Cumple años Helena Christensen

Publicado: 25 diciembre, 2015 en Sin categoría

Helena Christensen

En Telegramas de Iconoclasta.

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Los dedos solitarios se tornan fríos como la escarcha que en la madrugada se forma robando el poco calor que los seres guardan en su interior.
En los dedos solitarios, el frío se posa primero en la piel, en segundos se filtra hacia la carne y luego, imparable, enfría la sangre que contienen, que es bombeada gélida al corazón y al cerebro.
No importa lo mucho que te abrigues, el frío ya está dentro. Te congelas desde el alma hacia los pies; por dentro y desde dentro.
Y es entonces cuando piensas en las cerúleas pieles, en las uñas amoratadas, en párpados que se abren repentinos sin voluntad y los dedos misericordiosos que los cosen.
Sin embargo, el frío de la soledad no mata, se queda en el justo grado de helor para que puedas escribir de tu desprotegida piel, del calor que sabes que no llegará nunca. Tomas la pluma y escribes frío tras frío, como en épocas antiguas de mantas en hombros y piernas y unos dedos demasiado rígidos, a la luz de un pábilo agitado por la tristeza.
El frío de la soledad no te mata, solo espera y asiste frotándose ávidamente las manos, a tu suicidio.
Te asomas a los vidrios sucios de la ventana, para ver la luna lanzando sin piedad sus rayos de hielo sobre la faz de la atormentada tierra.
Sobre ti.
Y observas la piel que el frío ha cortado, que apenas contiene la sangre de tus dedos y vuelves a la mesa a seguir escribiendo; porque así haces tu pensamiento sólido, multidimensional; puedes incluso sentir su dureza en la oscuridad al pasar los dedos por él.
Existes más que en ningún otro momento de calidez.
El mecanismo es preciso, es certero; sino tienes la piel que te ha de confortar, la escribes y describes en un paranoico concierto de rasguños y golpes de plumín sobre el papel y la mesa. Haces tu tragedia tangible y mensurable. Y todo ese esfuerzo se convierte en calor.
El papel arde con letras al rojo vivo.
La transmutación del pensamiento en materia, solo es posible cuando hay una fricción que provoca el calor, cuando es tu gélida y desconsolada sangre la que escribe.
Luego, en un rincón oscuro donde no llegue la luz de la vela que tiembla, te llevarás al pecho esos pensamientos arrugados con los puños crispados y llorarás una cálida tristeza. Te sentirás trascender, concluirás que amar es tragedia. Que la voluntad y la soledad son los dos átomos que forman la molécula de la libertad. Y la libertad es creación.
Y se sabe que todos los partos del mundo duelen.
Eres un privilegiado al hacer materia del amor. Un combustible.
La soledad a esas alturas de la madrugada, es un cigarro entre los dedos y unos ojos que se cierran con sueño ante el papel. Es una sonrisa triste al meditar sobre tu propia locura.
La fría soledad se esfuma lanzándote imprecaciones, porque hoy no habrá suicidio. O al menos, ahora.
Guardas ese papel arrugado en un cajón con la ingenua esperanza de que un día, vivo o muerto, tenga entre sus manos la masa de tu pensamiento y sepa así que no fueron solo palabras, si no sueños que congelaban el alma.

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Iconoclasta

 

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Nadie vulgar y mediocre te va a dar una sorpresa. La peña, es absolutamente previsible; solo molestan, agotan recursos del planeta e irritan hasta que los eliminas o te los quitas de encima.
Es tan adocenada la multitud…
Si se tiene la suerte de encontrar un humano con inquietudes y cierta charla amena, serás sorprendido; pero es una lotería entre tanto descerebrado. Las estadísticas no tienen piedad con nosotros, los superiores.
Pero los hay, conozco tan pocos, que es desesperante hacer una estadística.
No hay que perder la esperanza, aunque la paciencia hace eones que viaja por el espacio profundo lejos de mí. Aún queda vida para que pueda encontrar otro ser a quien escuchar sin mirar al cielo acopiando paciencia.
Porque tontos, borrachos y lerdos de sexo de motel y urinarios de bares y antros, son previsibles como el camino que hace el tren todos los días. El censo es prácticamente infinito. Son monolitos, mojones de la sórdida e inconsolable vulgaridad. Aburridos hasta el vómito.
Quisiera estar a salvo de ellos en lo que me resta de vida.
Yo soy absolutamente obsceno y depravado, pero no me meto en según qué sitios ni en según qué coños. Solo escucho, sonrío y pienso pornográficamente que no sé que hubiera querido ser; pero doy un soplido aliviado de no ser «eso».
Que nadie sepa que mi cerebro tiene la carencia de la empatía.
Porque pienso con cierta malicia, que estupidez con muerte se paga. O debería.
Creo en el elitismo, la clase y la elegancia.
Un snob sin dinero. Odio cuando las cosas no son perfectas.
Puta madre…
No sé de qué me sorprendo.
Lo normal es que los mediocres sean mediocremente pobres porque la economía se sitúa a sus niveles de intelecto; pero no es así, hay idiotas nadando en la abundancia.
¿Dónde están los retos intelectuales, las sorpresas?
Es desesperante.
¡Mamá…!

