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Viejas casas vacías que los miedos llenan de intangibilidades, de almas que aúllan por un cuerpo para seguir sintiendo.
Rencores y recuerdos enmarañados en polvo y ruina.
Vapores, espejismos de vida.
Es una crueldad crear fantasmas para hacer del miedo una aventura.
¿Para qué inventar condenados si las ilusiones muertas flotan a nuestro alrededor, como vergüenzas en pena?

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Se gestionan con más o menos eficiencia el amor y la ternura. Se exalta el paternalismo.
Y a la ira se la trata como algo a erradicar de los cerebros primates o humanos.
Eso es castrar el pensamiento de la pasión.
Porque hay cosas que deben amarse y otras odiarse .
Sin ira solo queda apatía, amores sin sangre, pálidos, anémicos.
La cobardía es la indignidad más humillante.

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No existen los inocentes porque sería una forma de decir que existen culpables.
Seamos claros, los hay buenos y malos como el excremento.
Por otra parte, si nacieran inocentes, se les mataría. No soy yo quien lo dice, hay una gran tradición de supersticiones y cuentos que respalda lo que afirmo.
Que viene a ser más o menos: «Hagas lo que hagas, cualquier policía, juez, político, médico o sacerdote te va a condenar si el primer café del día no le ha sabido bien».
Así se mueran, hijoputas.
Vaya broma de mierda.

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Los trenes dan serenidad con su firmeza, con sus férreas ruedas pesadas que vencen a la noche, valles y montañas. Sin prisas, con tiempo a impregnarse e impregnarnos de cada tierra, de cada aire.

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Los puentes existen con el fin de ser cruzados o saltar desde ellos.
Y seré muchas cosas; pero acróbata no.
Para una salida digna están los gases domésticos y el monóxido.
Por otra parte, es un bonito puente sobre un río, mejor cruzarlo.

En Realidades Truncadas, de Iconoclasta.

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Feria de ganado lanar. Ripoll. Oct. 2015.

La novela es buena; pero la pregunta en sí es toda una genialidad. Dan ganas de comprarse la novela para leer el título dos veces o más al día.
Si miramos a ovejas reales, es muy difícil imaginarlas con un cable en el culo por el cual recargar sus baterías.
Las ovejas son tan estoicas… Es improbable que un androide pudiera acudir a esta indiferente bestia para cultivar sus inquietudes oníricas.
Philip K. Dick, el autor de la jocosa y amoral pregunta (y de paso de la novela de ciencia ficción) debía de pasar por una crisis existencialista donde el mundo que lo rodeaba y contenía, le sugería semejante interés.
El mundo comenzó a balar con aburrimiento en sus oídos y pensó en que si fueran eléctricas las dichosas ovejas podría desconectarlas y si fuera robot, desconectarse él también.
O algo así, no sé. Yo sueño con leones que con aburrimiento desgarran carótidas. Es otra forma de desconectar lo que no me gusta.
Tan cientifista y tan rústico el amigo Dick…
Es pura envidia, porque yo me encuentro en un medio rural y no he llegado a ese grado de sofisticación filosófica.
Me dan una rabia los ocurrentes…

