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Semen Cristus (3)

Publicado: 3 junio, 2011 en Terror
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Madre e hijo fueron expulsados cuando la hermana Marga los descubrió en la capilla, el joven Leo movía su brazo lentamente entre las piernas abiertas de su madre. No había un murmullo de oración, era un jadeo lujurioso y pornográfico.

—¿Qué hacéis? ¿Cómo podéis? —gritó la hermana.

Salieron esa misma tarde con una maleta y una buena cantidad de dinero que había acumulado María a lo largo de todos esos años de trabajo en el convento.

Compró la casa en un pueblo pequeño y con pocos habitantes que se encontraba a una buena distancia del convento. Estar loca de remate, no es lo mismo que ser tonta.

Su hijo era igual que ella de alto con catorce años. La misma forma de caminar y su porte orgulloso. Conocía su coño mejor que ella misma. Sus manos bien cuidadas y sin duricia alguna causada por el trabajo separaban los labios vaginales con precisión y se hundía en ella como un sagrado pene que le hacía arder las entrañas.

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La mujer está cansada de rezar, siente los pantis empapados y pegajosos. Frío en su coño y un deseo atroz de tocarse.

Deposita cinco monedas a los pies de Cristus, algún motor pequeño zumba en algún lugar tras la cruz y el tubo de vidrio donde el pene de Dios está metido, realiza un lento y controlado vaivén.

—¡Di que me amas! Grítame tu amor de puta.

—Te amo Semen Cristus. Párteme en dos con tu mandamiento fragante. Incinera la basura que tengo metida en mi coño de zorra.

Leo cierra los ojos, el calefactor de sus testículos parece hacer hervir el semen en los cojones.

Candela deja caer las bragas hasta los tobillos y se sienta encima de una bala de paja.

La mente enferma de Leo reza a Jesucristo, le pide ayuda y fuerza para crear su hostia de semen, para que comulgue con ella la mujer.

Una pornográfica comunión.

El ritmo de la vibración se acelera, falta espacio en el tubo, se comprime tanto el pene que parece que va a estallar.

Un gruñido ronco, el meato se dilata y un espeso líquido blanco sale casi dulcemente. De nuevo el vacío lo succiona.

Candela se frota con frenesí el clítoris frente al crucificado y cuando del eyector sale el templado semen, se estrella como un escupitajo en su vulva desflorada, entre gemidos y blasfemias Candela se extiende el semen por todo el sexo para acabar con un orgasmo que la lleva al paroxismo.

Leo siente náuseas, le ocurre cuando hay demasiadas devotas y su madre le inyecta más dosis de hormonas. No puede evitar vomitar y una bilis amarga cae sobre Candela.

—Cristus mío ¿Te encuentras bien? ¿Puedo hacer algo por ti?

—Si hija mía, bienaventurado sea tu gran corazón. Dame agua.

La mujer sube por la escalera y le lleva a los labios la botella de agua que se encuentra encima de una de las balas de paja, junto con jeringuillas y restos de comida.

—Te amo Semen Cristus, te amo más que a mi hijo —le susurra al oído antes de besarle los labios y sentir el amargo sabor de la bilis.

—Yo te bendigo —responde Leo con un hilo de voz.

Cuando Candela se cruza con la madre e hija que esperan su turno a la puerta del establo, agacha la cabeza y no saluda.

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A los catorce años, Leo bendijo a su primera mujer. Era la vecina más cercana, una viuda reciente. Aquel día, Lía se encontraba en el porche de la casa, sentada en los escalones de entrada. Lloraba con la vista fija en la calle desierta.

Leo y su madre pasaron frente a ella.

—¿Por qué llora?

—Su marido murió hace dos semanas, está destrozada.

—Quiero bendecirla, mamá; como hacía Jesús.

— Ve, hijo mío.

Leo avanzó por el camino de gravilla hasta la mujer.

—Buenos días, triste mujer.

—Buenos días —respondió Lía con cierto estupor, el crío hablaba como un adulto demasiado educado, demasiado formal.

—No esté triste, estoy aquí para bendecirla, para aliviar su dolor.

Los ojos de Leo, hicieron presa en los de la mujer, y ésta sin saber que estaba mirando directamente a los ojos de un pozo de miseria mental, abrió sus brazos al niño.

