sabe aún como proferir. Parece el débil gorjeo de un pájaro que muere.

Los amantes dolientes siguen el camino abrazados de la cintura.

Los vacíos no aplauden, esperaban muerte, la desaparición de uno de ellos, el grito angustioso y desesperado del amante que queda solo, abandonado.

Aún queda mucho tiempo, aún pueden morir mil veces.

Ab eterno (desde siempre).

Iconoclasta

Safe Creative #1007286930266

Luna Llena

Publicado: 4 agosto, 2010 en Amor cabrón

Luna llena y yo tan vacío…

Tanta luz y yo tan oscuro.

Tanta blancura y mi sangre roja empujando mi ansia, mi hombría.

¡Oh Luna que haces foco en mi escenario surrealista!

No soy lobo y aúllo al cuerpo rotundo de la mujer que bañas con tu luz fría, Luna Llena… Me excita tu luz en su piel.

Bañas sus pechos plenos, das plata a su piel deseada, a su piel de blanca seda.

Luna llena, baña con tu luz su cabello. Mójala de ti, hechízala para mí.

Descubro mi naturaleza invasora para que bañes también mi hombría.

Si no fueras tan gélida y mortal, caminaría desnudo por tus cráteres misteriosos. Copularía tu tierra.

Tan solitaria bella e inalcanzable.

Eres el paradigma del amor.

Enamórala de mí, y baña nuestros cuerpos unidos.

Haz con tu foco nuestra escena de amor.

Iconoclasta

Safe Creative #1008026966149