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Cada rincón de la montaña guarda unos recuerdos.
Es un paseo por la serena y cálida nostalgia.
Al fin tienen un lugar donde descansar mis momentos pasados.
Está bien…
No tenía donde guardar los secretos a la luz.
Se estaban enmoheciendo, se descomponían junto con mi vida. Necesitaban aire, sol, lluvia, hielo…
Ahora están a salvo todos los que vivimos, morimos y sentimos.
Cada rincón da cobijo a un pasado y tiene sus propios aromas, sus colores que identifican los ojos un poco cansados ya.
Hay rincones de la vida y la alegría, del sexo y el placer, del dolor y la muerte, del cariño y la ternura.
La risa y el llanto… Maldita paranoia hermosa…
Tanta tragedia, tanta comedia. Es una obra magna, no debía morir conmigo.
Observaba en tiempos oscuros, desde tristes ventanas las lejanas montañas; sin saber porque mi piel quería desprenderse hacia ellas. Era la tristeza de su lejanía, de la imposibilidad.
No sabía que debía salvar lo vivido, vaciar mi carga y dejar sitio a más vida, a más pasado.
Me horrorizan los ancianos que mueren en sus pasados, que cierran los ojos con melancolía a lo que fueron.
Yo quiero morir en el presente, viviendo cosas nuevas, creando nuevos recuerdos. Continuamente….
Hasta que llegue la Gran Noche de la Luna Nueva Eterna y se mantenga para siempre en mi horizonte.
Tengo un archivo de nostalgias que miro subiendo y bajando montañas. Y de vez en cuando, arranco una hoja para olerla y acariciarla.
Luego, se deshace dulcemente como una muerte buena entre mis dedos.
Soy un presente acariciando el pasado, confortado por el rumor y la sombra de sus hojas pequeñas y hermosas.

Regalos de navidad

En navidad, cumpleaños, aniversarios, bodas o cualquier otra celebración, los regalos son lo más importante.
La peña no se congrega unas pocas veces al año para demostrar amor o cariño.
Acceden a soportarse y verse las caras por la cuestión de los regalos.
Es así en todas las regiones del planeta, lo que me lleva a concluir, que la tan cacareada globalización, debió comenzar ya en la edad del bronce.
Yo, si voy a casa de mis padres o suegros por navidad, es precisamente por la cuestión de los regalos. Ya hace mucho que demostré que les tenía cariño, amor, respeto y todo ese bla, bla, bla…
No puedes estar toda la vida siendo cariñoso o acabas con diabetes y chutándote insulina dos veces al día.
La prueba de que es cuestión de obsequios está en que los visito dos o una vez al año y acabo agotado, aburrido, deprimido y con la sensación de que me han estafado tiempo de descanso que tanta falta hace.
Y como yo soy la viva representación del ciudadano medio (mi foto sale en las enciclopedias, en la entrada: anodino) y los ciudadanos medios o mediocres son legiones (no me gusta nada, nada, alardear de mediocridad; pero hay momentos en la vida en los que hay que rendirse a la evidencia, maldita sea) por lo tanto, no estoy diciendo ninguna cosa rara, cuando en verdad, os digo, hijos míos, que la cuestión del cariño anual es por mero interés en todas las latitudes del planeta.
Y en la Luna si hubieran colonos cultivando meteoritos selenitas.
Vamos, que es la postura común de toda la peña, salvo raras excepciones como la madre Teresa de Calcuta y otros proverbiales mártires y mesías.
Y tenemos razón, porque pasamos toda la jodida infancia dando besos a todo el mundo. Hace décadas que demostré lo mucho que los quiero a todos de mierda. Coño.
Así que para mí es de una importancia vital lo que me regalan, y como he dicho anteriormente, si para mí lo es, para el resto de los humanos, también.
La única espiritualidad de los millones y millones que no son dioses, leonardosdavinci o desorejados como Van Gogh, es la que desprenden al dormir o al entrar en celo reproductivo.
Al grano.
Lo más insoportable de conseguir los regalos, es el intercambiodebesosespecialementemotivosenlasnavidades.
Cuando empiezan a darse besos y abrazos, me abro del salón-comedor de dos metros cuadrados y digo muy alto y claro:

―¡Me estoy meando!

Y me fumo un cigarro mirándome los granos de la cara en el espejo oyendo sus felicitaciones a lo lejos.
Cotorras todos…
Cuando vuelvo del lavabo e intentan abrazarme, dígole a mi acosador/a:

―¡Pero si nos acabamos de felicitar!

