Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

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Se dice con romanticismo y deseos de ser profundamente emotivo, que el amor lo puede todo.
Es un mito, una falacia sensiblera.
El amor no puede combatir contra algo tan banal y simple como el apego por la tierra natal.
Yo he renegado de ella, he encontrado lugares mejores.
A lo mejor, dada mi disidencia (es una posibilidad), yo sí puedo hacer del amor un arma que arrase con todo.
Está bien, no soy un mojigato; el odio también es muy gratificante.
Incluso tentador.
Voy a tener que deshojar una margarita para decidirme.
¡Qué chocho!

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Todo muere y el árbol es ahora un cadáver en mitad del camino.
Nadie llora la muerte de un árbol, ni la de ningún ser vivo cuando ocurre en la naturaleza. Es cotidiano, lo que debe ser.
Su rito fúnebre será una autopsia devastadora con una sierra mecánica.
Unos metros bosque adentro y se hubiera podrido lentamente, sin que ningún humano supiera de su muerte.
La naturaleza es absolutamente impermeable a la resurrección. Sin drama ni pena.
Somos indiferentes, vivas o mueras.
Una de vida y otra de muerte. Es el equilibrio de la naturaleza y del pensamiento.
«Recuerda que has de morir». Bien, no hay problema; pero ahora tengo hambre.
A lo lejos tañen campanas; no es por la muerte del árbol. Es la una del mediodía.
En libertad somos anónimos cadáveres en potencia.
Me gusta.
Maldito romanticismo letal…

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A veces tengo que tragar saliva y con ella una emoción profunda que me hace daño aquí, en el corazón.
Es una puñalada de la realidad más hermosa.
Cuesta no llorar cuando lo sabes todo, cuando es cobarde creer en divinas justicias y bondades inventadas por pura hipocresía.
Esa ternura, esa muestra de afecto no es humana.
Es excepcional.
No pueden tener un mal final, no es justo.
Es una mierda.
Puta pena…

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Quisiera ser romántico, sutil y delicado; pero no nací para eso.
Soy más animal en celo que hombre.

Y es que amarte me duele. No el corazón, sino el pene que se entumece y endurece por una riada de sangre que se forma arrolladora al pensarte.
Quisiera decir que lloro tu ausencia; es posible, aunque no me acuerdo.
Cuando de mi glande brota el hirviente semen, mi pensamiento se queda en blanco.
Soy bestia enamorada.

Luego el semen muere enfriándose en mi vientre, entre los dedos, resbalando por los testículos y mis ingles que tiemblan aún. Y en ese instante, el inmenso vacío que has dejado a mi alrededor pesa como un puto dios tallado en granito.

Y no sé si lloro, solo puedo afirmar que siento una angustia abismal que me roba un latido en el corazón, como si muriera un segundo. Pienso en lo hermoso que sería ese semen manando de tu coño trémulo, aún excitado.

No lloro porque los hombres no hacen esas cosas; pero no estoy a salvo de una tristeza de tal magnitud que convierte todo lo que me rodea en una celda sin aire ni luz, sin paredes, sin puerta por donde escapar.
Amarte es una pesadilla de la que no quiero despertar.

No vierto lágrimas, tan solo miles de hijos que no nacerán, que mueren antes de formarse sobre mi piel ruda y animal.

Ojalá pudiera hablar de lágrimas y una trágica depresión; pero soy un hombre-pene y ambos te deseamos.
No puedo combatir mi sórdida indignidad.
Y lo que es peor: no lo haría si pudiera.

Porque mi leche dentro de ti o sobre tu piel, es la única forma palpable y posible que tengo para soñarte.

No quisiera asustarte, pero te digo que me arrancaría el corazón a puñados cuando te pienso.
¿Ves, mi amor? Soy sangre y semen, así de simple.
Así de brutal.

No hay pensamiento en mí, porque lo tienes tú. O eres tú mi mente toda.
Te amo indigna y obscenamente.

Y es que no puedo soñar con amarte bajo un cielo hermoso con este semen enfriándose y marchitándose entre mis dedos.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Porque en un día gris de próxima tormenta, Lorca ilumina la tierra con un sol oscuro de sangre y mortificantes deseos.
Y caminas esperando encontrar al amargo y al jinete en un recodo de un camino incierto.
La montaña es un buen decorado para leer al poeta.

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Los tres estamos relajados, cada cual a un lado de una alambrada ridícula que podemos saltar cuando queramos.
No importa quien está dentro o quien fuera, es subjetivo.
Importa que nos oímos respirar, que nos observamos sin envidias ni frustraciones.
Importa que mañana nos encontraremos de nuevo. No puede hacer daño un asomo de optimismo.

