Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

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Si digo que quiero atenazar tu coño con mi mano de dedos crispados, mordiéndome el labio con lujuria, no es pornografía. No es una banalidad.

No es sexo fácil.

No es pornografía.

Mis dedos invadiendo tu coño es la más primigenia posesión y deseo.

He tardado eones para encontrar a quien decírselo, para llegar a este momento de ansiedad apenas contenida.

No puedo ser más serio, no puedo ser más profundo cuando expreso mi deseo de joderte sin cuidado.

Soy demasiado primitivo para expresar sutilezas. Mi falta de inteligencia la compenso con un amor brutal.

Con una aparatosa y vanidosa violencia sexual.

Abofetearte las nalgas cuando te penetro apoyada en la mesa no es masoquismo, no es simple machismo.

Es que quiero dejar una huella en tu piel, necesito convencerme con el rabo bombeando dentro de ti, que eres mi sueño, que duraré en ti más allá del momento en que eyacule mi leche hirviendo.

No quiero dejar de ser a tu lado, quiero que quede en tu cuerpo algún rastro de mí.

Algo que justifique toda esta vida que te he estado buscando.

Eres el amor puro y brutal que me dobla, el que creía no posible.

Es lógica mi locura, mi miedo a no trascender en ti, dentro de ti.

 

 

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Iconoclasta

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Han llegado las nieves a las altas montañas. Y aunque lejos, al respirar profundo, los pulmones sienten la gélida hostilidad de la nieve.
Ese blanco suave es tramposo.
Ve con cuidado caminante, lo blanco puede ser tan letal como lo más oscuro.
De una forma u otra, la naturaleza pone a prueba los organismos que en ella viven y elimina los que no merecen semejante privilegio.
A los que han vivido demasiado según su ley.
Perfecto, me parece bien.
Vale la pena sacrificar vida por libertad.
Ya he paseado demasiado por calles y plazas reguladas por letreros y neones, por semáforos y vehículos que atropellaban mi libertad e inyectaban sangre negra en mi cerebro.
Mejor ser condenado por la naturaleza que por la mierda creada por los humanos.

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Me pregunto si se le ha caído el cigarro de la boca. Y si ese gesto es desagrado o simple aburrimiento.
Sé todo del ser humano; pero de los seres que no hablan, no estoy seguro de intuir lo correcto.
Solo puedo concluir que tenemos en común estar en nuestro lugar, aunque no sea el tiempo adecuado para vivir una larga vida con una feliz muerte.
Sus orejas etiquetadas, lo dicen. Y un latido insano en algún lugar de mi cuerpo también.
Tal vez ella lo oye.
Observamos nuestro final entre miradas recíprocas y tranquilas.
Sin mala intención. Solo es algo casual, informal.
Somos muertes que caminan a cuatro y dos patas.
Nada excepcional, tan solo una romántica conclusión.
Es lo que tienen los momentos bellos: ponen de manifiesto lo escasos que son y conllevan una tragedia tranquila.
Da pereza morir en un momento hermoso.
Cuando eres un hombre total, la muerte tiene la misma trascendencia que la hierba que pisas. Piensas en ella con comodidad, sin drama.
Con una sonrisa íntima y un poco sarcástica.
Solo importa que es un hermoso animal y es hermosa la tierra en la que descansa.
No me puedo quejar, estoy frente a ella y hace frío.
Estamos solos y estamos bien.
Y respiramos un silencio suave y mullido que cuida de las ideas bellas y de los instantes hermosos.
Pienso en quien amo y en besarla aquí arriba, besarla y presionar sus pechos con el mío, con su rostro entre mis manos.
Cálidos hilos de saliva unen nuestros labios… Aquí, en este improvisado santuario en el que no rezo a nadie, simplemente me dejo arrastrar por mi propio pensamiento.
Enciendo un cigarrillo y un viento suave arrastra el humo rápidamente, como telarañas desgarradas.
Las arañas deben blasfemar cuando eso ocurre.
Me río del mal chiste porque no puedo evitar pensar en una araña enojada.
Mejor enojada que muerta.
Adiós vaca, que te vaya bien. Y si no es así, no te preocupes, somos dos en el mismo tiempo, en el mismo lugar.
Bye…
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Ella es indiferente a mí. Y yo indiferente a los de mi especie.

