
Con los árboles le pasa igual que a los domingueros chabacanos con los días festivos, que no ven el momento sentar sus culazos en su mierda de autos.
Solo que Murf es mucho más elegante e inteligente.

Con los árboles le pasa igual que a los domingueros chabacanos con los días festivos, que no ven el momento sentar sus culazos en su mierda de autos.
Solo que Murf es mucho más elegante e inteligente.

No sé cómo he llegado hasta aquí.
El pensamiento se ha hecho potente y profundo y me ha llevado entre ilusiones y llantos a un lugar alejado de todo.
Alejado de mí mismo.
En algún momento he encendido un cigarro, satisfecho de la lejanía alcanzada. Y con un miedo primigenio a no encontrar el camino de vuelta.
He llegado donde los cucos cantan sin cesar, sin miedo. Donde no soy extraño a nada ni nadie.
Un día ocurrirá que mi pensamiento me llevará a una distancia sin retorno, donde las fuerzas no sean suficientes para volver.
¿Volver a dónde?
No importa, un día se acabará todo.
Tengo la certeza de estar perdido en el bosque y en mi pensamiento desde el nacimiento de mi conciencia.
Me ha llevado tiempo extraviarme.
No puedo volver, no debo, no quiero.
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Si tienes a quien matar, es importante; tanto como amar.
Porque ambas cosas son actos pasionales.
Con la salvedad de que matar, según quien lo haga, incurrirá en delito y si no eres un elegido, irás a la cárcel.
Amar no afecta a la corrupción y a la riqueza y por ello nunca se considera delito el amor. Tampoco se puede dar el amor entre el estercolero que es la corrupción y la legalidad.
En una sociedad formada por leyes puercas, el amor, aunque sumamente escaso, no está sometido a la mezquina legalidad.
La pobreza es por ello, un estiércol para el amor.
El asesinato sin penalizaciones es el privilegio de unos pocos ricos y sus perros.
Paciencia, porque la mierda nunca se limpiará.

No puedo evitarlo, necesito que mis pesadillas sean tangibles y cuando fumo, divagar en 666 y su inexistencia y la necesidad (mi ilusión) de su realidad.
Luego apago el cigarro y soy esa bestia durante un tiempo.
Siempre sangriento y caliente: Iconoclasta.
Desde mi nueva cueva.

No es que haga sol, es que desconfío del cura y dios. No me convencen. Amar es hermosa tragedia. Y yo soy un drama indecente y palpitante.

Como dos amigos viejos de piel gastada que asisten silenciosos e impertérritos al espectáculo de la vida. Sin nada que decirse, porque al fin y al cabo, ya nada sorprende y todo se cumple con la certeza que da haber vivido demasiado.
Y está bien, que la vida pase ante mí y no ser parte de ella.
Demasiada vida, demasiada sabiduría que no aporta alegría.
La muerte se infravalora en demasiadas ocasiones.
Ser un banco vacío y ajeno a todo…
Es cautivador.

Ladies and gentlemen, con todos ustedes: el cielo y su grandeza.
Y la hermosa posibilidad de morir bajo su libertad, lejos de la grisentería.

Vivo entre muros de 1841, lo que quiere decir que ya han muerto aquí algunas generaciones. No es menos extraño que la luz del sol, que es luz del pasado.
Lo difícil es conciliar la actualidad de los latidos del corazón, con las cosas viejas que me dejaron al nacer. No es raro sentirse ajeno al mundo. Nada es mío y lo de los muertos no lo quiero; pero debo soportarlo. Hay cierto negro romanticismo en ello, solo eso.

Las piedras de los viejos muros son formidables enemigas del tiempo. Y muestran orgullosas su eternidad denigrando estucos y maquillajes.
Y si tuvieran pensamiento, dirían que soy otro que va a morir rápido. Y esperan con soberano aburrimiento que el tiempo me arrastre.
Tienen más de trescientos años.
Y tienen razón.
Y yo movilidad y un mazo…
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