Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Yo el Cornudo

Publicado: 29 junio, 2011 en Amor cabrón
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Mi mujer, se ha enamorado de otro. Es normal, nos aburrimos unos de otros, nos defraudamos y buscamos nuevas experiencias. El error es pretender fidelidad.

No duele mucho, apenas nada. Tal vez me vaya bien un cambio de aires.

Seguro que el otro la debe tener más gorda que yo. O debe tener una simpatía intrínseca metida en sus putos cojones. Es más joven.

Tanto da…

Tamborileo aburrido los dedos en la mandíbula y viene ese proceso que me asusta tanto: olvidar.

Me asusta porque saca lo peor de mí, el olvido que puedo generar es la negación de la vida. Es omitir que un día existió y que un día estuve con ella.

Le temo al olvido porque me convierte en un saco vacío de emociones, como si no hubiera ocurrido. Como si no hubiera existido durante todo ese tiempo con ella.

Ojalá pudiera enfadarme o discutir como un macho cualquiera.

Incluso borro mi propia existencia. Mi olvido es citostático, me deberían meter en un container de residuos biológicos de cojones.

Estoy tirando a la basura meses de vida. Como si hubiera estado en coma todo ese tiempo.

Si al menos recordara que por un tiempo hubo amor verdadero…

Pesó tan poco…

Hace bien en engañarme. Soy inhumano.

Las maletas ya están listas, las miro y lo único que puedo concluir es que voy a ser libre. Me voy con mis cuernos a otro lado.

No habrá más amor, ya soy viejo. Ya no quiero volver a pasar otra vez por el proceso de olvidar y perder mi historia.

Me pregunto si no es una monstruosidad el que no le pregunte quien es. Ni siquiera tengo ganas de decirle adiós. Me molesta gastar saliva en esas cosas. Tal vez ni sepa que lo sospecho.

No me acuerdo ya ni de que edad tiene ella, soy un cerdo.

Soy un cerdo cornudo.

Otros se llevan consigo momentos de felicidad, momentos que recordarán como una prueba de que un día amaron y fueron amados.

Yo no me puedo llevar ni siquiera la vergüenza de ser engañado. No podré nunca contarle a un amigo que fui desgraciado y que lo pasé muy mal cuando se fue con otro.

Que padecí por amor.

No padezco: mi olvido es un rayo láser que cauteriza mi cerebro.

Yo afirmaré que nunca he sentido amor y todos los recuerdos serán sueños que se desvanecen al despertar.

Es malo ser un cornudo olvidadizo, te convierte en un hombre sin alma y sin recuerdos. Todos esos años han ido a la mierda, todos esos meses son vida quemada sin más fin que el de respirar.

Ojalá pudiera formar un escándalo, no conduciría a nada; pero el dolor de la infidelidad podría solapar la sensación de que voy a borrar una parte muy importante de mi vida.

No creo en la jodida transmigración de las almas, porque si creyera en ello, pasaría toda la eternidad de cuerpo en cuerpo sin aprender jamás. Lo que olvido nunca existió.

Soy el mejor enterrador de recuerdos. Y juro que no quiero serlo.

Es mi cochino cerebro, es implacable, no me deja ni el sueño.

Soy cabrón olvidadizo.

—Vamos, coge tu cojera de mierda y sal disparado, es hora.

Suelo hablarme cuando estoy tan inmensamente solo, cuando no tienes nadie con quien hablar, simplemente deliras.

Me sacaré brillo a los cuernos, que los vean bien todos, porque cuando me olvide de todo, cuando se borre cualquier registro, alguien podría recordarme: “Fuiste un cornudo, una vez amaste”.

La dependienta que me despacha el billete de avión me pregunta si viajo por placer o trabajo.

Lo he olvidado.

Seguramente por placer, no me gusta trabajar.

Iconoclasta

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Acta de amor

Publicado: 21 mayo, 2011 en Amor cabrón
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Tengo una reina dormida en mi cama.

Una reina que amo, que me ama. Y tal vez se sienta sola mientras yo escribo.

¿Pero cómo escribir de quien amas si está frente a mí, a mi alrededor?

Cuando tu amor está presente la besas, la abrazas, le dices que la amas; pero no escribes. Sería tonto perder así el tiempo con ella.

Mantienes tus sentidos a la espera para acercarte a ella, controlas que nadie pueda interrumpir un momento íntimo con ella.

