Archivos para noviembre, 2016

indignamente-tuyo

Quisiera ser romántico, sutil y delicado; pero no nací para eso.
Soy más animal en celo que hombre.

Y es que amarte me duele. No el corazón, sino el pene que se entumece y endurece por una riada de sangre que se forma arrolladora al pensarte.
Quisiera decir que lloro tu ausencia; es posible, aunque no me acuerdo.
Cuando de mi glande brota el hirviente semen, mi pensamiento se queda en blanco.
Soy bestia enamorada.

Luego el semen muere enfriándose en mi vientre, entre los dedos, resbalando por los testículos y mis ingles que tiemblan aún. Y en ese instante, el inmenso vacío que has dejado a mi alrededor pesa como un puto dios tallado en granito.

Y no sé si lloro, solo puedo afirmar que siento una angustia abismal que me roba un latido en el corazón, como si muriera un segundo. Pienso en lo hermoso que sería ese semen manando de tu coño trémulo, aún excitado.

No lloro porque los hombres no hacen esas cosas; pero no estoy a salvo de una tristeza de tal magnitud que convierte todo lo que me rodea en una celda sin aire ni luz, sin paredes, sin puerta por donde escapar.
Amarte es una pesadilla de la que no quiero despertar.

No vierto lágrimas, tan solo miles de hijos que no nacerán, que mueren antes de formarse sobre mi piel ruda y animal.

Ojalá pudiera hablar de lágrimas y una trágica depresión; pero soy un hombre-pene y ambos te deseamos.
No puedo combatir mi sórdida indignidad.
Y lo que es peor: no lo haría si pudiera.

Porque mi leche dentro de ti o sobre tu piel, es la única forma palpable y posible que tengo para soñarte.

No quisiera asustarte, pero te digo que me arrancaría el corazón a puñados cuando te pienso.
¿Ves, mi amor? Soy sangre y semen, así de simple.
Así de brutal.

No hay pensamiento en mí, porque lo tienes tú. O eres tú mi mente toda.
Te amo indigna y obscenamente.

Y es que no puedo soñar con amarte bajo un cielo hermoso con este semen enfriándose y marchitándose entre mis dedos.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

el-consuelo-de-la-muerte

El único consuelo que ofrece la muerte, es que a todo el mundo, independientemente de su riqueza o poder, de su libertad o esclavitud; convierte en carne putrefacta.
O sea, es la hostia puta de justa e indiferente al dinero.
Cosa que es de agradecer, porque soy pobre de mierda.
Y todo lo que tuvieron o no pudieron conseguir, se queda para los vivos que con gusto, parasitarán los despojos de toda una vida.
Haz lo que te salga de las pelotas porque siempre te joderán.
Y al final, alguien como yo se reirá de vuestras bondades y esfuerzos.
No tiene nada de malo, no estaréis presentes, no existiréis en ninguna dimensión para sentiros ofendidos por mi sarcasmo nada sutil.
Y cuando yo muera, ídem, por mí como si os hacéis una paja.
La sabiduría popular viene a decir lo mismo que yo sobre la muerte; pero tiene miedo de que sea verdad. Todo rebaño, toda manada, es un conjunto de cobardías y dependencias que se rozan mientras pacen.
A mí me encanta dar la razón a la verdad que intenta esquivar la chusma con su sabiduría gruesa y burda.
A ver cuántos muertos se han manifestado en sus muros de las redes sociales…
Mierda, cuanto más escribo de idiotas, más insultos se me ocurren.
Me voy a fumar.