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¿Es posible amar tanto, desear ardientemente y no sufrir consecuencias físicas por ello?
Porque evidentemente psíquicas, se padecen. Hace tiempo que perdí la razón por ti.
No temo por mi polla, no temo que explote, tú tampoco tienes que alarmarte por ello. Ríe…
Me preocupa el sistema nervioso y el cardiovascular.
Entiendo que es difícil ser yo, me complico demasiado, escribir no es sano.
Es suicida. Cuanto más desciendo a mi pensamiento, menos me entiendo y la percepción de la realidad se hace difusa y ya no sé dónde ni cómo estoy.
Solo he comprendido que amarte me hace perder el hilo de mi propio pensamiento.
Me hace inconexo.
Aunque en realidad siempre he buscado romper conexiones: demasiado orden, demasiado método.
No me quejo de mí mismo, solo constato ahora que tengo un momento de lucidez argumental.
Y te cuento:
Te podría contar del silencio majestuoso de la montaña y del lejano ruido de un tren o un coche que lo rompe. Y está bien que lo rompa, porque confirma lo profundo que estoy dentro del planeta.
Y lo profundo suele ser solitario.
Te contaría del hielo que el sol evapora formando un manto de humo que evoca un camposanto.
Del graznido de los cuervos que parecen eternamente enfadados, y sin embargo; son felices. Su vuelo juguetón e incesante lo confirma.
Te contaría de un perro enorme y sucio, que cada día sale a pasear como yo. Como si se tomara un descanso de su trabajo en la masía, de cuidar las vacas que cruzan el camino para dirigirse a los pastos.
Me mira como si me saludara con la lengua fuera. Es un buen tipo, mi amor.
Si estuvieras conmigo, aquí y ahora, te diría que toda esta profundidad no basta. Que necesito compartir contigo este mundo lejano de la infestación de la vida sórdida, artificial.
Es tan sencillo… Fluyen con tanta facilidad las emociones, la vida y la muerte; que inevitablemente te contagias.
Más que eso: te conviertes en parte de ello.
Caminas sobre miles de cadáveres y un árbol empuja a otro lenta e inexorablemente al precipicio, donde lo arrastrará un río.
Y la magia está en que no lo ves, porque es otra escala de tiempo, en la montaña el tiempo tiene distintas magnitudes según los seres, según la alegría, según el dolor.
Según el frío…
Es un conocimiento con el que se nace y al cual la soledad da luz.
No es misticismo, es praxis pura.
Un conocimiento que aparece rotundo en el lugar adecuado. Cuando te das cuenta que la propia vida tiene el mismo valor que la de un gorrión; aquí, donde la vida pelea con la vida y se alimenta de muerte. Donde Dios mata a Dios y yo los cazo si se diera el caso.
Al reconocerte, cierras la puerta a la artificialidad y a sus convenciones sociales.
Y es hermoso.
Tenía que escribirte aquí y ahora, porque cuanto más profunda y hermosa se hace la vida, más desearía estar aquí prendido de tu mano.
Prendido de tus labios.
Porque tú también eres la certeza con la que nací.
Siempre te busqué.
Desde un profundo valle de hermosa vida y muerte, te amo.
Tal vez es tarde, tal vez esto se convierta en una carta póstuma que se deshará entre las hojas muertas de otoño.
Nada se puede hacer por evitarlo.
¡Ah… Estos malditos cuervos me dan dolor de cabeza, no callan!
Seguro que les pasa como a mí: buscan a su cuerva.
Besos, mi amor.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

 

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Hay que refrigerar la biela aprovechando el aire frío del Pirineo.
Me gustaría que ese aire se llevara el dolor y la fealdad, no solo el exceso de calor de esa biela casi podrida.
Pero nada es perfecto, así que seguiré caminando y pedaleando como si no doliera, soy orgulloso.
Y así hasta que se caiga o me la desguacen.
Y cuando eso ocurra, evocaré tiempos de sudores en aires gélidos mientras pienso en qué modelo de pata de palo me quedará bien. Porque del ataúd no me tendré que preocupar.
Un par de iracundos cuervos me distraen con sus gritonas blasfemias, porque parece que siempre están enfadados.
Algo huele a podrido en Dinamarca, deben pensar.
Y yo.
Es hora de una sonrisa.

Cubrirte

Publicado: 14 noviembre, 2016 en Conclusiones, Humor, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones

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No quiero ser un superhombre, no pretendo poseerte. Me bastan pequeñas cosas.
Me conformaría con ser nube, bajar hasta ti y cubrirte por unos minutos.
Como la montaña es amada por el cielo.
Aunque no te des cuenta de mi caricia.
Y luego diluirme con el corazón sereno de haber cumplido la misión para la que nací.
Ser vapor me basta, no pido demasiado.

 

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No entiendo, no puedo comprender como hay humanos que se sienten desamparados ante los grandes espacios. Como si tuvieran miedo al mismo cielo, a las llanuras y a las montañas.
Siempre he buscado los grandes espacios.
Los humanos llegan para pasar unas horas en libertad; pero después de un tiempo se agobian, deben retornar a sus cuatro paredes, bien cobijados.
Somos muy pocos los solitarios que cierran los ojos ante los grandes espacios y dejan que el frío viento de paz a un pensamiento ardiente.
Cuando me encuentro en espacios abiertos, es un pesar volver a la casa.
Soy muy primitivo, o he vivido demasiado tiempo en las granjas humanas, en las ciudades. Y en contra de lo establecido, en contra de todos esos afectos por el lugar donde siempre se ha vivido, he desarrollado una alergia emocional a los límites.
Mear en la tierra, los labios cortados por el frío, el calor agotador de una caminata…
No, no he nacido en el tiempo adecuado.
Ni en el lugar.