Son demasiadas tareas juntas para añadir encima la literatura.

Son necesarias las barricadas para besarse parapetados tras los sacos terreros de un mundo hostil e injerente.

Es necesario que yo no duerma para hacer constar en acta que la amo.

Mañana iré al notario.

Ella no necesita esos formalismos. Yo sí porque no soy muy locuaz. Mi voz es fea, mi dicción sosa.

Cuando lee en voz alta, las palabras se hacen pura dulzura, hay inflexiones de sensualidad. Ella con su propia voz se siente más amada con mis letras. Soy un hombre poco cultivado en las artes oratorias.

Es importante que ella duerma a veces cuando escribo.

Aunque crea que está un poco sola.

Sé muy bien que no es agradable sentirse solo; pero es una breve percepción por la que debe pasar. Ni ella ni yo tenemos la culpa de mi torpeza. Me parieron así de lerdo con la oratoria.

No tengo un tono de voz adecuado para recitar mis ideas de amor y ternura porque mi pequeño cerebro no conecta bien con las cuerdas vocales.

Y encima he pasado las tres cuartas partes de mi vida sin decir cosas de amor; sólo las escribía.

Las soñaba como algo fantasioso e imposible.

Es razonable y excusable que algún rato en alguna noche, pueda sentirse sola cuando me levanto de la cama para escribir lo que no acostumbro a pronunciar.

Y así hago constar en acta que la amo, que su piel es mi consuelo, mi cobijo y mi alegría.

(Por no hablar de lo muy dura que me la pone).

Gastaré cierta cantidad de dinero en un notario; será una buena inversión.

Y así cuando yo muera y se sienta agónicamente sola, podrá confirmar leyendo este acta certificada por notario, que aún muerto la sigo amando. Que duermo muy pegado a ella.

Y no como zombi, si no como un espíritu de amor. Algo dorado y esponjoso recién salido de la centrifugadora para que no le cause una fea impresión.

(Esto último debe certificarlo el notario como punto importante, porque mi reina es un poco cobardica por las noches).

Iconoclasta

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Asfixiante amor

Publicado: 17 mayo, 2011 en Amor cabrón
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Me asfixia, me ahoga con sus labios que me inundan.

No vivimos un orgasmo sincronizado; es asfixia conjunta.

Es la estrangulación de cuerpo y alma.

No sé donde empiezo ni donde acaba ella.

Me roba el aire que debería respirar.

Me ahogo en sus abrazos ante la presión de su carne, su piel…

Suave, densa.

Los poros tampoco pueden respirar.

Sólo puedo sudar.

Los besos… Amar nunca ha sido como respirar aire libre, no con ella.

Es mentira: el amor no hace un mundo nuevo y feliz. No hace el aire puro.

Amar es respirarla. Y su bendita carne no puede asimilarla los pulmones.

Es hundirse en la mismisima sima de su placer sin aire.

Todos los pulmones desean respirar aunque estén enamorados.

Y ella es una aberración de la supervivencia.

Ella no es vida, da su vida, es un suicidio a dos.

A veces se para el corazón pensando en ella.

No hay tiempo para aire, hay que sorber la vida misma; su coño, sus pechos, su piel a tiras si es necesario.

El centro del universo es pesado como un agujero negro y ahí todo es absorción.

Y me hundo en ella buscando un fondo que no hay.

Lamo entre sus piernas, con los dientes asomando. Es la furia de amar a tumba abierta; no hay consuelo.

Los dedos…

Mis dedos están untados de ella, se han hecho dependientes de su piel.

Tienen el estigma de su amor metido entre las uñas.

Y mi pene está gélido fuera de ella; necesito su coño profundo, caliente.

Asfixiante.

Nos derramamos entre gemidos que nadie podría decir que es placer. Hay angustia de épocas de soledad y ausencia.

Cicatrices…

Nadie podría decir si es placer la entrega es dolorosa porque nos hace olvidar la respiración. Parece agonía liberadora.

Como si la vida también pesara demasiado.

Resisto la carga de profundidad que es la contracción de su placer y mi espinazo parece partirse por el esfuerzo. Deseo que se parta, ser una serpiente rota a sus pies.

Deseo mi piel entre sus uñas cuando dobla el universo en dos con sus gemidos. Cuando de su vientre nace y alumbra el placer puro: un bebé que se derrama entre muslos y pubis al ser parido.