guerra-y-paz

No entiendo porque los hay que desean la paz en el mundo (aunque solo es una frase hecha, los hay que padecen; pero no por los que sufren, sino por otra razón que ya explicaré), si ellos no viven una guerra ni de lejos; al contrario, se lo pasan de miedo con sus teléfonos fabricando o copiando mensajes como “bienaventurado hasta el más hijo puta porque tiene derecho a no ser decapitado”.
Deberían meterse en sus asuntos y atender sexualmente a sus esposas y maridos.
Pero como pasa con todos los cobardes, se preocupan más por lo que tiene el vecino y por lo que pueda pasar, que por lo que está pasando. Y cuando ven países en guerra, se cagan por la pata abajo divagando y temiendo lo que ocurriría si ellos se vieran envueltos en una guerra: se tendrían que meter su teléfono de la bienaventuranza y mensajes edificantes por el culo.
La chusma, el pueblo no tiene buen corazón, solo miedo. De ahí ese espantoso refrán paradigma de cobardía e injerencia ajena: Cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar.
Lo único mojado que me gusta, son los coños.
No deseo que hayan guerras; pero si las hay y no me atañen, no me importan.
Las guerras, al fin y al cabo son la única forma efectiva de planificación familiar. Amén de los beneficios sociales que aportan.
Sin guerras, habrían muchas menos ONGs para poder facilitar pasaje y alojamiento gratis a muchos estudiantes ociosos en época de vacaciones.
Gracias a las guerras, se crea trabajo en la sanidad y en la industria metalúrgica.
Y eso no es todo: socialmente, los más desfavorecidos por la genética, los que padecen una deficiencia mental o incapacidad intelectual, encuentran ocupación. Han habido retrasados mentales que han conseguido trabajo y notoriedad mundial como: Franco, Pinochet, Hitler, Stalin, Mussolini…
Son todo ventajas.
Qué manía de ponerse la túnica de José o María (los padres bastardos del hipotético Cristo) para disfrazar la cobardía y la sensiblería cívica o institucional, de bondad y solidaridad de mierda.
Con los esmarfones deberían regalar un rosario para el sexo anal.
Eso de meterse una bolita y luego otra y otra y otra…
La gran mayoría de los que piden la paz en grandes concentraciones ganaderas, serán los que se follarán a un niña violándola en tiempos de guerra.
Bajo el disfraz de buenas personas hay buenos cerdos.
Bosnia es una buena granja como muestra, por lo contemporánea.
Cualquiera que haya vivido una dictadura sabe de estas cosas.
Cuántos murieron fusilados o torturados por envidia y por capricho de los colaboracionistas (gente de bajo nivel cultural y económico sobre todo) que le comían la polla al cabo rural del ejército dictador.
Pues eso; si hay guerra no seré yo quien se queje.
Porque no es cierto esa falacia ambigua que os decían para demostrar gran juicio y sensatez: “En una guerra no hay malos ni buenos”.
Y una puta mierda: en una guerra los hay menos malos y auténticos puercos dando y obedeciendo órdenes, que en la vida cotidiana y laboral son incapaces de leer con soltura el rótulo de un comercio.
Claro que los hay que merecen morir.
Y cuando un malo muere, se demuestra y se ejercita la justicia.
Porque la injusticia existe sin guerras, te la regalan al nacer.
Me importa el rabo de la vaca la paz en el mundo.
Conque no me toquen los cojones, me basta.
Porque la guerra y la paz, me las busco yo solo.
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Iconoclasta

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Porque en un día gris de próxima tormenta, Lorca ilumina la tierra con un sol oscuro de sangre y mortificantes deseos.
Y caminas esperando encontrar al amargo y al jinete en un recodo de un camino incierto.
La montaña es un buen decorado para leer al poeta.

peta-wilson

En Telegramas de Iconoclasta.

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Los tres estamos relajados, cada cual a un lado de una alambrada ridícula que podemos saltar cuando queramos.
No importa quien está dentro o quien fuera, es subjetivo.
Importa que nos oímos respirar, que nos observamos sin envidias ni frustraciones.
Importa que mañana nos encontraremos de nuevo. No puede hacer daño un asomo de optimismo.