—Eres un cielo.

—Lo soy —respondió Leo abrazándose a ella.

Metió su rodilla entre las piernas y presionó el sexo de Lía.

No rechazó la presión, no podía apartar la mirada de los ojos del niño. Ni podía apartar aquella rodilla que presionaba rítmicamente su vagina.

La madre se mantenía a distancia, sonreía afable ante la escena.

Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Lía, estalló en su clítoris y se expandió por las piernas y los brazos, abrazando con fuerza al niño entre sus brazos mientras intentaba ahogar un gemido.

—Yo te bendigo, mujer triste.

El niño le besó los labios antes de separarse. Caminó hasta su madre y la cogió de la mano.

—Venga a nuestra casa cuando se sienta sola, no se quede ahí sufriendo, Lía.

La mujer sonrió avergonzada.

No pasaron tres días cuando Lía llamó a la puerta de la casa de María y Leo. Semen Cristus le arrancó el dolor de la muerte de su marido por segunda vez en el sofá del comedor, ante la mirada bondadosamente paranoica de María.

Lía habló con una amiga y ésta con otra amiga.

A los quince años, Leo le pidió a su madre que lo crucificara con vendas en el establo, quería ser lo más parecido a Jesucristo. Hicieron la cruz con maderas viejas y podridas, cuyas astillas laceraban continuamente la piel de Semen Cristus. Un aliciente más, otras infecciones.

Con el tiempo, perfeccionaron la maquinaria y los elementos necesarios para crear aquel santuario del placer insano.

El tubo de vidrio donde Semen Cristus derramaba su amor y su hostia blanca, era una probeta de una industria química. Restos de máquinas tragaperras que encontraron en traperías y desguaces formaban los diversos elementos que estimulaban el pene y la producción de semen.

Objetos sucios, que cada día acumulaban más miseria, que no se limpiaban.

Más adelante, cuando las feligresas acudieron en mayor número y con más asiduidad, María tuvo que consultar con un veterinario qué tratamiento podía darle a su cerdo para que rindiera mejor sexualmente y su semen fuera más abundante.

A los dieciséis años, Semen Cristus a veces eyacula semen con vetas rojas. Y cada día está más delgado.

El cerdo a veces mira con sus pequeños ojos las misas, y su pene largo y rizado se arrastra endurecido entre su propia mierda y meados. El cerdo huele más a muerto que a marrano.

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Su madre lo libera de la cruz y lo ayuda a caminar hasta la casa, donde lame su sagrado coño; la absuelve de sus podridas ideas con un cunillingus que la hace gritar como al marrano del establo que hace coro a las comuniones. Es la madre de Dios.

Y a medida que las hormonas pudren la sangre de Semen Cristus, el dolor de la cruz y los torturados testículos lo dirigen hacia una alienante paz espiritual.

Los genitales parecen absorber toda la locura del mundo, la de las pecadoras que acuden a su bendición, la de su madre, la suya propia.

Amasa y metaboliza la insania y la escupe de nuevo, pura y sin tapujos a la cara del universo.

Semen Cristus es dios y como así lo afirma, así lo cree.

Leo se ha quedado dormido en el sofá del salón, no ha comido la cena que su madre le ha preparado y ésta lo admira con infinita ternura. Acaricia suavemente sus genitales. Están calientes, demasiado calientes; pero no le da importancia.

Tampoco le ha prestado atención a una especie de dura verruga enrojecida que se está formando en la parte inferior del escroto. A su alrededor la piel se está ennegreciendo.

María sube al desván, las obras están llegando a su fin. Las dos habitaciones se han transformado en una grande para que quepan los bancos de madera de las feligresas, en el techo colgará una lámpara de cirios de hierro forjado. La cama que será el altar, estará cubierta por una sábana roja y en la cabecera un Cristo crucificado llorará sobre la cara de Semen Cristus emocionado por haber instaurado el reino de los cielos en la tierra.

Un bidé se instalará dentro de un confesionario y cuatro altavoces emitirán los gemidos de Semen Cristus cuando ofrezca en su comunión la hostia lechosa con la que perdonará los pecados de las feligresas.

En un armario empotrado, guardará las hormonas y las jeringuillas para que su hijo pueda cumplir con su sagrado deber.