La vida misma se autofagocita y la puedo lamer entre sus ingles. Restos frescos de amor.

Benditos los niños del placer asfixiante. Somos los padres carnales de niños sin pulmones.

Amar agota.

Amar dando la vida es agonía hermosa.

Hay que ser valientes; pero la valentía es una opción. Con ella no hay alternativa, es el único camino: asfixiarse en su amor.

No hay voluntad de heroísmo.

Morir en ella, con ella, entre ella y dentro de ella.

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No quiero salir de su coño

Publicado: 27 abril, 2011 en Amor cabrón
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Me la ha mamado y yo estaba ebrio de sueño y cansancio.

He sentido la excitación más serena. Con el placer de su exquisita boca ha oscurecido mi glande de sangre. La he penetrado sin sentir resistencia. La he follado en un duermevela.

Sin ansia, con un sosegado ritmo.

Esto no es amor, esto es lo que provoca el amor. La animalidad, la irracionalidad es ahora un musgo que coloniza piel y mente.

El raciocionio se ha ido a la mierda. Se ha pegado un tiro en la sien para dejar paso al hedonismo puro.

Ella gime desde allá arriba, en la consciencia. Sus sonidos de placer me llevan lejos, a lo más profundo.

No sé si es mi semen o su flujo lo que impregna mi bálano y se escurre por los testículos; no importa, estoy en ella. Dentro de ella. La rodeo y la inundo.

Mi pene es receptor y amplificador de sus convulsiones.

Su coño es un sima profunda y acogedora que palpita trémula aprisionando mi falo.

Su piel el único nexo, el soporte a mi escasa realidad. Es la parte del cuerpo no sumergida que es capaz de darme paz. Un estado no tan imbécil como la felicidad.

Difusa realidad.

Y es mejor así, no es necesario despertar. Lo que hay ahí fuera, fuera de su coño y mi sueño, no me interesa.

Bien podría ser el coño un ferétro o un tanque de aislamiento sensorial.

Da igual, hay demasiadas cosas que ignorar, cualquier herramienta o lugar sirve para seguir dentro de nos.

Lo que importa es no estar.

No existir.

Vivir en blanco y negro.

Y cuando las cosas ocurran, cuando la consciencia vuelva a reinar: dejarse llevar y destruir.

La realidad es pesadilla y horrror.

Es mejor la mamada. Y no siempre me la maman como quiero.

No quiero salir de su coño.

Le exijo sobredosis de heroína, no acepta, no quiere, no transige. Insiste en que hay que vivir.

Mis piernas se tensan, mi vientre se contrae.

Seguimos dentro.

Iconoclasta

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Lo que debe hacerse

Publicado: 1 marzo, 2011 en Amor cabrón
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Yo no quiero morir; pero hay cosas que deben hacerse.

Porque morir no ocurre, morir es algo que hacemos.

No me da miedo, no tengo miedo al dolor; pero ¿sabes? No quiero volver a sentir que no estás. Quisiera morir y que el espíritu se pudra con el cuerpo. Tengo miedo de que el pensamiento sea otra cosa, otro ente. Y que sobreviva al cuerpo estropeado.

No quiero ir solo a cruzar el Aqueronte. No sin ti.

Tengo miedo; si la vida sin ti ha sido insufrible, la eternidad me matará día a día.

Muerte sobre muerte… Da miedo, da terror.

Pudrirse no importa, lo que importa y hace mucho daño es no tenerte a las mañanas, que anochezca sin ti.

Tengo un miedo que me muero.

Mi vida, destruye mi alma cuando haga lo que debo hacer. No quiero un óbolo en mis párpados. No quiero que Caronte me guíe por el Hades. No quiero que haya ojos que cubrir ni espíritu que guiar.

No quiero paraíso ni infierno.

No quiero estar solo, no quiero saber que sufres.

Tengo que morir, es mi deber, no hay problema con ello.

Soy valiente.

Pero asegúrate que muera completamente, dame el tiro preciso en la nuca para que ni una sola idea pueda sobrevivir a mi cuerpo.

Asegúrate, mi amor, que cuando me entierren mi alma no pueda salir, que no haya resquicios por donde evaporarse. O mejor que me incineren hasta la emoción más pequeña.

