Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

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Dicen que las bicis son para el verano. ¿Y qué coño hago en invierno?
Porque el sonido del hielo al ser triturado por las ruedas es adrenalínico.
Me hace sentir poderoso.
Y superior.
¡Ah, el frío y sus gélidas vanidades!
Como si no se pudiera follar con él.
¿Y cómo se reproducen los osos polares? ¿Eh? ¿Por internet?

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Los árboles pierden sus hojas y la luz llega clara a todos los rincones.
Y el cielo vanidoso se luce sin pudor.
La belleza y serenidad con frío se paga.

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La luna llena y una casa gótica.
¿Cómo no dejarse llevar por la imaginación?
Por lo mismo que me pagan, prefiero un buen decorado.
Y cierta melancolía que no acierto a identificar el origen.

 

Donde los sueños viven

Publicado: 11 diciembre, 2016 en Maldito romanticismo, Reflexiones

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Solo si eres capaz de odiar y despreciar, y en sociedad parecer amable y sumiso a las normas; mantendrás tus sueños íntegros en la mente profunda.
Los sueños viven bajo la capa de mentiras protectoras que te mantienen a salvo de la mediocridad.
Porque los sueños viven en mi mente, no en la de los demás. Mis sueños no tienen nada que ver con la humanidad. En mis ilusiones no existe el género humano más que como caza.
Cuando sientas que compartes tus sueños con la gente, has fracasado. Estás muerto de ilusiones y relleno de adocenamiento, como los pavos que se devoran en navidad.
Es una pura cuestión de control. Si haces creer que aceptas normas, leyes y costumbres sociales, la humanidad se sentirá tranquila y no joderá tu tiempo para disfrutar tus ilusiones.
Hay que engañar, porque la verdad es una trampa para incautos.
La sinceridad solo te la pedirá quien quiera hacerte daño o imponerse por encima de tus ilusiones.
Regala sonrisas y saludos que escondan un: «ojalá te mueras ahora mismo».
Y serás dueño y señor de tus deseos y tu tiempo para evadirte a tu mente absolutamente íntima y secreta.
Nunca seas sincero en nombre del amor, porque lo destruirías.
El amor quiere sueños, irrealidades y caricias.
La verdad lo pudre.
La verdad es la lepra de los amantes.
Si en algún momento exiges o te exigen sinceridad, no caigas en la trampa. Porque el amor estará muerto ¿y para qué molestarse?
No existe la resurrección del amor, ni la de cristo.
La verdad es solo para ti, tu herramienta de control secreta e incompartible.
Solo así tendrás un lugar y un tiempo paradisíacos donde los sueños viven y explotan dentro de ti, los que impiden que te suicides cada mañana al despertar.
Sueños que en nada se asemejan a lo que un día intentaron enseñarme.
La sinceridad mata la ilusión.
La mentira, regalar los oídos de los idiotas, es el condón que te da protección.
Esconde tu ferocidad y tu odio bajo una sonrisa y cuando estés solo, absolutamente aislado, busca tus ilusiones cavando un túnel entre toda esa hipocresía protectora. Y llora allá dentro si lo deseas.
Nunca, jamás se te ocurra ser sincero ante nadie.
Si deseas practicar sinceridad, te miras al espejo y dices: «Soy el más hermoso hijo de puta que hay en toda la capa de la tierra». Y eso te recordará que lo que realmente importa, son tus sueños, los que están en lo más profundo de ti. Que lo superficial es solo una hipocresía metódicamente construida.
Eres un hijoputa sobreviviendo en un mundo de envidias endogámicas.
No dejes de dar los buenos días a quien deseas ver muerto o lejos de ti.
Mantén la mentira constante, tan natural, tan repetida, que se convierta en verdad a lo que es ajeno a ti.
Protege el territorio donde los sueños viven, cuídalo.
Es lo único real que me permite respirar.
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Iconoclasta

 

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Las orillas están blancas por el hielo y la hierba cruje con cada paso.
No existe frío tan feroz que anule mi pensamiento animal y encelado.
Estás presente y ardiente en el desierto y en los glaciares.
De mi boca y nariz sale humo aunque no fumo y siento frío en los mismísimos ojos.
Saco la polla para mear y pienso en la calidez de tu piel, en la acogedora y viscosa humedad de tu coño.
Y aquí, en este frío páramo se me pone dura entre los dedos, y no puedo hacer otra cosa que tirar sin piedad del prepucio y descubrir el glande congestionado de sangre, deseoso de fundirse en tu vagina. Del meato cuelga un obsceno filamento espeso. Es el hambre de ti, y lo sabes, mi puta…
Es el absoluto deseo de metértela sin piedad, sin cuidado. Cuasi cruelmente.
Quiero follarte en este helor y observar fascinado tu clítoris duro, asomando desafiante entre los labios que abriré con mis dedos toscos. Esa bestia que tienes entre las piernas calentará mis fríos y presurosos dedos muertos sin ti. Antes de que te invada con mi bálano y tome posesión absoluta de tu coño y tu voluntad.
No quiero mear, solo masajear el pene. Que este vaho que sale de mi boca, cubra tus pezones duros y las enloquecedoras areolas se ericen por la amenazadora caricia de mis dientes.
Ya no hace frío, has fundido con fuego mi pensamiento y mi corazón que lanza chorros de sangre hirviendo a mi pornográfico pene.
El semen brota y convulsiona mi vientre. Se confunde con el hielo y mi gruñido de placer hace detonar en el aire las alas de los cuervos en un estampido casi diabólico.
Las desnudas ramas del árbol en el que estaban posados, parecen gemir temblorosas al cielo, rogando no ver la obscenidad que cometo.
Es indistinto el lugar, el clima o el tiempo.
Te la metería en cualquier paraje, en una gruta oscura, de día y de noche, en un prado verde o en la puta Antártida.
Tú no sabes de tu poder sobre mí…
La última gota de leche cae en mi bota.
En mi mente perturbada suenan tus gemidos incesantemente.
Y estrangulo con el puño la polla para aliviar tu omnipresente presión.
Enciendo un cigarro cuando mi pene aún cabecea el orgasmo, dejando que se enfríe mientras ardo en el infierno de un invierno sin ti.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Es curioso… Sales a pasear y de repente te das cuenta que estás lejos de casa, muy lejos.
Lejos de todo.
El tiempo y la distancia fluyen llevándote de una forma natural hacia algún lugar lejano.
Solo es una apreciación falsa, porque no hay destino. Lo cierto es que lo tuyo no es el cobijo o el hogar, lo tuyo es el camino.
Y cuando el camino se acabe estarás muerto.
No se necesita un hogar para morir.
Y aceleras el paso, porque no hay tiempo que perder para ir a la nada.