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(Han pasado dos días y sigue siendo insoportable escuchar constantemente hablar de ellas)
En verdad, no son democráticas, son simplemente populacheras. Algo que distrae a la manada y le hace creer que participan en algo importante.
Porque vota hasta el que va con la jeringuilla clavada aún en la vena o el que su aliento apesta a licor o cerveza ya rancia. No jodas…
Como siempre, el resultado de las elecciones, es que han ganado casi todos. Los que han perdido han sido poquísimos. Es un aire fresco de optimismo que no me contagia hasta el punto de sentirme mínimamente identificado con sus alegrías inmaduras. No me ponen en absoluto nervioso con sus brindis y saltitos.
Especialmente emotivo me ha parecido el discurso del nuevo mesías de «Jodemos», que al final, ha quedado en tercer lugar.
Y se ha confundido, porque hablaba como si fuera el presidente de toda Europa, alguien debería decirle que no va a ser coronado césar.
Siempre hay alguien que da la nota graciosa.
Porque otros ganadores y perdedores, han desarrollado su más absoluta y aburrida mediocridad. Nada nuevo bajo el sol.
Menos mal que no he perdido el tiempo votando.
Saber que mi voto no ha servido para ser contabilizado junto con el de los lerdos, me da tranquilidad.
Y mira que bien, que estas navidades, en lugar de uno, habrán nacido dos salvadores.
Aleluya…
Estoy «fragmentado» (no he podido resistir la tentación de usar el nuevo adjetivo que se ha puesto de moda).

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Se puede decir que si eres feliz, es porque estás en el momento y lugar oportunos.
Yo lo estoy, pero no me hace feliz.
Hay cosas que se arrastran por la vida que no son para permitirse la banalidad de ser feliz. Mi vida es demasiado importante como para resumirla con un ataque de estúpida euforia.
Jamás renunciaría a todo lo que sé, a mi absoluta seguridad en mí mismo.
Y eso no me hace sentir feliz, me hace sentir firme.
La infancia y la juventud fue una etapa que, desgraciadamente, tuve que experimentar. Si pudiera nacer de nuevo, quisiera nacer con esta edad, con este cuerpo y sobre todo con mi pensamiento cortante.
Cuando alguien dice ser feliz no suelo profundizar en el tema, me sentiría incómodo y un poco culpable de decirle lo que pienso. Porque ser feliz en este tiempo y lugar, podría ser el síntoma de una seria patología psicológica e incluso psiquiátrica.
Algo que no me importa demasiado porque la felicidad es una entelequia, un sofisma de frustrados. Y no encuentro ninguna razón para que en los demás sea cierta. Soy demasiado viejo para la candidez facilona.
A menos que se tenga una cantidad realmente pornográfica de dinero. El suficiente para comprar seres humanos. Eso es muy posible que me acercara a la felicidad.
Ahora me conformo con la tranquilidad de mi certero pensamiento como máxima consecución de un estado de equilibrio mental y absoluta certeza de lo que es y ha sido el mundo.
Si me dijeran que apretando un botón el mundo desaparecería, no me causaría ningún trauma sopesar la posibilidad de presionarlo. Estoy seguro de que haría lo correcto y lo correcto es lo que deseo.

Aberrante

No puedo decir que tengo alma, porque si así fuera, sería ahora mismo un gas entre tus pechos y tus muslos.

Penetrando tan dentro de ti, que te tendrían que exorcizar.

Como no tengo alma, cuando no te follo estrangulo el pene hasta que colapso la circulación sanguínea y siento que revienta. No es una parafilia, es el desmedido deseo sin consuelo cuando no estás.

Una mortificación por mi imposibilidad.

Soy duro conmigo mismo. Soy estricto.

Aunque el semen se escurra y enfríe entre mis dedos, sin que la piel deseada conforte con su tibieza a los hijos que no nacerán; no ha habido placer.

¿Es posible correrse con un llanto? Lo es, te lo juro.

No follarte es una aflicción que hace de mí una monstruosa obscenidad.

Soy aberración para la humana serenidad.

Soy tu doliente pornógrafo con el pecho sucio de ceniza y los dedos pegajosos sin saber qué hacer con eso.

Y un pene que palpita herido las últimas arcadas de un llanto.

Oscuro como el corazón de los dioses.

 

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Iconoclasta

Tocón bola

Con astucia le he robado a la montaña un trocito de su bosque.
Y lo he metido en una bola de cristal para calmar mi angustia cuando las paredes y el dolor me aplastan y me asfixian.
Soy un mago, un triste brujo que se conforma con ver pulsar la vida en un cristal templado por el calor de mis manos.
Soy como ese tronco mutilado que insiste en vivir anónimo y secreto.
¡Sh…! Silencio…
Soy el ladrón de la montaña y hay cosas que ella no necesita saber.
No puede hacer daño, es un robo venial.

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En Los manuscritos del Iconoclasta.

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Si sale vapor de la tierra es por un efecto termo-dinámico.
No es materia espiritual.
La orina no desprende un vapor místico.
Somos de una vulgaridad desesperante, los escritores deberían callar sus letras bellas que prometen trascendencia. No deberían crear ilusiones en los ingenuos.
Pero no son preocupantes los eufemismos cuando se tiene el conocimiento de la absoluta imprescindibilidad de los humanos.
La única forma de trascender es morir.
Y meterme en tu coño deseado.

El suave invierno

Se colapsan los sentidos y se me escapa por la boca el mismo aliento que como un velo nos cubre a mí y al mundo.
La soledad tan fría y tan cautivadora…
No quiero volver a casa.
Un silencio y quietud que bien podría ser una muerte serena.
Quién lo diría, un incrédulo atónito ante un sagrado velo de sutil hielo.
Se pierde un latido del corazón por el frío y el siguiente por el silencio que flota como un halo, que roba con dulzura el calor de la vida.
Es tentador morir un rato.
Es lógico.