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Algún «fumao» diría que pareciera un tótem con aires subliminalmente fálicos. A mí me parece una farola fea de cojones.
Con ese hierro me pasa como a los perros con los árboles, me dan ganas de mearla. Y no sé si es por darle algo de interés con mi lluvia dorada o simplemente es que soy así de despreciativo hacia el urbanismo.
También serviría de poste tribal para azotar a alguna autoridad municipal.
Hay tantas cosas que pueden hacerse con una simple y férrea estupidez…

Coreografía impúdica

¡Miradla desnuda! Con su coreografía del deseo arrastra las manos por su piel en un espectáculo lujuriosamente bello.
Su sensualidad es despiadadamente arrolladora.

Acaricia su coño profundamente y maltrata sus pechos enloquecedores.
Abre sus piernas para mostrarse insufrible. Y yo me aferro a mí mismo intentando estrangular la salida de mi baba sexual que la busca.

Pintada cuidadosamente su piel más íntima de un blanco obsceno, contrasta con brutalidad con el dorado bronceado de las mamadas que el mar, el viento y el sol le hacen.
No estoy celoso, yo lamo, muerdo y araño su piel más pálida y sensible; donde no llegan ellos.

Mis labios se arrastran por su pensamiento todo y me convierto en su impúdico amor.
Soy un perro en celo, que la monta por detrás, torpe y rápidamente. Rasgando su piel…
Mi glande deja regueros brillantes de posesión allá donde la palidez es hambre incontenible.

Soy una serpiente maldita, un ángel caído que se aferra con la boca a sus pezones. Que chapotea entre sus muslos en la sinfónica y sexual obertura del gemido.
Y mis venas pulsan feroces irrigando el tejido, deseando el consuelo de sus manos mojadas de sí misma.
Soy el sol y el agua que se escurre como un secreto lujurioso entre sus muslos divinos.
El espectador de pene duro que admira a la bailarina de la carne palpitante.

Soy una frecuencia en su gemido.
Soy unos testículos contraídos y pesados de semen espeso que se derrama sobre lo dorado y lo blanco.
Que salpica su cabello salvaje.

Ella es dogma y mis labios susurran en sus oídos la letanía arcana de la paranoia sexual: puta, puta, mi puta…
Los dedos se enredan y aferran su melena para llevar su rostro y boca gimiente hasta el borde de mi desesperación, un pene que sufre los espasmos de amarla. Que cabecea encabritado como un semental que no puede soportar más su coreografía pornógrafa.

Soy un delito metido en su coño, una ofensa para la humana moral.
Mirad la belleza de su danza, extendiéndose soberbia en la piel lo que me ha arrancado.
Entre mis dedos viscosos, apenas puedo sujetar la pluma que escribe las feroces palabras de follarla. Se me resbala como el alma se me desliza sobre su piel.

Hay un fundido en negro cuando recuesto mi cabeza en su pecho y duermo el sueño de los derrotados con el bum-bum de su corazón aplacando lentamente mis últimos gemidos.
Miradla, es ama de un hombre. Le pertenezco.
Yo y todo lo que contengo.
Todo lo que derramo.
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Iconoclasta

Pablo  Ruta Hierro. Mayo 2016. Fuji copy

Ese tipo me mira con toda su vida grabada en la mirada.
Porque no soy lo que pienso, soy lo que queda después de todo.
No me hace gracia, es un tipo que me incomoda, la certeza de lo que no fue ni será, es un estigma en sus ojos.
Seguro que es un hijo de puta.

Captura

En Realidades Truncadas.

Calavera trompetista

A lo mejor no sabe que está muerto y toca para un limbo oscuro donde no hay nadie.
Tal vez, cuando tenía carne en los huesos, tocaba para un limbo de luz, donde tampoco había nadie.
Es un poco triste; pero elegimos y somos tenaces.

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«Pa'» la mierda que me pagan, no voy a poner el culo gratis.
Mira por donde que hoy me siento chistoso.
Ja, ja, ja…
Me meo.
Precioso…

Captura

En Realidades Truncadas.

Candace Bailey

En Telegramas de Iconoclasta.

el sudor del dolor

No era una tarde calurosa, hoy era una tarde fresca, lluviosa.

Es imperdonable no acudir a las montañas cuando llueve desde un cielo que es plomo a punto de caer sobre mi cabeza.

Y he sudado como en los días más duros de agosto. El dolor… Todo era dolor y un clic en lo más profundo e inalcanzable del tobillo que está ligado a una tibia podrida. Un chasquido cuya frecuencia subía como una oruga devorando el ánimo excavando la carne casi muerta para convertirse al llegar a la rodilla, en un erizo metálico. Y de ahí radiaba rayos de dolor puro al fémur y a la pobre cadera que hacía lo imposible por arrastrar todo ese dolor y vencer la tentación de dejarse morir en un banco bajo la lluvia.

Un paso más, otro…

«No te preocupes, si se acaba la vida, se acaba el dolor. Es un buen trato, ¿no te parece?». Me decía a mí mismo.

Y como una revelación evoqué de ayer, la hermosa serpiente muerta en la vereda. Y me ha embargado una tristeza, una pena que no creí que tuviera fuerzas para sentir. Porque su ademán, su rostro era puro dolor.

Con su pequeña boca abierta luchando por respirar un poco más.