Y perdona que me vaya antes que tú; pero no puede ser de otra forma. Ni soportaría que fuera de otra forma. Los que nacemos antes nos vamos antes; es estúpido afirmar lo obvio; pero amarte confunde y me he de repetir lo más básico. Soy un deficiente mental cantando repetidamente en voz alta que ha de comprar una barra de pan.

Morir es algo que tenemos que hacer, no podemos dejar que ocurra. Tenemos que vivir intensamente con ímpetu. Y al final marchamos solos.

No quiero, otra vez solo no; por favor.

No sé si nos encontraremos; pero no quiero que duela el alma, tengo bastante con el dolor del cuerpo.

No quiero sobrevivirte, ni tampoco quiero sentir el horror del tiempo sin ti.

Tiene que existir el tiro justo y cabal que acabe con mi pensamiento cuando mi puto cuerpo deje de funcionar.

No dejes que vague solo sin ti.

No quiero otra eternidad esperándote, ya soy demasiado viejo, mi amor.

Y si algún dios, por alguna razón estúpida, existiera; blasfema en mi nombre, cágate en él y que mate lo que queda de mí.

Haré lo que debo hacer sin miedo al corazón reventado, a los pulmones sin aire.

Pero tú, mi amor, haz lo que sea por no dejar que mi alma sufra otra vez.

Hasta nunca, mi vida.

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Alquimistas indecentes

Publicado: 26 enero, 2011 en Amor cabrón
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Hemos lastrado el amor al cuerpo para que no vuele.

Hemos hecho del amor algo tangible y pesado. Algo palpable como el coño anegado de deseo, como el pene duro y palpitante.

El amor ya no es onda ni frecuencia. No es espiritualidad. El amor se destila por la piel y el sexo. Gotas blanquecinas que recojo con mi lengua entre sus muslos temblorosos.

Si el amor fuera plomo, ahora tendríamos oro en nuestras venas y labios.

Lo hemos transmutado, somos los indecentes alquimistas del amor. Platón lloraría ante la blasfemia que hemos cometido con su amor puro y místico.

Estamos cansados del espíritu. El espíritu es sólo el consuelo de los mediocres. No hay placer sin cuerpo, sin piel.

Lo sabemos por un constante sufrimiento a través de los tiempos que nos ha dejado casi agotados.

Ahora el amor gravita a veces indecente, a veces tierno en nuestra piel. Como una presión atmosférica. Unos dirán que es un tumor, yo digo que son idiotas, que son envidiosos. Que sus sexos están más secos que la mojama.

Ahora mensuramos el amor, lo agotamos, nos agotamos…

Somos nuestra propia piedra filosofal, la que todos aquellos alquimistas blasfemos que ardieron en hogueras no encontraron.

A veces perdemos una vida entera sin dar con la cábala precisa, con la fórmula transmutatoria. Y morimos con el espíritu vaporoso de amor y las pieles secas de necesidad.

Esta vez no. No en esta vida.

Su sabor en mi boca, mi sabor en la suya, son hechos irrefutables. La empírica gana a la teoría y a la maldita metafísica.

Hemos hecho de la eternidad algo efímero; el placer hace correr rápido el tiempo. Y ahora chapoteamos hacia la eternidad en una láctea alfombra de gemidos y tendones tensos de orgasmos que nos arrebatan la cordura.

Hemos desarrollado alergia al amor puro.

No somos puros, jamás lo hemos pretendido.

Alquimistas de cuerpos convulsos cansados de espiritualidad. Indecentes en la búsqueda de su piedra filosofal.

Cambiamos las letras por uñas y filos que rasgan tejidos y carnes.

Hay solo una cábala mística: Quiero estar siempre junto a ti. Con ella conjuramos los tiempos de lágrimas y hiel.

Es un magnético conjuro, un ritual diario que es suficiente para alimentar el espíritu. Nos amamos, el espíritu lo sabe, no necesita más. Llevamos demasiadas vidas con un misticismo insistente que no daba paso a los cuerpos.

Que se joda el espíritu.

Debo besar a mi bella alquimista, está a mi lado. Ya no hay magias ni coincidencias. Ahora solo queda la anhelada cotidianidad de un amor que se saborea, que nos unta la piel.

Se acabó al fin volarse las tapas de los sesos con cada despedida.

Despertamos juntos, tal y como hemos soñado a través de los periodos geológicos de este planeta infectado de amor puro.

Nos merecemos un premio Nobel de química.