Vivimos y comemos sin importar a nadie. Sin necesidad de nadie por temor a la soledad.

El equilibrio es vivir independientemente de quien viva y quien muera.

No nos hemos saludado, las normas cívicas ahogan la libertad.

Y está bien, es correcto.

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Soy un iluso, además de tener que ir urgentemente a la óptica a que me revisen la graduación de las gafas.
Por otra parte, creo que he de atar fuerte mi imaginación. Soy un romántico patológico.
Creí que era una preciosa configuración frontal de tumbas blancas, un simpático cementerio.
Pero no, eran simples balas de heno primorosomante empacadas.
Mierda…
Pues nada, no me rindo.
Así, que le doy rienda suelta a la imaginación y digo que son tumbas, tumbas blancas y anónimas. Porque están en el sitio perfecto y en el día que han decidido que sea de muertos.
Faltan zombis en el prado; pero no tenía ganas de esperar, sinceramente.
Cuando ves una tumba por más de treinta segundos, empiezas a bostezar.

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Se rompen los vidrios.

Se parten las maderas.

Se quiebra el acero.

La carne se saja.

La piel se abre.

Los huesos se tronchan con espeluznantes crujidos.

Se desgaja la tierra como una manzana cuando la piso.

Y las estrellas revientan.

¿Qué esperas de un mundo en el que reina la fascinante destrucción?

Donde todo se rompe.

Hasta el pensamiento se fragmenta. Tengo sueños destrozados y muertos.

Pobres míos…

Porque no es el movimiento, es mentira.

El movimiento no es la gracia del mundo.

Es la ruptura, la destrucción es lo que de una forma paradójica hace expandirse el universo. El de mi cerebro y el gélido y letal de ahí afuera.

Se rasga el himen como una tela y el prepucio que cubre el embotado glande parece agrietarse sanguíneamente por la presión de la sangre que palpita, que lo expande.

Es un mundo bellamente violento, rugiente y doliente con breves momentos para ternuras y cariños.

Donde trozos de amores muertos son metralla que se estrella contra el suelo sin importar ya.

Me gusta la parte violenta de la vida. Porque romper y destruir es más satisfactorio que crear.

Porque la violencia es un instinto primario sin matices, no necesitas ni te arrebata la voluntad como en el amor.

Porque quiero lo fácil, me cansan los retos.

No soy un atleta de mierda, no quiero batir récord alguno.

Solo destruir, la fácil y fluida destrucción…

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Es como un drama planetario que siempre me turba: la noche devora las montañas y siento la angustia de no saber si mañana estarán. Debería estar con ellas y cuidarlas, consolarlas cuando la noche las disuelve.
Que no les duela, es mi réquiem por ellas.

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Se le achacan méritos y romanticismos exagerados y facilones a los que escriben, pintan o dicen algo ingenioso desde una bohemia comodidad. Desde un bienestar u holganza donde el sudor de la esclavitud laboral y su precariedad, no marca sus inspirados días.

Es fácil y poco meritorio ser intelectual y transgresor cuando eres un afortunado.

Soy adicto al combate, al dolor, la ira y el cansancio. Que se emborronen las palabras con el sudor y escupiendo rabia. O con los dedos mojados de un semen eyaculado con tristeza…

Y así sacar el in-genio de las venas de mis brazos.

De un pene inconsolable…

Bohemios y pensadores de vida fácil y resuelta…

Os enseñaré la verbigracia, el romanticismo y la irreverencia que contienen una gota de sudor y otra sangre. Y a falta de absenta, brindaré por toda la mierda de este mundo con un trago de agua turbia y recalentada.

Ebrio de agotamiento y rabia.

Narcotizado de frustraciones.

Bohemios y sabios de club…

No sabéis nada, ingenuos.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Un día dejaré de escribir y no pasará nada. Seguiréis viviendo.

No me intranquiliza, es esta manía mía de llenar el blanco con tinta.

 

 

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Antes de ocultarse, el Sol besa a su montaña más querida. La favorita de su inabarcable harén.
La besa hasta convertirla de oro.
Y si se presta atención, ella se estremece un poco vanidosa y caliente.
Maldita sea, estoy enfermo, siempre encuentro momentos y motivos para una erección.
Están locos los que escriben.