Me miran un poco confusos en general, pero como van ya por la tercera o cuarta copa de cava y yo soy muy firme, seguro y decidido; abortan el beso o el abrazo, pensando que seguramente tengo razón.
Hay cosas en las que no soy como todos, no soy listo; pero lo que me diferencia del resto, es que tengo ciertas habilidades adquiridas.
Una vez tengo en mis manos el miserable paquetito blandito de los abuelos, que inevitablemente son calcetines o calzoncillos y el paquete mediano que es la colonia que mi mujer me regala invariable y aburridamente también cada año, le presto mucha atención al paquetito más pequeño que es la incógnita del año. Es de la rácana de mi cuñada.
Elucubro que podría tratarse de uno de esos encendedores baratos que no soportan más de dos encendidos o un llavero. Así que abandono los otros regalos y me centro en ese con desconfianza.
Al desenvolverlo, hago como que no me doy cuenta de que está envuelto con papel de carnicería y mal envuelto.
Mi mujer se acerca saltarina contra mí, con las piedras de ese collar feísimo hostigándole las tetas (el regalo miserable de su hermana) en el momento que grito con disgusto y asco:

— ¡Un Batman Lego con cadenita de tapón de fregadera! ¡Joder lo que me gusta, cagondiós…!

Mi cuñada se acerca con una bufanda que parece un cerdo despedazado, me quita de las manos el repugnante Batman Lego y de un tirón lo descabeza.

—Es una memoria USB de medio giga.

—Gracias cuñada —consigo mascullar tragándome el final: hijaputa.

Y muy contenta ella por haber demostrado su originalidad como regaladora, se da media vuelta con dinamismo azotando mi preciosa mejilla con uno de los extremos de esa vulgaridad de bufanda, regalo de mi esposa, su hermana.
Con el asco que me han dado siempre y de muy pequeño los muñecos lego con sus cabecitas cuadrangulares y su pelo-casco tan deprimente y tercermundista.
En un momento en que todos hablan como loros mascando patatas fritas y ganchitos de queso, dejo caer el Batman-Lego-USB al suelo, lo piso y le doy una patada lanzándolo bajo el sofá de tres plazas tipo burdel que decora el salón de mis suegros.
De nuevo mi mujer me molesta:

— ¿No vas a abrir los otros regalos?

— ¿Cuál quieres que abra primero: los calcetines o la colonia?

—Eres un borde —me responde sin un ápice de espíritu navideño.

No le respondo porque pienso que he salido perdiendo este año, como casi todos: el puto Batman-Lego, la colonia y los calcetines no justifican o compensan las cuatro horas que aún me quedan de soportarlos esta noche. También pienso en el divorcio, en el genocidio y entiendo los asesinatos que nadie se explica.
Solo a quien le regalen un Batman Lego, podrá atisbar un poco de mi angustia.
Dejo caer la ceniza en el suelo porque sé que a mi suegra le irrita mucho y me siento a la mesa.
Menos mal que solo es una vez al año, de lo contrario no sabría si tirarme al metro o a la taquillera maciza.
Estamos abandonados.

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Iconoclasta

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Existe el pensamiento, existe el sueño y existe la esperanza.
El pensamiento es la lógica, el comportamiento que permite interactuar con otros seres de la sociedad para sacar el beneficio que uno busca o parte de él o algo que se le asemeje remotamente. El pensamiento puede ser efectivo o inútil.
Depende del grado de ambición, arribismo y envidia de cada individuo.
El sueño son las imágenes e ideas que el pensamiento no ha sabido tratar cuando dormimos, imágenes reales que han pasado desapercibidas se transforman en cosas absurdas, intensas, interesantes y capaces de hacerte despertar moralmente hecho mierda.
Las espera o esperanzas son imágenes que se forman durante la ejecución del pensamiento. En plena consciencia. Las esperanzas son resoluciones piadosas cuando el pensamiento espera una reacción ante algún acto que ha llevado a cabo. Es soñar despierto y hacer una partida de ajedrez con movimientos aleatorios y con prisa.
Y ahora que lo tenemos claro, vamos a cantar la canción del 5 con el padre Abraham y sus pitufos (esto es solo narcosis).