Iconoclasta

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Breve historia de un alma

Publicado: 4 enero, 2011 en Amor cabrón
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Es que soy lo que rima con joya de gracioso que soy.

Una vez y mil he dicho que el alma no existe, que el ser humano es un conjunto de células y cada una hace lo que debe hacer. Y cuando llega el Segador, ni alma, ni pensamiento, ni nada de nada. Todo desaparece.

Una vez me preguntaron: ¿Entonces de dónde nace el amor? De los testículos, respondí yo muy cínico.

Y me cuidé mucho de no torcer mi sonrisa en una mueca amarga para que nadie dudara de que me creía mi simplificada filosofía de la vida.

Ya que no soy inteligente, prefiero asumir el papel de vanidoso ególatra (o ególatra al cuadrado) y así provocar antipatía antes que pena.

Todo iba bien, porque sentía esa intensa punzada que da en el pecho la soledad; pero nadie se percataba de ello. Soy bueno ocultando mis miserias.

Bueno, a la edad que tengo, todos somos hábiles haciéndolo.

Hay días en los que es mejor meter la mano en el triturador de basura y silbar mientras las células afectadas gritan de dolor.

Son días en los que descubres con un sutil tintineo que algo huele a podrido en Dinamarca y que toda esa habilidad para alardear de frialdad y sapiencia, se va por el desagüe junto con los restos de comida tras el cepillado de dientes.

Ella me miraba sorbiendo el café de la máquina del comedor de la empresa.

Yo pensaba en el cansancio, en el hartazgo de los días iguales, en el amor que soñaba secretamente y no encontraba.

No reconocía amor en los seres que me rodeaban.

Me sentía triste y debí perder el control, algún gesto me traicionó.

Estoy seguro de que tragué saliva con esa tristeza existencial que a veces me ataca.

Y ella se acercó, echó unas monedas en la máquina de bebidas y posó su mano en mi hombro derecho, suave y brevemente la retiró deslizándola como una caricia.

Me dio el vaso con el café humeante con una complicidad que me dobló buscando aire.

Os juro que la oí, supe que era ella, mi alma. Fue el ruidito casi imperceptible de una campanilla de cristal, o como cuando se hace una brecha en un vidrio con un suave clic que nos suele provocar un escalofrío.

Ese fue el ruido de mi alma, se me rompió un trocito con aquel gesto y cayó al suelo con un alegre tintineo.

Supe que era mi alma, porque también mi cuerpo pareció quebrarse.

Yo me reí y ella también.

La conocía de los diecisiete años que llevábamos en la empresa; pero salvo los saludos corteses, no tuvimos nunca una conversación y mucho menos un roce.

-¡Qué día más asqueroso para hacer fiesta! Menos mal que aún nos quedan sólo cinco horas más de trabajo -dije nervioso, intentando ser ingenioso.

Ella se rió a gusto. Quedó seria de repente y volvió a posar la mano en mi hombro.

-Cielo, te he visto, te he reconocido. Nadie traga la amargura como tú.

Aparte de que aún resonaba en mis oídos el ruidito de mi alma rota, se me escapó el café de entre los labios como si fuera un perfecto imbécil.

Ella no sonrió, acarició mi mejilla.

-Dime que me reconoces cielo, por favor. Por favor…

No la reconocí, pero sentí un ruido ensordecedor a cristales rotos. Cubrí su mano con la mía, aún en mi mejilla.

-No sé si te reconozco; pero te siento, mi vida.

Ella giró un poco el cuello echando la cabeza atrás y posó su mano en él. El índice largo y delgado señalaba esa tersa piel. Sus ojos negros brillaban y daban luz a mi alma hecha añicos.

Y besé su cuello, y lloré lágrimas más antiguas que el fuego.

Todo mi ser tintineaba como vidrios cayendo durante aquel beso.

-Estoy muy cansado, mi amor -le dije.

-Vamos, cielo -me dijo antes de posar un beso en mi mejilla-Vámonos de aquí.

Y quise pedirle que me ayudara a recoger los trozos de mi alma rota.

Y salí con ella de la mano a un mundo nuevo que no reconocía.

Fue tan breve y fulminante…

Tengo miedo de que fuera un sueño. Me muero de miedo.

Uno no sabe bien como actuar ante este miedo, no cuando sabes que tienes alma y que duele.