—Madre, la cama no es para Jesucristo. Necesito la cruz.

María se ha sobresaltado, no lo ha oído subir. Está desnudo y su pene pende lacio. Los testículos se encuentran contraídos.

—No podrás soportar tantas horas en la cruz, debes descansar. Está aumentando el número de devotas. No puedes continuar así, aún no has acabado de crecer y tus huesos se pueden deformar. Tengo una sorpresa, sólo para nosotros dos.

María se dirigió a la pared izquierda donde se apoyaba un tablero, lo retiró y tras él se encontraba una habitación con el techo acristalado. Los agónicos rayos de sol de la tarde, pintaban de rojo las paredes.

—Esta será nuestra capilla. Cuando hayas acabado la misa y te sientas descansado, te crucificaré. Y no habrá tubos ni calefactores. Meteré cada anochecer en mi boca tu sagrado pene hasta que te derrames en mí, hasta que me cubras entera.

—Madre, bendita seas. Te amo. Te perdono en el nombre de mi santo padre —le respondió con una sonrisa afable santiguando el aire frente a ella.

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Semen Cristus (2)

Publicado: 1 junio, 2011 en Terror
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Semen Cristus cumplió catorce años masturbándose en el establo, y dejando que la ternera lamiera su pene con aquella lengua ancha y larga. La vaca deseaba lamer aquello, mugía plena de satisfacción.

Semen Cristus bien podría haber sido un San Francisco de Asís. Su podredumbre mental alcanzaba a los seres irracionales de la misma forma que llevaba a la irracionalidad a las mujeres que se masturbabanahora ante él.

La señora María se masturbó, en silencio espiando a su hijo. Cuando su niño eyaculó entre su puño y la lengua de la vaca, dijo:

—Bebe mi leche, y que se una a la tuya. Que mi divina leche de placer, espese la tuya —dijo sacudiendo el semen residual del cárnico y venoso hisopo hacia la cabeza de la ternera que no pestañeaba ante las salpicaduras de aquel líquido espeso y blanco.

Con los dedos mojados de su propio coño, la Sra. María se dirigió a su hijo y se puso de rodillas frente a su pene y lo limpió metiéndoselo en la boca.

El pequeño Leopoldo, que así se llamaba por aquel entonces, posó la mano en la cabeza de su madre y presionándola contra sí, la obligó a meterse todo el pene en la boca.

—Madre, bendita sea tu boca entre la de todas las mujeres. Chupa, chupa, chupa…

Ya hace dieciséis años, en algún pueblo de la península ibérica, al norte de África, una madre esquizofrénica gritaba obscenidades en una celda del convento de las Clarisas durante el parto.

Las hermanas acogieron a la enferma parturienta que había escapado de aquel manicomio que ardió por algún cortocircuito de sus viejos cables eléctricos. La abadesa hizo la promesa a Jesucristo, de acoger a aquella mujer que llamó a la puerta del convento, gritando el nombre de Dios al interfono de la puerta.

Sus dientes rotos eran cicatrices que revelaban su origen loco y muchas sesiones de estimulación cerebral eléctrica.

Clava los dedos en el indefenso pubis de su hijo crucificado, evocando recuerdos. Unas gotas de sangre aparecen entre las uñas clavadas en la delicada piel de Semen Cristus.

—Córrete, hijo mío. Como si te derramaras dentro de mí.

El vientre se hunde entre las cosquillas y el glande escupe un borbotón de semen. Un zumbido indica que el eyector de vacío se ha conectado.

La leche succionada se arrastra por el tubo translúcido que se pierde entre sus piernas.

La mujer frente a la cruz se palmea el clítoris con furia ante el placer que la hace sentirse puta en un pueblo sin apenas hombres, un pueblo sucio y aislado que casi todo el año huele a mierda de cerdo y mierda de vaca. Mierda de gallinas, mierda de ovejas.

Mierda de vida.

La madre de Cristus aplaca la tensión orgásmica de su hijo cogiendo sus calientes testículos, ha retirado el calefactor que estimula su producción seminal.

La madura desearía que fuera su mano la que acariciara aquellos testículos pesados y plenos. El semen sale disparado por una boquilla cerca de su cara y le impacta en los ojos. No se los limpia, sigue sobando su sexo hasta que siente doblarse por un orgasmo intenso. Con la lengua recoge el semen que ahora chorrea por la comisura de los labios.

