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Todo muere y el árbol es ahora un cadáver en mitad del camino.
Nadie llora la muerte de un árbol, ni la de ningún ser vivo cuando ocurre en la naturaleza. Es cotidiano, lo que debe ser.
Su rito fúnebre será una autopsia devastadora con una sierra mecánica.
Unos metros bosque adentro y se hubiera podrido lentamente, sin que ningún humano supiera de su muerte.
La naturaleza es absolutamente impermeable a la resurrección. Sin drama ni pena.
Somos indiferentes, vivas o mueras.
Una de vida y otra de muerte. Es el equilibrio de la naturaleza y del pensamiento.
“Recuerda que has de morir”. Bien, no hay problema; pero ahora tengo hambre.
A lo lejos tañen campanas; no es por la muerte del árbol. Es la una del mediodía.
En libertad somos anónimos cadáveres en potencia.
Me gusta.
Maldito romanticismo letal…

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