Cuando te das cuenta de que tienes alma y que se puede romper, es que el amor ha irrumpido sin cuidado.

¿Por qué tiene que ser todo tan brusco? No hay término medio, no hay sutilidad. Amar requiere una buena forma física.

Y descubrí el amor y el alma entre tintineos, y un café.

Ahora la beso tan profundamente, que es imposible que sea sueño; y lamento los siglos vividos sin ella.

Y esta es la breve historia de mi alma.

Toda una vida con ella y la conocí en un instante.

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Soy tu ángel caído

Publicado: 29 diciembre, 2010 en Amor cabrón
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Ya no sé que soy, mi amor.

Una vez me llamaste ángel. En caso de que lo fuera, sólo podría ser el Caído.

El Caído ante tu cuerpo y tu coño sagrado.

El Negro Ángel de pene pétreo que destila un humor pegajoso. Que te cubre y penetra.

No sé que soy, pero no soy bondad.

He gritado tu amor y he ofendido a deidades malditas y benditas anteponiéndote a ellas y a los que mueren y sufren. A los que ríen y gozan. Sin sentir pena por nadie, sólo indiferencia.

Sus cuerpos son el suelo en el que afirmo mis pies para penetrarte.

No soy bueno, no soy hombre.

Soy la bestia que hunde la nariz en tu sexo anegado y aspira tu esencia con un gruñido. Ahogándome en tu coño.

Y lamo y escupo en tu vulva que me enloquece, en tu piel que me hace descender a lugares que no existían hasta ahora.

He perdido mi humanidad amándote, he involucionado por debajo de toda inteligencia. Soy un glande goteante.

Un ojo cerrado en carne cárdena, de fina piel a punto de rasgarse. A veces abierto de deseo; un meato corrupto que busca tu coño con hostilidad y rabia.

Tú me has hecho así.

Tu sensualidad es mi regresión a lo más primitivo de mis instintos.

Y aún así, me has elevado por encima del la bondad y la mediocridad. Has hecho de la pornógrafa injuria mi religión.

Abre la boca, acércate a mi masturbación doliente, irrefrenable. Sé puta y deja que bañe tu rostro de Diosa Caída con mi esperma espeso y ardiente. Que se escurra por tus pechos, que gotee en tu vientre herido.

Es tuyo, soy tuyo. Somos tu creación.

Si alguna vez fui bueno, la bondad se convirtió en la baba que inunda mi boca y sorbe dolorosa y ansiosamente tus ofensivos pezones erectos.

Putos pezones… Putos porque tú me has hecho así.

Soy un caído que corrompió la bondad del amor para abusar de tu carne, Diosa Caída.

Ya ni el infierno nos acepta.

Eres mi único y posible universo.

Si alguna vez te amé, ese amor son ahora venas que alimentan mi bálano para penetrarte y embestirte hasta que la mismísima naturaleza grite renegando de la blasfema reproducción.

Y yo hundiré de nuevo mi nariz en tu vulva para ahogarme en tus deseos que brotan de entre las piernas, entre tus dedos con los que castigas una perla que no se rinde a un solo placer. Que necesita mil caricias para consolar su sed de orgasmos.

Y así maldeciré la anodina bondad y el amor humano.

Maldeciré a Dios y la misericordia lamiendo tu altar obsceno.

Bendeciré y sacrificaré mi corrupto semen a tu coño bendito. Lo único sagrado del universo, y al tiempo creado para ser profanado, violado.

Escupiré en tu piel en lo que ha mutado el amor: un bálsamo de hijos nonatos, que ni siquiera de nacer tienen voluntad. Sólo cubrirte y calentarse en tu cuerpo de Diosa Caída.

No soy más que un Ángel Caído que aúlla con esta carne dura estrangulada por mi puño, con la garganta desgarrada de gritar tu nombre.

Si una vez fui hombre, debió ocurrir antes de amarte. Ya no recuerdo…

Eres mi pasado, mi presente y mi futuro.

Ocupas todo, se borró todo lo no que eres tú.

Arderé en ti, mi Diosa.

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Un kilo y medio de amor

Publicado: 11 noviembre, 2010 en Amor cabrón
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Cuando salí de Barcelona pesaba 89 Kg., mi reina.

Cuando he vuelto más solo de lo que nunca en mi vida me he sentido, peso 87,5 Kg.