desde-lo-profundo

¿Es posible amar tanto, desear ardientemente y no sufrir consecuencias físicas por ello?
Porque evidentemente psíquicas, se padecen. Hace tiempo que perdí la razón por ti.
No temo por mi polla, no temo que explote, tú tampoco tienes que alarmarte por ello. Ríe…
Me preocupa el sistema nervioso y el cardiovascular.
Entiendo que es difícil ser yo, me complico demasiado, escribir no es sano.
Es suicida. Cuanto más desciendo a mi pensamiento, menos me entiendo y la percepción de la realidad se hace difusa y ya no sé dónde ni cómo estoy.
Solo he comprendido que amarte me hace perder el hilo de mi propio pensamiento.
Me hace inconexo.
Aunque en realidad siempre he buscado romper conexiones: demasiado orden, demasiado método.
No me quejo de mí mismo, solo constato ahora que tengo un momento de lucidez argumental.
Y te cuento:
Te podría contar del silencio majestuoso de la montaña y del lejano ruido de un tren o un coche que lo rompe. Y está bien que lo rompa, porque confirma lo profundo que estoy dentro del planeta.
Y lo profundo suele ser solitario.
Te contaría del hielo que el sol evapora formando un manto de humo que evoca un camposanto.
Del graznido de los cuervos que parecen eternamente enfadados, y sin embargo; son felices. Su vuelo juguetón e incesante lo confirma.
Te contaría de un perro enorme y sucio, que cada día sale a pasear como yo. Como si se tomara un descanso de su trabajo en la masía, de cuidar las vacas que cruzan el camino para dirigirse a los pastos.
Me mira como si me saludara con la lengua fuera. Es un buen tipo, mi amor.
Si estuvieras conmigo, aquí y ahora, te diría que toda esta profundidad no basta. Que necesito compartir contigo este mundo lejano de la infestación de la vida sórdida, artificial.
Es tan sencillo… Fluyen con tanta facilidad las emociones, la vida y la muerte; que inevitablemente te contagias.
Más que eso: te conviertes en parte de ello.
Caminas sobre miles de cadáveres y un árbol empuja a otro lenta e inexorablemente al precipicio, donde lo arrastrará un río.
Y la magia está en que no lo ves, porque es otra escala de tiempo, en la montaña el tiempo tiene distintas magnitudes según los seres, según la alegría, según el dolor.
Según el frío…
Es un conocimiento con el que se nace y al cual la soledad da luz.
No es misticismo, es praxis pura.
Un conocimiento que aparece rotundo en el lugar adecuado. Cuando te das cuenta que la propia vida tiene el mismo valor que la de un gorrión; aquí, donde la vida pelea con la vida y se alimenta de muerte. Donde Dios mata a Dios y yo los cazo si se diera el caso.
Al reconocerte, cierras la puerta a la artificialidad y a sus convenciones sociales.
Y es hermoso.
Tenía que escribirte aquí y ahora, porque cuanto más profunda y hermosa se hace la vida, más desearía estar aquí prendido de tu mano.
Prendido de tus labios.
Porque tú también eres la certeza con la que nací.
Siempre te busqué.
Desde un profundo valle de hermosa vida y muerte, te amo.
Tal vez es tarde, tal vez esto se convierta en una carta póstuma que se deshará entre las hojas muertas de otoño.
Nada se puede hacer por evitarlo.
¡Ah… Estos malditos cuervos me dan dolor de cabeza, no callan!
Seguro que les pasa como a mí: buscan a su cuerva.
Besos, mi amor.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

 

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Hay que refrigerar la biela aprovechando el aire frío del Pirineo.
Me gustaría que ese aire se llevara el dolor y la fealdad, no solo el exceso de calor de esa biela casi podrida.
Pero nada es perfecto, así que seguiré caminando y pedaleando como si no doliera, soy orgulloso.
Y así hasta que se caiga o me la desguacen.
Y cuando eso ocurra, evocaré tiempos de sudores en aires gélidos mientras pienso en qué modelo de pata de palo me quedará bien. Porque del ataúd no me tendré que preocupar.
Un par de iracundos cuervos me distraen con sus gritonas blasfemias, porque parece que siempre están enfadados.
Algo huele a podrido en Dinamarca, deben pensar.
Y yo.
Es hora de una sonrisa.

Cubrirte

Publicado: 14 noviembre, 2016 en Conclusiones, Humor, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones

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No quiero ser un superhombre, no pretendo poseerte. Me bastan pequeñas cosas.
Me conformaría con ser nube, bajar hasta ti y cubrirte por unos minutos.
Como la montaña es amada por el cielo.
Aunque no te des cuenta de mi caricia.
Y luego diluirme con el corazón sereno de haber cumplido la misión para la que nací.
Ser vapor me basta, no pido demasiado.

 

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No entiendo, no puedo comprender como hay humanos que se sienten desamparados ante los grandes espacios. Como si tuvieran miedo al mismo cielo, a las llanuras y a las montañas.
Siempre he buscado los grandes espacios.
Los humanos llegan para pasar unas horas en libertad; pero después de un tiempo se agobian, deben retornar a sus cuatro paredes, bien cobijados.
Somos muy pocos los solitarios que cierran los ojos ante los grandes espacios y dejan que el frío viento de paz a un pensamiento ardiente.
Cuando me encuentro en espacios abiertos, es un pesar volver a la casa.
Soy muy primitivo, o he vivido demasiado tiempo en las granjas humanas, en las ciudades. Y en contra de lo establecido, en contra de todos esos afectos por el lugar donde siempre se ha vivido, he desarrollado una alergia emocional a los límites.
Mear en la tierra, los labios cortados por el frío, el calor agotador de una caminata…
No, no he nacido en el tiempo adecuado.
Ni en el lugar.