Se limpia y con los dedos manchados de semen se santigua.

—Yo te bendigo, Severa —dice Cristus entre jadeos.

La madre saca de su delantal una jeringuilla.

—Hay dos devotas más esperando afuera, tienes que bendecirlas con tu leche, cariño. Sólo tres más y podrás bajar de tu santa cruz.

Ha encontrado la vena del brazo con facilidad, está dilatada por el esfuerzo de la crucifixión. Le inyecta una hormona de uso veterinario. Acomoda el calefactor en los testículos de su hijo y le besa en la mejilla.

Se acerca hasta la mujer que espera con las piernas cruzadas.

—Reza cinco minutos antes de echar las monedas, Candela. Reza por su alma y por su fuerza. Dios te quiere mojada.

—María ¿Cuándo nos tomará Cristus? ¿Cuándo lo podremos sentir dentro de nosotras?

—Cuando terminen las obras y la capilla del desván de casa se pueda usar tendréis su cuerpo también.

—En el pueblo los hombres no saben lo que ocurre; pero recelan de que vengamos aquí tan a menudo. Ve con cuidado, María, protege a tu hijo.

—Está protegido y vosotras también. En la cocina tengo a modo de decorado una mesa preparada con pastas y café para que os sentéis allí si aparece alguno de esos machos por aquí; para que vean normalidad. Y no te preocupes, puedo ver a quienquiera que se acerque a medio kilómetro.

María lleva la mano al sexo de Candela:

—Goza de Cristus ahora, moja tu chocho, disfruta. Él te bendice.

Cuando sale del establo, una adolescente espera a la puerta cogida del brazo de su madre.

—Cuando salga Candela, podéis pasar. Y recordad, cuando os haya bendecido a una de vosotras, que la próxima rece cinco minutos para que sus sagrados cojones se llenen de nuevo. Rezad por su alma y por su fuerza.

“Dadle tiempo a que las hormonas hagan su trabajo”, musita para si.

María se dirige a la casa.

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Los operarios daban martillazos en el desván, el estridente ruido de una taladradora apagó cualquier otro sonido, abandonándola a su propia insania.

María evocó los casi catorce años de liberación en el convento, viendo crecer a su hijo, sin las medicinas que en el hospital la convertían en una triste muñeca.

Veía a Cristo retorcerse en la cruz de la capilla, no podía apartar la mirada del crucificado. Aquel hombre bueno debería haber gozado de la vida y no morir como un miserable ladrón.

Miraba bajo la tela esculpida de los calzones con la esperanza de ver los testículos del Santo Crucificado. Se masturbaba en silencio, rezando un rosario de obscenidades e imaginando el acto sexual con el nazareno. Mamándosela en la cruz mientras sangraba. Su esquizoide mente encontró una vía de escape e inspiración en aquella capilla.

Su hijo se educaba en un ala del convento que hacía las veces de escuela del pueblo con la hermana Carmen como profesora.

Cuando el pequeño Leopoldo acababa sus clases en el colegio y ella terminaba su trabajo en la cocina, cogía a su hijo de la mano y juntos iban a la capilla.

—Debes ser como él, un hombre bueno.

—Yo no quiero que me hagan daño, mamá.

—Nunca dejaría que te hicieran daño, Leo. Tú gozarás en la cruz en la misma medida que Jesucristo padeció. Te lo juro, vida mía.

—Mira, Cristo me hace gozar —le mostró a Leo su sexo abierto y perlado por el abundante fluido segregado.

Leo miró con interés; sintió un placer extraño en sus genitales, y creyó ver un corazón sagrado latiendo entre las piernas de su madre. Con siete años estaba gestando su propia demencia.

Y así, cada tarde que podían se sentaban frente al Cristo Crucificado. Leo observaba a su madre llevar la mano bajo la falda, la escuchaba gemir con las rodillas separadas. Se sentaban en los bancos de la tercera fila, para estar cerca de Él y a la vez resguardados de su propia inmundicia mental.

El pequeño olía con delectación el cuerpo sudado de su madre, sentía como la madera de los bancos transmitía el estremecimiento al llegar al orgasmo.