Mi vida…

Ya puedo cuantificar lo que te he amado, todo lo que guardaba para ti, para entregarte tras un año y medio de amarte.

Te he dado exactamente un kilo y medio de amor en menos de una semana.

Es mucho, mi reina.

Me cuelga la piel, la siento vacía. No es dolor, es una carencia absoluta. No se puede decir que es dolor porque sonrío y lloro y siento tu tacto y tu aroma, siento tu sonido y tu respiración. No es dolor, es un vacío que desespera. Es abrazarse enloquecido uno mismo intentando captar algo parecido a tu piel entre la mía.

Pero ya es tarde hasta para la imaginación, ya no puedo engañar a mis nervios, a mis músculos ansiosos de elevarte, de cargar contigo. Ya saben de ti y no hay fantasía alguna que ahora pueda consolarlos.

Sabes que hay una película que dice que el alma pesa 21 g.

Eso no es nada cielo, mi amor acumulado pesa 1500 g., te he dado un kilo y medio de amor.

Te decía que tenía que darte todo mi amor, pero no he sido consciente hasta que me he sentido vacío, con los músculos flojos y la piel macilenta. Me pudría en vida cruzando el Golfo de Méjico, alejándome.

Y me he pesado rodeado de una atmósfera de absoluta soledad. Eso da una lectura precisa de amor.

He comido lo que tú no podías, lo que me dabas porque no podías comer más. He comido lo que me indicabas con hambre canina. No he hecho pesas como cada día, y el peso se me iba.

A veces me decías que estaba ausente. «¿En qué piensas, amor?».

No pensaba, cielo, sólo sentía. Se me escapaba el amor, y sentía ese instante vertiginoso, sentía que me arrancaban carne y me quedaba quedo y en silencio, aguantando casi con miedo como se me escapaba el amor hacia a ti. Como el aire que me robabas de los pulmones con tus besos y me sentía fatigado y tenía que respirar con un pequeño gemido.

Tal vez a eso se deba que el avión que me alejaba de ti, lo hacía más deprisa de lo que me llevaba hacia a ti. Mi amor era un lastre en sus bodegas, en el pasaje, en sus alas.

Me da risa lo poco que pesa el alma y lo mucho que pesa lo que te amo. Ni siquiera los grandes guionistas podían imaginar hasta ahora la medida exacta, cuantificable, mensurable, identificable y desesperante del amor. Su masa…

Mi vida… Te he dado todo el amor que tenía, me siento débil sin ti.

Pero ya he empezado a recuperar, mañana pesaré más, porque empiezo a acumular. Porque pesas en mí, eres mi gravedad, mi atracción. Eres el mundo sobre el que piso y sin ti, salgo directo al frío y letal espacio.

Perdona si engordo, no es por dejadez, ahora ya lo sé, cielo. Porque seguiré creando músculo, seguiré entrenando el cuerpo para ser tuyo, para ser tu piel y los brazos que te elevan. Pero no comeré con hambre, no beberé con sed desesperada, engordaré de amor que no te puedo dar ahora.

Serán sólo unas semanas, mi reina, pero perdona si engordo un poco, te juro que salgo en la mañana fría y sudo haciendo deporte para aliviar la tremenda soledad en la que has convertido mi espacio con tu piel, con tus labios, con tu cuerpo Dios.

Ahora soy de nuevo carencia, una carencia insoportable, y temo engordar con mucha más rapidez, temo explotar de amor en estas semanas que me esperan sin ti.

¿Me podrás perdonar este exceso de peso, mi reina?

No es dejadez, mi amor.

Cuando llegue a ti, me pondré en forma de nuevo.

Te lo juro, te daré tanto amor, que me mirarás con esos ojos enormes y con cierto malhumor, porque eres presumida y no te gusta subir de peso.

No puedo evitar que mi amor por ti, sea tan pesado, que pese setenta veces más que el alma. Tal vez este amor sea el resultado de setenta vidas que hemos pasado juntos. Setenta almas…

No quiero mi alma insignificante, sin peso específico. Quiero la tuya. Quiero adelgazar a tu lado, no quiero acumular más peso. Quiero quemar toda esa masa de amor junto a ti.

Por que duele este lastre, este amor enquistado que atiranta mi piel.

La ducha es tan fría a pesar del vapor…

 

Iconoclasta

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Las 44 dudas, las 44 desesperadas respuestas

Publicado: 23 octubre, 2010 en Amor cabrón
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Las 44 dudas, las 44 desesperadas respuestas.