 

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Hay una insólita ternura en la gabardina que protege del frío al viejo caballo.
Asombrosa en un mundo donde los animales mueren para alimentar a los seres humanos.
Ha tenido que trabajar mucho.
Tiene que ser muy querido.
Y por tanto protegido.
Un viejo que pace su vejez amparado…
Y cuando te das cuenta de cuanto cariño hay en ese acto de abrigo, concluyes que la bondad solo aparece en lugares apartados y solitarios, a salvo del mundo.
Que eres un testigo excepcional y que tu vida corre peligro por conocer ocultas bondades en un mundo plagado de sensiblerías hipócritas que no hacen nada por nadie.

 

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No sé bien qué hago aquí, ante el mal presagio que las vacas presienten.
El prado está vacío de ellas, temen que la niebla contenga muerte.
¿Es la muerte la que provoca un frío intenso que hace insensibles los dedos de los pies, que se mueven dentro del calzado intentando en vano calentar la sangre?
Esperaré a ver que pasa, esperaré la magia, cualquiera.
Por letal que sea.
El frío subirá al corazón…
La muerte y sus fríos dedos cauterizadores de vida acariciaran mi pecho.
Porque de cobijo ya he tenido suficiente, busco tragedia para frenar toda esa vulgaridad que he vivido año tras año.
Y la niebla arrastra consigo la esperanza de un final digno, de una romántica y gótica muerte.
Sin que nadie se entere, a solas.
Follar con la muerte… Me la pone dura.

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He visto el hielo en las piedras de un viejo muro de más de cuatro siglos.
El sol no alcanzaba a evaporarlo, como si el muro cobijara al hielo y éste enfriara y diera de beber a las secas y viejas piedras cansadas.
Son buenos amigos que se hacen compañía.
Todos esos siglos los han unido.

Debe haber un tiempo secular determinado para que las cosas más extrañas traben amistad entre ellas.
Y entiendo porqué amo y odio con idéntico placer e intensidad y nada me frena.
Con entusiasmo, lo mismo que construyo, destruyo.
Debe ser que soy más viejo que el muro y el planeta me adora por la pureza y la total ausencia de escrúpulos en mis emociones.
He cumplido una edad secular y el planeta adora mis emociones de amor y destrucción.
Al fin y al cabo soy hijo suyo: un producto de este lugar que flota en el cosmos.

Soy fuego y hielo.
Hierba y piedra.
Agua y tierra.
Soy perfecto, equilibrado en maldad y bondad puras.
El universo me quiere, es mi amigo a pesar de mis aberrantes pensamientos.
Tan viejo como él mismo.
Por ello aún vivo.

No tengo reparo en odiar por igual al más rico o al mendigo que más sufre. No prostituyo mi ser por nada ni por nadie.
Soy muro y hielo que avanza hacia una muerte que no pide ni necesita arrepentimiento alguno.

No existe el examen de conciencia en mí. No soy conciencia, soy consecuencia. Soy un acto continuo perfecto.
Cada acto cruel, cada detestable pensamiento, que he ejecutado y hay en mi cerebro, es la perfecta consecuencia del universo.

Podría ser más hermoso; pero nada es perfecto.
Y lo perfecto hastía.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

 

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Supe que era hora de morir.
Son cosas que sabes de una forma natural, como respirar.
Y mientras moría me quité el abrigo y lo dejé donde estaba sentado.
Di tres pasos atrás, encendiendo el último cigarrillo. Quería saber como sería el mundo sin mí.
Sentí tristeza por mi mochila tan sola, y dejé que alguna lágrima brotara.
En su interior quedaba mi pluma y mi cuaderno; ya no podría hacer mi pensamiento táctil y tridimensional.
Pero aquel trozo de mundo tenía hermosos sonidos y hermosos colores que se hacían grises al tiempo que mis ojos perdían brillo.
Sonreí y el corazón se partió con un chasquido.
Fue una muerte dulce y serena.