—Huele, Leo. Es la saliva de Cristo —María acercó la mano humedecida y resbaladiza de humor sexual hasta la nariz de su hijo.

El niño frunció el ceño.

—Así es Jesucristo, mi vida. Así tienes que ser tú. Así lo tienes que hacer.

Llevó la mano de su hijo a la vulva y le enseñó como acariciarla.

Leo lloraba, algo no estaba bien. Su madre le daba miedo. Y él también sentía miedo de si mismo, sentía que algo no estaba bien en aquel ni sitio ni dentro de ellos; pero su primera erección y la mano de su madre calmándolo frente a Jesucristo, convirtió todo aquello en una realidad única. La única posible en su cerebro.

Leo crecía, en plena pubertad tuvo su primera visión, (una alucinación esquizofrénica para un psiquiatra). Un mensaje de Dios para el niño y su madre; el Cristo Crucificado abrió la boca y le dijo al pequeño Leo:

-Tu semenes maná para las mujeres, para suapetito más íntimo. Derrámalo sobre ellas, dentro de ellas. Que tu pene sea el camino de la redención de esta segunda venida.

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Semen Cristus (1)

Publicado: 30 mayo, 2011 en Terror
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Con los brazos extendidos y atados en el travesaño de la cruz y la maraña de cables y tubos que bajan desde sus genitales hasta perderse entre las pantorrillas, recuerda vagamente al Hijo de Dios. Un dios tecnológico y sexual que no llega al grado de aberración masoquista del mito cristiano: Jesucristo.

A la vibración del tubo de vidrio se ha sumado un vaivén, la masturbación lo lleva a gemir como un animal. Una corona de espinas que no toca la piel del cráneo, que tan sólo es un adorno, lo convierte en algo desdichado y triste. Mediocridad enfermiza.

La mujer que ha echado cinco monedas en el monedero del Semen Cristus, tras sentir los primeros gemidos del cristo sacrílego se santigua con la mano derecha. Con la izquierda masajea su sexo por encima de la falda negra. Llora ante el pene encerrado en aquel tubo y desea llevarlo a la boca.

Las rodillas de Cristus tiemblan ante el creciente placer y una gota de saliva de la boca del sagrado, cae en los labios de la excitada madura.

La mujer apenas ahoga un gemido y extiende con los dedos la baba del cristo lentamente por sus labios. En algún momento se ha arremangado la falda y sus dedos se mueven bajo la tela de la sutil braga negra con creciente fervor.

Otra mujer espera paciente tras ella, presionando su sexo con los muslos, cruzando las piernas con nerviosismo. Parece contener la orina.

La madre de Semen Cristus, sube por una escalera de mano hasta su hijo, las mujeres observan la escena con devoto silencio.

Los rayos de sol que se filtran por los listones de madera de las paredes del cobertizo no dan suficiente luz. El establo apenas iluminado, crea cientos de penumbras entre las balas de paja y los barrotes sucios de una pocilga. Gruesos cirios amarillos con una cruz roja pintada, intentan apagarse a si mismos. Las llamas tiemblan se encogen y cuando casi han desaparecido, vuelven a crecer y desafiar una atmósfera apestosa en la que no hay aire en movimiento y el calor hace sudar la madera y la mierda que hay en el suelo.

Un marrano ronca y parece dirigir las oraciones de las dos feligresas.

—Hijo mío, gime para esas rameras. Grita tu placer y dales tu leche. Que se bañen en ella y unten con tu sagrada savia sus agujeros sucios. Sus rajas pegajosas de su propio gel de follar —le susurra la Sra. María al oído.

Su mano acaricia el rasurado pubis de su hijo excitándolo.

En el tubo de cristal, el pene parece aplastarse por la virulenta erección que su madre está provocando.

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Los mejores velatorios son los de gente joven, los de cadáveres jóvenes y frescos porque no hay tanto viejo y carcamal a su alrededor.

Basta ir a las floristerías para dar con el lugar y momento adecuado y no para comprar flores; sino para averiguar en el libro de encargos dónde se celebran los más selectos y orgiásticos velatorios.

Las mujeres suelen llevar ropa interior negra bajo gasas y finas telas oscuras y eso me pone. Medias negras y finas, tacones altos y puntiagudos… Los entierros son un catálogo de ostentaciones, hay que impactar hasta en el muerto.