Por Aragón (las preguntas), respuestas de Pablo López.

¿Hola? Hola mi amor.

¿Me oyes? Y te siento en la piel.

¿Alcanzas a verme? Con dolorosa lejanía.

¿No quieres hablar? No puedo.

¿No te importa si igual te hablo? Me duele. Sé que va a doler, te temo un poco.

¿No te apetece escucharme por falta de valor o exceso de rabia? Miedo a perderte, rabia hacia la vida.

¿Has olvidado las buenas costumbres y las posiciones correctas para tratarme? Sí, lo olvidé amarte me hace animal.

¿Qué? Perdóname.

¿Has dicho algo? ¡Perdóname!

¿Podrías repetirlo una vez más? ¡Perdóname…!

¿Acaso no merezco una oportunidad? Sí, en todas las vidas.

¿Otra vez caíste en las trampas de tus fantasías? Sí, en una fantasía tan real…

¿No soy yo la que debería temer a tus labios que endulzan a cualquiera? No.

¿Por qué esta vez pusiste en mi mente, en mi boca y en mi alma deseos que no he creado? Los puse en la mía, cielo.

¿Callas? De dolor y vergüenza de mí.

¿No dices nada? Perdóname… No sigas, ya comprendí, ya me avergoncé.

¿Temes aceptar que tengo razón? Tienes razón, no tengo miedo de aceptarlo, mi amor.

¿El orgullo es mayor porque sabes que te equivocaste? No hay orgullo, sólo miedo.

¿Tenias tantas ganas de pelear que era más fácil inventar un pretexto? No, mi amor. Sólo se presentó ante mí la posibilidad que más temía en este mundo.

¿Te das cuenta de que la perfección existe y extrañaste los días malos para ensuciar los nuestros? Nada podría ensuciarlos. Te pido yo piedad.

¿Adios? ¡No!

¿Lo sabías? No sé nada, sólo te amo.

¿Me creíste capaz? No, cielo. Me creí poca cosa.

¿Vendiste mi pensamiento así de fácil? No lo vendí, creí darle la libertad que se merece.

¿Lograste convencerte de que no sirves para esto? Creí ser intrascendente y no pesar en ti.

¿Tuviste la valentía de ponerme de lado y tomar tus propias decisiones? Sí, cielo. Sí. ¡Qué dolor…!

¿Pensaste tanto en ti, en tu dolor que olvidaste que tu adiós era el fin de mi alegría? Lo olvidé, cielo. No sigas, por favor. Es llorar…

¿Recordaste en medio de toda tu rabia mi agonía pausada en respiraciones cortadas y saladas? No lo recordé, cielo. No lo recordé…

¿No? Perdóname…

¿Lloras? Más que nunca.

¿De verdad? Sí.

¿Podrías ayudarme? No haría otra cosa más que vivir para ti.

¿Harías una pausa para acariciar el corazón? La he hecho, estoy llorando, perdona si me demoro demasiado en mi caricia lenta.

¿Ves cómo se apaga mi fuerza? Piedad, mi amor. Otra vez… Estoy pagando mi estupidez con lágrimas ardientes, cielo. Puedo morir si te apagas.

¿Ya no? Ya no, sólo quiero abrazarme a ti, de repente me siento muy cansado. No quería ser débil.

….

¿Si? Te amo.

…

¿Tal vez? Sin duda, con todas mis fuerzas.

…

¿No ves la mano que se asoma pidiendo un poco de compasión? Por favor, que coja la mía que también asoma.

¿Ves lo que hace tu mujer por amor? Lo siento en mis entrañas.

¿Me podrías perdonar esta vez? No puedo llorar más esta mañana, mi amor. El perdón lo pido yo. Por favor. No más preguntas.

…

¿Podemos ir a dormir? Dormiremos y nos besaremos al alba.

¿Haremos el amor? Hasta quedar exhaustos.

…

¿Ríes? Ahora no puedo, mi reina.

¿Eh? Reiré, mi amor. Sólo necesito llorar unos minutos en ti. Estoy tan nervioso, me tiembla todo.

Aragón / Iconoclasta

Es un texto basado en una primera idea y autoría de Aragón sobre un hecho real (Ver Las 44 dudas). Gracias a ella existe este texto. Por ella existo yo (Iconoclasta).

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