Un grito de dolor mudo.

Pobrecita… Tan sola muriendo.

Y esa insólita tristeza ha hecho del dolor algo lejano, como el espejismo en los ojos del sediento. Y he dejado de pertenecer a esta pierna podrida.

La visión se ha hecho borrosa y no podía relajar el ceño fruncido del fatigoso paso del dolor.

Me he visto avanzar a mí mismo por el páramo del dolor.

Era el protagonista de mi propio vía crucis. De mi calvario.

Sudaba bajo la lluvia, sudaba más que llovía. Soy fuerte para todo, hasta para hacer el dolor más doloroso.

Sale de tan adentro el dolor, que no hay consuelo en llevar la mano y aplicar ahí calor bendito. Es tocar un material artificial.

«¿Es este el momento en el que se troncharán los huesos? ¿Es hora de caer y quedar muerto como la preciosa serpiente? Pobrecita…». Pensaba alejado de mí mismo.

He llegado de algún modo a la casa y pareciera que algo maligno palpita en cada hueso del pie y la rodilla. No quiere dejar de doler.

La cabeza es una caldera en sobrepresión intentando gestionar todo ese dolor y miedo.

Intentando controlar el metabolismo para cortar este sudor frío que se desliza por la nuca.

Cuando te das cuenta que morir es liberación y enciendes un cigarro sin que te tiemble el pulso, sin que importe nada; el dolor parece decir: «No importa que me ignores, estoy en el tuétano de tus huesos y ocupo la mitad de tu pensamiento».

Yo digo: «Morirás conmigo».

Y el muy zorro calla con un silencio rematado con un trallazo de dolor lento y profundo, como una marea oleaginosa que te hunde dulcemente, que suavemente te ahoga.

Se ha hecho tan importante, tan peligroso en su presencia el dolor, que el día que no lo sienta, sabré que estoy muerto, aunque me vea sudando y fumando.

Pobre serpiente… Qué dolor al morir, lo imagino como si reptara yo con mi pierna muerta por la tierra.

No hay justicia, ella era muy pequeña. Pesaba apenas nada, no podía molestar ni a la tierra por la que se arrastraba.

El ibuprofeno es como un petardo con la pólvora mojada, lo trago porque algo he de hacer mientras la vida duele.

Siempre lo supe: la vida es dolor.

No hay mucho que celebrar, empieza a ser tentador dejar de vivir.

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Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Lo platónico es muerte

Soy un torrente de sangre directo a ti.
Soy una consecuencia orgánica de tu existencia y mi piel se desprende buscando la tuya.
Hay cierto dolor pulsando bajo las frecuencias del cariño y el deseo. Es el ansia de joderte, de metértela.
Atroz deseo que pone en jaque la integridad de mi mente.
El amor es un dolor narcótico y adictivo que se aferra a todas las fibras sensibles del cuerpo.
El semen derramado que muere frío en mi vientre es un sacrificio cruento en tu honor, a tu amor.
Duele escupir ese deseo desesperado lejos de ti.
Y sueño que un día se deslice por tu piel cálida, muslos abajo.
Amar no puede ser platónico mientras haya un pene erecto y entumecido descontrolando las voluntades y anulando la razón.
Un amor platónico es un despojo, un resto, un cadáver de deseos e ilusiones.
No concibo amarte sin sentir el tacto de tu piel; jamás podría aceptar lo platónico con beatífica y romántica actitud, cuando toda mi naturaleza pide arrastrar mi bálano baboso y doliente entre tus pechos, indecentemente cerca de tu boca.
No puedo, es anatema disociar tu mente de tu cuerpo. Incurriría en pagana blasfemia.
No hay obscenidad, solo un carnal arrebato descontrolado por eyacular en los rincones más profundos y húmedos de tu cuerpo.
En todos, en toda tú.
¿Platónico? Tu coño no es platónico, ni tus manos empapadas de ti misma. Eres carne de deseo.
Incomprensible es como puedo respirar sometido a la gran presión de tu columna de amor y mi lascivo deseo de ti.
Si fuera creyente, si considerara siquiera la posibilidad de la existencia de un dios, le pediría a un sacerdote que intercediera por mí a su dios para que me otorgara follarte. Follarte la boca, el coño, el culo.
Follar tu pensamiento y poseerte toda, toda, toda…
Que dios te mantenga con tus piernas abiertas, derramándote de deseo con mi polla bombeando dentro de ti con la fuerza del odio y la muerte.
Amándote con la certeza de la extinción de la vida en el planeta.
Que no me jodan con lo platónico, porque eres de sangre y coño. Y tus pezones erectos agreden la tela que los cubre y a mi pensamiento.
Porque tu coño se abre dejando escapar una baba que hace temblar mi boca. Filamentos de deseo se desprenden de mi glande, haciendo de mí una bestia feroz acechándote entre la espesura de esta puta vida.
Lo platónico es muerte, fracaso, desesperanza y decepción.
Es no aceptar que sin cuerpo no hay mente.
Es asumir la derrota con cobardía e indolencia.
Puta…
Puta…
Puta…
No eres platónica, eres mi amor gimiente, desesperada. Abierta y desgarrada.
No serás de Platón, serás mía y será sometida tu mente y tu cuerpo a Mí.

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Iconoclasta