Con infundado temor (es difícil acostumbrarse de un modo natural a la invisibilidad) entro a hurtadillas en el suntuoso portal del edificio, el vestíbulo luce una alfombra negra flanqueada por horteras pilastras blancas que sirven de apoyo a jarrones de alabastro con tupidos ramos oscuros. Las paredes están forradas de oscura madera y la iluminación pobre convierte el vestíbulo en un corredor de la muerte; en un anticipo de lo que hay más arriba.

Subo hasta el tercer piso del lujoso edificio y una puerta de las dos que hay está abierta. Emana un rumor bullicioso y olor a comida que indica donde se celebra el mortal evento.

No me parece trágico, toda la tragedia se ha diluido entre canapés, bebidas y sonrisas apagadas. Entre besos y abrazos. Hay mucha gente y pocos lloran.

Algunas mujeres dicen que sienten escalofríos en los velatorios; soy yo acariciándome el pene y suspirando en su nuca. Toco sus cuerpos y miran hacia atrás pensando en el cabrón que acaba de pasar tras ellas.

Cada día se lleva menos montar el velatorio en el domicilio, salvo en familias de gente millonaria. La muerte siempre es una excusa para alegrarse de no ser el que está en el ataúd, para montar fiestas y que se reencuentren los viejos amigos. Las familias eternamente enemistadas se besan como Judas delante del muerto.

Y yo me hago una paja corriéndome encima de las tetas de la muerta, está buenísima; con 26 años recién cumplidos sus pechos se muestran plenos y duros a pesar del frío mortal que les da un toque cerúleo.

Su columna vertebral está deshecha, lo he notado al arrastrar la mano por su espalda desnuda, forzándola bajo su ahora pesado cuerpo entre la tapicería del ataúd; en su cuello aparece un feo bulto disimulado con un exquisito pañuelo de seda azul marino. Si alguien lo tocara sentiría algo frío y viscoso; está empapado de mi semen.

Una de sus manos con los dedos rotos y retorcidos descansa oculta bajo sus ropas.

Una mujer ha observado el movimiento del cuerpo al moverme entre él y se ha santiguado mientras le decía algo a un hombre apoyando su cabeza en su hombro. Llora. El hombre la consuela acariciando su espalda, mirando fíjamente el ataúd porque le ha parecido apreciar el movimiento que he provocado en el festón negro al meterme bajo la caja, entre los caballetes que lo soportan.

El hombre, diciendo algo al oído de la mujer, da media vuelta y salen de la sala.

Los vivos siguen pavoneándose delante de la muerte. Un hombre maduro y con un rictus de gravedad se acerca hasta el ataúd, se santigua y agachando la cabeza comienza a murmurar alguna cosa religiosa; alargo la mano contra el festón y le toco el paquete genital con suavidad. El hombre se sobresalta y levanta con rapidez el manto negro. No da crédito a sus ojos al no ver nada allá abajo.

Se santigua rápidamente y se dirige presuroso hacia el salón donde se encuentran los otros invitados.

Yo aprovecho para abrir el escote de la muerta y meter la mano bajo la copa del sujetador sin conseguir poner sus pezones duros.

Arreglo el escote de tal forma que asome la blonda del sujetador y subo la falda por encima de sus rodillas, una de las piernas presenta una tremenda cicatriz tierna y amoratada.

Si uno se acerca demasiado, puede oler cómo las bacterias cumplen con su misión.

El próximo en entrar es otro hombre, este es casi un anciano; se agacha sobre el cuerpo y cuando va a depositar un beso en la frente de la muerta elevo la fría cabeza. El efecto es impresionante y el hombre lanza un grito grave y ronco cayendo al suelo.

Alguien ha gritado desde el salón al verlo caer y un corrillo de negros seres lo rodean mientras dos le dan aire con las manos y le aflojan la corbata.

Se lo llevan fuera de la sala, hacia algún sofá donde dejarlo reposar de la lipotimia que dicen debe ser.

Yo es que me parto de risa…

Me estiro relajado bajo el ataúd esperando que entre alguien más.

Y aparece ella, antes de que llegue hasta la caja puedo verla, lleva un sencillo vestido negro, es demasiado delgada y sus piernas apenas tienen forma. Pero tiene unas tetas tremendas.

Cuando se aproxima, puedo meter mi mano bajo su vestido y al hacerlo ella se separa de la muerta casi de un salto.

Echa una mirada atrás por si alguien la ha observado en su brusco movimiento y vuelve a acercarse haciendo acopio de valor.

Vuelvo a deslizar la mano bajo su vestido y esta vez consigo hacer un roce en su pubis, sus bragas son muy finas y puedo notar los pelos de su coño.

Ella aguanta con voluntad y con los puños cerrados apartando de si esa alucinación táctil. Cuando llego con mis dedos al inicio de su raja, sale taconeando rápida de aquí.

Se cruza con el hombre maduro del rictus que vuelve hacia aquí observando atentamente el festón negro por si puede apreciar algún movimiento. Se planta muy cerca y mira el cadáver fijándose en el profundo escote que he abierto en las ropas, en sus piernas descubiertas.

Y le rozo de nuevo el paquete, se mueve inquieto pero; no se aparta. Le masajeo hasta que noto su polla dura. Sus ojos devoran los pechos y las piernas de la muerta.

Salgo con cuidado de allá debajo y delante de sus ojos comienzo a sobar las tetas, él ve con los ojos abiertos desmesuradamente como se mueven, se agitan…

Le separo las piernas ante su atónita mirada.

El hombre se pega más al ataúd dando la espalda completamente a la puerta de entrada a la sala y su mano comienza a masajear el glande a través del pantalón, hipnotizado por los movimientos a los que someto el frío cuerpo.

De repente el tío abre la boca dejando escapar un hilillo de saliva y en la zona de la bragueta del pantalón se va extendiendo un círculo húmedo.

-Cabrón -digo en alto.

Y el hombre siente una arcada y sale da aquí sujetándose el estómago y con una mano en la boca.

He movido tanto las tetas de la muerta que las aureolas de sus pechos asoman por entre el sujetador.

Vuelve la mujer del vestido negro…

Es que a la peña le va la marcha, coño.

Y yo me meto allí debajo.

Se santigua de nuevo y separa un poco las piernas para afianzarse durante la oración.

Mi mano sube por su muslo izquierdo. La mujer tiembla y aguanta su miedo y su excitación. Llego hasta su ingle y meto un dedo por el camal de la braguita, puedo tocar los labios de su vagina, puedo acariciar ese coño y ella acomoda un poco más las piernas dejando que lo que la está sobando se mueva más libre.

Mi polla está dura, está resbaladiza. Llego al elástico de sus bragas y las bajo hasta el borde de la falda, meto mi cabeza allí y mi lengua empieza a hundirse entre sus labios jugosos.

Cierra los ojos y los que la ven temblar desde la sala de invitados, creen que llora emocionada.

Se me está haciendo agua en la boca.

Y cuando mi lengua comienza a retorcer y rotar su clítoris, se le escapa un gemido que provoca una pequeña eyaculación en mí.

Sus manos se han apoyado en el borde del ataúd porque le he metido los dedos en el coño, tres dedos que comienzan a golpearla a removerse en su interior mientras mi lengua la recorre dejando un rastro de saliva que se desliza por sus muslos temblorosos.

Cuando comienzo a aplastar su clítoris con el dedo corazón, girándolo lentamente al ritmo con el que mis dedos entran y salen de su coño, su cuerpo comienza a estremecerse. Noto como sus fluidos se deslizan por mis dedos.

Y en un instante que le cuesta un enorme esfuerzo controlar, se corre. Se corre apenas manteniendo el equilibrio. Se corre con un pequeño grito, que yo aprovecho para acariciar y golpear mi glande contra sus pantorrillas corriéndome en ellas.

Suspirando.

Uso su pubis para limpiarme la leche de la mano entre su vello.

Sus bragas están ahora entre sus pies y una mujer que entra en ese momento la llama puta a gritos.

Y yo me largo de aquí, me largo con el rabo húmedo y con ganas de hacerme otra paja, me ha excitado tanto…

Si no llega a ser porque había tanta gente, le meto el rabo en la boca hasta que se ahogue con mi semen.

Si un día os volvéis invisibles, me comprenderéis.

Ya os contaré alguna sexualidad más otro día.

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